Juan Felipe Ibarra y el federalismo del Norte
Juan Felipe Ibarra caudillo y gobernador
 
 

Sumario: El ambiente cultural — Antecedentes familiares — Estudiante y Soldado — Ibarra guerrero de la Independencia — Comandante



En 1820 culminaba la cimentada formación política, filosófica y jurídica de los protagonistas del nuevo rumbo. Es importante destacar la cultura provinciana puesta de manifiesto en los actos y escritos ereccionales, en demostración de la capacidad que tenían los pueblos del interior. Tanto en la acción armada, como al dar los fundamentos ideológicos de la autonomía, participaron hombres formados en el saber clásico y discípulos del tomismo jurídico y teológico ibérico. Es que, la generación provinciana que actúa en la vida pública desde el 1800, se había nutrido en las enseñanzas de Francisco de Vitoria, Francisco Suárez, Juan de Mariana, Saavedra Fajardo, y los publicistas de los derechos naturales del hombre y la soberanía de los pueblos.


La mayoría de los hijos del patriciado local, formáronse en la vecina Universidad de Córdoba. Era un hecho que habla en favor del elevado índice cultural del medio, el que fueran admitidos a los claustros del Convictorio de Monserrat o del Seminario de Loreto. Es sabido de las especiales condiciones morales y los estudios básicos que se exigía a quienes allí eran aceptados, bajo rigurosa selección. Y los políticos, militares y sacerdotes santiagueños más destacados, tenían esa formación. La influencia que dejó Borges, evolucionando desde las formas del federalismo toral y municipalista ibérico hasta el más moderno, de raíz constitucional y norteamericana, vino a sumar otro ingrediente principista. La prédica de Artigas, estaba en lo fundamental, inspirada en la Confederación de los Estados Unidos, cuyas normas también ayudó a difundir el Coronel Dorrego ante sus amistades, y en sus permanencias santiagueñas.


Pero la decisión final que rompió la dependencia vino el Año XX con la acción y la presencia de Ibarra. Las demás figuras comienzan a opacarse ante la vigorosa y abrupta personalidad del Comandante de Abipones, ahora elegido primer Gobernador de la Provincia. Por su vinculación social, por las ]uces de cultura que irradia su núcleo familiar, hay una armónica consecuencia entre su encumbramiento y los fervores ambientales que se desprenden de su terruño. El hogar de Ibarra es fiel reflejo de esas vivencias, que vienen del sentido del honor de su padre Don Felipe Matías de Ibarra. Y de la prosapia de su madre, doña María Antonia de Paz y Figueroa, hija del Maestre de Campo y Teniente de Gobernador hispano General Juan José de Paz y Figueroa; y bautizada en homenaje a su ilustre antecesora la Beata María Antonia de Paz y Figueroa, cuyo nombre le fue dado. Cuando ha sonado el momento protagonico, Ibarra cuenta 33 años de edad.


Nacido el 1° de Mayo de 1787 en Matará, la naturaleza agreste del suelo natal le dejó los rasgos que distinguieron su existencia. Producto típico de la tierra santiagueña, con todas sus particularidades, vivió impregnándose de sus esencias en la primera juventud. Matará se recostaba sobre el cauce del río Salado, con el peso de sus tradiciones, como el más avanzado reducto de la civilización, a las puertas de los bosques del Chaco bravio y amenazante. Pero Ibarra no es el ignorante rústico de la leyenda negra.


Emparenta con los grandes de España y desciende de la nobleza más linajuda, como el Señor de Almonaster don Gonzalo Martel de la Puente Guzmán, y el Señor de la Torre de Falencia y XIII de Santiago don Cabrera Zuñiga de la Zerda, entre otros. Y puede lucir entre sus ascendientes a los más ilustres conquistadores del Tucumán: don Juan de Toledo Pimentel y don Juan Ramírez de Velazco. A esa estirpe de generales y gobernantes con tozudo acento vascuence, debe agregar el vínculo dulce y misional de la Beata Antula, tía de su madre y gloria de la Iglesia Argentina 1. Quienes le juzgaron sin conocerle, calificáronlo duramente con tintes plebeyos, ignorando la nobleza de su sangre. Aunque eso no quiere decir que se pague de sus títulos. Por el contrario, Ibarra aprende a darse con su pueblo. Convive desde la infancia con el paisanaje irredento, sabe quererlo y luchar en su defensa.


