Los caudillos y el federalismo argentino
El federalismo del interior ante la hegemonía centralista porteña
 
 

En este año del bicentenario del natalicio de Estanislao López, antes de concretarnos a aspectos de su vida y obra, que superan el marco de la Provincia y se proyectan en varios casos en acciones nacionales e hispanoamericanas, que revelan una magnífica concepción geopolítica y geo-histórica, voy a hacer algunas consideraciones sobre los caudillos en general, para ubicarlo en ese marco histórico referencial al que perteneció —como otros tantos provincianos— bregando por la construcción del país dentro de la concepción de un ser nacional hispanoamericano, sin que ello significara "chauvinismo" ni negación de cultura y progreso. Debemos de una vez por todas terminar con el concepto peyorativo sobre nuestros Caudillos Federales, no fueron ni “bárbaros” ni “bandoleros” ni tampoco “chusma incivil y ruda”. Nos referiremos a López como “caudillo” con todo orgullo, pues bien ha señalado nuestro querido maestro —de feliz memoria— el Dr. Pérez Amuchástegui: “...pobre es la acepción académica, para la cual “Caudillo” es el que guía y manda la gente de guerra”... de este concepto académico surgió la idea peyorativa y bastarda en Argentina que supuso al “caudillo”, un hombre bárbaro que dirige a su antojo una banda desaforada de secuaces en procura de botín... eso es falso, agrega el citado historiógrafo, nuestro “caudillo” es aquel personaje que, habiendo tomado conciencia de la sensibilidad y las aspiraciones comunes de una colectividad localizada espacial y temporalmente, se presenta como reflejo fiel de ella y como expresión de sus necesidades y anhelos” 1.

Esa interpretación de las aspiraciones y necesidades de los pueblos por parte de los caudillos, son la mejor explicación del constante triunfo y éxito de éstos jefes, que contaron con sus pueblos para todas las empresas que realizaron en pos de la organización, llegando ese sustento popular hasta el extremo de dar la vida por una causa que era la de sus derechos derivados de su condición humana y entorno cultural.

Después de la Revolución de Mayo, con el copamiento del poder político, los hombres e intereses de la élite y burguesía mercantil porteña, pretendieron "borbonizar", "centralizar" una secular realidad socio-histórica de relieves propios, productos de más de dos siglos de experiencia hispanoamericana bajo la dinastía de los Austrias. El maestro Dr. A. J. Pérez Amuchástegui nos precisa el momento histórico en que éste centralismo, de cortedad municipalista y de concepción tipo ciudad anseática como se manifestó Buenos Aires, dio el golpe de copamiento a través del Primer Triunvirato. Al respecto nos dice:

“...facilitó el acceso al gobierno de la oligárquica burguesía mercantil” porteña que, desde entonces, fijó la política centralista y despótica contra la que habrían de luchar las Provincias, los Pueblos del interior.

Con la inspiración y la acción definitoria del Secretario Bernardino Rivadavia, se inició en el Río de la Plata lo que podemos llamar “porteñismo a ultranza”, caracterizado por un manifiesto desdén hacia el resto del país, hasta el extremo que, para que Buenos Aires tuviera paz y su burguesía comercial no se debilitara era preciso acceder a todo, incluso a la pérdida de territorios. Se planteó desde entonces una dicotomía irreconciliable en sus extremos: mientras las provincias buscaban un ser nacional argentino y aún hispanoamericano, el pequeño círculo dominante de Buenos Aires, de neto corte liberal iluminista, quería armar un ente colonial y porteño, entregándose al tutelaje económico y cultural en aras de consolidar la hegemonía de su burguesía comercial” 2

La consecuencia de esta especie de Nueva España borbónica y por ende despótica e ilustrada, pretendió organizar a los pueblos del ex-virreinato en forma unitaria, sin dar participación a quienes se sentían parte de la nueva sociedad política que empezaba a plasmarse y de la que, por lo tanto, esos pueblos del ex-virreinato, debían ser legítimos actores. Buenos Aires olvidaba pronto el Cabildo Abierto del 22 de mayo. A todos esos pueblos —por aplicación de la triunfante teoría de dicho cabildo, de la retroversión de la Soberanía sostenida por Castelli y Saavedra en base a los principios filosóficos del jesuita Francisco Suárez—, se había retrovertido ese soberano derecho debido al cautiverio del Rey Fernando a manos de Napoleón y la consecuente caducidad de su "alter ego" en Buenos Aires, el virrey Cisneros. Pero la dirigencia de esta ciudad no lo admitió y procuró imponer su centralismo por la fuerza, cosa que hizo con excepcional brutalidad contra Santa Fe, su ex-tenencia, aunque nunca logró someterla.

Todos estos pueblos —ciudades y villas cabildo— como las “polis” de la vieja Grecia, se hacían mantenido relacionadas a través de los siglos por medio de una relativa comunicación, generándose por lo tanto en ellos una autarquía local condensada en ciertos fueros, derechos, y costumbres que la concepción de los Austrias habían permitido, constituyendo una necesidad social existencial categorizada. Esta autarquía de nuestras “polis” platenses, no significaba aislamiento como se ha pretendido, ni falta de vínculos, ya que las tradiciones, la religión católica, la lengua, elementos tan importantes en la consolidación de la unidad social, los recuerdos y las esperanzas de estos pueblos hispánicos de América fueron comunes y persistieron, gestando primero y manteniendo después un alma nacional colectiva que buscaba, como ya se ha dicho, un ser nacional argentino y aún hispanoamericano. Esa realidad no aislacionista sino comunicante, relacionante, fue desconocida por la poderosa ciudad del puerto. El desconocimiento del derecho de esos pueblos a ser protagonistas, y la pretensión de imponerles criterios y decisiones vertical y centralizadamente, hizo que esas comunidades iberoamericanas, tanto las de la pampa como las de la montaña, decidieran defender sus derechos en el proceso político iniciado del que se consideraban parte.

