desde 1900 hasta 1992
protagonismo femenino
 
 

María Eva Duarte de Perón, convertida ya en Eva Perón o, brevemente, Evita, juega un papel cuya importancia en la historia de ese período es indiscutible. Apasionada, implacable, valiente, deslenguada, abriga y suscita rencores tremendos a la vez que adhesiones exaltadas. Tiene 27 años cuando su marido llega al gobierno. Viste con lujo y exhibe su belleza de actriz, químicamente rubia. Desde la Fundación que lleva su nombre, distribuye favores discrecionalmente y los arranques de su carácter siembran pánico entre los ministros. Viaja por Europa, donde recibe acogidas entuasiastas y algunos desaires. Secunda fervorosamente a Perón y, referida a esa asociación, flota aún una pregunta sin respuesta: ¿quién ejercía la dirección en ella? Personalmente estimo que fue Perón, si bien de modo sutil, soslayando choques y capeando las explosiones temperamentales de su mujer.


En 1951 habrán de realizarse elecciones generales, a las que se presentará Perón en pos de una segunda presidencia. Pero la situación ha cambiado desde 1946. Cuenta el gobierno con una enorme maquinaria política, de la que entonces carecía. Dispone de los medios de difusión –que maneja Alejandro Apold– y no permite que los opositores se valgan de ellos. La propaganda oficial llega a ser agobiante y el estribillo “Perón cumple, Evita dignificaâ€, se repite con un martilleo incesante. Pero el desgaste que produce la permanencia en el poder comienza a afectar al peronismo. La frescura de aquella campaña improvisada en torno a la figura de un coronel con aire juvenil, presentado como opción frente a las injerencias de Spruille Braden, se ve reemplazada por la invitación a prolongar un régimen ya conocido, que padece problemas económicos, que acoge en su seno personajes nada recomendables, que no admite disidencias, que tolera negociados y que, además, busca congraciarse con los Estados Unidos en procura de auxilios financieros, debido a lo cual le ha dado apoyo diplomático con motivo de la Guerra de Corea, iniciada un año antes. No obstante todo eso, sin embargo, el general conserva su peculiar magnetismo, se venera la imagen de Evita en las viviendas más modestas y la plaza se sigue llenando de gente los 17 de octubre; gente que, al día siguiente, disfrutará el casi litúrguico descanso del feriado que se dedica a San Perón.


El año anterior había sido encarcelado Ricardo Balbín, dirigente radical. En enero del 51 se declara una huelga ferroviaria impulsada por la izquierda, que determina se movilice a los trabajadores del riel, poniéndolos bajo régimen militar. Poco después, a raíz de un conflicto gremial alentado desde esferas oficiales, se cierra La Prensa –que critica al gobierno– y luego se la incauta.


Los candidatos oficialistas serán Juan Domingo Perón-María Eva Duarte de Perón: Perón-Perón. Y la posibilidad cierta de que resulte electa esa fórmula conyugal provoca malestar, especialmente en las filas del Ejército, que se mantiene reticente respecto a Evita. Apercibido su marido de ello, da marcha atrás y la convence para que protagonice un “renunciamiento históricoâ€, que tiene lugar ante una multitud inmensa, reunida en la Avenida 9 de Julio. Quijano, viejo y enfermo, acepta a regañadientes volver a cubrir la plaza de candidato a vicepresidente.


Pese a tal retroceso, subsiste algún descontento militar. Y, el 28 de septiembre de 1951, estalla una revolución encabezada por el general Benjamín Menéndez, un enjuto oficial de caballería, nacionalista. éste logra sacar de Campo de Mayo una columna blindada, pero su pronunciamiento no encuentra eco. El intento falla y varios de los implicados van a dar con sus huesos al penal de Rawson, donde han de convivir con presos comunes. Además de Menéndez, son encarcelados entre otros Pío de Elía, Tomás Sánchez de Bustamante, Alejandro Agustín Lanusse y Anacleto Llosa, del Ejército los primeros y aviador el último. Mi tío Guillermo Gallardo y algunos civiles más, pasan una larga temporada en la penitenciaría de la Avenida Las Heras, hoy demolida.


El 11 de noviembre del 51, Perón-Quijano se imponen al binomio radical Balbín-Frondizi, por 4.580.000 votos contra 2.300.000.


Recién habilitadas para ello, las mujeres han votado por primera vez.