Historia Constitucional Argentina
4. Las clases sociales
 
 

Sumario: Las clases sociales. La cuestión social. Los sindicatos. Reforma constitucional de 1898.

 

 

En la Argentina de esta etapa, las capas altas de la sociedad estaban constituidas especialmente por grupos de estancieros, en los que se van detectando, a medida que nos aproximamos al final de la misma, los sub-sectores de los invernadores y de los criadores; los primeros con más poder económico, rango social y vinculación con los círculos políticos gravitantes 781. A esos estamentos están vinculados los intereses exportadores e importadores y de las finanzas.

A renglón seguido de la «alta sociedad», hay una creciente clase media: a ella acceden los argentinos por la vía de las actividades profesionales, del empleo en el comercio o del empleo público; y los inmigrantes, por la del comercio, la industria o la agricultura .

Los sectores humildes que están más abajo, son peones en el campo; en la ciudad, son obreros de los frigoríficos, del ferrocarril, de la elemental industria existente; cuando no, servidores domésticos. En general, los obreros urbanos están en peor situación.

Argentina se caracterizó en esta etapa y luego también, toda Latinoamérica, por dos fenómenos llamativos. En primer término, por el porcentaje creciente de sus sectores medios; luego, por su gran movilidad social. Los estratos medios, que en 1869 cubren el 11,1% de la población, en 1895 constituyen el 25,9%, y en 1914, el 29,9%. Gino Germani ha puesto de relieve, que entre 1869 y 1914, la clase media creció a un ritmo anual del 0,56%, que compara con el aumento del período intercensal, 1895-1914, que fue del 0,27%, y de la siguiente etapa intercensal, 1914-1947, que fue del 0,29%. Germani detecta que el fenómeno de ese incremento se dio especialmente entre los extranjeros, cuya movilidad social fue notable 782. Argentina es un país atípico en ese sentido: pocos sectores marginales son los que se conforman con pertenecer a un estamento social determinado, y esto es tan agudo y definido, que algunos consideran que en Argentina no existen clases sociales, esto es, franjas de la población signadas y resignadas a pertenecer a niveles económico-sociales determinados, durante lapsos prolongados. Por lo menos, esa parece ser la tendencia en los años que estudiamos.

A este fenómeno de la intensa movilidad social, mucho contribuyó el creciente grado de alfabetización que se dio a partir del primer censo de 1869, y que denotan los censos posteriores, de 1895 y 1914. La alfabetización contribuyó, fue causa, pero también resultó un efecto de aquella.

El decrecimiento del analfabetismo es más vigoroso en el Litoral que en el interior, corriendo parejo con el mayor grado de riqueza en la primera zona respecto de la segunda, por lo que, como se presumirá, la movilidad social en el interior no fue todo lo intensa que lo fue en el Litoral. El incremento de estudiantes secundarios y universitarios es señal del aumento de la clase media: los primeros presentan una tasa del 1,6 por mil en 1895, del 2,86 por mil en 1910 y del 3.7 por mil en 1914. En 1925 está en el 5,3 y en 1936 en el 7,9 por mil. El ingreso en las universidades presenta estos guarismos: 1889: 0,3 por mil; 1907: 0,8 por mil; 1917: 1,1 por mil; 1944: 3,4 por mil 783.

Asimismo se han hecho observaciones respecto del distinto incremento de los sectores medios que trabajan en condición de dependencia, comparados con los estamentos medios que hacen tareas independientes. Entre 1869 y 1895, la clase media no dependiente creció del 6,2% al 17,8%, un aumento notable. En cambio, entre 1895 y 1914 hubo una disminución del 17,8% al 14,9%. Por el contrario, cuando se analiza el sector dependiente, se observa que entre 1869 y 1895 crece del 4,1% al 6,6%, y entre 1895 y 1914, las cifras se aceleran del 6,6% al 12,4% 784. En los sectores obreros, los que trabajan por cuenta propia entre 1869 y 1895 suben del 14,7% al 23,8%, bajando al 20,9% en 1914. En cambio, los trabajadores dependientes, especializados y no especializados, bajan del 59,7% al 36.4% entre 1869 y 1895, y suben a partir de este año hasta 1914. Desde 1895 en adelante, pues, se acelera la aparición de un proletariado industrial 785.