Dos figuras de honda piedad y sabiduría guían su niñez. En 1789 muere el Sargento Mayor de la Frontera del Salado don Felipe Matías de Ibarra, dejando el hogar en la pobreza y a su hijo de apenas dos años. Desde entonces el niño contó con los auxilios del Presbítero Mariano Ibarra, hermano de su padre y cura de Guañagasta en 1808. Y con los del tío materno, Presbítero Juan Antonio de Paz y Figueroa, que sin duda le inculcó deseos de trasladarse a estudiar en Córdoba. Otros exponentes del clero de esa época emparentaban con su familia, y la infancia de Juan Felipe transcurría escuchando las evocaciones de los ilustres expulsos, Juan José y Domingo de Paz y Figueroa, que fueron entre los jesuítas santiagueños, desterrados a Europa. Los Ibarra también tenían otros religiosos en torno suyo: los P. P. Manuel Antonio Ibarra, vicario de Muía Corral, y Basilio Ibarra, cura de Salavina y candidato al Congreso de 1816 2.


En 1801 su madre no escatima sacrificios para educarlo, y es enviado a Córdoba donde ingresa al Monserrat. Fue admitido para pagar “55 $ al año por la pobreza de su madre”, según reza el libro del establecimiento. Tuvo como Patrón o tutor de estudios a don José de Asunsulo. Consta también que habiendo pagado el primer año “en cera”, comenzó el segundo año, del que debió salir por la escasez de recursos 3. El abandono del Monserrat se debe a una razón de fuerza mayor, extraña a su voluntad. Pero dejó en sus condiscípulos un recuerdo que se mantenía vivo al paso de los años, como lo atestiguaron muchas amistades prominentes en la política nacional. Después, la calumnia urdió la leyenda de que fue “expulsado”. Llegó a escribirse que su temperamento “salvaje” no se resignaba al claustro, donde habría sido poco menos que un demonio del Averno. Y toda esa fantasía antihistórica se sigue repitiendo sin ningún asidero, pues los documentos prueban lo contrario.


Ibarra es por ello, hombre del Monserrat, formado en la filosofía tomista y clásica, durante el Rectorado del P. Franciscano Pedro José Sullivan. Y el hecho de haberse promovido a un curso superior, es índice de su capacidad y de su contracción en Córdoba.


Cuando volvió a su tierra, calmó la nostalgia en un largo retozar campesino, junto al bosque y al río natal. Trabajó y ayudó a mantener la casa hasta que la Patria tocó a llamada, y los hijos de Santiago corrieron a formar en las filas de sus bravos defensores.


Buenos Aires estaba invadida por los ingleses. Y el temple viril del criollaje interior concurría a expulsar de la metrópoli virreynal al intruso. En Santiago se armaron dos compañías de milicias, formadas por voluntarios de caballería al mando del Comandante de Armas Capitán Juan José Iramain. La mejor juventud integró sus filas. Y presurosamente enrolado inició allí su acción militar el joven Ibarra. Promediando Julio de 1806 era distinguido como Sargento en la compañía al mando del Capitán Alonso Araujo. Teniendo por vez primera hombres disciplinados bajo su mando, partió Ibarra con sus bisoños soldados, por la ruta de Abispones hacia Buenos Aires 4.


