cultura y educación
Debates memorables
Miguel Angel Cárcano
Conferencia
Alejado este recinto del ajetreo de la vida de la ciudad, substra√≠do de las pasiones de la pol√≠tica y del violento choque de los intereses apremiantes, de la dura tarea del gobierno y de los √°speros conflictos que provoca la lucha de partidos y caudillos; alejado de las grandes manifestaciones populares, de la algarab√≠a de los negocios cada d√≠a m√°s activos, de los rumores y bullicios de la calle que en el diario af√°n se escuchan en la capital, como la voz de un inmenso gigante que vive agitado y nervioso, cumpliendo cada hora su c√≠clope faena de vivir, este recinto evoca y conserva en la soledad de su recogimiento el alma nacional. Palpita en su silencio, como en algunos antiguos monumentos, el esp√≠ritu y la pura esencia de nuestra historia, la historia de uno de los per√≠odos m√°s felices de la rep√ļblica, durante el cual, los ideales de Mayo y los principios de la constituci√≥n, se tradujeron en debates memorables que terminaron en leyes constructivas para organizar instituciones fundamentales y levantar obras imperecederas.

Decantados por el tiempo, engrandecidos por las ideas que expusieron, olvidadas las pasiones que alimentaron, aqu√≠ en este recinto, parecen recobrar nuevos relieves y vigorosos perfiles, los personajes que ocuparon estos sitiales, para se√Īalar al pa√≠s el derrotero cierto de sus destinos.

Me sentiría un intruso al hablaros desde esta tribuna, cubierta con la antigua carpeta de terciopelo azul y el escudo nacional, si no fuera para hacerlo con un profundo recogimiento y ocuparla un instante, solamente un instante, para evocar algunos de los memorables debates y los legisladores que en ellos intervinieron.

Diputados y senadores que tra√≠an la voz de la naci√≥n y las aspiraciones de las provincias que eran entonces verdaderos estados federales, celosos de sus prerrogativas y defensores de su personalidad pol√≠tica. ¬ŅQui√©n se hubiera atrevido a intervenir a Sarmiento en San Juan o a Urquiza en Entre R√≠os? Ministros nacionales que ven√≠an a debatir con la responsabilidad de sus funciones, los principios que defin√≠an su programa y los resultados de la tarea realizada. El despacho parec√≠a que estaba en la antesala del Congreso y a √©l, concurr√≠an espont√°neamente para participar en sus trabajos, Presidentes de la Naci√≥n que le√≠an mensajes repletos de iniciativas y de obras.

Levantaba los primeros sillares de la nueva rep√ļblica para realizar la unidad nacional, informaba la marcha de la guerra, la organizaci√≥n de la justicia federal y el C√≥digo Civil, Mitre. Al t√©rmino de la montonera, la paz en las fronteras, escuelas y colegios, Sarmiento. La conquista del desierto, la capital y la Municipalidad de Buenos Aires, una gesti√≥n honesta y austera, Avellaneda. ‚ÄúPaz y administraci√≥n‚ÄĚ, la ense√Īanza laica, la pacificaci√≥n interior, Roca. El matrimonio civil, la extensi√≥n de los ferrocarriles y el tel√©grafo, Ju√°rez Celman. La liquidaci√≥n de la crisis, el Banco de la Naci√≥n y la Caja de Conversi√≥n, Pellegrini. La apertura de la primera avenida y la construcci√≥n del palacio legislativo, Luis S√°enz Pe√Īa. El arbitraje que resuelve el problema de los l√≠mites internacionales, Uriburu. Los pactos de Mayo y la multiplicaci√≥n de los ganados y las mieses, la consolidaci√≥n del cr√©dito internacional, Roca. La promesa de la reforma electoral, Quintana.

Ilustres presidentes, que entre motines militares, intervenciones federales y conflictos pol√≠ticos van afirmando las instituciones democr√°ticas consolidando la unidad de la naci√≥n. Personalidades creadoras, que trabajan con tanto empe√Īo como previsi√≥n. Cada uno contin√ļa la tarea del anterior, en unidad y solidaridad. Cada uno realiza su misi√≥n y busca superarse en su empresa. Cada uno absorbido en el servicio del pa√≠s, conduciendo al pueblo sin preocuparse de la manifestaci√≥n hostil de hoy, que se transforma al d√≠a siguiente en aprobaci√≥n un√°nime. Conductores extraordinarios, actividades prodigiosas, que al evocarlas en este recinto, reconfortan el esp√≠ritu. Constituyen la mejor √©poca del Parlamento nacional, donde se escuch√≥ al ardoroso Temistocles, al mismo tiempo que al prudente Pericles. Presidentes, ministros y legisladores, el pueblo que asist√≠a a las sesiones y se agolpaba en la plaza, cultivaron la simiente de los hombres de Mayo. Aquel incipiente intento de independencia y libertad, ech√≥ ra√≠ces, creci√≥ el ‚Äú√°rbol institucional de la rep√ļblica‚ÄĚ y subi√≥ la savia de las capas profundas del suelo argentino. ¬ŅQue contenido ten√≠a esa simiente que produjo tan √≥ptimos frutos? La Revoluci√≥n no la anunciaron notables publicistas, ni apasionados tribunos. Las ideas y ejemplos extranjeros fueron infiltr√°ndose por las fronteras, hasta formar una tensi√≥n espiritual, sostenida por una serie de factores, que demostraron la consistencia de la fuerza y capacidad de los patriotas, la oportunidad y urgencia de constituir un gobierno propio.