 

La cuestión social

¿Cuál fue el panorama social en la década del ‘80? El imperio del más rotundo liberalismo propició la inexistencia de legislación social. Cuando en 1881 una Sociedad de Dependientes de Comercio solicitaba al intendente de la Capital Federal el cierre dominical de las casas de comercio, la respuesta fue favorable, poniéndose en vigencia una ordenanza de 1857 que había sido derogada en 1872. Pero siete mil firmas patronales golpearon las puertas de los despachos oficiales, incluso del ministerio del interior, y el intendente tuvo que dar marcha atrás 786. En la capital del Plata, fundada bajo el signo de la Cruz, no se respetaba el descanso dominical. El progreso indefinido y férreo era evidente: con la legislación de Indias, desde el siglo XVI, el domingo se descansaba; ahora, tres siglos después, se debía trabajar.

Según Juan Álvarez, el salario real promedio que en 1886 estaba en 2, en 1890 se había reducido a 1.34, con un descenso efectivo del 33% 787.

La vivienda obrera era el conventillo. En 1880 había 1770 conventillos en Buenos Aires, con una población de 51.915 personas, esto era el 18% del total, pues Buenos Aires contaba ese año con 286.700 habitantes. En 1887 los conventillos son 2.835, poblados por 116.167 personas; y como ahora la población ha subido a 437.875 almas, el porcentaje llega al 24% 788. El propio Eduardo Wilde nos describe esos antros: casas ómnibus, cuyos cuartos, a la vez que dormitorios para toda la familia, eran «comedor, cocina y despensa, patio para que jueguen los niños y sitio donde se depositan los excrementos, a lo menos temporalmente, depósito de basura, almacén de ropa sucia y limpia, si la hay; morada del perro y del gato, deposito de agua, almacén de combustibles, sitio donde arde de noche un candil, una vela o una lámpara; en fin, cada cuarto de éstos es un pandemonium donde respiran, contra todas las prescripciones higiénicas, contra las leyes del sentido común y del buen gusto y hasta contra las exigencias del organismo mismo, cuatro, cinco o más personas»789.

En este ambiente, con la proliferación de este hábitat, y el laicismo escolar, no resultó extraño que el medio moral decayera. Entre los años 1885 y 1910 el número de delincuentes en la Capital Federal se incrementó de 1731 a 111.141. En tanto la población subía en esos años en la Capital Federal, de 384.492 a 1.314.163 almas, esto es, en relación de 1 a 3, los delincuentes lo hacían de 1 a más de 6 790. Tampoco es raro que la tasa de mortalidad aumentara durante la década 791. La tuberculosis hace su agosto y conjuntamente con ella, en los barrios donde pululan los conventillos y las casitas de madera y zinc, toda otra clase de enfermedades, en especial las gastrointestinales 792.

La jornada de trabajo corriente era la de 10 horas, pero algunos trabajaban hasta 12 y 14 horas. Muy pocos eran los que lo hacían 8 o 9 horas. En 1881, la Unión de Obreros Albañiles solicitó que la jornada fuera de once horas en verano y nueve en invierno 793. A pesar de las extensas jornadas, según los cálculos de Patroni, el cotejo entre los ingresos y los gastos de un hogar obrero común de la época, siempre arroja déficit 794. Según describe Panettieri, la situación reinante, con «un salario real en constante desvalorización, continuos aumentos en los costos de artículos de primera necesidad, excesivas jornadas de labor, manifiesta incomprensión patronal, indiferencia de los poderes públicos, debían lógicamente provocar la reacción de los trabajadores»795. Comienza entonces la protesta obrera.

Entre 1882 y 1887 ha habido huelgas esporádicas de yeseros, obreros de la construcción, carteros, telefónicos y panaderos. En 1888 las huelgas son dos, tres en 1889 y cuatro en 1890. A partir de este año se celebrará el 1° de mayo con concentraciones masivas presididas por banderas rojas y con canto de la «Internacional». El anarquismo y el socialismo han arribado a nuestras playas, y pronto habrá terrorismo y nihilismo en las calles, contestando con odio a esa indiferencia de los poderes públicos de que habla Panettieri.

