Juan Felipe Ibarra y el federalismo del Norte
Alcances ideológicos y económicos del sistema federal
 
 

Sumario: Las calamidades físicas adversas al desarrollo provincial — Ibarra, Rosas y la ayuda al campesinado — El Gobernador López y la oposición de Córdoba — Testamento Político de Felipe Ibarra.



Rumbeadores de seguras premoniciones, nuestros conductores populares conservaban, en la intimidad de sus medios, la preocupación patriarcal por sus pueblos. Ibarra, en largos años de dominación, había aprendido a intuir con certeza sus necesidades más recónditas. En las horas de su imposibilidad física, daría las últimas pruebas de su lealtad a los santiagueños. El amor al terruño, seguía siendo el nexo fundamental, en que se mantenía la correspondencia entre las masas y su Caudillo-Gobernador. Pero el mismo giro de los acontecimientos y los factores geopolíticos que se evidenciaban, haríanle resignar en nuevas zonas de influencia, el rectorado federal del interior que venía ejerciendo.


De ahí, que, en esos instantes de lógica decadencia, se aferrara con mayor obsesión a sus confines provinciales, y redujera su escenario a las fronteras de la ínsula natal. Toda la quejosa protesta de su ser, contiene la carta en que celebra a su íntimo amigo el Gral. Garzón, por la victoria en la batalla de Vences, en Noviembre de 1847. Ibarra, exento de celos, dolíase de su postración, expresando: “Al darte las más cumplidas enhorabuenas y dirigirte mil cordiales abrazos por tantos y tan abundantes títulos, me es indispensable significarte el sentimiento de verme en esta, sin otra ocupación que vegetar, mientras que tú vives entre las glorias y cubierto de ellas, llenando los deberes de un verdadero hijo de la patria” 1.


No sólo el Caudillo estaba entregando sus últimos ahorros de energía. La tierra nutricia, exhausta y padeciente, era atacada con inclemencia por la sed, la pobreza y los cataclismos físicos. Sus escasos y fuertes brazos languidecían sin poder arrancar al sucio, los bienes necesarios a la subsistencia. Y el éxodo trashumante, abandonaba los lares queridos buscando horizontes extraños, como una sangría agotadora que ya no acabaría. Después de 30 años de contribuciones y sufrimientos en aras del país, Santiago se encontraba empobrecida en su gloriosa maternidad.


A la tristeza espiritual del Caudillo, se sumaba ahora la alarma. Como lo venía haciendo, volvió sus miradas a Rosas de quien esperaba auxilio, para informarla del exangüe problema económico que se había tornado epidémico. Escribíale el 18 de Octubre de 1847: “La calamidad que aflige a este país, ha llegado a un grado tal, que habiendo obligado a la emigración a una gran parte de la población, y hace que la porción que aún subsiste vacile sobre su permanencia, y puedo asegurar a Usted que si la seca se hace duradera por algún tiempo más, sucederá el irremediable caso de desaparecer todos ellos” 2.


En lugar de procurarse una solución de fondo, el problema fue allanado con la buena voluntad del gobernante porteño, tocado en su sensibilidad personal. Ya se había adelantado, con respecto a los tiempos de fría aplicación legista, como que el federalismo hizo sentir la hermandad entre los argentinos. Las angustias santiagueñas, comenzaban a ser tardíamente comprendidas. E Ibarra, debió mostrar a los suyos, emocionado, la respuesta de Rosas, con fecha 28 de Noviembre. Quizás en su largo gobierno, era la primera vez que los poderes nacionales volvían los ojos a las desgracias de sus paisanos.


Rosas señalaba ahora los impedimentos de la Provincia de Buenos Aires, al soportar el mayor peso de la guerra, y ofrendar a los ejércitos sus campos y ganados en cada lucha. Por eso, prometía en su contestación a Ibarra: “Sin embargo de todo esto, Usted mi apreciado amigo debe contar con que este gobierno ha de hacer cuanto pueda por ayudarlo después de la seca, y según le vaya siendo posible, con treinta mil cabezas de ganado vacuno de año arriba, para que si Usted lo tiene a bien, sean repartidas entre los federales pobres que todo lo hayan perdido por tal seca y que a juicio de Usted sean dignos de esta consideración y socorro” 3.


