Confederación
1851 - mensaje de Rosas a la Legislatura
 
 

Mensaje de Juan M. de Rosas a la Legislatura de Buenos Aires en ocasión del pronunciamiento de Justo J. de Urquiza





¡Viva la Confederación Argentina!


¡Mueran los salvajes asquerosos unitarios!


¡Muera el loco traidor salvaje unitario Urquiza!



Palermo de San Benito, septiembre 15 de 1851. Año 42 de la Libertad, 36 de la Independencia, y 22 de la Confederación Argentina.


A la Honorable Junta de Representantes.


Señores Representantes:


Mandar a la República en un largo período de agitación y de trastorno social; salvar la tierra de la guerra fraticida; acompañarla en la gloriosa defensa de sus libertades, y contribuir a preservarla de las ambiciones del bando traidor y funesto, salvaje unitario, fue la misión elevadamente honorable que los pueblos argentinos me impusieron, y que acepté reconocido, con el entusiasmo y amor debidos a la patria y a mis conciudadanos.


Después de una época memorable en que estaba destinada a la Confederación Argentina la gloria de consolidar su independencia, triunfando de sus enemigos, y al infrascrito el alto honor de presidirla; después que la república, sofocando en ella la anarquía, gozaba los bienes de la tranquilidad y desenvolvía sus elementos de ventura, consideré llegado el momento de dimitir el mando supremo, a que me elevó el sufragio espontáneo y reiterado de mis compatriotas. Y os pedí encarecidamente nombraseis otro ciudadano que me sucediese.


Os denegasteis a mi encarecida súplica. Opusieron se también, con benévola firmeza los habitantes de esta provincia, que ejercitando el derecho de petición ante vuestra honorabilidad, os suplicaron persistieseis en no acceder a mi reiterada renuncia; y las provincias de la Confederación, expresándose por el órgano de sus honorables Legislaturas y excelentísimos Gobiernos, exigieron también, con generoso empeño, mi permanencia al frente de los destinos nacionales, como un medio de asegurar la feliz actualidad de la república, y de prepararle un glorioso porvenir.


Abatido por el peso de tanta generosidad, de tanta benevolencia; agobiado del más profundo reconocimiento hacia los argentinos federales; sin voces para expresar la altura de esas sensaciones, presenté a vuestra honorabilidad, a mis conciudadanos, y a las provincias confederadas, el homenaje acendrado de mi profunda gratitud. Expuse con veneración la inmensa deuda que el magnánimo voto de la República me imponga; pero era incapaz de postergar a espléndidas emociones los sagrados intereses de mi patria, perseveré demandando encarecida y respetuosamente, de vuestra honorabilidad y de los pueblos confederados, un sucesor, que exento de los recelos que experimentaba mi espíritu republicano, pudiera cooperar más eficazmente que yo al engrandecimiento de nuestra tan amada patria.


La tranquilidad de que la República disfrutaba; la unión que prevalecía en sus provincias; la sensatez con que, mejorando sus instituciones, desenvolvía los elementos de su prosperidad, y la paz exterior que le presagiaba su política recta, leal y generosa para con todos los Estados, me indicaban que era llegado el momento de dimitir el mando, sin perjuicio de la nación.


Poseído de tan dulce convencimiento, persistí en mi encarecida dimisión ante vuestra honorabilidad y las provincias confederadas, creyendo que mis súplicas, la ingenuidad de mis palabras, y la fuerza de mis razones obrarían sobre el ánimo de los argentinos, decidiéndolos a conceder mi separación del mando supremo.


Pero cuando así lo esperaba, y la tranquilidad de la República me lo prometía, en esos momentos es que levantó el loco traidor salvaje unitario Urquiza la bandera de la rebelión y de la anarquía, y aspirando a romper su espada envilecida los lazos que ligan al pueblo entrerriano a la Confederación, y erigirse en el árbitro de los argentinos, se vendió miserablemente al Gobierno brasilero, que en pos de sus inveteradas ambiciones, ha invadido y ataca con una alevosía sin ejemplo el territorio y la independencia de las repúblicas del Plata.


En situación tan solemne para el pueblo argentino, en que sus leales hijos, ostentando como siempre una virtud acrisolada, se levantan en armas para resistir y escarmentar a sus enemigos, vengando tantos y tan inauditos agravios; en que se disponen con abnegación sublime a los más hermosos esfuerzos, he recibido un nuevo pronunciamiento de las provincias confederadas, que perentoriamente demandan mi continuación en el mando supremo, y del que os instruiréis por la correspondencia que tendré el honor de presentaros.


Y cuando la nación así me lo exige en momentos delicados para su tranquilidad; cuando al frente de atentatorias agresiones extranjeras, y de una rebelión inaudita, mis compatriotas me piden los acompañe en el puesto que ocupo, a defender la independencia y honra nacional; cuando la república, exaspera da por las alevosas hostilidades del Gobierno brasilero, y por la traición de los salvajes unitarios, se prepara a contestar a la guerra que ellos han precipitado; en estos momentos expectables, no puedo rehusar, ni rehúso, señores representantes, mi continuación en el Gobierno, supuesto que vuestra honorabilidad, mis compatriotas, y las provincias confederadas, creen que ella es útil y necesaria al bienestar general.


Consecuentemente a mis principios, a mis deberes, y a mi reputación, defiero gustoso el llamamiento de la República en las actuales circunstancias; y prosiguiendo de este modo en el mando supremo, me cabe el alto honor de acompañar así a mis queridos compatriotas federales en su heroica resolución de vindicar la independencia y gloria nacional, vulneradas por el pérfido gabinete brasilero, por los salvajes asquerosos unitarios, y por el inmundo loco traidor salvaje unitario Urquiza.


De acuerdo con esta resolución, me presento, pues, como los leales argentinos, resuelto a cumplir otra vez más mis reiterados juramentos de sacrificarlo todo en defensa del orden, de la libertad y honor de la Confederación.


Mis conciudadanos, que siempre me encontraron participando de sus dificultades, me hallarán hoy el mismo, con buena, robusta salud, y siempre consecuente a esos principios. Verán que, si cuando la República gozaba de paz y tranquilidad, anhelé el retiro del mando supremo, para continuar mis servicios en otro lugar subalterno, en que pudiera desempeñarlos con provecho, hoy que aparecen nuevos enemigos de la Confederación, y que el bando asqueroso de salvajes unitarios, encabezados por el loco traidor salvaje unitario Urquiza, osa levantar su enseña de sangre, pronto y presente estoy a la voz de la nación, y que correspondiendo a mis deberes, y a las esperanzas públicas, combatiré unido a los virtuosos argentinos federales, hasta dejar triunfantes y consolidados la independencia, los derechos, la honra y el porvenir nacional.


Esta es, señores representantes, la resolución en que me encuentro, en vista de los acontecimientos y circunstancias de la actualidad.


Y anhelando transmitirla antes de ahora a vuestro conocimiento, tuve el honor de comunicarla a la voz del honorable señor presidente y a uno de los diputados secretarios de vuestra honorabilidad, suplicando al primero, que al daros cuenta de ella en la primera sesión que tuvieran los señores representantes, les reiterase mi profunda gratitud.


Dios guarde a vuestra honorabilidad muchos años.


Juan Manuel de Rosas