No mejoran las cosas desde la crisis del ‘90 en adelante. Las huelgas, que son 19 en 1895, en 1902 llegan a 26; en 1907 alcanzan a 231, con 169.000 obreros parados. En 1910 llegan a 298. Los motivos de las huelgas revelan que las condiciones de trabajo no han mejorado: jornada horaria excesiva, salarios bajos, represión a las organizaciones gremiales existentes, reclamos del establecimiento del seguro por accidentes del trabajo a cargo de los empresarios, demanda de la reglamentación del trabajo de las mujeres y los niños. Es verdad que el salario real entre 1894 y 1904 se recupera, pero entre 1904 y 1914 vuelve a caer. Sigue aumentando la tasa de mortalidad, por tuberculosis especialmente. La desocupación supera el 5% aún en épocas de prosperidad, llegando al 20% en los años críticos.

El problema de la casa-habitación mejora un tanto: en 1904 la séptima parte de la población porteña sigue viviendo en conventillos, a un promedio de 3 personas por pieza 796. En 1907 hay una huelga de inquilinos por los excesivos precios que se obliga a pagar por misérrimos alojamientos; ella tiene por escenarios a Buenos Aires y a Rosario: los inquilinos piden una rebaja del 30% en los alquileres 797.

Hacia 1895 el salario real baja en relación con el de 1886 798. En 1897 la jornada de labor de la mayoría de los obreros seguía estando entre las 10 y 14 horas diarias 799. Los datos sobre los presupuestos familiares entre 1908 y 1912, que exhibe Panettieri, demuestran que en general los salarios percibidos no permiten mantener lo que llamamos canasta familiar 800. Esto obliga a trabajar a las mujeres y a los menores, aquéllas a veces en su domicilio. Una fábrica de bolsas empleaba niñas de 6 a 7 años de edad 801. En 1903, prestaban servicios en Buenos Aires 11.723 mujeres, 10.922 menores de 16 años y 1.197 menores de 14 años. Las mujeres tenían una jornada de labor igual a la de los hombres. El maltrato de los menores era común 802.

En los ingenios azucareros de Tucumán y Jujuy, en los obrajes, en las fábricas de tanino y en los yerbatales del noreste, dice Panettieri, existió «la más cruel explotación humana»803. Juan Bialet Masse, enviado por el ministro Joaquín V. González a esas regiones para producir un informe sobre la situación de esos obreros, hacia 1904, constata la existencia de salarios más miserables que los mínimos de Europa, desocupación endémica por la maquinización de las tareas y por la muerte del artesanado industrial, salarios pagados con bonos que el comercio recibe con una quita sustancial. El traslado en tren para arribar a los lugares de trabajo era de un hacinamiento y de una suciedad propias para las bestias; se dormía a la intemperie, la alimentación era insuficiente, los salarios atrasados, no pagados para sujetar a los trabajadores a la situación, alimentos fiados que se cobran a precios elevados el día del pago 804. Jornadas de sol a sol, con 12 horas de labor diaria, viviendas hediondas, promiscuidad de hombres, mujeres y niños, vestimenta miserable, enfermedades continuas. Triste situación en los ingenios azucareros, expone el diario «La Nación» en su edición del 8 de junio de 1903 805.

En La Rioja los comercios pagan salarios de $20 a $40 por mes; en las minas los sueldos máximos no pasan de $45 mensuales, un peón ganaba apenas $1 diario. En dichos salarios iba incluida la ración, que no era suficiente 806. En Corrientes, los peones ganaban de $8 a $ 10 mensuales y los capataces $15, en ambos casos, más la comida 807.

En todas las regiones la mujer debe trabajar. Dice Rodríguez Marquina: «La mujer del artesano es la bestia de carga sobre la que pesa toda la familia; ella es la que sufre; ella es la que revendiendo frutas o amasando o lavando, o recibiendo pensionistas para darles de comer, consigue economizar unos centavos para vestir a sus hijos y no pocas veces para alimentarlos»808.

Juan Bialet Massé concluye: «Como ha podido ver V.E. en este informe, desde Santa Fe a Jujuy, el almacén o proveeduría y el crédito al obrero sobre su salario, son las armas que esgrime la explotación para estrujarle, sin reparar en fomentar vicios, antes bien induciéndolo a que se encenague en él, manteniéndolo en un estado de embrutecimiento y de degeneración física y moral que constituye un peligro público»809. Panettieri, resume: «Jornadas agotadoras; salarios por debajo de los necesarios para la subsistencia; casi siempre sufriendo malos tratos; casi nunca cobrando sus jornales en moneda nacional; presa fácil del alcohol y las deformaciones congénitas; subalimentado en un país donde sobraban los alimentos, tal fue la triste trayectoria del trabajador criollo hasta más allá de 1930» 810.