Buenos Aires disponía de su riqueza, apareada al desarrollo nacional, como solución de todos nuestros problemas económicos. Es curioso reflexionar, que ante las crisis sufridas en el interior, los remedios consistían en vacas, comprando con ello la aparente conformidad de los pueblos. Y si eran aniquilados por las guerras o las plagas de la naturaleza, no se procuraba el reequipamiento y promoción de sus propios recursos económicos. Esta práctica, iniciada con el Tratado de Benegas, denota la valoración que hacía Buenos Aires, y su concepto sobre cuál era la riqueza necesaria: el ganado, la carne, los cueros...


Nuestros paisanos no advertían la jugarreta con que el destino simbolizaba su frustración. Alrededor de esas haciendas, comenzó la pérdida de su añejo bienestar. A su libre comercialización, sacrificóse las mejores posibilidades de la independencia futura. Ahora, al final de un ciclo, Buenos Aires pagaba con vacas, cuando se le exigía ayuda efectiva, para salir de las postergaciones materiales.


El problema siguió latente un tiempo más. Debía trazarse la ruta a seguir en el transporte del ganado, arbitrarse las postas y cuadrillas para el manejo de la hacienda. Al final, se acordó que la Provincia de Santiago correría con todos esos gastos, desde la salida de los arreos en la frontera bonaerense, hasta su arribo a destino. El 15 de Enero de 1848, Ibarra volvía a dirigirse a. Rosas, recapitulando las dificultades encontradas y que demoraban los envíos, onerosos para Santiago. Y hacía oír su queja, “por el excesivo cobro de derechos que se hacen en la Provincia de Córdoba por el tránsito de animales” 4.


Esta situación derivó luego, en un enfrentamiento epistolar con el Gobernador López, de Córdoba, más de un año después. De la documentación intercambiada entre ambos mandatarios, se hizo eco “La Gaceta Mercantil”, de Buenos Aires, en su edición del 7 de Diciembre de 1849.


El problema había sido superado por Ibarra, y a esa fecha, resultaba improcedente, pues no tuvo lugar el transporte de hacienda en las rutas interprovinciales. No obstante ello, el Gobernador López se dirigió a Rosas el 24 de Febrero de 1849, en réplica a la nota de Ibarra del año anterior. Entendía levantar cargos, sobre los “inconvenientes que obstaban a la conducción y tránsito por esta Provincia de las mencionadas treinta mil cabezas de ganado vacuno”. A López le molestaba la queja de Ibarra, sobre los derechos de paso que cobraba Córdoba. Y decía al Gobernador de Buenos Aires que “de ninguna manera habría desoído la voz de la razón y antes por el contrario, intensa hubiera sido su complacencia en contribuir por su parte a un bien, que la mano bienhechora y pródiga de S. E. les abría a innumerables familias sumergidas en el hondo abismo de la miseria” 5.


En consecuencia, mandaba a los receptores de Frayle Muerto y Saladillo, donde debía pasar el ganado, no cobrar derecho alguno. Dichos derechos, sostenía López, fueron fijados por la Legislatura provincial, el 17 de Enero de 1840, y eran de 8 reales por cada cabeza de ganado mular que pase de tránsito por esta Provincia, 4 reales a las de vacuno y 2 a la de cabalgar”6.


Interesa el recuerdo de este episodio, pues el mismo actualizaba el viejo problema de las aduanas interiores, tan ligado a los medios defensivos de la política financiera del federalismo. El tema de los avalúos y derechos de tránsito, seguía constituyendo la única protección estatal y la mejor fuente de recursos, para las economías maltrechas del interior. A la vez que era demostrativo del arraigo de una cuestión de antigua data y que no había sido superada mediante la promoción de un cambio en la base estructural de las economías provincianas.


Por otra parte, aunque López demostrara su sensibilidad con los padecimientos santiagueños, Ibarra no hacía más que reflejar una verdad conocida. Comparativamente, los derechos fijados en Córdoba, eran excesivos de acuerdo a las posibilidades de pago y a las tasas vigentes. Máxime para Santiago, donde los mismos derechos, desde los años de su autonomía, oscilaban entre 1 y 1/2 real, para el ganado mular y vacuno, sin variantes mayores, en los montos que seguíanse cobrando.