Las Invasiones Inglesas fueron el prólogo de la lucha por la libertad argentina. En la página mayor, iniciada en 1810, reaparece Ibarra engrosando el batallón de “Patricios Santiagueños”, reclutado por Borges. Eran 300 hombres escogidos por su primer Caudillo, y dispuestos en 3 compañías costeadas de su peculio. En la tercera, marcha Ibarra con el grado de Alférez a las órdenes del Capitán Pedro Pablo Gorostiaga. La visión de Borges fue certera al descubrirlo, colocando su nombre junto a los mejores guerreros ofrecidos a la patria desde Santiago del Estero. Allí estaban el Teniente Gregorio Iramain, el Alférez Pedro José Cumulat, el Ayudante Mayor Severo Avila, el Cadete Lorenzo Lugones. En Octubre se suman al paso de la Expedición Auxiliadora de Ortiz de Ocampo 5. Desde entonces y por más de un lustro, su vida estuvo consagrada a la lucha en los campos de batalla, donde se conquistaba la libertad nacional.


Su carrera militar como guerrero de la Independencia fue rápida y continua. La tercera compañía de “Patricios Santiagueños” entró a servir al ejército en Potosí, a las órdenes del Coronel Juan José Viamonte. Creado el Regimiento No 6, Ibarra es ascendido por su jefe al grado de Subteniente el 1° de Enero de 1811 6. Y esta distinción, antes de entrar en combate, es otro índice de su capacidad castrense.


Por triste iniciación, han llegado al Alto Perú después de la victoria de Suipacha. En lugar de conocer los santiagueños el halago del triunfo, les espera la amargura de la derrota en Huaqui. En su batalla primera, Ibarra supo también de la calumnia y alguna línea de tal parte militar, ha servido para que sus detractores le motejen de cobarde. Su vida hecha a las durezas, no tuvo mejor suerte, como otros triunfadores prematuros. Pero tampoco puede empañarse su memoria, con los dicterios de desertor.


En aquella acción, Viamonte tomó posiciones en la quebrada de Yuraycoragua, el 20 de Junio de 1811. Atacado de sorpresa y por fuerzas mayores, el Regimiento No 6, tuvo que abandonar su reducto bastante diezmado por la metralla. En el proceso abierto después, por la derrota de Huaqui, Viamonte debió rendir cuenta de su comportamiento. Sus declaraciones ante la Junta Gubernativa, enviadas con copia del parte de Huaqui desde Calamarca el 24 de Junio de 1811, refieren con detalles las alternativas de la batalla. Se incluye en ellas, la lista de oficiales que fugaron del campo de combate en Yuraycoragua, sin que en ninguna sea mencionado Ibarra 7.


Es recién en un oficio de Viamonte al General en Jefe Antonio González Balcarce, desde La Plata, el 18 de Julio de 1811, que se incluye por primera vez al Subteniente Ibarra. Viamonte le llama “Relación de los Oficiales que el día 20 de Junio dejándome en la acción de Yuraycoragua se retiraron por cobardía hasta Jesús de Machaca, y de allí la mayor parte de ellos para adelante”8.


De aquí nace la especie lanzada sobre la deserción de Ibarra de las filas patrias. Nadie de los que la repiten ha ido más allá, para determinar la veracidad de la misma. Pues en aquella retirada, perdido el orden en la tropa, hostilizados en las poblaciones de Potosí y Cochabamba, era fácil la confusión de hombres y puestos. Nosotros creemos, que del comportamiento de Ibarra en el ejército, del propio sumario oficial y del testimonio de sus camaradas, surge una versión contraria y más aproximada a la verdad ocurrida.


Después de las consecuencias militares que afectaron al gobierno, y de la sublevación de Potosí, cuya retirada ocasionó la pérdida del Alto Perú, el Triunvirato mandó instaurar proceso para deslindar responsabilidades. Se le llamó causa del Desaguadero, prolongada por la justicia militar durante 2 años, y a ella respondieron como jefes superiores, Balcarce, Díaz Vélez y Viamonte, entre otros. También fueron interrogados oficiales del Regimiento No 6, que en razón de su grado y desempeño en Huaqui, podían conocer bien el papel jugado por cada uno. Excepto aquella inclusión global, en la Relación de Viamonte, no se nombró a Ibarra en ninguna declaración. Figuran los testimonios, dados bajo juramento, sobre las fugas y desertores, y sobre “quienes habiéndose replegado se separaron de la formación antes de mandar el jefe la retirada” 9.


