Estanislao López y el federalismo del litoral
Tratado del Pilar
 
 

Después se firma el tratado del Pilar, entre Manuel de Sarratea, gobernador de Buenos Aires, Francisco Ramírez, gobernador de Entre Ríos, y Estanislao López, gobernador de Santa Fe.


Estanislao López, después de haber dado un estatuto provisional a su provincia, declarando que se daba para fijar sistema a la posteridad y hasta tanto entrara a formar parte de la Nación, firmaba el primero de “los pactos preexistentes”, en cuyo cumplimiento se dictaría más tarde la constitución federal argentina en la ciudad de Santa Fe. 35


El artículo 1º del tratado decía: “Protestan las altas partes contratantes, que el voto de la Nación y muy en particular el de las provincias de su mando, respecto al sistema de gobierno que debe regirlas, se ha pronunciado en favor de la federación que de hecho admiten; pero que debiendo declararse por diputados nombrados por la libre elección de los pueblos, se someten a sus deliberaciones. A este fin, elegido que sea por cada provincia su respectivo representante deberán los tres reunirse en el convento de San Lorenzo de la provincia de Santa Fe, a los sesenta días contados desde la ratificación de esta convención. La deposición de la antecedentes administración, decía otro artículo, ha sido obra de la voluntad general por la repetición de crímenes que comprometían la libertad de la “Nación con otros excesos de una magnitud enorme: ella debe responder en juicio público ante el tribunal que al efecto se nombre; esta medida es muy particularmente de interés de los jefes del ejército federal que quieren justificarse de los motivos poderosos que les impelieron a declarar la guerra contra Buenos Aires, en Noviembre del año pasado, y conseguir con la libertad de la provincia de Buenos Aires, la garantía más segura de las demás unidas”. 36


En 1820 —dice el constitucionalista González Calderón, profesor de la Universidad de Buenos Aires— “cuando los caudillos del litoral arremetieron con sus ejércitos contra los vacilantes poderes nacionales: cuando otros se levantaron aislados en el interior del país, erigidos por sí mismos o por la voluntad de sus pueblos en gobiernos autónomos, cuando cada provincia se reconcentró en sí misma y el gobierno de la Nación quedó acéfalo, fue porque el gobierno democrático hizo explosión y reaccionó contra las comprensiones a que se le había querido someter por los gobiernos centralistas de Buenos Aires. Los principios republicanos y la convicción de que la forma federativa era la única posible para organizar la Nación, estaban hondamente arraigados en la conciencia colectiva de pueblos y caudillos. Su civismo no les permitía justificar la teoría del gobierno por privilegio de una clase social o por prerrogativa regia; la revolución argentina, había proclamado solemnemente el principio de la soberanía del pueblo como fórmula permanente para la organización institucional del país, y los caudillos y las masas la recogían entonces como herencia inajenable” (Luis A. González Calderón: Derecho Constitucional Argentino, tomo I pág. 87).


En ese tratado del Pilar también se recordaba a Buenos Aires como provincia, la ocupación de la provincia argentina del Uruguay por los portugueses, y manifiestan los caudillos que “aguardan de su generosidad y patriotismo (de Buenos Aires) auxilios proporcionados a lo arduo de la empresa”.


“Nada se pidió, ni nada se hizo que no diera honor a los vencidos” dijo poco más tarde en un documento el general López, refiriéndose a estos sucesos.


Veamos cuáles eran los crímenes de que acusaban las gacetas directoriales al ejército federal, y si en los móviles atribuidos al movimiento de los caudillos litorales, no aparece justificada, hoy, a cien años de distancia, la actitud de aquellos precursores de nuestro sistema político: “¿Por qué pelean los anarquistas? ¿Quiénes son ellos? Los federalistas quieren no solamente que Buenos Aires no sea capital, sino que, como perteneciente a todos los demás pueblos, divida con ellos el armamento, los derechos de aduana, y demás rentas generales; en una palabra, que se establezca una igualdad física entre Buenos Aires y las demás provincias corrigiendo la naturaleza que nos ha dado un puerto, unos campos, un clima, y otras circunstancias que le han hecho físicamente superior a otros pueblos y a la que, por las leyes inmutables del orden del universo, está afecta cierta importancia moral de un cierto rango”. (Diario Oficial, citado por don Vicente Fidel López. Historia Argentina. Tomo VIII).