 

Los sindicatos

La explotación del hombre por el hombre generada por el crudo capitalismo emergente del liberalismo económico nacido a fines del siglo XVIII, provoca la aparición de una organización obrera revolucionaria. El sindicalismo vuelve a tener vigencia por estos carriles, negados los derechos de los trabajadores a agremiarse reconocidos desde la Edad Media. En 1864 aparece en Londres la I Internacional, en la que tendrá prevalencia Carlos Marx, pero también en ella estarán presentes los anarquistas, con Miguel Bakunin. Ya se visualizan las diferencias entre los socialistas, unos partidarios de la utilización de los mecanismos políticos burgueses para implantar la dictadura del proletariado, y otros quienes para llegar al mismo objetivo, propician la destrucción del Estado burgués mediante la acción directa: los anarquistas.

Los inmigrantes que llegaron a Argentina en la segunda mitad del siglo XIX, fueron portadores de estas ideologías y algunos dirigentes fundaron los primeros sindicatos.

En 1877 se constituyó la Unión Tipográfica sobre la base de la Sociedad Tipográfica Bonaerense, que comenzó a actuar en 1857, quizás la más vieja entidad sindical del país. En 1878, la Unión Tipográfica realizó la primera huelga importante en la República.

En la década del ‘80 aparecieron la Unión Obreros Panaderos y la Sociedad de Obreros Molineros, las dos en 1881, la Unión Oficiales Yeseros (1882), Sociedad Obreros Tapiceros, Sociedad de Mayorales y Cocheros de Tranvías (ambas en 1883). En este año se forma la Sociedad de Resistencia de Obreros Marmoleros, y la Sociedad de Obreros Panaderos en 1885: estos dos gremios tienen como objeto la lucha sindical, mientras que los mencionados anteriormente son de ayuda mutua, fundamentalmente, lo mismo que «La Fraternidad», creada en 1887 por conductores y foguistas ferroviarios 811.

En 1889 se constituyó en París la II Internacional, reunión a la que asistió un delegado del Club Socialista Vorwaerts, fundado por alemanes en 1882. En esta Internacional predominaron los socialistas y se estableció el 1° de mayo como «Día del Trabajo», en homenaje a los obreros ajusticiados en Chicago y en demanda de la jornada de 8 horas de trabajo.

En nuestro país, el Club Vorwaerts constituyó un Comité Internacional Obrero, que celebró el 1° de mayo por primera vez, en Buenos Aires, en 1890. Este Comité creó la Federación de Trabajadores de la República Argentina en 1891, con su periódico «El Obrero». Fue la primera central obrera del país, donde disintieron socialistas y anarquistas, lo que la llevó a su disolución en 1892. En 1894 hay una segunda Federación del mismo nombre, y en 1896 una tercera: ambas fracasaron. Hemos analizado en este trabajo el nacimiento del Partido Socialista, en 1896.

En 1901 aparece la Federación Obrera Argentina (FOA), integrada por socialistas y anarquistas, que dura lo que un lirio. En 1903 se separan los socialistas y forman la unión General de Trabajadores (UGT).

En 1902, según proyecto presentado por Miguel Cané, el Congreso dicta la ley n° 4.144, llamada «de residencia», por la cual, mediante un simple decreto, el poder ejecutivo nacional podía, por el artículo 2°, sin juicio previo, desterrar del país a todo extranjero «que comprometa la seguridad nacional o perturbe el orden público»; además su artículo 3° prescribía que «el poder ejecutivo podrá impedir la entrada al territorio de la República a todo extranjero cuyos antecedentes autoricen a incluirlo entre aquéllos a que se refieren «los artículos anteriores», comprendiendo los casos de extranjeros condenados o perseguidos por tribunales extranjeros por crímenes o delitos comunes, que también podían ser expulsados (arts. 1 y 2).

En 1904, como las huelgas y la violencia obrera no cesan, Joaquín V. González, ministro del interior de Roca, proyecta un Código del Trabajo que el Congreso no sanciona. Establecía la jornada de trabajo de 48 horas semanales, 42 para los menores; el descanso dominical y en ciertos días feriados, prescripciones sobre trabajo a domicilio, condiciones de higiene y seguridad, contratos colectivos, asociaciones industriales y obreras, etc. Normas que prohibían a los gremios coaccionar a los obreros no asociados para que no concurriesen a trabajar en caso de huelga, la facultad del Estado de disolver un sindicato cuando alterase la paz y el orden, entre otros casos, hizo que tanto la FOA como la UGT rechazaran el proyecto. No así el Partido Socialista, que en su sexto congreso reunido en Rosario aceptó en general el proyecto.