Nuestros historiadores nunca terminaron de investigar, ni de ponerse de acuerdo, sobre las distintas substancias que formaron la base ideol√≥gica que sustent√≥ la independencia. Vano intento y vanidad humana, creer posible descubrir c√≥mo se forman las ideas. Los historiadores debemos ser m√°s modestos y menos vanidosos. Solamente podemos intentar reconstruir los hechos sucedidos y muchas veces, ¬°cu√°ntas veces!, es imposible nuestro intento. Pero s√≠, podemos afirmar, que la Revoluci√≥n de Mayo, es una consecuencia del estado espiritual y pol√≠tico del mundo occidental, el comienzo de una gran evoluci√≥n hist√≥rica de la cual no pod√≠a escapar Sud Am√©rica. Esa evoluci√≥n ven√≠a impulsada por dos ideas principales: la independencia de los pa√≠ses y la libertad individual, con sus consecuencias, la soberan√≠a del pueblo y la igualdad civil. Castelli, Paso, Saavedra, Moreno sostuvieron con √©xito la doctrina que legitim√≥ el golpe de Estado, pero la idea que la inspiraba y su contenido, no fueron su patrimonio, era el patrimonio de la nueva generaci√≥n que surg√≠a en toda la extensi√≥n del virreinato. Abogados, militares, sacerdotes, comerciantes y estancieros nativos, y a√ļn espa√Īoles, aspiraban a ejercer el gobierno, independizarse de los funcionarios que ven√≠an de Madrid, romper el monopolio y privilegios peninsulares para constituir una nueva naci√≥n.

La idea de libertad ard√≠a en el esp√≠ritu de los patriotas. Antes que en Buenos Aires se sublevan los h√©roes del Alto Per√ļ. En Mendoza, Sosa y Godoy se levantan para apoyar a Buenos Aires. En C√≥rdoba, el De√°n Funes y su hermano Ambrosio, dispersaron con las milicias de Liniers y Concha antes que llegara la expedici√≥n de Ocampo. En Jujuy, el can√≥nigo Gorriti, en su Derecho Pol√≠tico las expone con singular claridad. En Montevideo, el coronel Murguiondo y los Balb√≠n est√°n prontos para alzarse. Gorriti y Funes ten√≠an una erudici√≥n y cultura pol√≠tica muy superior a Moreno, aunque les faltaba la energ√≠a de car√°cter y el brillo expansivo de su inteligencia. No son s√≥lo los hombres, sino tambi√©n las mujeres las que profesaban ideas liberales como Mar√≠a Mendeville y Mar√≠a Tiburcia de Haedo, que ofreci√≥ sus joyas y sus dos hijos a la revoluci√≥n. La doctrina de Mayo no tiene due√Īo, como dec√≠an Paso y Gorriti en el congreso de 1826, ni su fuente pr√≠stina est√° en la asamblea del 22 de Mayo. La hallamos tambi√©n en los bandos y proclamas, art√≠culos de diarios, correspondencia, estatutos, reglamentos y constituciones, en los testimonios orales, memorias y escritos de los patriotas. .La doctrina de Mayo, no es una f√≥rmula simple, est√°tica y definitiva. Su valor est√° precisamente en su constante desenvolvimiento y adaptaci√≥n a las circunstancias. Adquiere la mayor trascendencia en los debates y leyes sancionadas en este recinto. La Soberan√≠a popular y la igualdad civil plante√≥ desde Mayo una necesidad urgente: educar al pueblo y formar la clase dirigente. No hay libertad, ni igualdad en la ignorancia. Belgrano, Moreno y Rivadavia fueron los primeros adalides de la educaci√≥n. Fundar escuelas, institutos, universidades, peri√≥dicos y bibliotecas es la tarea urgente en la nueva rep√ļblica. Alberdi y Sarmiento le dan un desarrollo insospechable a aquellas rudimentarias iniciativas. Educaron al pueblo y tambi√©n a la clase dirigente. ‚ÄúEste es uno de los pueblos m√°s exquisitamente ignorantes que yo conozco‚ÄĚ dec√≠a Sarmiento, con esa franqueza que lo caracteriza. ‚ÄúHay que educarlo‚ÄĚ. ‚ÄúLas ciencias y las letras son el complemento de una civilizaci√≥n real y verdadera‚ÄĚ afirmaba Alberdi. La ignorancia es la plaga terrible que asola Sud Am√©rica, y la ignorancia se combate con la libertad de ense√Īar y aprender. El planteamiento de este problema est√° a√ļn vigente. Si en Argentina ha disminuido el analfabetismo, no ha mejorado en su medida la educaci√≥n. La deficiencia se observa mejor en la clase dirigente. Las crisis pol√≠ticas y sociales son tambi√©n problemas de educaci√≥n, de educaci√≥n popular, para trabajar con mayor eficiencia, desterrar la demagogia y respetar la ley; de educaci√≥n de los funcionarios! y hombres de Estado, para interpretar las aspiraciones populares en lugar de servir sus instintos y pasiones.

He escogido para esta tarde dos debates memorables sobre educaci√≥n, en los que intervinieron personalidades sobresalientes de dos generaciones. La educaci√≥n es un tema de permanente actualidad sobre todo en este pa√≠s, donde todav√≠a no se ha hallado una f√≥rmula adecuada para educar a la clase dirigente, ni tampoco al pueblo. La crisis pol√≠tica y social es principalmente un problema de educaci√≥n. Hace muchos a√Īos que el gobierno nacional contin√ļa con el mismo programa y las provincias participan en reducida proporci√≥n, olvidando preceptos constitucionales y las obligaciones que les impone el gobierno propio y el extraordinario desenvolvimiento del pa√≠s.

En el debate de 1878, presid√≠a la C√°mara el Dr. F√©lix Fr√≠as. ¬ŅQui√©nes eran los diputados? Bartolom√© Mitre, Amancio Alcorta, Marco Avellaneda, Miguel Can√©, Eduardo Wilde, Carlos Pellegrini, Delf√≠n Gallo, Olegario Andrade, Norberto Quirno Costa, Jos√© Cortez Funes, Manuel Quintana, Juan M. Garro, Vicente C. Quesada, Juan Agust√≠n Garc√≠a, Adolfo D√°vila, Jos√© A. Terry, etc.

