Rosas visto por sus contemporáneos
El gobernador de Buenos Aires y el héroe del desierto
 
 

Consecuencia directa de todo cuanto había sucedido de 1824 a 1827, fue la elección del coronel Manuel Dorrego como gobernador de Buenos Aires. Dorrego había sido guerrero de la independencia y orador notable en el congreso constituyente, en el que combatió a Rivadavia, sosteniendo el principio federal como norma de organización política. A Dorrego tocábale recobrar la confianza de las provincias, más recelosas que nunca después de la “aventura presidencial”. Tocábale también atender a la guerra con el Brasil y a la restauración del crédito, hondamente resentido por las extravagancias del gobierno anterior. En el orden interno, Dorrego fue afortunado porque firmó tratados de paz y alianza con las provincias que le acordaron el ejercicio de las relaciones exteriores y logró reunir una convención nacional en Santa Fe (1828).


En punto a la guerra exterior, difícil hubiera sido encontrar otra solución que la dada por él con asentimiento del país: anarquizado el ejército, comprometido Rivadavia con Inglaterra (1826-1827) a terminar la contienda1, Dorrego transó en reconocer la independencia del Uruguay. Los comisionados Balcarce y Guido, por tratados firmados en Río de Janeiro formularon la paz sobre esa base. La Convención Nacional de Santa Fe sancionó los tratados.


Dorrego, como Las Heras y como don Vicente López y Planes, puso la mira en Juan Manuel de Rosas para atender a los intereses de la campaña bonaerense. Lo encargó de hacer la paz con los indios y le encomendó también un plan para extender las fronteras del Sur y la formación de un centro de población y puerto en Bahía Blanca.


Pero el partido unitario, amparado en la libertad, llevó una implacable campaña contra Dorrego, que terminó a fines de 1828 con una conspiración contra su gobierno legítimo y contra la propia vida del gobernante. El 1° de diciembre estalló el motín dirigido por Lavalle con tropas que venían del Brasil y pertenecían a la Nación. El 13 del mismo mes Dorrego murió fusilado en Navarro. Entre esas dos fechas, nada pudo aplacar el encono de los sublevados. El coronel Lamadrid, que formaba entre ellos, nos cuenta una entrevista que tuvo con Rosas, poco antes de que Dorrego cayera en poder de sus enemigos.



Rosas y Lamadrid (1828)


En la tarde del 8 de diciembre, hallándonos a la altura del intermedio de la Guardia de Navarro y .la de Lobos, en cuyo punto estaban acampadas las fuerzas del gobernador Dorrego, o más propiamente las que había reunido el comandante general Juan Manuel de Rosas, así de las milicias como de los indios pampas (también alguna infantería y cívicos que habían salido del pueblo a reunirse con el gobernador aquel), propúsele al general Lavalle ir de parlamento al campamento de Lobos, a verme con mis dos compadres, Dorrego y Rosas, con el fin de evitar la efusión de sangre, pues tenía motivos para creer que escucharían mis reflexiones, arribándose a una pacífica terminación; que para esto podría él dirigirles la comunicación que gustase.


El general Lavalle se prestó a esta mi indicación y me dijo que me preparara para marchar con cuatro coraceros mientras él ponía la comunicación. Estando ya listo para marchar, habiéndome entregado un oficio para el gobernador Dorrego, cerrado, díjele:


—Creo preciso, general, ponerse en guardia, si usted me lo permite.


—Diga usted —me dijo.


—Digo, pues, que es preciso que mientras marcho a Lobos donde tienen su campamento, que usted se dirigiera con la noche, que no está lejos, a la guardia de Navarro, para interponerse entre las fuerzas del gobernador Borrego y los húsares que están al norte, que podrían venir a reunírseles, bien sea con tuerzas de Santa Fe o con las milicias del norte. Por otra parte, como no sabemos si se prestarán de buena fe a la proposición que voy a hacerles, es probable que hayan llamado en su auxilio al gobernador López, de Santa Fe, y que han de contar con Bustos y Quiroga. No será extraño que intenten ganar al norte para buscar dicha reunión. Puesto, pues, usted, con sus fuerzas, en Navarro, queda interpuesto entre ambas fuerzas y podría batirlas en detalle; para lograr mejor el engañarlos, convendría que siguiese usted mis huellas hacia Lobos, hasta que cerrase la noche y, llegada ésta, dirigirse a Navarro.


—Me parece bien su pensamiento —me dijo—, pero cuide usted, si proponen algún arreglo por medio de comisionados, que el plazo sea lo más breve posible.


—Pierda usted cuidado —le dije— que espero conseguir el objeto que me propongo. . . —Y marché al galope.


El sol se ponía cuando entré a la plaza de Lobos, sin haber sido advertido por nadie a pesar de la bandera o pañuelo blanco que llevaba en la punta de su lanza uno de los coraceros, parando mi caballo en la esquina noreste, a cuyo palenque, o postes, estaban arrimados porción de caballos ensillados de milicianos que estaban bebiendo sobre el mostrador de dicha esquina.2 Pregunté al dueño de casa quién era el comandante de aquel punto y dónde se hallaba, y, habiéndome contestado que el comandante Bauness (un oficial inglés), que estaba en el alto de la misma esquina, le dije:


—Hágame usted el gusto de decirle de parte del coronel Lamadrid, que necesito hablar con él.


Apenas había proferido estas palabras, cuando corrió él a la escalera del altillo a prevenir al comandante, pero los milicianos, más ligeros que el viento, habían dejado los vasos sobre el mostrador, saltando a sus caballos y desaparecieron corriendo a escape para el campamento que estaba en la laguna de Cascallares, hacienda de un propietario de este nombre, situada como a poco más de una legua y cuarto de dicha guardia, al sudoeste. Quédeme a caballo, riendo de la eléctrica rapidez con que habían desaparecido más de doce hombres, mientras esperaba que bajase el comandante Bauness, lo cual ponía también en duda, por la carrera que se sintió en el alto al subir el dueño de la esquina. En efecto, viendo que el ruido del tablado del alto había quedado en silencio, y que el dueño de la casa no volvía con respuesta alguna, me dirigí, atravesando la plaza, a casa .del coronel Domingo Arévalo, casado con una paisana mía, al cual le había tomado allí la revolución, pues calculé que el tal comandante Bauness había seguido el ejemplo de los soldados.