Volviendo a la .evolución de las centrales gremiales, la FOA, que quedó con las anarquistas solamente, se transformó, en su cuarto congreso, en Federación Obrera Regional Argentina (FORA). En el quinto congreso se declaró consustanciada con el comunismo anárquico. En el seno de la socialista UGT, aparece hacia 1903 la corriente sindicalista que declaró que: «Los sindicatos y no el partido político son el arma principal de la lucha proletaria»812. Los sindicalistas fueron una corriente intermedia entre socialistas y anarquistas; no despreciaban la acción política, pero la subordinaban a la actividad sindical; la huelga general, como método de lucha, los acercaba al anarquismo.

Las huelgas violentas llenan los primeros años del siglo. En 1907, en Ingeniero White, son muertos 7 obreros por la policía. El 1° de mayo de 1909 hay dos actos en Buenos Aires: uno organizado por la FORA, anarquista, y el otro por la UGT, socialista y sindicalista. Como el primero no había sido autorizado, la policía intenta disolverlo; dado que los obreros insisten en realizarlo, aquélla apela a las armas de fuego, lo que provocó 8 muertes y 40 heridos, entre los trabajadores. La UGT, cuyo mitin estuvo permitido, se adhiere al duelo, y se declara la huelga general. Se implanta el estado de sitio y se aplica la ley 4.144. En represalia, en noviembre, el jefe de policía, coronel Ramón L. Falcón, y su secretario son muertos en un atentado anarquista. El clima de confraternidad obrera lleva ese mismo año a la creación de la Confederación Obrera Regional Argentina (CORA), a la cual se volcó la DGT y algunos gremios de la FORA, aunque esta siguió con su actividad.

En mayo de 1910, se aprestaba a vivir la República los festejos del centenario de la Revolución de Mayo. Los anarquistas declararon la huelga general el 14 de mayo, por lo que se restablece el estado de sitio. En junio de 1910 estalla una bomba en plena sala del teatro Colón, en uno de los actos conmemorativos. El Congreso sanciona entonces la ley n° 7.029, llamada de «defensa social»: se prohibía la entrada al país a los anarquistas y a los que preconizaran el uso de la fuerza contra funcionarios públicos, o gobierno en general o instituciones de la sociedad. También se vedaba constituir una asociación de personas o reunirse con la finalidad de propagar, instigar o cometer hechos sancionados por las leyes nacionales. Los actos de terrorismo se reprimían hasta con la pena de muerte.

En 1914 se incorpora la CORA a la FORA; los sindicalistas mantienen ahora predominio en ésta. En el IX congreso de la FORA, que se realiza en 1915, los asistentes se manifiestan mayoritariamente sindicalistas. Los anarquistas, que pretenden un pronunciamiento a favor del comunismo anárquico, se separan y forman su propia organización que denominan FORA del V Congreso. Quedan así perfiladas la FORA del IX Congreso, donde conviven socialistas y sindicalistas, con prevalencia de éstos, y la minoritaria FORA del V Congreso, que nuclea a anarquistas. La primera acrecentará su poderío en la presidencia de Yrigoyen, quien mirará al sindicalismo con simpatía 813.

Además de las corrientes anarquistas, socialistas y sindicalistas, la cuestión social también preocupa al catolicismo. En la I Asamblea de los Católicos Argentinos celebrada en Buenos Aires a partir del 15 de agosto de 1884, en la que participaron más de 140 delegados de todo el país, se resolvió en materia social seguir trabajando activamente por la implantación del feriado dominical 814, propició la enseñanza técnica de la juventud mediante la creación de escuelas de artes y oficios; preconizó la fundación de círculos de trabajadores con fines de edificación, propaganda y socorros mutuos, algunos de los cuales ya funcionaban en Buenos Aires y en Córdoba; también auspició el establecimiento de talleres obreros y oficinas de colocación para los desocupados. Estrada señaló como tema de estudio el de la vivienda: «No hay sociedad sólida sin familia regular; y no hay familia regular sin hogar seguro e independiente. Los arrendamientos precarios, las aglomeraciones de familias en edificios comunes, las habitaciones estrechas e insalubres, conspiran contra la vida, contra la dignidad y contra la moral de las clases obreras»815. Emilio Lamarca, en su intervención, además de condenar el clima fraudulento que se vivía, y al «cosmopolitismo sectario» de quienes llamó «oligarquía», en el diario «La Unión», condenó la política oficial autora de tanta corrupción y males sociales 816.