El Ministro de Instrucci√≥n P√ļblica de Avellaneda Dr. Bonifacio Lastra, en su discurso record√≥ las ideas de Mayo. ‚ÄúSean cu√°les fueran las causas de nuestros infortunios, se ha conservado siempre vivo en las generaciones, el esp√≠ritu de libertad; y cada uno ha cre√≠do que el primero de sus deberes era recoger la herencia legada por las generaciones‚ÄĚ. ‚ÄúLa libertad de ense√Īanza est√° establecida por sus leyes fundamentales y consagrada por los hechos‚ÄĚ. ¬ŅQu√© se discute? Extender a los colegios particulares de ense√Īanza secundaria el derecho de rendir ex√°menes en los colegios nacionales de acuerdo con ciertas condiciones que fija la ley.

El miembro informante es Juan M. Garro, periodista y profesor ilustrado, dedicado especialmente a la ense√Īanza y a los estudios hist√≥ricos. Despu√©s fue ministro y notable publicista, respetado var√≥n de la rep√ļblica. Plante√≥ con precisi√≥n el debate: ‚ÄúEducaci√≥n popular y sufragio universal son ideas inseparables‚ÄĚ. ‚ÄúEs necesario que el gobierno comience a ser aligerado de la inmensa carga... de la ense√Īanza... y estimular los establecimientos particulares... Como deben ser colocados en un pie de igualdad, en lo posible, con los sostenidos por el Estado‚ÄĚ.

Intervienen en el debate con breves discursos una pl√©yade de diputados: Vicente C. Quesada, Olegario Andrade, Acu√Īa, Eduardo Wilde, Delf√≠n Callo, Jos√© A. Terry y Pedro Lucas Funes.

Vicente F. L√≥pez es enemigo de la libertad de ense√Īanza y defensor ac√©rrimo de los privilegios de la universidad de Buenos Aires. Trae al debate los prestigios de su padre, la experiencia de la inmigraci√≥n y las luchas por la organizaci√≥n nacional. La discusi√≥n del acuerdo de San Nicol√°s lo coloca entre los hombres de Estado m√°s descollantes del pa√≠s. Rector de la universidad y catedr√°tico de econom√≠a pol√≠tica, es tambi√©n un romanista de nota. Las m√°s diversas materias abarca su cultura y su saber. En su casa ha escuchado los relatos de la revoluci√≥n de Mayo por sus actores, y luego escribir√° su historia. Es un exponente genuino del esp√≠ritu liberal. ‚ÄúLa libertad de la educaci√≥n no es la anarqu√≠a de la educaci√≥n‚ÄĚ dice en su discurso. Somos ‚Äúuna rep√ļblica liberal que tiene esta insignia: la libertad en la vida y en el pensamiento‚ÄĚ. Dirijamos la educaci√≥n a fin de amar la libertad y sus progresos. No podemos admitir doctrinas que vengan del siglo XIV, que ‚Äútraen tras de s√≠ todas las miserias de los malos h√°bitos y una educaci√≥n retardataria‚ÄĚ. Se puede organizar libremente una universidad, pero no es posible que los certificados de casas extra√Īas sean v√°lidos en la universidad de Buenos Aires, porque ser√≠a un atentado contra la libertad misma de la ense√Īanza.

El joven Manuel Quintana, que ya hab√≠a presidido C√°mara y presidir√° la Naci√≥n, con frase precisa de hombre de ley, opina: Soy partidario de la libertad de ense√Īanza, pero no de los extremos de la licencia. No se puede admitir a examen a alumnos de colegios no controlados por el gobierno. Quintana ya es catedr√°tico de derecho civil y se destaca por sus sustanciosos discursos.

Vicente G. Quesada, disc√≠pulo de Benjam√≠n Gorostiaga, m√°s que pol√≠tico es un hombre de estudio, con larga pr√°ctica en la administraci√≥n, publicista, investigador y cr√≠tico erudito, posteriormente embajador y acad√©mico de la lengua. ‚ÄúEl despacho no significa peligro alguno para las libertades p√ļblicas, sostiene Quesada, y no se quiera restringir la libertad de ense√Īanza para servir los m√©todos que sigue una universidad de provincia. El despacho es imparcial, ‚Äúno sirve‚ÄĚ los intereses del fanatismo, ni a las ‚Äúexageradas pretensiones de libres pensadores‚ÄĚ. Lo que se busca con este proyecto de ley es privar a la universidad del derecho de examen para trasladarlo a los colegios de jesuitas.

¬ŅQui√©n provoca el debate religioso? Es L√≥pez, que no puede reprimir su temperamento apasionado. Est√° listo para librar la batalla para defender la universidad, las profesiones liberales y los grados, del asalto de los colegios religiosos, ‚Äúarruinando la ense√Īanza y la disciplina universitaria‚ÄĚ. ‚ÄúSoy partidario de la libertad de las profesiones, que nada tiene que ver con la libertad de ense√Īanza. No tenemos esa libertad y debemos establecerla. Que los t√≠tulos los expida cada colegio, pero no se puede aceptar que se ganen t√≠tulos en la universidad sin haber cursado en ella. Si se aceptan las condiciones que establece el estado, cualquiera puede pedir autorizaci√≥n al gobierno nacional o provincial para cerrar una universidad, pero los t√≠tulos del estado no ser√°n para los estudiantes que han cursado fuera de sus universidades, sin el control de sus profesores‚ÄĚ.

Los diputados cat√≥licos recogen el ataque de L√≥pez. El m√°s respetable de todos ellos es el doctor F√©lix Fr√≠as, que preside la C√°mara. Tiene sesenta a√Īos, bigote y barba blanca cerrada; bajo su calvicie sus ojos oscuros brillan en la tez rosada de su cabeza venerable, donde su nariz fina y fuerte, los p√≥mulos marcados y la mand√≠bula saliente revelan energ√≠a y calidad. Hizo la campa√Īa libertadora con el general Lavalle desde Mart√≠n Garc√≠a y conoci√≥ a San Mart√≠n en Europa. A√ļn se recuerda su magn√≠fico discurso en la legislatura de Buenos Aires sobre la dictadura de Rosas. Ministro en Chile, designado por Sarmiento, arregl√≥ la dif√≠cil disputa de l√≠mites y su eficac√≠sima gesti√≥n fue elogiada por V√©lez S√°rsfield y Avellaneda de quien fue ministro de Relaciones Exteriores. Es respetado por todos los partidos pol√≠ticos, por su austera conducta y saber, por la extensa obra de publicista que ha desarrollado. El Presidente Fr√≠as abandona su sitial para sostener en el debate que el provecto de ley no tiene la trascendencia que le quiere dar el diputado L√≥pez, s√≥lo ‚Äúaspira a establecer en favor de la libertad de ense√Īanza secundaria una garant√≠a indispensable‚ÄĚ. ‚ÄúEs la libertad que determina la constituci√≥n pero que en la pr√°ctica existe el monopolio, que ha desaparecido de todas las naciones civilizadas‚ÄĚ. ‚ÄúNo tenemos nada que hacer con la universidad de Buenos Aires‚ÄĚ. ‚ÄúEstamos legislando para la naci√≥n.