En efecto: no me había equivocado, pues así que volví mi caballo y hube caminado algunos pasos, lo descubrimos por sobre la cerca de pitas, corriendo muy agazapado, a pie, por entre el monte de duraznos de la casa, hacia el sur. Pedíle al coronel Arévalo, así que llegué, me proporcionara algunos caballos, si los tenía, pues había llegado con el mío y dos más, cansados. Arévalo mandó al instante que desatasen tres o cuatro caballos que habían amarrado a un palenque, y mientras los ensillaban mis soldados, tomaba yo un mate que me habían servido y nos reíamos refiriendo la carrera del comandante y de sus soldados. Apenas se hubieron ensillado los nuevos caballos, subí al mío y me despedí de Arévalo, pues el toque de generala por cajas y clarines sonaba ya.


Luego que salí de la guardia y observé el alboroto del campamento, el arrimo de las caballadas y el relucir de las lanzas a la espalda de los que corrían a tomar sus caballos, contuve el galope de los nuestros, para dar tiempo a los compadres a que se refrescasen, y pasado el estupor de su sorpresa, me mandaron a reconocer, y seguí andando al tranco de nuestros caballos. En efecto: sucedió lo que yo esperaba: cuando me hallaba ya sobre el campamento, marchando muy despacio, salió el cabo Riquelme, que había sido mi ordenanza en “Húsares de Buenos Aires”, y era chileno, de los prisioneros de San Nicolás en el año 20, con cuatro hombres de blandengues a escape, en mi encuentro, y apenas se hubo aproximado lo bastante, a distancia que pudiera yo oírle su voz, me grita:


—Haga alto, mi coronel, media vuelta a la derecha...


Conocíle al instante, hice alto y mandé volver la espalda a mis coraceros. Llegado que hubo el cabo, saludándome me dijo:


—Mande echar pie a tierra, mi coronel, mientras sale el comandante general a recibirlo...


Así lo hice y me estuve riendo con el cabo (pues había sido un soldado que apreciaba por su honradez) de la disparada del comandante Bauness, cuando aparece mi compadre el comandante general don Juan Manuel de Rosas marchando a escape y sólo, hacia mí, y apenas hubo llegado cuando, sentando su caballo sobre las patas, se tiró de él y vino a mí con los brazos abiertos. Yo le salí al encuentro con el mismo ademán y, abrazándonos, me dijo:


—Compadre querido, ¡cuánto siento el verle a usted en este lance entre mis enemigos! Usted me conoce y sabe que no sé lavar los cascos a nadie... El único hombre a quien respeto es a usted... ¡Si yo lo tuviera a mi lado me reiría de todos esos trompetas!... (Recalcando esta última expresión).


—Compadre —le dije—, desde que usted me conoce y sabe mi proceder, juzgo que debió evitar semejantes expresiones... Soy mandado a instancias mías y llenaré mi deber... No perdamos tiempo que mi objeto es sólo evitar la efusión de sangre... Y le alcancé el oficio que tenía en la mano. Quiso abrirlo, y al introducir su dedo pulgar para romper el sobre, volvió el pliego al verlo y suspendiendo su acción, me dijo:


—Este oficio no es para mí...


—Abra usted —le dije— que mi comisión es cerca de ambos y creo que el oficio debe también de serlo. — Abrió entonces el oficio y empezó a leerlo. Todo inmutado y poniéndose más colorado que un carmín, se dirigió a mí y me dijo:


Garantías... ¡Cuando es él el que debe pedirlas porque se ha sublevado contra la legítima autoridad presentando un escándalo sin ejemplo! Ya he dicho a usted, compadre, que si yo .lo tuviera a mi lado me reiría de todos esos botarates... Y esto habría sucedido sin remedio si no hubiese recibido yo su carta de usted en la frontera, pues antes que usted la escribiera ya lo tenía yo todo preparado... —Todo esto me lo ensartó tan velozmente que no me dio tiempo a interrumpirlo, y apenas calló, le dije secamente:


—Compadre, perdemos el tiempo y el general Lavalle se aproxima; mi objeto es salvar a ustedes de ser lanceados y al país de un escándalo que podría tener funestas consecuencias: quiero que usted se persuada de esta verdad y que pasemos a ver el señor gobernador Dorrego...


—Imposible —me dijo—, no quiere dejarse ver de unos militares que han cometido la peor de las faltas.


—De esa falta, compadre, nadie sino el mismo gobernador ha tenido la culpa, pues él ha privado al pueblo de su más preciosa garantía, la libertad de elegir sus representantes, pues usted ha visto las tropelías que se han cometido en las elecciones por los agentes del gobierno y ésta es la razón por la que todo el pueblo ha estado por la revolución.


—Yo sé muy bien —dijo Rosas al oírme— que Dorrego es un loco... ¿Y por qué no me vio a mí para hacerla?... Perdemos el tiempo, compadre —le dije—, y esta pérdida de tiempo puede costar muchas vidas y es precisamente lo que he querido evitar, a cuyo sólo objeto me he interesado por venir a verme con usted.


— ¿Y cuál es el medio que usted encuentra —me dijo— para que esos hombres vuelvan a su deber?...


—No hablemos de deberes, compadre — le dije—, porque ellos son recíprocos y sería preciso que cada uno llenara los suyos sin sobrepasarlos. Nómbrese diputados por ambas partes y discútase entre ellos los que más convengan al sosiego y felicidad del país y eso se haría.


—Me parece bien su pensamiento, compadre —díjome Rosas—, pero para esto retírese Lavalle con sus fuerzas a los extramuros de la ciudad y procederá enhorabuena al nombramiento de cinco diputados por el pueblo, que nosotros los nombraremos mañana mismo por la campaña y reúnanse los diez en el punto de la campaña que se elija por ellos mismos.


—No se equivoque, compadre, el general no retrocederá un palmo del lugar en que yo le encuentre, porque sería dejarlos a ustedes en posesión de toda la campaña, cuando una parte de ella está por la revolución. Los que deben retroceder a la otra parte del Salado son ustedes. El general Lavalle pasará donde yo le encuentre y puede ser que a la hora ésta no me esté muy distante. Con que, así, compadre, vea usted de decidirse, cuanto antes.


—Bien, compadre, queda acordado —me dijo— el nombramiento de los diez diputados para el día de mañana, mitad por el pueblo y mitad por la campaña; el general no pasará del punto en que usted lo encuentre y nosotros vamos a esperar al otro lado del Salado, pues ya cierra la noche... Y se dispuso a montar en su caballo.


—Compadre —le dije—, vuelvo confiado en su palabra.


—Indudablemente —me repuso— y en prueba de ello voy a instruir al gobernador de lo acordado y vuelvo con su contestación y trayéndole a usted un baquiano para que lo ponga en el camino, pues la noche se va descomponiendo.