En 1891, León XIII escribía la encíclica «Rerum Novarum», en la que el Papa condenaba los excesos del capitalismo liberal; afirmaba el derecho privado de propiedad pero le atribuía a ésta una función social; no admitía la libre contratación del trabajo y afirmaba la necesidad del dictado de una legislación social; condenaba como falso que el trabajo fuera una mercancía y que su valor dependiera de leyes económicas inexorables, debiendo el salario del obrero bastarle para poder vivir él y su familia en condiciones ordinarias; y defendía el derecho de los obreros a organizarse sindicalmente para defender sus derechos. Los principios de esta encíclica fueron difundidos en Argentina, y desde allí en más, los católicos se entregaron a la acción social.

El padre Federico Grote fundó en 1892 los Círculos de Obreros; que difundieron el mutualismo entre los trabajadores y les ofrecieron un sano esparcimiento. En 1912 los círculos establecidos eran 77, con 22.930 socios 817. Paralela a los Círculos de Obreros, Grote fundó en 1902 la Liga Democrática Cristiana, para procurar formar corporaciones gremiales y profesionales, y trabajar para obtener una legislación protectora de la clase obrera, entre otros objetivos 818.

En el II Congreso de los Católicos celebrado en Buenos Aires en 1907, se resolvió propiciar la creación de sociedades protectoras de la familia obrera, la creación de sociedades de socorros mutuos, la construcción de casas económicas para los obreros y el avance en materia de legislación social 819. Como fruto del III Congreso realizado en Córdoba en 1908, Emilio Lamarca promovió la fundación de la Liga Social Argentina, cuyos objetivos eran sustentar la organización cristiana de la sociedad, combatir todo error o tendencia subversiva, «levantar intelectual y socialmente todas las profesiones y clases sociales»820. La Liga Social Argentina logró contar con más de 5.000 adherentes en 1914, y el número de centros en 1919 era de 184 821.

Los católicos estuvieron presentes en la sanción de las leyes sociales de la época. La primera, que establecía el descanso dominical, de 1905, y la segunda, de 1907, que reglamentaba el trabajo de mujeres y menores, ambas fueron propiciadas por el diputado Santiago O’ Farrell, entre otros legisladores, como el socialista Alfredo L. Palacios. O’ Farrell fue presidente de la Federación de Círculos de Obreros. Ambas conquistas ya habían sido propiciadas por los católicos desde 1884 en adelante. Estas dos leyes, según Auzá, fueron las dos primeras leyes laborales que se dictaron en América 822.

Otro diputado católico, Arturo M. Bas, propició en 1915 la ley n° 9.688, de accidentes del trabajo, y la ley n° 9.148 de agencias gratuitas de colocaciones, de 1913. Juan F. Cafferata, también militante católico, propició en 1915 la ley n° 9.677 de viviendas económicas.

Fuera del período que estudiamos, Bas y Cafferata, propiciaron múltiples iniciativas convertidas en leyes laborales, a veces, y otras, con menos suerte, quedaron en meros proyectos. Esto puede consultarse en uno de los ilustrativos trabajos de Auzá 823. También, merced a los diputados José Luis Cantilo y Ernesto Padilla, de extracción católica, fue reorganizado el Departamento del Trabajo, en 1912, que había sido creado por ley de 1907.

Los católicos dijeron cosas profundas respecto de la cuestión social. Emilio La-marca, en aquella época, demuestra que el liberalismo criollo sólo ha generado socialismo y anarquismo a fuerza de predicar la inexistencia de Dios, de su ley, que «no hay más divinidad real, activa, imponente, que la materia eterna, eternamente evolutiva», que «el hombre no es hechura del Creador, sino que desciende de los célebres monos catarrhinos», que «no hay, por consiguiente, tal libre albedrío; todo se reduce a fuerza y materia»824. Con tales apotegmas enseñados y practicados por los positivistas –profesores, periodistas, funcionarios, científicos y «filósofos» del régimen– ciertos sectores sociales se dedicarán al intento de destruir al Estado y a las fuerzas patronales. Dice Lamarca: «el pueblo es sencillamente lógico y fatalmente saca las desastrosas consecuencias de las falaces doctrinas que se le inculcan». «Las hordas de pitecántropos, una vez afeitados y descolados», en el ocurrente giro de Lamarca, desprovistos de todo prejuicio ético, se entregan a la acción directa, aunque evolucionados en sus métodos, pues habiendo rumiado los rudimentos de la física y de la química, están en condiciones de fabricar elementos detonantes, agregamos nosotros.

