Grupos Políticos en la Revolución de Mayo
Primera oportunidad: Independencia con Beresford
 
 

Ya en 1804, con la llegada del coronel Santiago Florencio Burke al río de la Plata, en calidad de emisario del Primer Ministro británico William Pitt, se producen las primeras entrevistas con el grupo de Castelli, que habrían de preparar el camino para futuros entendimientos. “En cuanto a los criollos —escribe Roberts— no sabemos quiénes serían sus confidentes fuera de Castelli y los Rodríguez Peña”11.


“En la hostería de los Tres Reyes —afirma Chaves—, la más afamada de la Capital, en aquel entonces, y en la casa de la calle de las. Torres, Burke y Castelli mantuvieron sendas conferencias para considerar el asunto. Es probable que el abogado le suministrase una información completa respecto del estado de ánimo de la población nativa y los deseos de independencia que alentaba, y, a su vez, el emisario debió haber prometido, ofrecido, seguridades acerca del apoyo inglés”12.


Este ofrecimiento debía haberse concretado en ocasión de las invasiones inglesas al Río de la Plata, pero la ambición imperialista lo hizo fracasar.


Las tropas británicas fueron recibidas con júbilo por el grupo de Castelli y los sectores más conspicuos del vecindario, pues veían en ellas la oportunidad de sacudir el decadente poder español, subyugado entonces por el inepto Manuel Godoy.


Así lo refiere Manuel Aniceto Padilla, uno de los principales corifeos de este censurable proyecto: “Inmediatamente después que el triunfo de las armas de S. M. B. liberó de la dominación española la Capital de la Provincia del Río de la Plata, sus habitantes creyeron que el objeto de la Nación Británica fue el de proteger la independencia de ese país; esta persuasión produjo efectivamente un placer general...”13.


Se equivoca Padilla cuando generaliza su afirmación, los sectores más humildes de la población, enrolados posteriormente en las milicias, que constituían el núcleo mayoritario de la ciudad y la campaña, resistieron desde el primer momento la invasión extranjera, a pesar de la apostasía de la clase dirigente. Como expresa José María Rosa: “Las invasiones inglesas... colocaron frente a frente a las dos clases de la población: mientras los inferiores luchaban con tesón por su suelo y su manera de vivir, muchos principales habían jurado lealtad a los invasores en 1806 y menguado en la defensa de la ciudad en 1807”14.


Saturnino Rodríguez Peña, en carta al Ministro de Negocios Extranjeros de Portugal, Rodrigo de Souza Coutínho, le expresaba lo siguiente: “El ataque de las tropas inglesas bajo el mando del honorable Beresford, excitó después los ánimos predispuestos con los justísimo motivos que son públicos y que se les hacían insoportables con el ejercicio de una monarquía sometida al mando del tirano déspota Príncipe de la Paz. Este bárbaro y mal intencionado ministro vendiendo públicamente los principales empleos del reino y especialmente los de América, con exclusión de sus hijos, hizo entender a los americanos que si la distancia por sí sola era contraria a sus derechos, mucho más en circunstancias semejantes”15.


En una nota sobre las invasiones inglesas recogida por Florencio Varela de labios de Bernardino Rivadavia, se pone de relieve el entendimiento del grupo de Castelli con los jefes ingleses: “Beresford pudo reunir así todo el partido que ya en 1806 meditaba la separación de las Colonias, y todo el de los hijos del país, opuesto a los Españoles. Recibió al efecto un comisionado de ese partido el doctor Castelli, pero lo rechazó con imprudencia y desdén, lo que ocasionó la enemistad del partido que se ligó, en daño del inglés con los españoles realistas, partidarios del monopolio”16.


Hay otros testimonios que corroboran esta afirmación. Ignacio Núñez, secretario de Mariano Moreno, en sus conocidas Noticias Históricas dice lo siguiente: “...el doctor Castelli tuvo en 1806 serias conferencias con Beresford sobre independencia”17. Y el virrey del Perú, José Fernando de Abascal, apunta: “En 1806 cuando entraron en Buenos Aires los ingleses, el Dr. Castelli, secretario interino entonces del Real Consulado, acompañando al tribunal cuando se presentó el general Beresford, le dirigió una arenga, en que se manifestaba su adhesión a aquella nación; y como su conducta es más relajada que la de los otros se deduce que estaban de acuerdo; y efectivamente, en julio de 1807 cuando Beruti huyó de la ciudad por no atacar a los ingleses, se fue a vivir a la chacra de Castelli. 4 ¿Si servirá de ejemplo para no perdonar al que una vez delinque como Castelli?”18.