El problema fue zanjado finalmente por Rosas, sin que dejara mayores huellas en los espíritus de ambos gobernantes y amigos. Al mismo tiempo, Rosas esbozaba la preocupación de la autoridad nacional, por encontrar una solución de fondo a las fallas y desigualdades de la política impositiva interprovincial. Solución que a no dudarlo, incidiría también en el desarrollo económico de nuestras regiones, pues en su Mensaje legislativo lo planteaba con respecto a las rutas cuyanas. Todo lo cual se ratificaba, con la respuesta dada en nombre del Gobernador por el Ministro Felipe Arana al mandatario cordobés López, el 28 de Octubre de 1849. A sus requerimientos, le decía: “Como la materia sobre que se versa en cuanto a los derechos de tránsito es un punto sobre el que este gobierno tiene puesta una muy importante atención, como lo ha anunciado en su último Mensaje a la Vigésima Sexta Legislatura de esta Provincia, luego que se encuentre desembarazado de las atenciones vitales y le fuese posible proponer a los Exmos. Gobiernos Confederados un plan para la seguridad del tránsito por la frontera y para regular de un modo menos oneroso a las conveniencias nacionales, los derechos de tránsito en todas direcciones, tendrá presente S. E. las amigables patrióticas observaciones que V. E. se sirve hacerle” 7.


El problema social que se tentó resolver por medio de la ayuda en ganado, subsistía para Santiago. La administración de las 30.000 cabezas prometidas por Rosas, se confiaron a su amigo y pariente don Máximo Terrero. Las distancias y la escasez de personal para el transporte de la numerosa tropa, cuando el país destinaba hombres, cabalgaduras y víveres a la defensa nacional; impidieron cumplir esos propósitos. Las exigencias políticas torcieron el rumbo de su remitente, aunque la intención social manifestada, no haría olvidar la necesidad de ayuda al pueblo santiagueño. Y luego se optó, por enviar $ 25.000 fuertes, que suplían el ofrecimiento anterior en el mismo sentido.


El Gobernador Rosas, el 14 de Setiembre de 1848, expresaba a Ibarra su solidaridad “con los pobres santiagueños que perdieron todo cuanto tenían en la espantosa seca mencionada”. Para ello y en respuesta a los deseos de Ibarra, le decía el Ministro Arana: “En vista de lo que V. comunica a S. E., ordena se retiren las postas y que todo queda sin efecto, sintiendo mucho que el estado de escasez de hombres haya privado la satisfacción de proporcionar estas treinta mil cabezas de ganado vacuno. Después de haber puesto en práctica para la realización de aquel interesante objeto, sin haber podido conseguir, le parece que ya sería difícil en adelante, ha creído conciliatorio todo avaluado en las treinta mil cabezas de ganado vacuno en 25.000 pesos fuertes, en pesos metálicos equivalentes a medio real plata por cada una de las cabezas que se han de transportar”. Estos fondos se consignaban a Ibarra, para que “los reparta entre los pobres referidos” 8.


En su Mensaje a la Legislatura el 27 de Diciembre de 1848, Rosas informó todas estas medidas. Refirió la sequía en Santiago ese año, “que yermó sus campos, afligiendo profundamente a sus habitantes”. Luego, ante las dificultades para enviar el ganado, detallaba: “En su consecuencia, en lugar de éste, ha resuelto enviarle veinticinco mil pesos metálicos, en remesas sucesivas de a quinientos y de a mil pesos en cada mes, hasta el completo de esa cantidad, importe del ganado ofrecido. Son muy dignos de este auxilio el esclarecido Gobernador de Santiago y la benemérita provincia de su mando” 9.


La primera remesa, salida de Buenos Aires a fines de Enero del año siguiente, llegó a Santiago el 8 de Febrero de 1849. Durante más de un año, por correos especiales y con la puntualidad característica de Rosas, se recibieron mensualmente 60 onzas de oro, de acuerdo a lo prometido 10.