Agrega Lamarca: «El liberalismo suele protestar contra semejantes doctrinas cuando se traducen en hechos; pero él las ha iniciado, él ha puesto en duda hasta lo más sagrado, él ha cohonestado, él ha suministrado las causas, él las ha fomentado y aplaudido, y para el pueblo estos no son cuentos; lo precipitan a las vías de hecho». Y concluye afirmando que al coronel Falcón, son los liberales los que lo han muerto. Los positivistas del ‘80 recogían a principios de nuestro siglo el resultado de lo que habían sembrado 825.

La cuestión social no afectó solamente a la ciudad. En el campo la situación de los arrendatarios era difícil, sometidos a leoninos contratos de locación, que significaban en muchos casos tener que desprenderse de la mitad de lo recolectado, con plazos muy limitados de duración, y debiendo soportar imposiciones de los dueños de las extensiones que exigían, por ejemplo, que las labores agrícolas se realizaran con sus máquinas.

En 1912, en Alcorta, impulsados por el cura de la localidad, Pascual Netri, más de dos mil colonos paralizaron sus labores agrícolas y exigieron contratos de arrendamiento de por lo menos 4 años, pago del alquiler con un 25% de lo producido, libertad de realizar las labores agrícolas con las máquinas que decidiera el agricultor, etc. El llamado «Grito de Alcorta» se irradió a zonas agrícolas de Buenos Aires y Córdoba, y fue todo un éxito. Los propietarios se vieron obligados a aceptar la demanda de los colonos. Las mejoras beneficiaron a muchos, pues el número de arrendatarios había crecido. En la provincia de Santa Fe, el porcentaje de explotaciones trabajadas por gente que no era propietaria, pasó entre los años en 1895 y 1914, del 37,59% al 69%, en la provincia de Buenos Aires del 40,64% al 56,54%, en Córdoba del 13,14% al 56,86%, y en Entre Ríos del 20,91% al 43,06% 826.

 

Reforma constitucional de 1898

Dado que la Constitución establecía en el artículo 37 que los diputados se elegirían a razón de 1 cada 20.000 habitantes o de una fracción que no bajara de 10.000 habitantes, al reflejar el segundo censo de 1895 que la población se había duplicado en relación con la del primero, en aplicación del artículo 39, que prescribía que el número de diputados se iría arreglando conforme a los resultados de los censos, los diputados, que eran 88, se habrían duplicado en cantidad, lo que parecía excesivo.

Tal situación motivó que se considerara necesaria una reforma de la Constitución, proponiéndose que la Cámara de Diputados se compusiera con 1 representante cada 33.000 habitantes o fracción que no bajara de 16.500, agregándose que «después de la realización de cada censo, el congreso fijará la representación con arreglo al mismo, pudiendo aumentar pero no disminuir la base expresada para cada diputado». También se propuso aumentar el número de ministros de! poder ejecutivo de cinco a ocho, y reformar el artículo 67, inciso 1°, que prescribía la existencia de aduanas «uniformes en toda la nación», con el objeto de permitir la existencia de puertos libres en la Patagonia.

La Convención Constituyente funcionó en marzo de 1898 y aprobó solamente las dos primeras reformas propuestas por el Congreso. Los diputados, que habían sido 88 (42 del litoral y 46 del interior), pasaron a ser 120 (74 del litoral y 46 del interior), con el consiguiente aumento de los electores de presidente y vicepresidente, en cuanto estos duplican el número de diputados y senadores que cada distrito manda a las cámaras (artículo 81 de la Constitución): así, los electores serían 300: es decir, 172 del Litoral y 128 del interior; cuando hasta la reforma habían sido 104 del Litoral y 128 del interior. La concentración humana en el Litoral le daría a éste, de aquí en más, preponderancia política. En relación al aumento de los ministros, que quedó consagrado con la reforma, se especificó que en adelante, el ramo de ellos sería deslindado por una ley, y no fijado por la propia Constitución, como hasta ese momento lo había determinado el artículo 87.