Los liberales estrechan filas y el joven Eduardo Wilde, tan agudo y mordaz, con su fisonom√≠a sajona, de piel rosada y barba encendida, afirma que si la universidad no acepta los certificados de los colegios privados es porque su ense√Īanza es deficiente. Cualquiera de los se√Īores diputados se avergonzar√≠a de no poder contestar esta pregunta que se me ocurre: ‚Äú¬ŅPor que arde una vela? Doctores de hace tres siglos no lo sab√≠an. Los colegios privados carecen de gabinete de f√≠sica‚ÄĚ. ‚ÄúLa libertad de los ex√°menes llena de pedantes al pueblo‚ÄĚ.

Peque√Īo y nervioso, joven entre los m√°s j√≥venes, Jos√© A. Terry, quiere extender los beneficios de los ex√°menes aun a los alumnos que aprenden con profesores en sus domicilios.

El estado de la ense√Īanza y su r√©gimen es el resultado de la falta de recursos, afirma el ministro Lastra. El estado debe costearla y si el estado la costea est√° en su derecho reglamentario. El peligro de admitir a ex√°menes a los alumnos de los colegios privados se evita con la vigilancia del gobierno. Garro agrega: conviene fomentar a los colegios particulares que se ajusten a una reglamentaci√≥n.

‚ÄúNo necesitamos doctores, necesitamos ciudadanos de trabajo y paz‚ÄĚ, exclama el catamarque√Īo Federico Espeche.

Quintana insiste: el monopolio del estado con la universidad de C√≥rdoba y los colegios nacionales quiere extenderse a los colegios particulares. Soy partidario de la libertad de ense√Īanza y la libertad de aprender. Admitamos a examen a todo estudiante venga de donde venga.

Quesada es un hombre ecu√°nime que conoce el ambiente del pa√≠s. Sostiene que no hay libertad de ense√Īanza, hay monopolio por la universidad de Buenos Aires. La libertad de ense√Īanza, s√≥lo se practica en toda su amplitud en Inglaterra y Estados Unidos. No es cuesti√≥n de libertad sino de posibilidades. Mitre y Quirno Costa, abogan por la libertad.

El debate lleva ya cinco sesiones, han intervenido veinte diputados y existe la impresión de. que todavía no se ha agotado.

El presidente Fr√≠as vuelve a dejar la presidencia: ‚ÄúLa rep√ļblica no tiene inter√©s m√°s alto que la instrucci√≥n p√ļblica ‚ÄĒcomienza as√≠ su discurso‚ÄĒ. ¬ŅC√≥mo se practica? La √ļnica soluci√≥n es la libertad. ¬ŅQui√©n debe ense√Īar? Todo el mundo. ¬ŅCon qu√© restricciones? Con ninguna. Al presentarse un alumno al examen no debe pregunt√°rsele de d√≥nde viene sino cu√°nto sabe. La religi√≥n y la filosof√≠a son los dos grandes poderes de toda sociedad civilizada, son las dos hermanas inmortales que deben entenderse. Estoy persuadido que los hombres que pensamos en forma diferente, cuando nos acercamos, advertimos que podemos vivir en buena armon√≠a‚ÄĚ. ‚ÄúSoy siempre partidario de la conciliaci√≥n...‚ÄĚ Sin embargo esa conciliaci√≥n no la logra con su amigo L√≥pez. ‚ÄúHace cincuenta a√Īos que nos conocemos... y nuestros corazones no estuvieron jam√°s separados por ninguna distancia...‚ÄĚ pero en opiniones que se ‚Äúrelacionan con las materias m√°s √≠ntimas, est√°n separadas de las suyas por la distancia que separa el polo √°rtico del ant√°rtico‚ÄĚ.

El desaf√≠o est√° lanzado. La lucha es violenta. El prudente y tierno presidente Fr√≠as, lanza una andanada contra la universidad de Buenos Aires y recuerda las palabras de su amigo en el debate de 1876. ‚ÄúLos colegios nacionales ‚ÄĒdec√≠a L√≥pez‚ÄĒ son, y no pueden ser otra cosa sino sucursales de la Universidad de Buenos Aires‚ÄĚ. Un colegio sucursal no es un colegio libre.

El ministro Lastra quiere evitar la tormenta que estalla. La cuesti√≥n de la libertad tan vinculada con la religi√≥n siempre se ha resuelto sinconmover a la sociedad. Nada apacigua al ardiente L√≥pez. Este ataca francamente a su amigo Fr√≠as. ‚ÄúEs √©l un celos√≠simo adversario de la emancipaci√≥n de la raz√≥n, que es la esencia de la libertad‚ÄĚ. Es un cat√≥lico ultramontano que respeta la infalibilidad del papado. No puede entonces propiciar la libertad. Lo que quiere para los colegios particulares son los grados oficiales, ‚Äúrepartir el monopolio para graduar profesores y abogados, simple cuesti√≥n mercantilista‚ÄĚ. Despu√©s de defender su universidad y desahogarse con su amigo, el discurso adquiere vuelo y amplitud. Analiza con erudici√≥n el problema de la ense√Īanza en el pa√≠s. Ataca la centralizaci√≥n que contrar√≠a el derecho de las provincias. Estas deben controlar la ense√Īanza que se imparte a sus hijos. Quiere sustraerla de la direcci√≥n del Ministro y entregarla a comisiones provinciales haciendo as√≠ un ramo del gobierno propio. Lo √ļnico que debe hacerse es trazar rumbos e inspeccionar las cuentas. La forma para que las universidades sean realmente independientes, es que el estado les entregue bienes para que se costeen con sus rentas.