Por primera vez el gobierno nacional acusaba una sensibilidad hacia la vieja y dolorida raza santiagueña, pues los efectos de la carestía y las epidemias no acababan de extinguirse. El gobernador Ibarra, buscó dar cumplimiento a los objetivos asistenciales que debía llenar ese dinero, y dispuso la administración autárquica de la subvención nacional. A fin de encargarse de contabilizarla y distribuirla entre los más necesitados, se designó el 23 de Noviembre de 1848, una Comisión especial para el manejo de los fondos. La integraron, como vecinos representativos, los señores ángel Carranza, Manuel de Palacio y Santiago del Villar 11. Ellos actuaron hasta la desaparición de Ibarra, proveyendo, pasadas las primeras necesidades, a cooperar con ciertas sumas en el sostenimiento de algunos templos religiosos de la ciudad y campaña. Es decir, que en vida de Ibarra, ese dinero se invirtió con un concepto de solidaridad social que no excluía la caridad piadosa del culto católico.


Todos estos percances, todo este dolor que el Caudillo veía cubrir como maleza a su tierra y a sus hombres, ¿no serían misteriosos presagios de un juicio final? ¿No serían anuncios que le reprochaban no haber cumplido lo suficiente, el juramento empeñado? Y si sus músculos y sus carnes débiles no le respondían a esta inquietud lacerante, sin permitirle olvidar a los suyos... ¿ qué sería de ellos? ¿Quién velaría mañana el futuro de los santiagueños ?


Limitado así a la preocupación local, reteniendo un poder cada día más anacrónico, de Ibarra podría condensarse un juicio, con las palabras que le dedica el historiador Orestes Di Lullo: “Figura procer de Mayo, guerrero de la Independencia, Fundador de la Autonomía, campeón del Federalismo y altivo custodio de la santiagueñidad, es además, un fiel, un sincero amigo, un hombre que sabe responder a la confianza depositada en él, fidelidad que también exige de sus amigos con la misma entrañable adhesión con que él la brinda” 12.


Recordaría también Ibarra, su función de gobernante, como la entendía: un pastor con alcances ilimitados y autoridad religiosa sobre su pueblo, superior a la misma clerecía en lo que pudiera haber de político. Y sentiría esa postración, como el llamado de la justicia superior, sustrayéndolo de las pasiones amigas y adversarias, desatadas en su entorno. Esta tierra, en gran parte el fruto de su empecinamiento y valentía, no iba a quedar huérfana después del trance supremo. Como un último acto de dedicación a la causa popular, encomendaba su tierra dando muestras de una despertante originalidad.


No otro es el sentido del documento que bien podría considerarse como su “testamento político”. Su destinatario natural, era el Jefe del Estado, reconocido en tal jerarquía por las delegaciones otorgadas, y que impusieron en Rosas una autoridad nacional. La única a que Ibarra podía dirigirse, para solicitar la protección del poder público confederal. No fue entonces como pretendieron sus detractores, un legado o herencia del gobierno vacante. Ibarra, no sentíase propietario de un bien personal, para disponerlo a su antojo en sucesión. Fue la sensata requisitoria al cuidado y el amparo de su pueblo, a que exigía concurrir al Jefe del Estado Nacional. Se temía una provincia acéfala, víctima del capricho anárquico o las parcialidades irrepresentativas, como ocurrió a su muerte, que demostró la certeza del vaticinio ibarrista.


Luego de tantas cavilaciones Ibarra se decidió a dar ese paso, y escribió a Rosas, su célebre e incomprendida carta del 16 de Diciembre de 1848. Esas fueron las consideraciones, diría, que al presentarme el deplorable cuadro de un porvenir tan funesto, me dictan igualmente la calmante idea de consignar esta distinguida porción de la República, al cuidado y protección de la primera autoridad de ella”13.


Esto explica también, mucho del desaliento del Caudillo santíagueño en sus últimos tiempos, reflejo de sus males orgánicos, que ya dos años y medio antes de su muerte, se hacían tan intensos como para escribir: “Sin prescindir de la justa y debida conformidad con los Divinos decretos y con aquel indispensable tributo de la naturaleza a que nos hallamos sujetos, siento sin embargo las profundas impresiones del pesar que este mi país natal me ofrece, en mis desgracias después de mi fallecimiento. En situación tal, y con tan amarga contemplación, vivamente conmovido por un deseo que corre más allá de la vida, me contraigo a dirigir a V. la expresión con que por esta vez interrumpo su atención” 14.