—Muy bien, se lo agradeceré... Y se marchó al gran galope, cerrando ya la oración. Después de un rato de demora regresó con un baquiano perfectamente instruido por cierto, como se verá, y la confirmación, a nombre del gobernador Dorrego, de .todo lo que habíamos acordado. Y nos despedimos... cerrada ya la noche, por cierto muy oscura. Caminamos cerca de una hora, guiados por el baquiano y sin esperanzas de encontrar el camino ni descubrir un solo rancho, pero ni ya un fogón. Disgustado yo de esto y adivinando el motivo, díjele al baquiano:


— ¿Qué significa esta demora?... ¿Trae usted orden de ponerme en el camino o de extraviarme de él?...


—Dispénseme señor, que con la oscuridad de la noche y los relámpagos, parece que me he perdido... Déjeme reconocer el lugar y espéreme un instante —me dijo, y picó su caballo a la izquierda.


Quédeme parado y rabiando, con los cuatro coraceros y escuchando el galope del caballo del baquiano, tan presto para un lado como para otro, y adivinando que mis tales compadres irían ya en marcha, pero no para el Salado, sino rumbeando al Norte, pues estaba clara su mala fe por la conducta del baquiano.


Vuelve éste al poco rato pidiéndome mil perdones y protestando por todos los santos que estaba perdido sin saber cómo...


—No es mala pérdida —le dije— pero más perdido está el que le ha mandado a usted perderse... ¡Pero protesto que le pesará!...


—No se engañe, mi coronel, haciendo malos juicios, pues le juro que estoy perdido. ¡Bendito sea Dios!... —agregó tirándose los cabellos...


—Deje usted de protesta y juramento, y sáqueme cuanto antes a una casa cualquiera —le dije— pues demasiado me ha embromado ya con esta noche tan fría...


—Bendito sea mi Dios, que no me cree... —dijo el paisano y picó el caballo con todos los ademanes de un gaucho pillo... y yo tuve la paciencia de reírme y seguir calculando el chasco que podía llevarse Rosas con toda su pillería. El paisano siguió haciendo como que paraba a escuchar de rato en rato y variando ya para un lado, ya para otro, hasta que descubrimos una luz a nuestra izquierda.


—En el momento —díjele— marche usted donde aquella luz... —pues iba ya pasado de frío y algo humedecido, porque nos había caído una pequeña garúa, pero iban ya cesando los relámpagos. Llegamos por fin a la casa donde se había visto el fuego, y así que la conocí acabé por confirmarme de la pillería de mi compadre Rosas, pues sólo estábamos como a diez cuadras o poco más de la guardia de Lobos y era más de la una de la mañana...


—Vaya con Dios, paisano —le dije—, a recibir el premio de su jefe donde lo alcance, que yo no necesito de su guía...


Gregorio Aráoz de Lamadrid.3



Como se hubieran separado Rosas y el gobernador Dorrego, este último se dispuso a enfrentar a los revolucionarios, y, derrotado, víctima de la fatalidad, fue entregado por quien estaba obligado a obedecerle. El 13, cayó bárbaramente sacrificado por orden de Lavalle. Rosas iba camino a Santa Fe, donde el general Estanislao López, autorizado por la Convención Nacional, disponíase a oponerse a los rebeldes que ya invadían la provincia, y organizaba tropas colecticias. Después de Dorrego, el señalado para el sacrificio era López. “A los caudillos —dicen documentos escritos entonces con la mira puesta en el gobernador de Santa Fe— darles plomo y echarlos de barriga”.4


Pero López arrojó a Lavalle de su provincia, y unido con Rosas, que comandaba milicias de Buenos Aires, lo derrotó en Puente de Márquez. El vencedor propuso la paz; Lavalle la rechazó, y, como una división del ejército sublevado al mando de Paz, había logrado pasar a Córdoba, López volvió a su provincia. Rosas quedó en Buenos Aires. Entonces Lavalle se dirigió a él en estos términos: “Desde que el gobernador López evacuó el territorio de la provincia y desde que en la actual lucha no hay sino porteños, no he excusado medio alguno de los que puedan llevarnos a una conciliación...” Sólo quería dar “a la parte propietaria e ilustrada”, dijo, el debido ascendiente... Y como el vencido era Lavalle, Rosas, después de algunas conferencias, convenios y ensayos de avenimiento impuso condiciones definitivas: El general Viamonte sería gobernador interino de la provincia. Había existido un gobierno legal que abandonó el poder porque el gobernador fue fusilado “por orden” de Lavalle; justo parecía entonces que aquella legislatura de 1828 fuera restaurada. Y sería bien que el general Lavalle, autor del pandemonium, abandonara el país...


Todo se hizo así, y Lavalle se fue al Uruguay. Y con él sus parciales. Se iban profundamente disgustados con Paz, que en Córdoba había sido más afortunado y ya estaba en el gobierno de la provincia, dispuesto a tratar con los vencedores. Antes de partir, Lavalle escribió a Rosas, su compatriota porteño: “Conservaré siempre la simpatía que usted me inspiró en Cañuelas” (lugar de las conferencias).


Y así las cosas, la legislatura de Buenos Aires, eligió gobernador a don Juan Manuel, con facultades extraordinarias, que años antes habían sido otorgadas a Martín Rodríguez.


Si hemos de creer al general Tomás de Iriarte, guerrero de la independencia y en 1829 muy adicto al sistema federal (como que había sido víctima de la sublevación de Lavalle y sufrido destierro en Montevideo) , Rosas el día en que prestó juramento, y antes de trasladarse de su casa a la Sala de Representantes, mostróse perplejo y profundamente emocionado. El general Iriarte, que no creía en los extremos demostrados —según lo afirma él— por el nuevo gobernador, describe así la escena:



El 8 de diciembre en casa de Rosas (1829)


El 8 de diciembre tomó posesión del mando. Los generales Balcarce y Martínez ocuparon sus antiguos destinos, aquél ministro de la guerra y éste de inspector. En el orden estaba que, por iguales causas, volviese yo a desempeñar la comandancia general de artillería; pero no se me tuvo presente, y el motivo, como Balcarce y Martínez y yo sospechábamos, fue sin duda la acalorada disputa que había tenido en Montevideo con don Nicolás Anchorena, mis denuestos contra Rosas, que Anchorena no dejaría de comunicarle. Lo cierto es que, desde entonces, observé que, por más que lo disimulaba, Rosas me profesaba una mortal aversión. Yo no he cesado de retribuirle mi antipática disposición hacia su persona: siempre ha sido Rosas para mí un hombre repulsivo.