L√≥pez habla durante dos sesiones. Nada olvida en su discurso, los antecedentes nacionales y los minuciosos detalles de la legislaci√≥n y experiencia extranjera, los maestros y publicistas. Su fondo de libre pensador lo lleva al ataque m√°s despiadado contra el clericalismo. El ‚Äúmonstruo de aspecto repugnante: el socialismo‚ÄĚ de que hablaba Fr√≠as, no est√° engendrado en otro vientre que en el de las reacciones. ‚ÄúSon los imperios absolutos y los Papas infalibles los que provocan las reacciones y desmanes de la incredulidad‚ÄĚ. Es el despotismo clerical y militar quienes engendran el socialismo y el carbonarismo. Termina con una √ļltima salva que hiere la religi√≥n de su amigo Fr√≠as. Los jesuitas son un ‚Äúamasijo de extranjeros sin patria y sin ciudadan√≠a, son una milicia con fines ocultos que nadie conoce ni nadie penetra‚ÄĚ. Hay que alejar a los ateos y jesuitas de las mesas examinadoras.

Cortez Funes se agita en su banca, y Fr√≠as que escucha en silencio, solicita en el acto la palabra. Despu√©s del ataque tan directo y ‚Äúuna diatriba tan larga y violenta contra todo lo que creemos y veneramos los cat√≥licos, no es posible dejarlo sin respuesta al se√Īor diputado‚ÄĚ. ‚ÄúYo no acostumbro a ser cobarde cuando se trata de defender mis creencias religiosas‚ÄĚ. Fr√≠as habla con mesura y con energ√≠a. No considera que √©l ha sido atacado, sino las ideas que profesa. No se traba en lucha personal. Todo lo dice con claridad y sencillez. ‚ÄúEl pa√≠s necesita la libertad de ense√Īanza y la universidad de Buenos Aires la monopoliza. ¬ŅSon los libres pensadores, los hombres de raz√≥n emancipada los √ļnicos que saben lo que es filosof√≠a y ciencia, lo que es la libertad? ¬ŅSomos nosotros los √ļnicos retardatarios, que no sabemos lo que es la civilizaci√≥n en el mundo, ni que son los progresos del siglo en que vivimos? La verdadera filosof√≠a es la religi√≥n cat√≥lica, filosof√≠a que est√° contenida en el catecismo. Los m√°s grandes pensadores de la humanidad fueron cat√≥licos. Despu√©s de hacer profesi√≥n de su fe, analiza el liberalismo de L√≥pez. Lo hace con iron√≠a, pero sin maldad. ‚ÄúMe ha sorprendido que el se√Īor diputado haya podido decir: yo soy libre pensador y cat√≥lico, es decir: yo soy la luz y las tinieblas; yo soy las dos cosas m√°s contradictorias del mundo: yo soy la raz√≥n emancipada y la raz√≥n no emancipada‚ÄĚ. Tiene para su amigo mayor bondad que su amigo para √©l. La cr√≠tica es m√°s elevada y sobria. Termina con un voto digno de √©l: ‚ÄúQue se estreche cada d√≠a m√°s en nuestro pa√≠s, esa alianza del esp√≠ritu religioso y el esp√≠ritu liberal a que deben su colosal grandeza los Estados Unidos‚ÄĚ.

Funes, cordob√©s, es un cat√≥lico militante, ilustre ministro de Instrucci√≥n P√ļblica y del Interior de la Confederaci√≥n, varias veces diputado nacional y posteriormente senador, miembro informante de la ley de justicia federal. Calific√≥ de inoportuno el discurso de L√≥pez, tan severo para su amigo Fr√≠as tan respetable por su ilustraci√≥n y virtudes. Funda la libertad de ense√Īanza con la inspecci√≥n superior del estado, en el inter√©s del orden. Es muy extenso y erudito su discurso. Versado en derecho can√≥nico, defiende la pol√≠tica de la iglesia, sus bulas y concilios, as√≠ como la educaci√≥n de los jesuitas. Demostr√≥ que Ad√°n no era hermafrodita, ni h√≠brido, como afirm√≥ L√≥pez, pues de serlo no .hubiera podido tener descendencia. Concluy√≥ su exposici√≥n sosteniendo que la libertad de ense√Īanza era la garant√≠a de todas las libertades.

Quintana vuelve a intervenir en el debate con esp√≠ritu realista. ‚Äú¬ŅLa comisi√≥n examinadora debe estar formada por los profesores de los colegios nacionales o por un jurado mixto?‚ÄĚ. Esta es la cuesti√≥n y sostiene el procedimiento del ‚Äújurado mixto‚ÄĚ. Para apoyar su opini√≥n trae una amplia informaci√≥n extranjera desde Italia hasta Noruega

El debate ha llegado a su t√©rmino y el art√≠culo es aprobado con la mayor√≠a de un voto. Fr√≠as y L√≥pez continuar√°n siendo amigos. Los cat√≥licos est√°n satisfechos a pesar de la exclamaci√≥n de Quintana: ‚ÄúLa C√°mara asiste a un espl√©ndido triunfo de las ideas liberales que forman el timbre de honor de nuestra √©poca‚ÄĚ.

No siempre en el viejo Congreso se desarrollan debates de esta calidad intelectual. La política interviene a menudo con sus pasiones e intereses irreductibles y entonces la discusión es terrible, cruel y sin grandeza. Los hombres más cultos pierden la mesura cuando ambicionan el poder y en el viejo parlamento eran muchos los que aspiraban a ser presidente, gobernadores y ministros.