Firmado el tratado del Pilar, López y Ramírez entraron en Buenos Aires y fueron obsequiados por las nuevas autoridades provinciales, en el fuerte de los virreyes. Entraron a la ciudad con sendas escoltas que no lucían por su brillante indumentaria. Aquellos pobres caudillos provincianos, no podían pagarse los húsares de la guardia napoleónica . Mientras sus jefes permanecen en el fuerte, algunos soldados descabalgan y atan sus caballos, (sus potros (!) dicen algunos historiadores...) a la verja de la pirámide de Mayo, esa pirámide junto a la cual pasaban las carretas, según los grabados de la época.


Este episodio tan baladí, ha encrespado el orgullo de ciertos historiadores porteños de valer y Sus minúsculos corifeos continúan remedando sus aspavientos…


La barbarie gaucha, junto a la pirámide de Mayo, la chusma campesina en la plaza de la Victoria!... No era la barbarie, era el pueblo en cuyo nombre se hacía la revolución, era un soplo fecundo y democrático de la pampa virgen y salvaje donde habría de gestarse más tarde la riqueza de la Nación al amparo de las instituciones republicanas y federales cuyos principios defendían con sus lanzas los caudillos del litoral.


“¿Dónde está el pueblo?”... había preguntado diez años antes uno de los cabildantes de Mayo. Ahí estaba el pueblo por primera vez en toda su palpitante realidad, junto a la pirámide de la revolución, para afirmar con un gesto bravío, por medio de sus grandes caudillos, cuál era la verdad de la revolución de Mayo.



Reacción directorial


Aquella profunda subversión de valores políticos y sociales que entrañaba el tratado de Pilar, acabando para siempre con la tradición virreinal, desconcertó en un principio a los hombres del partido directorial pero no desesperaron de recuperar su predominio. Fue así como a principios de Marzo, antes de un mes de firmado el tratado del Pilar, una revolución comunal encabezada por Balcarce, general de los vencidos en Cepeda, destituía al gobernador Sarratea, firmante del tratado y desconocía las cláusulas establecidas.


Los jefes federales no podían permanecer indiferentes. López que volvía a Santa Fe con sus tropas, conoce la nueva en el camino y decide retroceder a Buenos Aires para salvar los compromisos del Pilar.


Antes da cuenta al gobierno delegado de lo ocurrido y termina su comunicación con estas palabras, de arrogante franqueza: “Yo me consterno, pero no hallo otro remedio que marchar otra vez a mostrarles con las armas el camino de la justicia, ya que no quieren verlo con la razón”.


El 11 de Marzo era repuesto en el gobierno el gobernador Sarratea y los jefes federales volvían a sus provincias poco tiempo después.


El general López intercepta en el camino a Santa Fe una comunicación del general Soler para el comandante de Pergamino, en la cual le pedía su adhesión “para organizar una fuerza respetable contra los tunantes que les habían dado la ley y para que Buenos Aires obtuviese otra vez el rango que de justicia le correspondía”.


El caudillo guarda la comunicación y apresura sus marchas hasta Santa Fe, desguarnecida y amenazada por los indios.


En Buenos Aires los directoriales no cesan de conspirar contra Sarratea y crean una atmósfera de pasiones y odios. Introducidos algunos en la Junta de Representantes, provocan su renuncia el 2 de Mayo de 1820.