Mitre alude también a estas gestiones en estos términos: “Según informes verbales de un contemporáneo ilustre, la idea de independencia bajo la protección de las armas inglesas, había asomado secretamente en 1806. A estar a ellos, el partido que aspiraba a la emancipación se habría dirigido en esa época a Beresford por medio del doctor Castelli, quien recibió del general inglés una repulsa perentoria, determinando eso una ruptura definitiva entre los nativos y los invasores”19.


La decidida actitud de Liniers, con el eficaz apoyo de las milicias, y la singular energía desplegada por Alzaga, terminaron por desvanecer las esperanzas de los anglófilos. El Cabildo abierto del 14 de agosto consolidó el poder de las milicias y les dio conciencia de su valimento. Los orilleros han sido los héroes de la Reconquista como poco después lo serán de la Defensa. “Las orillas advienen al centro porque los principales no han sabido obrar como “clase dirigente”. Revivía en su actitud el espíritu comunero, olvidado durante el XVIII; defendieron en Liniers la propia determinación de los pueblos para darse sus gobernantes, y castigaron en Sobremonte, más que su inexistente “cobardía”, a los virreyes de una España centralizada, de la cual se sentían enemigos” 20.


Entre tanto, los adictos a Castelli que seguían alentando la idea de la ayuda inglesa, unieron sus esfuerzos para liberar a Beresford de su prisión. Enrique Martínez en carta a Andrés Lamas, fechada en Montevideo el 4 do octubre de 1853, le decía al respecto: “S. P. [Saturnino Peña] comunicó el pensamiento a N. P. [Nicolás Peña], H. V. [Hipólito Vieytes], a C., [Castelli], D. [Donado], B., [Beruti], M. B., [Manuel Belgrano] y algunos otros. Todos esos S. S. señores pertenecían a la Sociedad Masónica, pero tratándose de la independencia de América, formaron una sociedad separando a los españoles. Esta empezó sus trabajos haciendo fugar a Beresford, pues éste les aseguró “que la expedición que debía llegar a Montevideo serviría para sólo proteger sus trabajos... “ 21.


Es sabido que los artífices de esta evasión fueron Saturnino Rodríguez Peña y Padilla, quienes, una vez consumado su propósito huyeron a Montevideo pasando luego a Inglaterra y posteriormente a Río de Janeiro.


El mismo general Martínez, en sus rectificaciones a las Noticias de Ignacio Núñez, dice al respecto que Saturnino Rodríguez Peña tuvo varias entrevistas con Beresford en Lujan, en las que “conferencia largamente sobre los trabajos que debían ejecutarse para que se hiciera independiente esta sección de América”. Después de lo cual, en connivencia con su hermano Nicolás e Hipólito Vieytes, “convinieron en empezar a reunir a sus amigos: al efecto, pusieron en el secreto al doctor Castelli, al señor don Manuel Belgrano, y también a don Antonio Luis Beruti. Don Saturnino Peña se fugó de Lujan con Beresford y pasó a Inglaterra para recabar del Ministro inglés los auxilios que se consideraban necesarios para los trabajos que debían efectuarse. Peña regresó al Janeiro, porque el Ministro inglés no quiso ya hablar de la independencia, y sólo trató de hostilizar a la España en esta sección de América. Desde entonces quedó sólo el pensamiento en los señores Vieytes, Peña y demás. Por sospechas, como hermano, Peña fue preso por Liniers, mas no pudiendo probarle nada, fue puesto en libertad” 22.