Veinte a√Īos despu√©s se realiz√≥ otro debate memorable sobre la instrucci√≥n p√ļblica. En √©l participaron legisladores de la nueva generaci√≥n: Joaqu√≠n V. Gonz√°lez, Exequiel Ramos Mex√≠a, Marcelino Ugarte, Jos√© Yofre, Mariano de Vedia, Rufino Varela Ortiz, Pedro O. Luro, Manuel de Iriondo, Manuel G√°lvez, Vicente A. Casares, Manuel Carl√©s, Felipe Centeno, Marco M. Avellaneda, Francisco Barroetave√Īa, Antonio Bermejo, Enrique Berduc, El√≠seo Cant√≥n, Manuel Quintana. Fue un debate de otro tipo, igualmente erudito y exhaustivo, pero m√°s t√©cnico. Vuelve a estudiarse la orientaci√≥n de la ense√Īanza, la experiencia realizada, los ejemplos extranjeros. El pa√≠s hab√≠a consolidado la unidad nacional, vencido las dos crisis. Se anunciaba una era de prosperidad. Los dos contendores sobresalientes fueron el ministro de Instrucci√≥n P√ļblica Osvaldo Magnasco y el diputado Alejandro Carb√≥. Magnasco era una inteligencia privilegiada, de vasta cultura que con igual capacidad conceb√≠a la reforma educacional y el C√≥digo Penal, como traduc√≠a un verso de Horacio y dictaba la c√°tedra de derecho romano. Su hijo Benito me ha facilitado la correspondencia que mantuvo con su amigo el general Victorica. Comentan en ella la crisis de la presidencia de Luis S√°enz Pe√Īa, los trabajos del campo, y asuntos profesionales. Numerosas cartas est√°n escritas en verso y p√°ginas enteras en lat√≠n. Asombra la cultura cl√°sica del ilustre var√≥n de la organizaci√≥n nacional y de su joven amigo. ¬°Que hombres y qu√© √©poca!

Magnasco pose√≠a el don de escribir y hablar con elocuencia. Su palabra adem√°s de su sustancia ten√≠a el brillo de la imaginaci√≥n que es la gracia que Dios ofrece al orador para deleitar, seducir y convencer. Tiene treinta y seis a√Īos. Cuando habla no permanece inm√≥vil como Thiers. Su gesto es el brazo tendido y el √≠ndice que lo prolonga, como Mirabeau en la tribuna. El mech√≥n de su pelo negro ca√≠do sobre la frente, la barba en punta y la concentraci√≥n de su expresi√≥n, dan a su personalidad un aspecto austero y solemne que acent√ļa su voz grave y sonora. La movilidad de las cejas, cierta vibraci√≥n en toda su persona, revelan la electricidad contenida en su temperamento combativo. Cita con frecuencia a los escritores cl√°sicos. La mirada se le ilumina con la divina inspiraci√≥n de la poes√≠a cuando recuerda el verso latino. Aparece en sus labios la sonrisa de la gracia cuando responde con ingenio la pregunta ins√≥lita o la interrupci√≥n traviesa.

Una revoluci√≥n educacional nos trae el se√Īor ministro, dijeron en el debate. Pero el tema en discusi√≥n s√≥lo anunciaba suprimir algunos colegios nacionales para sustituirlos por institutos pr√°cticos de artes y oficios, agricultura, industrias, comercio, etc.

El diputado Carb√≥ se opuso decididamente a esa supresi√≥n. Entrerriano como Magnasco, era el primer normalista del pa√≠s. Recibido en la escuela normal de Buenos Aires, de la que fue director, muri√≥ siendo director de la Escuela normal de Profesores de C√≥rdoba, designado por mi padre. Varias veces diputado nacional. Su palabra brota espont√°neamente sin adjetivos ni abalorios, producto de un razonamiento preciso y claro. Su voz ten√≠a un atractivo singular, as√≠ como el gesto, la expresi√≥n de sus ojos, la postura de su cabeza, siempre erguida y arrogante. Atac√≥ a fondo la reforma que anunciaba el mensaje presidencial. ‚ÄúEl gobierno‚ÄĚ quiere desligarse de toda clase de ense√Īanza primaria, secundaria, normal, y aun especial, a fin de que las provincias se encarguen de ella, reserv√°ndose √ļnicamente la inspecci√≥n y superintendencia. He aqu√≠ la gran revoluci√≥n.

Pellegrini hab√≠a sostenido en 1876, que las provincias deb√≠an asumir la responsabilidad de la ense√Īanza bajo la vigilancia directa del pueblo; sacarla del poder central quien s√≥lo proveer√° los fondos para sustentarla. En el federalismo de la primera √©poca, cuando segu√≠a a Tejedor y Alsina, dec√≠a que los √ļnicos funcionarios nacionales que deb√≠an residir en las provincias eran los jueces y los recaudadores de renta.

Conoc√≠ a este ilustre personaje, siendo a√ļn ni√Īo. Yo esperaba a mi padre en las antesalas de su estudio. Pellegrini lo acompa√Īaba para despedirlo. Me pongo de pie para saludarlo.

‚ÄĒ‚Ä̬ŅEste es el joven C√°rcano?‚ÄĚ ‚ÄĒpregunta.

Me pareció un gigante. Me estrecha con fuerza la mano y me interroga.

‚ÄĒ‚Ä̬ŅQu√© carrera ya a seguir usted? ¬ŅAbogado o Militar? ¬°Son las √ļnicas profesiones para un hombre p√ļblico en este pa√≠s!‚ÄĚ

¬°C√≥mo abarcar en algunos p√°rrafos el discurso de Carb√≥! Es el Amazonas con todos sus afluentes. El argumento central es la defensa de la ense√Īanza secundaria y normal. ‚ÄúLos altos estudios universitarios son m√°s necesarios y √ļtiles que todas las escuelas t√©cnicas que propone el ministro. Los adelantos industriales salen de las universidades‚ÄĚ. No se suprima ning√ļn colegio, aum√©ntense todas las escuelas, las elementales y las t√©cnicas. Dejemos que la juventud escoja las carreras liberales, ellas no perjudican la ilustraci√≥n y los altos estudios. Son estas escuelas las que han elevado la cultura en las provincias m√°s pobres. No se puede sacrificar la ense√Īanza secundaria a fines de utilidad inmediata. La creaci√≥n de las escuelas t√©cnicas depende del adelanto econ√≥mico del pa√≠s y las necesidades de cada regi√≥n. No es conveniente sustituir aqu√©llas por √©stas. No enga√Īemos al pa√≠s con el simulacro de las escuelas t√©cnicas, cuando necesitamos afirmar nuestras aspiraciones en un mejoramiento c√≠vico nacional., con una finalidad m√°s noble que la simple habilidad para los negocios.

