desde 1900 hasta 1992
la batalla del Atlántico Sur
 
 

La respuesta al hundimiento del crucero “General Belgrano no se hizo esperar. No habían transcurrido 24 horas desde el hundimento del “Belgranoâ€, cuando aviones navales “Super Etendardâ€, provistos de misiles Exocet, enviaron al fondo del mar la fragata inglesa “Sheffieldâ€, una de las naves más modernas con que contaba la “Task Forceâ€. Este éxito, logrado mediante el empleo de un sistema de armas jamás utilizado en acciones bélicas, tuvo gran repercusión mundial. Y preocupó seriamente a los británicos, informados desde Francia respecto a que los Exocet provistos a la Argentina no estaban en condiciones de ser disparados. Dato exacto, en realidad, pero que los técnicos de la Armada se habían encargado de desvirtuar, completando el montaje de tales misiles sin asistencia francesa. Existe una versión según la cual el “Sheffield†habría sido hundido por la Fuerza Aérea, siendo el portaaviones “Hermes†el dañado por la Aviación Naval.


Por otra parte, los ingleses ya conocían la eficacia de las defensas antiaéreas emplazadas en torno a Puerto Argentino, pues perdieron varios “Harrier†despachados desde sus portaaviones para bombardear el aeropuerto, fracasando en sus misiones.


Más efectivo resultó, en cambio, el ataque que esos aparatos dirigieron contra la precaria pista existente en Darwin, donde destruyeron numerosos “Pucará†argentinos, posados en tierra.


La Fuerza Aérea nacional recibió oficialmente su bautismo de fuego el 1º de mayo. Desde esa fecha, en efecto, sucesivas formaciones de “Mirages†y “Skyhawks†Douglas dejaron sus bases en el continente para castigar a los buques enemigos, alcanzando en sus primeras incursiones dos destructores y dos fragatas tipo 21.


Sorprendió a los expertos la modalidad utilizada por nuestros pilotos, pues las escuadrillas llegaban rozando la cresta de las olas para elevarse entre los mástiles y las antenas de los barcos, sobre los que descargaban bombas, cohetes y metralla. Tan escasa era la altura de los vuelos que evitaba su detección oportuna pero, a la vez, determinó que los mecanismos de las bombas frecuentemente no llegaran a armarse durante su caída, impidiendo así que estallaran y ahorrando mayores daños a las naves atacadas con tanto empeño. Idéntico procedimiento –vuelo a ras del agua– fue el adoptado para permitir a los pesados “Hércules†burlar el bloqueo y llegar a las islas, cosa que hicieron hasta el final de la guerra.


En cuanto a las fuerzas del Ejército, defendían el aeródromo de Puerto Argentino (donde se encontraba el teniente coronel Seineldín, con el regimiento de Infantería 25), habían tomado posiciones en los montes próximos a la capital y en Darwin, destacando efectivos que vigilaban aquellos puntos de la costa favorables para algún desembarco británico.


Es preciso explicar la actuación de las unidades de superficie de la Flota de Mar argentina, que no llegaron a empeñar batalla contra la inglesa. Se aprestaban a ello en una operación que, entre otros buques, involucraba al crucero “Belgrano†y al portaviones “25 de Mayoâ€. Tal operación debió suspenderse, pues la falta de viento en la zona –cosa excepcional– no permitió despegar de este último a las máquinas con carga plena de bombas y combustible. Cuando el “Belgrano†se replegaba, fue hundido. Y, con motivo de ése y de otros ataques, realizados simultáneamente por pilotos ingleses sobre objetivos distantes entre sí, el mando argentino confirmó con certeza su presunción, en el sentido de que los británicos estaban recibiendo información suministrada por satélites norteamericanos.


La presencia de submarinos nucleares de la “Task Force†(entre 4 y 8 de ellos se hallarían en el teatro de la lucha), guiados por información satelitar estadounidense, tornaba imposible la victoria en una confrontación naval, ya que nuestras naves podían ser hundidas antes de conocer la proximidad de aquéllos, habilitados para disparar sus torpedos desde más allá del área barrida por los sistemas de detección con que contaban éstas.


A esa situación se unió otra: los organismos de inteligencia hicieron saber que Chile concentraba fuerzas en el sur, con intención aparente de invadir la Patagonia y sacar así ventajas territoriales de la guerra en que el país se hallaba comprometido. Dado el riesgo de quedar indefensos ante esa posible invasión, se optó por conservar la escuadra, replegándola a lugar seguro y soslayando un enfrentamiento ciertamente heroico pero inútil.


Entretanto, un comando formado por buzos tácticos argentinos se encontraba en Algeciras, España, con orden de echar a pique barcos ingleses dentro de la base del Peñón de Gibraltar. Entre dichos buzos se contaba uno de los guerrilleros “montoneros†que, años antes, penetrara en Río Santiago, abriendo con explosivos una gran brecha en el casco de la fragata “Santísima Trinidadâ€, que allí se estaba construyendo: capturado durante la represión, ahora colaboraba con la Armada como voluntario en esta arriesgada misión. Misión que no lograría su objeto, apresados casualmente por la policía española quienes tenían que llevarla a cabo, horas antes de cumplir el cometido que se habían propuesto y cuando el éxito parecía asegurado â—.


Por su parte, comandos británicos destruyeron en tierra varios aviones “Pucaráâ€, asentados en la pista precaria de Borbón.












Ver la novela del autor titulada Operación Algeciras, 1989. El ex guerrillero de que se trata cobró notoriedad muchos años después, con motivo de un hecho policial que también lo tuvo como protagonista. Se llama Máximo Nicoletti (a) “El gordo Alfredo”.