Disconformidad de Artigas


Entretanto López en Santa Fe, ha recibido una nota del caudillo Artigas, manifestándose disconforme con el tratado del Pilar. López que no fue nunca su subordinado, como Ramírez, sino su aliado, y no pensó jamás en apartarse de la comunidad argentina, le contesta con una nota en términos mesurados, que descubren sus dotes de político sagaz:


Cuando he leído las reconvenciones que U.S. me hace con referencia a los artículos de convención firmados en el Pilar, no puedo formarme otra idea sino la de que U.S. no estará completamente impuesto del actual estado y circunstancias de las provincias de la unión. ¿Cómo he de persuadirme de que U.S. menosprecié la felicidad común de ellas? Ella exigía con la mayor urgencia la convención que se ha logrado, con ventajas a lo apetecible. U.S. conoce a fondo tanto mis intenciones como mí sinceridad: crea pues, estas proposiciones que estampo, y quisiera se grabasen para eterna duración: Mi deseo es el bien general, desde donde parten todas mis operaciones. La observancia de los artículos estipulados, promete este beneficio; a la mira de ellas vigilaré sin interrupción y cualesquiera inconvenientes de menor consideración, que puedan ocurrir, podrán ser obviados por la energía. Esta la prometo a U.S. y también la permanencia en la unión de sentimientos relativos al objeto de nuestros afanes, que es la libertad bien ordenada de todos los pueblos hermanos. Me lisonjeo de haber dado a la perspicacia de U.S. un manifiesto de mis operaciones, concordantes con los deseos de U.S. cuya vida prospere Dios por muchos años. — Estanislao López. — 12 de Abril de 1820”.



Nueva campaña contra Buenos Aires


López afirma en esta nota, después de asegurar que se harán efectivas las cláusulas estipuladas en el tratado del Pilar, que cualquier inconveniente que se oponga a su cumplimiento será objeto de medidas enérgicas. La situación política de Buenos Aires, después de la segunda deposición de Sarratea, no ofrecía seguridad ninguna al cumplimiento de los tratados. Las comunicaciones interceptadas por López, para el coronel Vidal evidenciaban las intenciones de los políticos dominantes en Buenos Aires. Por otra parte, la escuadrilla federal, al mando de Campbell, estacionada en el Paraná, había sido atacado por la escuadrilla porteña.


Los contingentes del ejército de Buenos Aires aumentaban. Había que prepararse para la guerra.


En comunicación a la Sala de Representantes de Santa Fe, el general López dejaba constancia de los motivos que aconsejaban una nueva campaña contra Buenos Aires para evitar a todo trance la posibilidad de una reacción monárquica-directorial. El documento dice así en sus períodos más sustanciales:


“Los representantes de Buenos Aires, elogian públicamente la conducta del congreso y son representantes cuatro de los mismos individuos que por haber sido nombrados en febrero para este empleo, nos obligaron a suspender los trabajos de paz hasta que se les separó por convencimiento de sus delitos.


“Si e! año pasado teníamos datos fundados para creer era entregada nuestra patria a príncipes extranjeros, al presente los tenemos evidentes y no ignoramos ninguna de las bases sobre que estribaban aquellos inicuos tratados. Si entonces no conocíamos a los cómplices, ahora podemos señalarlos con el dedo y con el mayor dolor de los buenos americanos los vemos otra vez en poder y disponiéndose para realizar sus proyectos. Las razones que resolvieron a V.V. S.S. a declarar la guerra contra el Directorio de Buenos Aires son mucho más poderosas en el día al conocer que los tratados de febrero, (el tratado del Pilar), nos fueron acordados únicamente para salir de los momentos difíciles a que los condujo el heroísmo de nuestras tropas, cuya sangre derramada por sostener los derechos de los pueblos no debe ser infructuosa y despreciada por los que ni un instante perdieron la comodidad de sus casas ni las ventajas de sus especulaciones. Lean V.V. S.S. con detención los doce artículos de la Convención (del Pilar) y verán que ninguno ha sido cumplido religiosamente, y que tratan de eludirlos todos, porque como dice el general Soler al coronel Vidal en carta particular que he leído, “la provincia de Buenos Aires debe volver a ocupar el lugar preferente que por justicia le corresponde”. ¿Por qué no ha venido el diputado a San Lorenzo? Por no dejarnos el poder que hemos adquirido a fuerza de fatigas, para que nuestro comercio no destruya el monopolio de Buenos Aires y para que no figuremos en la Nación y en el mando con aquella importancia que nos proporciona la localidad de nuestro territorio, su fertilidad, y los esfuerzos admirables de nuestros conciudadanos. La intención es manifiesta, y si no ponemos remedio oportuno, la facción realista de Buenos Aires destruirá la parte sana de aquel benemérito pueblo, enterrará a los liberales con quienes nos acordamos, jurándoles sostenerlos contra los opresores, y muy pronto las provincias todas, irán arrastradas a besar la mano de ese extranjero que ya las ha comprado”. 37


