Camperadas
Capataces
 
 
Otro hombre seguro para el lazo era Castillo; Gregorio Castillo o Chacho Castillo como lo llamaban comúnmente. Se jubiló de Capataz y hoy es difunto lo mismo que el mentado Hermito Arce.
Con él sabíamos ir a sacar toros del monte, de esos que se hacen matreros, se ganan en los mogotes más tupidos y fieros y no hay Cristo que los haga salir ni echándoles los perros. Como tampoco se los podía enlazar en esa guarida, había que usar alguna estratagema para que asomaran la cabeza y dar lugar a enguascarlos. Primero se lo empacaba y embravecía con los perros, luego un jinete bien montado hacía recular el caballo, dando el anca hasta introducirla en el mogote para tentar al bicho. Esa era la triste tarea que me tocaba a mí: si el enlazador erraba el tiro, difícilmente me escapaba entre el monte, donde no podía correr, que el toro me alcanzara. Pero le tenía confianza a mi compañero y nunca me falló.
Cumplida la tarea de los perros, la bravura lo perdía solo al animal, pegaba un bufido y atropellaba al caballo poniéndose al descubierto y a tiro para que el capataz le cerrara la armada en las guampas. Otro lazo se ceñía también en la cabeza para evitar que el toro se volviera sobre alguno de los jinetes. Así lo llevábamos hasta el lugar donde se encontraba el señuelo, para luego, una vez rejuntados todos los alzados, arrimarlos a los potreros de descanso.
Otro Capataz muy campero a quien ya mencioné -Honorio Espinosa-, hoy jubilado pero a quien suelo todavía ver de a caballo en algún cruce, me supo enseñar una vez cómo se hace para sacarle las mañas a esos toros bravos que se las dan de malos.
Un día veníamos arreando entre los dos un lote de toros para largar a servicio en los rodeos. Había uno que cada tanto se empacaba y nos daba frente amagando atropellarnos; cada vez se ponía más engreído y hasta nos erró cerquita unas corneadas, obligándonos a sacarle el caballo en cada embestida. Al final se calentó también el Ñato Espinosa y me dijo: «Ahora vas a ver lo que le hago a este guacho en cuantito se empaque de nuevo». Andaba montado en un zaino mestizo pero fuerte y de mediana alzada, que era como pistola de bolsillo para la atropellada. Así fue: no bien el toro volvió a empacarse haciendo mención de encararnos, le cerró espuelas al zaino y antes de que el bicho tuviera tiempo de reaccionar le encajó un bruto caballazo entre las dos guampas sentándolo de culo sobre los garrones. Se acabó el malo, de ahí en más siguió mansito al rodeo junto con sus congéneres.
Sé de otros criollos que también eran capaces de esta hazaña, pero yo no he vuelto a ver jinete que haga tal demostración de baquía campera, coraje, precisión y dominio del caballo.
No dudo que una suerte como ésta hubiera merecido el aplauso del público en un ruedo de toros de la Madre Patria.
Honorio no domaba porque las funciones de Capataz no le dejaban tiempo para ello, pero era un jinete en todo el sentido de la palabra. Continuaba los caballos recién enfrenados que entregaban los domadores; animal que agarraba fija que sacaba un chuzo. Su tropilla se lucía siempre por lo pareja y entablada, dentro y fuera del campo.
Como Capataz controlaba a los domadores y los ayudaba en los primeros galopes apadrinándolos. En esta tarea era una garantía, si el jinete seguía sus indicaciones seguro que ganaba la partida. Con solo verlos presentía las mañas y las cualidades de cada potro; mientras apadrinaba, le iba dando las instrucciones necesarias al domador.
No se recibía ningún caballo como hecho sin el visto bueno del Capataz. Los animales se entregaban mansos de freno y de lazo; también tenían que saber formar dando frente en la ronda de la tropilla.
 El procedimiento para entablar los redomones y enseñarles a formas es simple y lo aprenden enseguida; se intercalan en la ronda los potros embolazados con los mansos, se van acollarando un potro con un manso, dejándolos en esa posición durante un buen rato. Después de repetir esa operación varios días, se los hace formar solos con la yegua madrina, ayudados por un lazo o maneador a manera de ronda y una picana para obligarlos a dar frente. A la voz de «frente, forme caballo» se los hace alinear correctamente. Luego se saca el lazo que los sujeta por delante y se los deja un rato quietos para que se acostumbren a parar. Se embozalan los que se van a ensillar y se retiran de la ronda sin permitir que los demás se muevan de su sitio hasta que no se les dé la orden.
He visto redomones con pocos galopes formar correctamente en el corral junto a la madrina veterana y permanecer en la ronda ata que se sacara el que se iba a ensillar y luego se diera puerta a la tropilla para que saliera.
Con tropillas bien entabladas y enseñadas a formar, se agarra un caballo en cualquier parte. He tenido tropilla que paraba y formaba aún en medio del campo, sin tener cerco donde recostarla.