Quedó aclarado que el reagrupamiento del Regimiento No 6 se produjo mucho después y nadie podía tener certidumbre absoluta de ubicaciones, pues en la retirada, muchos buscaron en la oscuridad, refugio en los ranchos del camino. Tampoco aquí, figura mencionado Ibarra en ninguna instancia del proceso. Lo interesante de este problema, es que para la superioridad y para él mismo, no se interrumpió nunca su permanencia regular en filas del Ejército. Y después del segundo parte de Viamonte, a más de un año del proceso militar, la continuidad de la carrera de Ibarra no acusa sanciones o interregnos forzados.


Lo prueba un hecho contundente. Estando en Jujuy bajo mando de Belgrano, es Ibarra llamado a declarar ante el Juez Comisionado Dr. Tomás Manuel de Anchorena, el 4 de Julio de 1812. Debe dar testimonio de la conducta en la batalla, del Capitán de su Regimiento don Félix Alonso, denunciado por Viamonte y sujeto a proceso. A Ibarra no le afecta la causa incoada, y en la que deben absolver posiciones muchos camaradas. Por el contrario, su palabra merece fe y cuando se la requieren, se presenta oficialmente como Subteniente de Infantería. Declara tener 25 años, conocer al acusado y que: “Habiéndose aproximado el enemigo hasta tiro de fusil, como flaqueasen las guerrillas, mandó el Señor General Viamonte que de dos compañías que existían en formación, de las cuales la una era del declarante y del testigo que le cita; saliesen a reforzar las guerrillas y que habiendo querido salir las dos compañías íntegras, fue necesario contener la gente, y que sólo fuesen a ellas como 18 hombres; que hasta aquel momento se mantenía en su puesto don Félix Alonso pero que después ya no lo vio y ni sabe el declarante a causa de la confusión y desorden que había” 10.


Este breve relato coincide con los testimonios restantes, y es factible de aplicar al comportamiento de Ibarra en la batalla. El mismo Viamonte creyó en una deserción al no hallar a sus oficiales en Jesús de Machaca donde debieron reagruparse sus fuerzas. Sujetos a persecución enemiga y librado cada uno a su propia defensa, tomaron distintas direcciones hasta reunirse más tarde con la columna del Coronel Pueyrredón que abandonaba Potosí. Los verdaderos desertores fueron arrestados al encontrárselos en Oruro o Chuquisaca, e Ibarra nunca sufrió sanciones de sus jefes.


Basados en estos relatos, suponemos que ante la dificultad de desplazarse en la noche del 20 de Junio, sin encontrar su Regimiento por el repliegue desordenado de la derrota, Ibarra siguió hasta Chuquisaca por el camino despoblado. Como afirma el historiador Carranza: “Y en Agosto inmediato al frente de una partida de dispersos, aunque bastante enfermo, reuníase en la Palca de Flores al Coronel Pueyrredón que se retiraba desde Potosí con los Caudales del Real Erario”11. Nada autoriza a creer lo contrario, porque Ibarra se reintegró a su regimiento en los momentos más dolorosos para su moral y disciplina. Siguió su carrera sin recibir castigos o calificaciones denigrantes. Y el mismo Viamonte le tuvo afectuosa consideración, testimoniada en cartas donde evocaba aquellas horas compartidas en el Alto Perú 12.


Con las fuerzas de Pueyrredón, el Subteniente Ibarra llegó hasta Jujuy, en la custodia de los caudales de Potosí. Desde aquí, contesta una carta a la Sra. María Santa Ana de Carranza, protectora y familiar suya. Le escribe el 15 de Noviembre de 1811, demostrando la sensibilidad de su espíritu y su carácter al servicio de la patria.