Alvear y Carrera, el segundo con una división de soldados chilenos que habían intervenido en Cepeda, se interesaban más que nadie en el derrocamiento de !a situación porteña, y unieron sus tropas a las del general López.


La nueva campaña contra Buenos Aires se abría en junio de 1820.


Después del “caos” producido en la comuna de Buenos Aires, a raiz de la segunda deposición de Sarratea, y habiéndose dado el caso de que en un solo día se disputaran el mando tres gobernadores, el general Soler se impuso en el gobierno el 23 de junio y salió contra las tropas mandadas por López.


Chocan los ejércitos en la Cañada de la Cruz, y se produce uno de los combates más cruentos de las guerras civiles en que López queda triunfador.



El parte de la batalla


Veamos cómo se expresaba en el parte de la batalla el caudillo santafecino: “A las cuatro de la tarde del día de hoy, se concluyó la obra de la destrucción y castigo del tirano Soler. Luego que reuní una parte de la fuerza me decidí a escarmentarlo a pesar de que la enemiga era superior a la nuestra y en no muchos instantes vi correr y cubrirse los campos con mil ochocientos enemigos dispersos y aterrados por el coraje de nuestras tropas. Sin el menor trabajo se ha ocupado Lujan y marcha hasta el Puente de Márquez donde creo encontrar nueva pero muy insignificante resistencia. Seiscientos negros cazadores con el comandante Vidal se nos han pasado. El comandante Biscester con trescientos milicianos de Areco hizo lo mismo y me entregó preso al jefe que los mandaba. Marino. Tenemos presos doce oficiales, incluso los coroneles French y Montes Larrea y ha muerto el coronel Pagola y otros muchos. Cien soldados prisioneros siguen nuestras banderas y no serán menos de doscientos los muertos en la Cañada de la Cruz: cuatro piezas de artillería, multitud de armamentos, y una carreta de municiones tomamos en la carga. Nuevos esfuerzos por parte del enemigo son infructuosos y no hay obstáculo que se oponga a la libertad de los pueblos que alcanzan la protección del ejército federal libertador. Las divisiones se han cubierto de gloria; todos los comandantes de los pueblos de esta provincia me acompañan entusiasmados con sus fuerzas. Nuestra pérdida ha consistido en trece muertos y diez y seis heridos. — Estanislao López”.


Buenos Aires quedó como después de Cepeda a merced de Estanislao López. Sus tropas llegaban a Santos Lugares cuando el cabildo de Buenos Aires, se dirigió a él por intermedio de una comisión, pidiéndole la paz y haciéndole las siguientes proposiciones: 1º Suspensión de hostilidades; 2º Que los federales no pasaren más adelante, bajo la promesa de atender a su subsistencia; 3º Que dejase al pueblo de la provincia en libertad de elegir su representación, nombrándose entretanto un gobernador provisorio; 4º Que se publicase una amnistía general”.


López lo acepta todo dejando constancia que no hace la guerra “al noble pueblo de Buenos Aires y de que su único designio es proteger su libertad”, contestando a los comisionados: “Creo haber manifestado francamente a los señores comisionados mis sentimientos en favor de esta desgraciada provincia, sin faltar a mis deberes, y sin abandonar la causa de los pueblos que llamaron en su auxilio al ejército de mi mando. Exíjase de mí toda clase de sacrificio por el bien de la Nación, y acreditaré que nada amo tanto como su felicidad permanente”. 38