El día del recibimiento de Rosas, como otros muchos jefes militares y de las corporaciones civiles, asistí a su casa por invitación especial para acompañarlo a la Casa de Representantes. La hora se pasaba y Rosas no se presentaba en el salón donde un inmenso concurso lo esperaba. El general Mansilla, su cuñado, vino a decirnos que dejaba a Rosas en su habitación traspasado de dolor; que estaba aterrado de la idea de admitir un cargo tan elevado y de tanta responsabilidad, conociéndose sin capacidad para desempeñarlo; que resistía vivamente a ocupar la silla del gobierno y quedaba llorando como una criatura. Enseguida agregó Mansilla: “Pero voy a hacer el último esfuerzo para persuadirlo; no sé si seré bastante feliz para conseguirlo, porque el hombre está consternado y es difícil hacerlo ceder”.


Poco después entró Rosas acompañado de Mansilla; tenía efectivamente los ojos colorados como si hubiera llorado, y todo su exterior hacía creer que sentía una gran emoción en aquel momento. ¡Infame, malvado gaucho! A mí no me engañó, y a un amigo de confianza que estaba a mi lado le dije: “Es el llanto del cocodrilo...”


No faltaron candidos que no conocieron la mistificación; que creyeron bona fide que a Rosas le repugnaba ser gobernador. Este hipócrita tiene gran facilidad para manifestarse enternecido, dando al acento de su voz una expresión tierna y temblona y a todas sus gesticulaciones un gran aire de solemnidad. Se concluyó la ceremonia de la recepción después de haber Rosas proferido un estudiado discurso, con las mentidas protestas de estilo y respirando moderación.


Tomás de Iriarte.5



Ese mismo día de su ascensión al mando —8 de diciembre de 1829—, por la noche, recibió Rosas en una de las salas del Fuerte, al agente del nuevo gobierno oriental independiente, don Santiago Vázquez, a quien hizo diversas declaraciones que el diplomático se apresuró a comunicar a, su gobierno:



“No soy para gobernar...” (1829)


En la mañana de este día, aun no había ministros. El Agente pidió al Oficial Mayor, el señor Moreno, supiese si podía hablar al señor Gobernador; se le dijo que en aquel momento estaba gravemente ocupado, pero que le recibiría dentro de un rato; pasado éste y sabiendo que se hallaba en importante conferencia con los señores Guido y García, manifestó el Agente al señor Moreno que su objeto era saludar particularmente a Su Excelencia y manifestarle que tenía comunicaciones de su gobierno con relación a las especies que se habían propagado sobre reunión armada en aquel territorio por jefes argentinos, que tales especies, igualmente ominosas para ambos Gobiernos, carecían de fundamento, etc., que conociendo que aquellos momentos eran importunos, y deseando también acelerar este conocimiento a Su Excelencia, le encargaba se lo trasmitiese, y evitaba distraerle de sus atenciones. Se retiró el Agente, y al anochecer recibió un billete del señor Moreno, en que le manifestaba que Su Excelencia le había llamado en los momentos de su separación, y sentía no haberle visto; que deseaba hablarle en privado y le rogaba, que si no le era molesto, le visitase en la noche.


En el acto pasó el Agente a la casa del Gobierno, e introducido desde luego al gabinete de Su Excelencia, fue recibido con demostraciones de atención y confianza particular; repitió la manifestación que había hecho el señor Moreno, a la que Su Excelencia contestó que el gobierno no había dado crédito a esas especies, pero que agradecía particularmente aquel aviso; que tal conducta cimentaba la confianza que deseaba estrechar, y que usando de ella se entendería privada y confidencialmente con el Agente sobre cualquiera ocurrencia de igual naturaleza.


Después de atenciones obligantes de ambas partes, y cuando el Agente se proponía retirarse, el señor gobernador se introdujo en una explicación determinada en que se propuso demostrar los principios que le habían conducido en su carrera pública, desde que ella comenzó, hasta el día, haciendo aplicaciones a los sucesos; esta conferencia interesante y peregrina merecería ser redactada completamente, pero lo será en lo principal, con absoluta exactitud en la sustancia y en el modo.


El señor gobernador habla: “Aquí me tiene usted, señor Vázquez, en el puesto del que me he creído siempre más distante; las circunstancias me han conducido; trataremos de hacer lo mejor que se pueda; de evitar nuevos males; yo nunca creí que llegase este caso, ni lo deseaba, porque no soy para ello; pero así lo han querido, y han acercado una época que yo temía hace mucho tiempo, porque yo, señor Vázquez, he tenido siempre mi sistema particular, y voy a manifestarlo a usted francamente como lo he seguido desde que empecé a figurar. Conozco y respeto mucho los talentos de muchos de los señores que han gobernado el país, y especialmente de los señores Rivadavia, Agüero y otros de su tiempo; pero, a mi parecer, todos cometían un grande error, porque yo considero en los hombres de este país, dos cosas: lo físico y lo moral; los gobiernos cuidaban mucho de ésto, pero descuidaban aquéllo, quiero decir que se conducían muy bien para la gente ilustrada, que es lo que yo llamo moral, pero despreciaban lo físico, pues, los hombres de las clases bajas, los de la campaña, que son la gente de acción,


“Yo noté esto desde el principio, y me pareció que en los lances de la revolución, los mismos partidos habían de dar lugar a que esa clase se sobrepusiese y causase los mayores males, porque usted sabe la disposición que hay siempre en el que no tiene, contra los ricos y superiores. Me pareció, pues, desde entonces, muy importante conseguir una influencia grande sobre esa clase para contenerla, o para dirigirla; y me propuse adquirir esa influencia a toda costa; para esto me fue preciso trabajar con mucha constancia, con muchos sacrificios de comodidades y de dinero, hacerme gaucho como ellos, hablar como ellos y hacer cuanto ellos hacían; protegerlos, hacerme su apoderado, cuidar de sus intereses, en fin, no ahorrar trabajo ni medios para adquirir más su concepto.


“Esta conducta me atrajo los celos y las persecuciones de los gobiernos, en lo que no sabían lo que se hacían, porque mis principios han sido siempre: obediencia a las autoridades y a las leyes. Así es que, para seguir este sistema, he sufrido muchos riesgos, y conocía que hasta mi vida peligraba muchas veces, pero no era fácil que Juan Manuel Rosas retrogradase de lo que se había propuesto. Yo he observado en medio de estos riesgos la exactitud de mis ideas, porque he visto asomar por tres veces esa época que calculaba; una el año 15, otra el año 20, y otra ahora; en el año 20 nada se hubiera hecho sin mis esfuerzos; después aumenté mi influencia hasta donde puede aumentarse, porque usted no tendrá idea de que los indios se nos hayan unido nunca para hacer la guerra a los mismos indios. Pues yo hice que acompañasen a Rauch seiscientos indios de pelea. ¿Quién hizo eso sino Rosas?...