Saavedra, ubicado en una posición diametralmente opuesta a la de estos conspiradores, los juzga muy severamente. En su conocida carta a Viamonte, del 27 de junio de 1811, refiriéndose al grupo de Castelli le dice: “No dudemos, no olvidemos, que estos fueron afectísimos a la dominación inglesa; querían que se perpetuasen las cadenas de Buenos Aires en ella; que algunas cartas vimos en la Gaceta de Montevideo, Estrella del Sur, del gran patriota Vieytes, con el nombre supuesto de Anselmo, y otros con el de su sacristán Beruti bajo otro que no me acuerdo, en que bien claro manifestaban su inclinación a aquel Gobierno. Este es un hecho que todos lo vimos, y también retirarse al campo y dejar las armas cuando ya se acercaba su última invasión, por no propender por su parte a privar a su patria de los beneficios que esperaba de aquel Gobierno. Así se explicaba este gran patricio; así lo decía este fundamento de la libertad de Buenos Aires y lamentaba nuestra ceguedad hasta el extremo de pretender rechazar a los ingleses. ¡Qué bellos sentimientos de Independencia!!”23.


Ante la inminencia de la nueva invasión británica se renuevan los contactos. Como expresa Enrique de Gandía: “Para lograr este proyecto era preciso contar con la adhesión de dos personajes: el virrey Liniers y el alcalde Alzaga. Ambos fueron vistos muy secretamente. Rodríguez Peña actuó como intermediario. Se hizo amigo de Juan de Dios Dozo y le pidió que concertara una entrevista con Martín de Alzaga. El alcalde lo citó en su casa y, al mismo tiempo, pidió a Dozo y a Miguel Fernández de Agüero que escuchasen la conversación, como testigos, detrás de una puerta. Un escribano, que miraba constantemente por el ojo de la cerradura, tomó exacta nota de lo conversado. La entrevista se verificó en el domicilio de Alzaga, el día 9 de febrero de 1807 “24.


Al día siguiente se llevó a cabo la célebre Junta de Guerra de la Ciudad de Buenos Aires, la que por su composición, fue un verdadero Cabildo Abierto, y en la que se resolvió suspender definitivamente a Sobremonte, remitirlo a España y entregar el mando a la Real Audiencia.


Los europeos y americanos se aprestan para la defensa. Los amigos de Alzaga constituyen el regimiento de artillería La Unión, cuyos jefes decían, textualmente, que “siempre que saliesen bien de la acción debían ellos formar una república y sustraerse del dominio de Su Majestad, porque no había hecho otra cosa alguna por esto”25.


Felipe Sentenach, por ejemplo, expresaba que “era la ocasión de que se hiciesen hombres y que él pensaba en aprovecharse de ella para poner si salían felizmente de la acción en independencia del Rey Nuestro Señor y de la España esta América26.


El propio Alzaga, por su parte, afirmaba que era necesario, no sólo expulsar a los ingleses, “sino pensar seguidamente en hacer esto feliz, que esta América era mejor que toda Europa, y no necesitaba de ella para nada, antes bien, ellos sí son los que necesitan de nosotros y no nos hacen caso para nada, teniéndonos en el mayor abandono, y sin pensar en otra cosa que en sacarnos el jugo27.


Como se ve, el grupo de Alzaga, se había pronunciado inequívocamente por la independencia, pero no obstante, los americanos, “por instinto y obedeciendo a los impulsos de un patriotismo local que iba tomando consistencia”, como escribe Mitre, “en vez de apoyar al partido español que ostensiblemente sostenía su causa, por una contradicción aparente, rodearon con sus simpatías a su glorioso caudillo, [Liniers] salvándolo de las resultas de un juicio [se le acusaba de conexiones con los ingleses y planes de independencia] y hasta del desprecio público, y lo reconocieron desde entonces como el jefe del partido criollo, esperando de él más de lo que su alma fugaz podía dar. Así combatido por unos y sostenido por otros, coronado de nuevos laureles, arbitro de los destinos de un pueblo en momentos supremos, Liniers se mostrará en adelante como en este incidente, aturdido, inconsistente y ligero, siempre inferior a su gloria y a la alta posición a que lo elevaron sucesos verdaderamente extraordinarios28.


Rechazados definitivamente los ingleses de Buenos Aires, por el esfuerzo conjunto de la mayoría de los españoles europeos y americanos, el grupo de Castelli, huérfano de apoyo para lograr la independencia, va en busca de una nueva oportunidad.