Vuelca en la correspondencia su añoranza por el solar nativo y el amor entrañable a la madre ausente. Vibra la inquietud patriótica informando del estado de las armas en tan críticos instantes, y hace memoria de Yuraycoragua diciendo: “Les consta a todos el haberme vuelto la misma hora que supimos la reunión en el mismo campo; y el motivo de no pedir mi licencia de aquí es por el General que se nos ha puesto, quien nos estima a todos aquellos que hemos venido con él y nos ha visto portarnos con honor en las defensas de los caudales, en dos ocasiones que nos avanzaron 400 cinteños a quitarlos, a cuarenta y tantos que éramos los que veníamos, y ésta es la causa que no pido mi licencia “.


Disipando toda duda se descubre cuanto hizo Ibarra para merecer la estimación del nuevo jefe, don Juan Martín de Pueyrredón. Sin embargo, el destino de nuestras armas después de los errores de Castelli, era opuesto al optimismo de una reconquista altoperuana. Y junto a Pueyrredón, el joven soldado santiagueño estuvo al trasmitirse el mando del Ejército en Marzo de 1812, al General Belgrano.


A las órdenes de Belgrano entró en combate, defendiendo la frontera norteña contra el Gral. Pío Tristán. Había vivido, entretanto, la emoción de la primera bandera patria, jurándola al flamear en Jujuy, con los auspicios de la bendición naciente. Ahora, el Subteniente Ibarra participa de la carga audaz en el Río Las Piedras, el 3 de Septiembre. Aquella acción, cantada en nuestro Himno, libró a la retaguardia del Ejército de la persecución enemiga, y pudieron llegar en retirada a Tucumán. El combate de Las Piedras le trajo la primera distinción: un escudo de honor con que recompensaba la Patria a sus hijos 14.


Vino después, la gran victoria nacional del 24 de Setiembre en Tucumán. En el Regimiento No. 6 a las órdenes del Teniente Coronel Warnes, conquista Ibarra sus más altos laureles. El 1 de Noviembre de 1812 es ascendido al grado de Teniente, en mérito a su valor 15. ¿ Puede creerse que el desertor, según sus enemigos, tuviese una participación tan destacada al continuar en la guerra emancipadora?


De Tucumán se trasladó a Salta, el escenario glorioso de Belgrano. El 20 de Febrero de 1813, Ibarra, con su famoso No 6 al mando del Comandante Pico, se bate en grado heroico. La suya fue una de las compañías más mutiladas por el adversario, en las bajas patriotas. El Teniente Ibarra obtiene su segunda condecoración militar, y el 22 de Abril es ascendido a Capitán por acción de guerra 16.


El Capitán Ibarra, luego del triunfo de Salta, es destinado a la guarnición de Jujuy, desde el 1° de Mayo de 1813. Está en instrucción con el mando de la 4a Compañía del Batallón 1°, en el Regimiento No 6. Esa circunstancia le priva de combatir en Vilcapugio y Ayohuma. De allí pasa a servir a las órdenes de San Martín, nuevo Jefe del Ejército Auxiliar, y el 20 de Abril de 1814 es agregado a su Estado Mayor 17. Se le encomiendan importantes misiones especiales, no aptas para el caso de un “sableador vulgar”, como le pintan biógrafos adversos. Era un oficial bien conceptuado por su valor y capacidad militar. Así se entendió al confiársele el encargo de secundar a Rondeau, en su nueva entrada al Alto Perú, el año siguiente.


Rondeau lo destaca en comisión con el Coronel Santiago Carrera, para reemplazar al Gobernador de la Provincia de Santa Cruz de la Sierra, don Ignacio Warnes, en Setiembre de 1815. Convulsionado el Alto Perú, apenas logró Ibarra salvar su vida, de una asonada sangrienta donde pereció el Coronel Carrera. Volvió para reincorporarse al grueso del ejército, a tiempo de intervenir en el combate de Sipe-Sipe, el 29 de Noviembre de 1815. Aquel desastre patriota, obligó al abandono definitivo de las acciones sobre el Alto Perú, donde Ibarra llevaba casi un lustro combatiendo 18.