“Sin embargo, fui perseguido el año 20; lo fui por la presidencia de todos modos; lo fui en tiempo de Dorrego (que tenía la misma desconfianza que los otros). En tiempo de éste, renuncié la Comandancia de Campaña pero no me admitió la renuncia; mi conducta siempre ha sido la misma; muchos creen que soy federal, se equivocan; yo no soy federal, no señor, no soy de partido ninguno sino de la Patria, ni tampoco he deseado estas cosas, muy al contrario. Es verdad que no podía gustarme ese movimiento del 1° de diciembre porque era un borrón en nuestra historia; yo no podía sufrir semejante escándalo por las instituciones, pero he hecho cuanto he podido por evitar la guerra civil, y si no, vea usted mi conducta. Dorrego sale a campaña y me manda que reúna las milicias. ¿Qué había yo de hacer sino obedecer?... él era la autoridad legítima, yo era comandante general. ¿Qué remedio tenía, sino obedecer?


“Después de eso, aquí, los señores que dirigieron eso, no se quisieron entender con Rosas. En fin, sale Lavalle a campaña y envía a nuestro campo a mi compadre Lamadrid, que traía una carta (que parecía papelito de pulpería) en que se nos ofrecía que nos iríamos a nuestras casas. Me habló con un tono fuerte, yo le respondí con mucha calma: “Compadre, ustedes no saben en lo que se han metido, ustedes se pierden; sus tropas son buenas, pero nosotros no les hemos de dar batalla y aunque les diéramos muchas, y todas las perdiéramos, nada habían ustedes de adelantar; la campaña es toda nuestra, los hemos de fatigar y concluir”. En fin, le hice muchas explicaciones que lo convencieron, y entonces, ya en otro tono, me preguntó qué podía hacerse para evitar tantos males. Yo le respondí: “Diré a usted lo que me ocurre de pronto; mire, compadre, yo no tengo interés ninguno en que mande Borrego, que mande cualquiera; lo único que quiero es que quitemos el borrón que se ha echado a nuestras instituciones y a nuestra historia y estoy pronto a todo, en salvando el honor del país y de las leyes: podemos convenir en que nosotros ocupemos la parte exterior del Salado, y ustedes la interior del río de la Matanza, y nombraremos cinco ciudadanos de talento de cada parte, para que arreglen este negocio y nos propongan el modo de reparar el ultraje de las leyes, y si esto se hace, prometo, bajo mi palabra de honor, que todos nos retiraremos a nuestras casas y que mande cualquiera...


“¿Sabe usted cuál fue la contestación de Lavalle? Atacarnos al día siguiente... Yo le había dicho desde el principio a Dorrego el plan que debíamos seguir. “Si usted quiere —le dije— destruir el ejército de Lavalle, esto es muy sencillo. Usted sublevará la campaña en masa por el norte, yo haré lo mismo por el sur, y dejaremos a Izquierdo en el centro, de observación. Si Lavalle va al norte. Izquierdo le sigue a retaguardia y yo me vengo sobre la ciudad. Si Lavalle se va al sur. Izquierdo le sigue del mismo modo y usted se viene sobre la ciudad.


“Este era mi plan, en que Dorrego convino; quedamos en que mandase un destacamento a observar al enemigo, mientras yo reunía alguna gente. Cuando volví, me incomodó que no había salido tal destacamento, monté cien hombres, y salí con ellos. A las tres leguas y media encontré al ejército, le hice mis escaramuzas para probarlo, y vi que las tropas eran buenas, pero que el general no lo entendía para esta guerra. él no salía de su formación, y sus maniobras eran todas de veteranos; por consiguiente, vi que nada tenía que temer. Despaché un chasque a Dorrego diciéndole que había llegado el momento de realizar el plan, y que él se preparase a marchar por el norte; mas, ¡cuál fue mi asombro, cuando al llegar al campo, me encuentro a nuestra gente formada y en línea de batalla y esperando al enemigo!... éste estaba ya encima, y como Dorrego tenía aquella cabeza, yo no había de pelear con él, y ya no había tiempo para reflexiones, aunque conocía qué disparate era dar acción, porque era preciso, señor Vázquez, que viese usted nuestra línea, por partes con armas blancas, por otras sin arma ninguna, por otras las pocas de fuego casi todas descompuestas. Vaya, era un desatino pelear...


“Sin embargo, si Dorrego no fuera tan loco... si con tiempo me hubiera consultado para esto, siquiera hubiéramos formado la línea de gente armada y escogida, y los indios nos hubieran servido, porque ellos, sepa usted que se batieron bien. En fin, usted sabe el resultado y mire que allí quedó todo concluido, porque fue una derrota completa; luego Dorrego se fue a meter con la tropa de línea... En fin, en tales circunstancias, todavía yo me propuse hacer lo posible por cortar la guerra y mi conducta fue en este sentido, porque ¿qué hice yo?... Marchar para Santa Fe, y que diga alguno si convidé a nadie para que me siguiese... A nadie escribí a la ciudad, ni a mi mujer, porque no quería comprometer a mis amigos. Lo único que hice, señor Vázquez, fue escribir tres cartas al sur, porque yo sabía que era preciso conservar mi nombre por lo que pudiera suceder. Luego que llegué a Santa Fe, di muchos pasos para evitar la guerra, no por mí mismo, pero por medio de otras personas, y crea usted, señor Vázquez, que yo me hubiera convenido, por evitarla, hasta en salir del país y pasar a la Banda Oriental o al Entre Ríos; me hubiera bastado salvar a las personas que se habían comprometido por mí, las de la campaña se entiende, porque las de la ciudad... ¿qué me importaba a mí?...


“Pero no quisieron nada con Rosas: ya dije a usted que los señores de aquí no querían nada conmigo, cuando podían conseguir todo; se entiende, con decencia, porque Juan Manuel Rosas es incapaz de bajezas; sin embargo, todavía me contuve quieto a pesar que de la campaña me llamaban con insistencia; y yo, nada; después me pedían que les mandase un general, pero tampoco, no quise hacer nada, y me propuse también que conociesen que sin mí, nada podían, porque yo sabía lo que les había de suceder, que no se habían de entender, como sucedió, que no se entendían unos con otros: por fin, Lavalle cometió el último desatino, metiéndose en la provincia de Santa Fe hasta el Carcarañal, para hacer nada, como usted sabe, y luego retirarse; ya entonces no podía yo contener a López, y, viniendo él, era preciso que yo estuviese también; bastante lo sentía y bastante hice para evitar males; por fin, llegaron las cosas al estado que usted ve, y aquí me tiene usted empeñado en este lugar, en circunstancia» tan difíciles. Todos dicen que soy federal, y yo me río... Ya dije a usted que yo no soy federal, nunca he pertenecido a semejante partido; si hubiera pertenecido, le hubiera dado dirección, porque como usted sabe, nunca la ha tenido: ese Dorrego... ¡Mire usted que cabeza!... nadie lo conocía mejor que yo. En fin todo lo que yo quiero es evitar males y restablecer las instituciones, pero siento que me hayan traído a este puesto, porque no soy para gobernar”.