Es la primera vez que se estudia detenidamente, se ahonda la experiencia argentina y se la compara con las naciones extranjeras el resultado de las diversas escuelas en el interior y la capital, se citan ejemplos y hechos concretos, se abarca todo el territorio, la clase de poblaci√≥n, la psicolog√≠a individual y colectiva, el maestro y el ni√Īo, las influencias pol√≠ticas. Nada falta en la extensa exposici√≥n de Carb√≥. Su discurso es la clase de un maestro que no s√≥lo domina su lecci√≥n sino que la dice con pasi√≥n y profundas convicciones. Desde la barra la aplauden los maestros y tambi√©n la mayor√≠a de los diputados. La iniciativa ministerial estaba vencida antes del discurso de Carb√≥. Despu√©s sus adversarios tienen los argumentos para combatirla.

El presidente Roca no usa de su influencia para apoyar el proyecto de su ministro. Lo deja abandonado a su propia suerte, y el ministro se presenta a la c√°mara sin m√°s armas que su palabra, frente a una mayor√≠a contraria. La expectativa es inmensa cuando la solicita. El p√ļblico invade el recinto. Los taqu√≠grafos no tienen, espacio para trabajar. El silencio es absoluto. Los diputados rodean al orador. Nunca se vio en el parlamento una escena semejante.

Magnasco comienza pausadamente su discurso: ‚Äúla educaci√≥n es una materia tan simple y al mismo tiempo tan variada, tan conexa con todas las ramas del gobierno, sobre todo entre nosotros. Es problema de educaci√≥n el de nuestra justicia, nuestras finanzas, las industrias, la fuerza armada, nuestra diplomacia y nuestra vida institucional; es la instrucci√≥n p√ļblica de la que todo sale y a la que todo vuelve en las sociedades civilizadas, la que todo lo irradia y todo lo urge, la vida del hogar y la vida colectiva, la vida moral y la vida c√≠vica, la vida org√°nica y la vida m√°s alta del esp√≠ritu, no ha habido nunca ni habr√° jam√°s f√≥rmula de progreso social fuera del campo eternamente firme, eternamente fundamental de la educaci√≥n‚ÄĚ. La introducci√≥n conmueve al auditorio que la recibe con nutridos aplausos.

Magnasco pronunci√≥ durante dos sesiones uno de los discursos m√°s dif√≠ciles y elocuentes de su carrera pol√≠tica. Plante√≥ la crisis de la educaci√≥n en el pa√≠s y la necesidad de su reforma. Las ciencias y las letras son sin duda el complemento de una civilizaci√≥n real y verdadera, pero otros elementos deben complementarla. Pretender que la educaci√≥n sea una nueva gimnasia de la inteligencia y toda ella modelada en el liceo llamado colegio nacional es desconocer las necesidades del pa√≠s que requiere elementos de trabajo para sus campos y sus industrias. Las escuelas elementales y pr√°cticas son necesarias antes que el gobierno corone el edificio de la educaci√≥n. Estudi√≥ el ciclo superior y universitario, para sostener que fue un grave error la difusi√≥n del colegio nacional. ‚ÄúNo hay que dejarse alucinar por el espejismo de las grandes culturas, por el espejismo del liceo universitario. Por m√°s pr√°ctica que hagamos, su ense√Īanza general nos lleva indefectiblemente a las universidades‚ÄĚ. Las escuelas t√©cnicas son indispensables para armar al joven en la lucha por la vida.

Como antes Carb√≥, Magnasco revela un conocimiento y una erudici√≥n amplia. Sin abandonar los colegios nacionales y universidades, difundamos las escuelas pr√°cticas. Esta es su tesis y la desenvuelve con singular elocuencia. El ambiente hostil lo transforma al punto en una asamblea que lo escucha con simpat√≠a y admiraci√≥n, que no puede contener los aplausos que suscita su palabra. Pero cuando las personas no quieren dejarse convencer no existe razonamiento, ni dial√©ctica, ni talento que lo logre. La barra y los diputados al terminar su discurso prorrumpen en aclamaciones. Doscientas personas se lanzan a la calle para acompa√Īarlo a su despacho. El triunfo del joven ministro no tiene precedentes, pero el proyecto del ministro est√° vencido. Es in√ļtil que lo apoye Carlos Olivera el precursor de los estudios agron√≥micos. El debate contin√ļa.

Carb√≥ rectifica las estad√≠sticas del ministro Juan Balestra con su autoridad de ex ministro y austero pol√≠tico liberal, interviene con un extenso discurso, oponi√©ndose a la reforma. Nuevos elementos trae al debate, ideas substanciosas y bien dichas. Joaqu√≠n Castellanos defiende los colegios nacionales en las provincias. Los diputados Juan A. Algerich, Emilio Gouchon, Silvano Bores y Pedro Lacavera participan en la discusi√≥n. El ministro vuelve a hablar para responder a todas las cr√≠ticas. Es in√ļtil su enorme esfuerzo. La reforma es rechazada por cincuenta votos.

La idea de Magnasco de difundir las escuelas t√©cnicas es un germen que no se ha perdido. Hoy aflora como una necesidad impostergable y urgente frente al enorme desarrollo industrial y agr√≠cola del pa√≠s. Magnasco como Sentenach y Belgrano es un precursor de la ense√Īanza t√©cnica.