Reintegrado el Gral. Belgrano el 7 de Agosto de 1816, a la jefatura del Ejército del Norte en Tucumán, volvió a traer a su lado al Capitán Ibarra, teniéndole como su Ayudante de Campo 19. Esta nueva prueba de distinción, es incompatible con las afirmaciones sobre el carácter rudimentario, salvaje e ignaro del futuro Caudillo. Un hombre de la cultura y fineza de Belgrano no habría tenido consigo un Ayudante de tal catadura social o moral. Al otorgarle su confianza, y es proverbial cuanto lo distinguía rememorando su ascendencia santiagueña, se demuestra lo contrario, en favor de las prendas de Ibarra. Otras misiones especiales le fueron confiadas por su jefe, como la de actuar con jerarquía de Comandante en Comisión, para el reclutamiento e instrucción de soldados santiagueños incorporados al Ejército. Tantos años entregado a la guerra, y ausente de su tierra mientras ésta se desangraba por su autonomía, le dieron en cambio, dotes de mando y observación para hacerse querer del elemento popular, y ello se lo reconocía Belgrano.


Nadie mejor que Ibarra para tratar y comprender a los santiagueños, en la reiterada opinión de Belgrano. Por eso, lo designó Comandante General de la Frontera de Santiago del Estero, el 30 de Agosto de 1817, en el fortín de Abipones 20. La autoridad nacional cedía a los reclamos defensivos hechos desde Santiago, en la lucha contra la indiada. Así se apartó del Ejército del Norte don Juan Felipe Ibarra, con los despachos dados por Belgrano en su calidad de jefe de las fuerzas nacionales. Su espada nunca estuvo hasta entonces, entremezclada en los conflictos internos. Pero su larga permanencia castrense, le sirvió para conocerlos y para vincularse con los futuros conductores populares. En esos años de milicia, es cuando intima con Güemes, Dorrego, Bustos, Heredia, caudillos inmediatos del federalismo. Con guerreros como Viamonte, Warnes, Garzón. Y con quienes siendo después sus adversarios, Paz o La Madrid, recurren sin embargo a Ibarra cuando están en apuros.


En 1819 el Gral. Rondeau, nueva autoridad, lo asciende a Sargento Mayor en vista de la aceptación con que cumplía su destino en Abipones 21. Abipones simbolizaba toda una vieja tradición santiagueña, desde los tiempos en que allí se fundara la famosa Reducción jesuítica. No sólo era un ejemplo del valor misional y la última avanzada sobre territorios ganados al indio. Era, además, un estratégico lugar de tránsito y comunicaciones. En esas soledades campesinas, Ibarra iniciaba contactos con las provincias vecinas. Su alma meditaría muchas veces sobre el futuro de la Patria. Habría de conmoverse viendo a sus paisanos, carne de cañón de los ejércitos, vejados sistemáticamente o ignorados por los gobernantes. Y el secreto de su destino, le hizo empeñarse en la resolución de luchar alguna vez, para redimirlos y enaltecerlos. Por conquistar los fueros de respeto a que su tierra era acreedora, y por poner un poco de orden y disciplina en el desborde anárquico que afectaba a hombres y gobiernos. Cerca de Abipones vivía en la estancia del Carmen su amigo el Dr. Mateo Saravia, de quien tanto aprendiera. Y vivía su hija, la delicada Ventura Saravia cuyas manos despertaban el teclado en las noches, trayendo a su alma los goces del amor. Hasta Abipones, seguro de su fuerza por fin, irían a buscarlo con mensajes y llamados los Frías, doctos federales doctrinarios, y Alcorta, Gorostiaga, Isnardi, los políticos que en la ciudad tejían la trama autonomista. Allí, sintió todas las voces de su pueblo, con los viejos ecos del dolor de Borges, su antiguo jefe.


En su elección recibe los votos de figuras distinguidas del patriciado hispánico, de la burguesía revolucionaria, la milicia y el clero. Surge con una base de legitimidad indiscutible, y nombres de igual significación, ocupan las magistraturas en las distintas etapas de su gobierno. Y sin embargo, no gobernó para la aristocracia terrateniente, sino en beneficio de las masas, que le manifestaron siempre absoluto apoyo.