Mucho más extensa fue esta explicación, mas la parte redactada es la principal y está vertida con exactitud hasta en el lenguaje.


Santiago Vázquez.6



Los funerales de Dorrego (1829)


El 13 de diciembre, aniversario del asesinato del gobernador Dorrego, fue el día señalado para sus funerales. Una comisión del gobierno marchó a Navarro, lugar de su suplicio: sus restos mortales fueron exhumados y se verificó la identidad mediante un sumario que al efecto se levantó. Se condujeron a Buenos Aires con gran aparato. La función de iglesia fue magnífica: se elevaba un vistoso y lúgubre catafalco y los restos estaban allí colocados en una urna de caoba dorada entre dos piras que ardieron constantemente durante el servicio religioso. El canónigo Figueredo pronunció la oración fúnebre que fue larga y patética: pasó en revista los servicios de Dorrego a la causa de la independencia; fueron importantes desde el principio de la revolución. El cortejo hasta el cementerio fue numerosísimo, y Rosas lo presidía. él también pronunció el discurso fúnebre sobre la urna funeraria; como era ya de noche, Guido alumbraba el escrito que Rosas leía en el tono más patético. Al presenciar esta ceremonia no cesó de ocurrírseme que Rosas en aquel momento sentía un placer indecible por la desaparición del único hombre que había, sin duda alguna, puesto un fuerte obstáculo a sus planes de engrandecimiento.


Pero esto no impedía que el gaucho falaz y fementido sacase con frecuencia el pañuelo en ademán de enjugar sus fingidas lágrimas. Todo el día se empleó en estas espléndidas exequias. Jamás se habían celebrado en Buenos Aires otras que fuesen tan suntuosas e imponentes; reinó un gran recogimiento. La tropa que acompañó el cadáver hizo las correspondientes descargas en el tiempo oportuno; de rato en rato se oía el cañón de la fortaleza que no cesó de dispararse con uniformidad de intervalos, durante todo el día.


Tomás de Iriarte.7



Desterrado Lavalle, como hemos dicho, y Rosas en el gobierno provincial con facultades extraordinarias, el país ofreció en su aspecto político interno, una singular apariencia. Las cuatro provincias litorales unieron su acción en alianza amistosa declarándose partidarias del régimen federal de gobierno. En Córdoba, el general Paz, con fuerzas que habían sido nacionales y en solidaridad (un poco a pesar suyo) con el motín de diciembre y con la muerte de Dorrego, no hacía cuestión de sistema político y deseaba transar, pero se le sabía muy adepto del círculo rivadaviano. El federalismo estaba representado en el interior por el caudillo riojano Juan Facundo Quiroga, vencido por Paz en La Tablada (junio 1829). En febrero de 1830, con la nueva victoria de Oncativo, obtenida por Paz sobre Quiroga, el primero consolidó su poder en el interior y se convirtió en dictador militar de una liga de nueve provincias, gobernadas por oficiales de su ejército, dispuestos, al parecer, a jugarse contra los gobernadores del litoral (Rosas y López). Quiroga huyó a Buenos Aires después de Oncativo y dio como pretexto de su derrota el abandono en que le habían dejado sus amigos del litoral. En verdad, la federación del litoral ocultaba ya el germen de futuras discordias. El gobierno de Buenos Aires desde el ano 20 se había declarado, no sólo dueño exclusivo de su puerto, sino de la entrada del río Paraná y tal situación económica aseguraba su poder político y militar, al par que despertaba recelos en Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes. Por otra parte, Juan Facundo Quiroga, representante del federalismo mediterráneo, hombre de carácter impulsivo y fiero, vivía ajeno a todo principio de organización. El brigadier correntino Ferré, de tendencia anticentralista y federal en 1830 y 1831, hombre de bien y de principios, cuenta en su Memoria una entrevista que tuvo con Rosas y Quiroga en Buenos Aires en 1830. Con alguna exageración —según lo entendemos— el autor de la Memoria, exhibe la posición personal de Quiroga, después de Oncativo.



Quiroga frente a Rosas (1830)


A los pocos días de esto tuve que visitar a Rosas, y estando sólo con él se hizo anunciar el general Quiroga por medio de una negra, que tenía que abrir tres puertas por un zaguán estrecho, para introducir al que tenía que llegar al cuarto de aquél.


Tan luego como entró Quiroga y tomó asiento, me hizo Rosas conocer de él; y .confieso que por mi parte nunca quise hacerlo, desde que supe la poca educación con que había tratado a varios sujetos que lo habían visitado. Luego que me conoció me hizo los cumplimientos de estilo con bastante urbanidad, que yo le correspondí. Después de este acto tomó un aspecto imponente hacia Rosas y le dijo:


—Señor gobernador: vengo a que me dé mi pasaporte para pasar a Montevideo.


Rosas le contestó ya con una sorpresa que no pudo disimular:


—Señor general: ¿Qué motivos tiene para separarse de un pueblo que lo distingue como su mejor amigo, y de mí que tanto lo aprecio?


Quiroga contestó:


—No me he costeado a darle satisfacción, sino a pedirle mi pasaporte, no me ha de suceder aquí lo que a Aráoz en Tucumán.


Dijo esto de un modo tan vigoroso, que me pareció que sacaba el puñal contra Rosas, y creo que éste no esperó menos, por la turbación en que se hallaba. Yo entonces, deseando aplacarlo, le dije:


—Señor general: no creo que en este pueblo, que ha demostrado tanto aprecio a su persona le suceda lo que acaba de indicar.