Fue un debate de alta calidad intelectual. Se olvidaron las diferencias partidarias, las creencias religiosas, las habilidades parlamentarias para s√≥lo considerar la gran cuesti√≥n que se discut√≠a. En ella, s√≥lo contaban los valores personales de los diputados. Esta clase de debate prestigi√≥ el parlamento argentino. El pensamiento se ennoblece con la elocuencia, la elegancia de la frase se une al vigor de la idea, y la cita cl√°sica da prestancia al discurso. La interrupci√≥n se contesta con la palabra √°gil y alada. La iron√≠a, que no lastima, estimula la respuesta. Los conceptos contradictorios coinciden en una misma inspiraci√≥n de bien p√ļblico. Las convicciones √≠ntimas se concilian en el respecto mutuo. A las pasiones las domina la inteligencia y los arrebatos los detiene la cultura. El Congreso alcanza as√≠ el m√°s alto nivel intelectual y la elocuencia misma, por el hechizo de las palabras, por la magia del sonido de la Frase. ¬ŅNo se propon√≠a Flaubert escribir una novela, sin m√°s sujeto que la belleza de la prosa?

Quien lee los discursos del viejo Congreso Nacional se siente reconfortado. Alimenta una gran esperanza en el valor de las nuevas generaciones. Lo que ha sido puede volver a ocurrir. Sobre ellas pesa una gran responsabilidad. Devolver al parlamento la capacidad, la cultura y la elocuencia que necesita el gobierno del país.

Quien lee estos debates, despu√©s de medio siglo, siente admiraci√≥n y respeto por aquellos sabios varones. Nos parece escuchar la voz de los oradores. Descubro su gesto, siento el ambiente del recinto, la expectativa y atenci√≥n del p√ļblico, el fervor con que se defienden las ideas. ¬°Cu√°nto pensamiento, experiencia y saber se desprende de esas sesiones! Discuten ideas y problemas que permanentemente preocupan a los hombres, desde la Agora de Atenas y el foro de Roma, hasta el parlamento ingl√©s y la c√°mara francesa.

Quien lee estos debates siente un respeto por el viejo parlamento argentino, donde los intereses inferiores, las pasiones personales, las ambiciones desmedidas, las argucias pol√≠ticas est√°n superadas por la capacidad, la erudici√≥n y la cultura de los legisladores, el deseo de hacer, el af√°n de crear todo lo que hace falta y todo lo que se necesita. ¬°La pasi√≥n creadora! Crear y superar, en un medio pobre, con elementos rudimentarios, cuando hac√≠a un instante se venc√≠a la √ļltima montonera y a√ļn no se hab√≠a dominado el desierto. Era entonces el congreso argentino un factor esencial en el gobierno, un colaborador indispensable, un fiscalizador eficaz que realizaba con conciencia las funciones que le se√Īala la constituci√≥n nacional. El congreso gozaba de un enorme prestigio en la opini√≥n p√ļblica. Fue la principal tribuna pol√≠tica de la naci√≥n. Era la m√°s alta expresi√≥n de la clase dirigente de las provincias y la capital. La universidad, el foro, la iglesia, el ejercito, el periodismo, el comercio y la industria estaban en el parlamento, junto con los tribunos del pueblo. Todav√≠a no hab√≠an llegado los demagogos, los simuladores y los charlistas. El congreso era la expresi√≥n real de las fuerzas que impulsaban el pa√≠s. Pellegrini, s√≥lo ocup√≥ las tareas ejecutivas durante cinco a√Īos; sin embargo, desde su banca parlamentaria fue constante su influencia en los negocios del estado y la pol√≠tica nacional. Los grandes presidentes dejaban el gobierno para continuar actuando desde su banca. Mitre, Sarmiento, Avellaneda, Roca y Pellegrini no se retiraban a cuidar su estatua, el pa√≠s los ve√≠a en el parlamento afrontando la lucha c√≠vica, como factores indispensables para mantener la continuidad de una pol√≠tica. Las disidencias, contradicciones, rivalidades y disputas eran circunstanciales y ef√≠meras frente al gran programa de construir y consolidar la unidad nacional y acelerar el progreso econ√≥mico y cultural.

En este viejo Congreso se hizo pr√°cticamente la unidad nacional. A ella se consagr√≥ y fue su tarea fundamental. La Constituci√≥n de 1853 fue el primer intento para lograrla. Sobre las bases que sancion√≥ este viejo Congreso se levant√≥ la s√≥lida construcci√≥n de la personalidad de la Rep√ļblica. Realiz√≥se la aspiraci√≥n de los hombres de Mayo: constituir una rep√ļblica liberal y democr√°tica, unida y poderosa. Esa es la principal obra de este viejo Congreso.

Aqu√≠, debemos celebrar los grandes actos de la rep√ļblica como un homenaje a su historia de cincuenta a√Īos. Ning√ļn ambiente m√°s apropiado que esta sobriedad republicana, de paredes lisas, como el Westminter Hall, la c√ļpula sostenida por simples pilares de hierro y arcos sin adornos superfluos, todo dominado por la luz cenital a la manera del sol. Y luego los sitiales, gastados por el uso, sin pupitres, que faciliten la lectura de discursos adocenados, los cl√°sicos sitiales de los parlamentos del siglo de oro.

Cuidemos y reservemos este recinto para celebrar los grandes actos de la rep√ļblica. Ninguno m√°s evocativo y prestigioso, ni otro ha visto hombres m√°s notables, ni escuchado tan fundamentales discursos.

El Cabildo de la independencia de la plaza de Mayo, la casa del Congreso de Tucum√°n y el viejo congreso de la unidad nacional, son los tres monumentos que representan tres grandes per√≠odos de nuestra historia. Lleguemos hasta ellos a buscar inspiraci√≥n y energ√≠a para defendernos de las malas ideolog√≠as extranjeras y la demagogia disolvente que desvirt√ļan y corrompen la rep√ļblica, da√Īina y espinosa maleza, que aplastaron y estirparon, los grandes varones de este congreso, para edificar la nueva y gloriosa naci√≥n.