Tocaba evocar ante el gobernante nacional, la acción de Ibarra, que debió su magistratura vitalicia a una rara habilidad de captación social y popular, pocas veces aceptada en tanta extensión: “Inscripto entre los primeros defensores de nuestra Independencia —decía— tuve la gloria de haber tributado en mi primera edad el homenaje de mis servicios al digno objeto que lo indica, hasta tanto que, por un orden de nuestros acontecimientos, llamado de mis conciudadanos a la dirección de sus negocios, vine a ocupar entre ellos la primera magistratura, con que el voto general y decidida confianza de todos me había honrado. Desde entonces, constituido en un fiel depositario de sus más sagrados intereses y animado de los sentimientos que forman mi carácter, no he cesado un solo momento en consagrar mis afanes y desvelos al interesante objeto de sus conveniencias, haciendo todos cuantos esfuerzos me han sido posibles para sostener sus fueros y derechos, mantener su tranquilidad y reposo”15. Nótese que Ibarra se consideraba un depositario del poder, según el concepto hispano-jurídico clásico, y sabía que el fin de toda autoridad era el bien común.


Habíase “intentado sacrificar la libertad y demás conveniencias de este país” y esos pretendientes se vieron “entorpecidos en sus nefandos designios por el noble sostenimiento en el orden en esta Provincia y por la firme decisión de sus habitantes en escuchar solamente mi voz”... Aunque ello resultara sin duda monótono, sus dones de estratega no podían dejar de revelarse con responsabilidad ante sus mandantes y comprovincianos. De ser Ibarra el irreflexivo feudatario de los textos históricos, ni siquiera hubiesen pasado, por su mente en blanco, los temores que le atormentaban. Y como otros soberanos de la Europa modelo, pudo prevenir sarcástico el diluvio que sobrevendría a su muerte; pero el Caudillo no demostró la impasibilidad de los autócratas ilustrados. La pretensión recomendataria se dirigía por eso, no a sus “deudos pues que éstos hallándose en edad y estado de discernir y acoger lo más conducente a su bienestar, se miran tanto más distantes de mis presentes designios, cuanto que esto podría importar una particular vehemencia, quiero sí, para después de mis días, dirigir un encarecido encargo en favor de mis paisanos y conciudadanos” 16.


No podía hallarse mayor expresión desprovista de cálculo o egoísmo personal en Ibarra. Tampoco mayor devoción a los suyos, en el mejor sentido, que en el siguiente ruego y elogio con que finalizaba: “Dígnese tomar en consideración que si los naturales de este país fueron prontos en oír el primer grito de libertad que resonó entre nosotros, y con virtud heroica ofrecerse en justo holocausto a los derechos recientemente reclamados, no han sido menos en conducirse por el camino del orden, oponiendo su lealtad y constancia al furor impío de los desnaturalizados, en las fatales, azarosas épocas que señala la historia de nuestra revolución. Méritos son éstos, que valorados por los esclarecidos principios que V. profesa, la alta justicia que le caracteriza sabrá debidamente acogerlos para dispensar el favor que con el más tierno voto de mi corazón impetro” 17.


Llamaba Ibarra la atención sobre ese historial de méritos de su pueblo, y podía hacerlo con orgullo, ya que fue el primero en adherir al grito de Mayo. Eran las glorias legítimas y un timbre de honor del viejo soldado de la Independencia. Ahora, llegaba la serenidad, volcado el corazón en el seguro eco que esperaba encontrar. La risa o el denuesto, el desconocimiento del ambiente argentino auténtico, juzgaron luego los términos de la súplica testamentaria de Ibarra. A quienes buscaban trasplantar doctrinas, les pareció una enormidad el régimen patriarcal de nuestros gobiernos interiores. Y después de Ibarra, decretaron la institucionalidad legista y científica, partiendo del cambio de población por cuanto al argentino, se excluía de la organización política de la argentinidad!


En cambio Ibarra y su pueblo, se entendían sin papel ni traductores, y Santiago era, el fruto de ese empecinamiento y esa correspondencia. Este historial de servicios, hacían a la Provincia, digna del cuidado y el respeto del país, y las preocupaciones eran signo de su responsabilidad de Pastor. Sin embargo, faltaba tiempo para la muerte física del Caudillo. El buen cristiano, sin saberlo, la preveía pensando en los santiagueños.