Frente al centralismo y autoritarismo minoritario del Puerto, el interior levantó la bandera de un federalismo criollo surgido de real y tradicional historicidad. Ante la élite porteña, el interior opuso una identidad enraizada en la propia historia de signo popular y de raigambre indio-hispanoamericana. Frente a la sociedad elitista de los hombres de “capa y espada” o de “la clase culta y decente” que conducía el proyecto del Puerto, aparecieron los conductores de los pueblos del interior, los “caudillos”, como brotando de la tierra con todo el calor telúrico y con todas las connotaciones espirituales y morales de las tradiciones y culturas locales. Si bien algo ya dijimos, repetimos: ellos entendieron, interpretaron a sus pueblos y tos condujeron; su misión consistió en interpretar, expresar y formular con natural inteligencia las aspiraciones y sabidurías populares, y en conducir su volición hacia objetivos políticos deseables, posibles y realizables.

Estos caudillos, estos conductores, pudieron ejercer su autoridad porque estaban avalados, plebiscitados y sostenidos por ese pueblo. Representaban al pueblo y a la causa del mismo, eran órganos del pueblo y por lo tanto eran populares. El rasgo máximo que caracterizaba sus liderazgos era la popularidad. Podemos hablar de una sencilla y elemental democracia, el caudillo supone la democracia.

De regreso de su liberalismo iluminista, el Alberdi historicista de los años maduros nos dice: “¿Qué es el caudillo en Sudamérica? ¿A quiénes acaudilla? ¿De quiénes es caudillo? ¿Quién lo constituye, quién lo crea, quién le da poder y autoridad?” y contesta Alberdi: “La voluntad de la multitud popular, la elección del pueblo él llega a jefe de las masas, elegido directamente por ellas sin ingerencias del poder oficial en virtud de la soberanía que la revolución ha retrovertido al pueblo todo, culto e inculto. Es el órgano y brazo inmediato del pueblo, en una palabra es el favorito de la democracia”. 3

Esos caudillos y los pueblos que los sostuvieron y los siguieron espontáneamente hasta la muerte si fue necesario, aportaron lo básico e indispensable para la construcción del país real, con identidad nacional propia, es decir no renegaron de la herencia recibida aunque ella fuera perfectible, sino por el contrario sabían que debían fortalecer esa sociedad dentro de sus cánones históricos que constituían su esencia nacional y no solo le daban la identidad sino la fuerza de la unión.

Esos pueblos los quisieron y los caudillos, decimos, también quisieron la nación; porque querer la nación no es otra cosa que querer al pueblo realizado en empresa de grandeza común. Esos pueblos y caudillos constituyeron las corrientes populares de nuestra historia que tras infatigables avalares fueron colocando los hitos, los mojones, de todos los grandes objetivos nacionales. Con acierto ha dicho un historiador contemporáneo que “...sus aportes eran y son indispensables para la construcción del país, todos los objetivos nacionales, la emancipación, el sistema republicano, la organización federal fueron conquistados por el esfuerzo conjunto de las corrientes populares, como así también la soberanía popular a través del sufragio, la justicia social como valor permanente de la sociedad y el desarrollo nacional como condición de la presencia argentina en el mundo han sido planteados políticamente a través de los grandes movimientos populares integradores” 4.   A lo que se debe agregar, que no estuvieron los caudillos y los movimientos populares que condujeron en la lucha sólo o exclusivamente en el logro de objetivos nacionales, porque tuvieron también conciencia de que esa obligación se proyectaba más allá en razón de vínculos íntimos y por lo tanto lucharon también por objetivos hispanoamericanos de integración continental.

Señaló taxativamente lo de los objetivos americanos, porque a diferencia de los hombres ilustrados de la ciudad puerto, de la burguesía mercantil porteña, no hubo un sólo caudillo federal que se opusiera a dar su apoyo a la campaña y plan continentalista que condujera José de San Martín.

Esta identificación americanista de los caudillos, es una nota que los destaca, que los pone de relieve, y que pone de manifiesto que ese patriciado federal representa la verdadera historia argentina con su intrínseca connotación hispanoamericana.

No fue solamente una identificación americanista teorizante, o de meras palabras, en muchos casos nuestros caudillos llegaron a la acción para concretar esos principios, para sostener la independencia, y la esencia cultural de esta Hispanoamérica nuestra.

Así ocurrió con un Gral. Juan Bautista Bustos asistiendo lealmente al llamado del Libertador, un Martín Miguel de Güemes defendiendo nuestra frontera norte, un José Artigas, un Francisco Ramírez y un Estanislao López defendiendo la hermana Banda Oriental de la Imperial ocupación lusitana, y años más tarde, cuando en 1861 —después de Pavón— el puerto reniegue de los valores esenciales de la nacionalidad por imposición de principios iluministas, del mimetismo europeizante y dependencia económica ajenos a la esencia hispanoamericana, la figura quijotesca del coronel catamarqueño Felipe Varela pondrá de manifiesto en hechos concretos el sentido solidario americanista de los argentinos.