Era Ibarra entonces, y lo continuó siendo, amigo leal y consecuente. Su mayor sensibilidad reaccionaba en ese sentido, pero también exigía recíproca lealtad, llegando al enojo cuando no la obtenía. Su memoria prodigiosa constituía una de sus más óptimas cualidades. Recordó siempre los mayores detalles de sus campañas militares y a sus camaradas de armas. Tuvo en muy alto honor el haber formado en la guerra de la Independencia, apenas ella se iniciara en 1810. Muchas veces perdonó falsedades, como a La Madrid, en mérito de tratarse de compañeros en el Ejército quienes se las hacían. A esa etapa de su vida unió sus mejores evocaciones, y 30 años después, las seguía recordando.


Amaba entrañablemente a su tierra nativa. Era santiagueño por los cuatro costados. No sólo en su fuerte conformación espiritual, sino hasta en la fortaleza física, aguantadora, frugal y mortificada por el clima. Católico fiel y ortodoxo; se propuso siempre hacer respetar los dogmas y el culto religioso. Mandó construir bellos templos, como el de La Merced, en Santiago, y el de la vieja Villa de Loreto. Contribuyó con limosnas y obras a crear el Convento de Belén y a la reedificación de San Francisco. Por eso, tampoco le perdonan sus amigos liberales.


Pese a todas las patrañas urdidas en su contra, vivió y murió austeramente. Tuvo la provincia entera a su capricho, las fortunas particulares a su alcance. Se le entregaron bienes en administración, a su confianza, como los de la familia Uriarte. Nunca cometió un delito. Fue escrupuloso en el manejo de los dineros públicos o ajenos. Alguna vez, los excesos políticos le hicieron confiscar fondos enemigos; los destinaba al ejército y a pagar sus soldados. Controlaba minuciosamente la contabilidad administrativa en su gobierno, y al morir, la Provincia le adeudaba miles de pesos, en sueldos como Gobernador, que en años de escasez no percibía.. Persiguió el robo y la delincuencia. Numerosas disposiciones gubernativas, tendieron siempre a la desaparición del cuatrerismo. Protegió los bienes particulares de ladrones y salteadores, sobre todo en .la campaña, donde dejaron de ser un peligro las bandas depredadoras 22.


No sólo fue honesto. Fue frugal y ascético en su vivir. Es mentira que se diera al vicio o viviera “como el tipo consumado de los caciques tobas por la holgazanería, por la pereza animal, por la inmundicia de sus actos”, según le acusa Vicente Fidel López 23. Su vida pública y privada prueban lo contrario. Lo confirma el juicio consignado años más tarde, por el Gobernador de Corrientes Don Pedro Ferré: “Conocí y traté en Santa Fe a Don Juan Felipe Ibarra, y me hizo la mejor impresión por su educación, y la nobleza de sentimientos que manifestaba”.


Combatió el alcoholismo con numerosas medidas oficiales y no fue un bebedor. Si acaso participaba en algunas fiestas populares, sobre todo en la campaña, nunca se dijo de Ibarra que cometiera excesos ni llegara a la embriaguez. Y durante toda su vida, en la juventud, en el ejército o en el gobierno, trabajó empeñosamente, a veces en rudas tareas manuales. Desde 1820 su gran pasión fue la política. Sus odios, su violencia, su intolerancia con el enemigo, a ella se debieron y fuera por ello su fracaso matrimonial con Doña Ventura. Nunca tuvo una palabra de reproche o crítica para el desamor de su esposa, y sus cuñados fueron sus leales colaboradores políticos. Y si cedió humanamente, a algunos amoríos, ellos fueron escasísimos (sólo se le conocieron dos) y mantenidos siempre con recato. Tal la silueta moral, y la trayectoria que hasta entonces cumpliera el nuevo Gobernador Ibarra, al llegar al poder en aquellos días del Año XX.