desde 1900 hasta 1992
los gorilas
 
 

En el gabinete formado por el general Eduardo Lonardi hubo liberales y nacionalistas. Entre aquéllos se contaba su ministro del Interior, Eduardo Busso; entre éstos, Mario Amadeo, su canciller. Atilio Dell’Oro Maini asume la cartera educativa, el general Uranga la de Transportes y el general Bengoa la de Ejército. El almirante Rojas es designado vicepresidente de la Nación, Juan Carlos Goyeneche secretario de Prensa y Alfredo Palacios embajador en el Uruguay.

Con funciones de asesoramiento, el presidente constituye una Junta Consultiva, donde están presentes todos los partidos políticos, con excepción del peronista y el comunista, e incluidos dos recientemente constituidos: el Demócrata Cristiano y la Unión Federal, ambos con orientación católica, pero de corte liberal el primero, de tendencia nacionalista el segundo.

Lonardi intenta poner en práctica el lema que ha impuesto a la revolución: “ni vencedores ni vencidos”. Antiperonista definido, entiende no obstante que deben mantenerse las conquistas sociales de la “era justicialista” y que, así como entre los funcionarios del “régimen depuesto” abundan los que incurrieron en latrocinios notorios, la inmensa mayoría del pueblo trabajador ha creído en Perón y le responde lealmente. Consecuente con su convicción, Lonardi se niega a disolver el partido peronista y a intervenir la CGT.

Pero hay gente que no coincide con el presidente. Son los que, pronto, serán específicamente conocidos como “gorilas”, en el lenguaje corriente. Y que se proponen arrasar con todo vestigio de peronismo. Tal posición extrema la sostienen quienes han sido tempranos opositores al régimen, pagando por ello un alto precio y que no admiten condonar esa deuda. Pero, paradójicamente, también son “gorilas” muchos que, en su momento, se abstuvieran de exteriorizar disidencia alguna con el gobierno y que hasta han sacado ventajas del mismo, dispuestos ahora a borrar el recuerdo de tales actitudes adoptando posturas implacables.

En virtud de esta divergencia capital, quedan marcadas dos líneas que dividen al elenco oficial y a las Fuerzas Armadas. Por un lado, la que inspira el presidente, apoyada por hombres de pensamiento nacionalista; por el otro, la que define a los “gorilas”, adscriptos al ideario liberal y que reivindican para sí la condición de “democráticos” aunque, en la coyuntura, se muestren poco dispuestos a tomar en cuenta los sentimientos de las mayorías populares. Sucede, en una palabra, que otra vez se ha manifestado en el país aquella dicotomía recurrente que enfrentó a “morenistas” y “saavedristas”, a “unitarios” y “federales”, a “apostólicos” y “lomonegros”, a “mitristas” y “urquicistas”, a “cívicos” e “incondicionales”, a radicales y conservadores, a la “intransigencia” y la “concordancia”, a “nazis” y “cipayos”... a “descamisados” y “oligarcas”.

Los “gorilas” apuntan rápidamente contra “los hombres del presidente”. Exigen la cabeza del general Bengoa y Lonardi cede, poniendo en su lugar a Ossorio Arana, como ministro de Ejército. El desdoblamiento de la cartera del doctor Busso, que reunía las de Interior y Justicia, unido al propósito de poner la primera a cargo de Luis María De Pablo Pardo, desatan la crisis.