A esto repuso inmediatamente dirigiéndose a mí:


—Cuánto me alegro que una persona como el señor Ferré se halle presente en los momentos que he dado este paso, y para convencerlo de las razones que tengo para darle, quiero instruirle en pocas palabras cuál ha sido la conducta de este hombre para conmigo. Estaba yo disfrutando de mi vida privada en mi país, después que el general Paz tomó a Córdoba, cuando recibí una comunicación de él y del gobernador de Santa Fe, López, a quien se le había dado el cargo de general de la Nación para dirigir la guerra contra el movimiento del 19 de diciembre, por la convención reunida en Santa Fe. Ambos me invitaban a nombre de la patria para que, haciendo uso de mi patriotismo, recursos y relaciones en las provincias interiores, procurase reunir un ejército que bajase a obrar en combinación con el que se preparaba en las provincias litorales, Buenos Aires, Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes, para destruir el poder de Paz en Córdoba. Tan luego como recibí esta comunicación, puse en práctica todo lo que exigía: sacrifiqué mi fortuna y algunas víctimas para poder llenar mi compromiso y bajé con mi ejército, creyendo encontrar al que me ofreció el general de la Nación, en las inmediaciones de Córdoba, pues no había merecido aviso ninguno después de mi invitación. Pero cuál sería mi sorpresa cuando al llegar a las inmediaciones de Córdoba, me encuentro con la noticia de que no había tal ejército combinado; que el general de la Nación estaba en su casa en Santa Fe, sin hacerme saber nada; y que el general Paz tenía un ejército mucho más fuerte que el mío. Estos motivos debieron hacerme retirar y no aventurar una batalla; pero el honor, y la desmoralización que era consiguiente a una retirada, me obligaron a buscarla. Fui desgraciado en la Tablada, y fue cuando mi indignación llegó al extremo. Eché la capa al toro, y volví al centro de mis recursos, sacrifiqué infinidad de víctimas, que deben pesar sobre la cabeza de éste (señalando a Rosas) y de López, por proporcionarlas; formé un nuevo ejército y volví contra el de Paz, no con el deseo de vengarme de éste, sino de triunfar de él, considerarlo y bajar a colgar las cabezas de López y de éste (volviendo a señalar a Rosas). Fui segunda vez desgraciado en la Laguna Larga y no tengo embarazo en confesar que mi pérdida consistió en que mis conocimientos militares no eran suficientes para combatir con los del general Paz:


Triunfó su capacidad, no su poder. Aquí tiene usted, señor Ferré, una idea de las razones que tengo para no tener confianza del gobernador actual de Buenos Aires, que quién sabe si mañana no amanecerá él mismo colgado. Si él y López hubiesen llenado sus deberes y promesas, el ejército que me ofrecían y el mío, hubiesen triunfado plenamente de Paz; pero lejos de eso, López entró en relaciones con Paz, mandó enviados a Córdoba, celebraron convenios, y me abandonaron dejándome en las astas del toro...


Rosas estaba trémulo y mudo mientras estaba hablando Quiroga, quien, sin decir más palabra se levantó, se despidió y se fue; y yo tuve que hacer luego lo mismo porque el dueño de la casa parecía estar en éxtasis. No sé lo que habría después sobre todo, ni por qué desistió Quiroga de su viaje; mucho se ha hablado sobre el particular; pero como nada me consta, excuso dar mi opinión a este respecto.


Continuaré hablando sobre mi comisión hasta sus resultados. Convencidos los gobiernos en el tratado que debía formularse, convinieron el de Santa Fe y Entre Ríos apersonarse en San Nicolás, señalándose el tiempo de la reunión. Como lo fue, de que saliésemos Rosas y yo para aquel destino, lo hizo primero Rosas el 24 de marzo quedando a esperarme en Lujan; y yo salí el 28 con el doctor Maza, que había quedado para acompañarme. Al día siguiente llegamos a Lujan, en cuya noche me obsequió Rosas con un baile y una cena. Al baile fueron invitadas las señoras principales del pueblo entre las cuales había algunas que eran contrarias, ya sea a la política, o a las personas de la administración. De éstas eligió una para romper el baile con un mulato loco, esclavo de Rosas, a quien llama Viguá, vestido con una de aquellas libreas que usaban los lacayos. Cuando yo vi esto me retiré del baile, y no quise acudir a ningún otro de los que se dieron en San Pedro y San Nicolás. En cada uno de esos pueblos era recibido Rosas con arcos triunfales, aclamaciones y vítores, que cualquiera advertido conocería que todo era obra del mismo Rosas por medio de agentes que enviaba, delante, al efecto. Ocuparme en referir los disparates e imposturas con que se entretenía con unos cuantos locos que traía consigo, sería exponerme a no ser creído.


Llegamos a San Nicolás, y ya encontramos allí al señor López, gobernador de Santa Fe, quien venía plenamente autorizado para representar también al gobierno de Entre Ríos. Tuvimos allí nuevas conferencias, de que resultó .acordar que cada gobierno nombrase un representante y que se reunieran en Santa Fe para celebrar el tratado definitivo. Más no era este el empeño principal de Rosas, sino el comprometernos a hacerle la guerra al general Paz en Córdoba, sobre lo que trabajó .cuanto pudo; pero no se hizo otra cosa que .convenir en que a nombre de los cuatro gobernadores, se le oficiase pidiéndole explicaciones sobre su conducta política, y algunos cargos, que en suma se dirigían a que disolviese su ejército. El doctor Maza fue encargado de la redacción de este oficio, a la que me opuse, porque allí aparecían los gobiernos como una autoridad nacional a quien debía respetar como tal el general Paz. Rosas quiso sostenerla; pero como el señor López se plegase a mi dictamen, éste prevaleció. Entonces se encargó la redacción a don Pascual Echagüe y a don Domingo Oro. Convenidos con la nueva redacción, aunque no al gusto de Rosas, y extendido y firmado el oficio, se despachó a Oro con él.


Luego convinimos con el señor López en nuestro viaje a Santa Fe; y el día anterior a nuestra salida, habiendo quedado la casa despejada de modo que parecía no había más gente en ella que Rosas y yo, se me presentó éste, en la puerta de mi sala, preguntándome si estaba ocupado, y habiéndole contestado que no, me invitó a ir a su sala a conversar, a lo que accedí inmediatamente.


Es de advertir que, ya instruido yo de su meditado plan, y de que según él no consentiría jamás en la prosperidad de los pueblos protegiendo su industria por medio de una nueva economía política, y siendo esto uno de los encargos principales que yo tenía de mi gobierno, de acuerdo con los demás, me resistía a las pretensiones de Rosas, mientras no cediese al justo reclamo de los pueblos sobre el particular.


Con el motivo que ya he dicho, tuvimos con Rosas una sesión en que agotó todos sus medios para inclinarme a que destruyésemos primeramente a Paz, en Córdoba, y después se arreglaría todo aquello concerniente a la prosperidad de las provincias. Esta opinión rebatía yo diciendo que no era incompatible lo uno con lo otro, sino que, al contrario, las provincias todas bendecirían al primer gobierno de Buenos Aires que se había fijado en el bien de ellas. Rosas instaba en su opinión y al mismo tiempo en que yo le dejase a nombre de mi gobierno la facultad de entretener las relaciones exteriores; y para corroborar lo que sostenía, me presentó una carta de su primo don Tomás Anchorena (diciéndome, que para el era un oráculo, pues lo consideraba infalible) en la que exprimía todo su talento en apoyo de la política que sostenía en aquellos momentos el gobierno de Buenos Aires. Mi última contestación fue decirle que no me era dado dejarle las facultades que pedía, en razón de que él se negaba al justo reclamo de los pueblos respecto al arreglo del comercio extranjero en las producciones del país, lo que fomentaría su prosperidad; y que yo terminaba mis consideraciones con él, porque nada adelantaría en continuarlas con quien no sostenía su opinión propia por sujetarse a la decisión de su oráculo.


Pedro Ferre. 8



Desde febrero a diciembre de 1830, Paz hizo algunos equilibrios para evitar esa guerra entre el litoral y el interior que definiría irremediablemente una situación harto difícil de sobrellevar. Los jefes federales Rosas y López, mostráronse igualmente cautos en sus procederes: Rosas en Buenos Aires parecía satisfacer la opinión general y en particular a las clases conservadoras. Aseguraba el orden y los patacones... De Rosas, en 1830, tenemos un esbozo que nos ha dejado el general Eustoquio Frías, su enemigo, en unos apuntes que dictó, ya en su vejez, a don Benjamín Villafañe y fueron publicados en la Revista Nacional. Dicen así:



Mi retiro (1830)


Concluido el convenio entre el general Lavalle y Rosas (Frías), se retiró del servicio. El año 30, solicitó del gobierno su absoluta separación, habiendo conseguido un informe del cirujano mayor coronel don N. Rivero, para fundar su petición en su quebrantada salud. El inspector, que era el coronel don Casto Cáceres, al elevarla, hizo presente sus servicios en la guerra de independencia y del Brasil y de la ley del año 26, que decía que todos los que se inutilizasen gozarían del sueldo íntegro de su clase. Pasada la solicitud al auditor de guerra, don R. Escarranea, en su dictamen dijo: “No pertenececiendo el recurrente al ejército de la provincia, y sólo al ejército nacional, no lo considero digno de la consideración de este gobierno”.


Con este informe, recogió la solicitud y se retiró. A los pocos meses fue llamado al servicio y se excusó haciendo presente su mal estado de salud; mas, uno de los edecanes del general Rosas le aconsejó que se presentase personalmente, prometiéndole proporcionarle el modo para que Rosas lo recibiese. A los pocos días de esta oferta, se resolvió a presentarse. El edecán lo anunció y lo condujo a una pieza donde debía esperar al general; el que poco tardó, porque al momento se presentó en mangas de camisa, calzoncillos, con chinelas y sombrero de paja con ancha cinta punzó. Después del saludo, preguntó cuál era el objeto de la visita, a lo que contestó Frías que el año 30 había presentado al gobierno la solicitud que tenía el honor de mostrarle. La tomó (Rosas) y dio principio a la lectura, diciendo al sirviente que le trajera mate. Después de haber leído parte de la solicitud, le dijo:


—¿Usted ha sido oficial de Lavalle?...


—No, señor, he servido bajo sus órdenes como militar que soy...


—Pero ¿usted no querrá servir con los federales?...


—No señor, no es que no quiera, sino que mi salud no me lo permite.


—Pero usted es joven y puede hacer carrera.


—Ruego a usted me conceda mi retiro, pues mi .capital consiste en una peseta y creo que de changador, en los años que he servido a mi patria, tendría diez pesos.


—Todo es porque siempre ha servido a gobiernos ingratos...


—Si el señor gobernador me permite que le hable con franqueza, le diré los motivos que me obligan a no servir. Primero, lo quebrantado de mi salud; segundo, la ingratitud de los gobernantes; y tercero, que pertenezco a un partido contrario a V. E. y mis sentimientos tal vez me obligaran a traicionarlo. Para no dar un paso que me degrade, suplico a Vuestra Excelencia se digne concederme mi retiro.


—Me agrada la franqueza de usted... A las once véame en mi despacho.


Al día siguiente, al entregarle el general Rosas la cédula de inválido, le dio quinientos pesos diciéndole:


—Cuando usted se halle necesitado, busque, no al gobernador Rosas, sino a Juan Manuel Rosas...


Le dio los agradecimientos Frías y no volvió a verlo más.


Eustaquio Frías.



A principios de 1831, y como término y remate de una situación insostenible, se iniciaron las ofensivas militares entre el ejército federal del litoral, mandado por López, y el unitario del interior, bajo el comando de Paz. Iba a decidirse la suerte de la República. El ejército de Buenos Aires, importante por el número de sus efectivos y por su organización (que debía ponerse a las órdenes del gobernador de Santa Fe) llevaba como jefe al general Juan Ramón Balcarce y oficiales tan distinguidos como Iriarte y Enrique Martínez. En marcha a Córdoba, para reunirse a las tuerzas de López, detúvose el ejército en San Nicolás y el gobernador Rosas acudió a ese punto a objeto de presenciar una parada militar y pasar revista al ejército que habría de rendirle los honores debidos a su cargo. El general Iriarte, entonces jefe de la artillería, describe así este episodio de la campaña:



Rosas en el ejercito federal (1831)


Rosas, después de haber pasado una parte de la noche con los dos generales, se retiró del campamento y fue a dormir a una casa de campo distante una legua.


Al día siguiente muy de mañana el ejército formó en el orden de parada; la artillería a mis órdenes ocupaba la derecha de la línea que era el lado por donde Rosas debía presentarse: las siete piezas que mandaba el coronel Luna formaron a la izquierda. Después de haber esperado largo tiempo, Rosas se presentó a caballo con una pequeña comitiva: el traje del gran gaucho merece describirse: pantalón y chaqueta desabrochada, gorra de cuartel con una funda de hule y sobre ésta una gran divisa colorada con el lema de Federación o muerte; el poncho atado por la cintura aseguraba un cuchillo de monte (puñal) cuyo cabo sobresalía por sobre la chaqueta; sobre el poncho estaban atadas las bolas; un rebenque a uso del país; no llevaba sable. Todos comprendimos que su objeto al presentarse en este traje de gaucho decente, era no sólo para popularizarse con los guasos de la campaña, sino para manifestar el más profundo desprecio a los generales, jefes y oficiales del ejército que, así como la tropa, vestían aquel día su uniforme de gala: la cosa no podía ser más clara. Cuando llegó a la altura de nuestra derecha, la artillería lo recibió con una salva y vivas a la Nación, a la junta, al gobierno, y a la persona de Rosas, según estaba de antemano dispuesto.


La infantería descargó sus fusiles y proclamó del mismo modo a medida que el gaucho llegaba a los respectivos frentes de banderas. El gaucho estaba visiblemente asustado al verse entre tropas de línea.


Después se maniobró por cuerpos y cuando se rompieron filas, los jefes y oficiales nos presentamos al gobernador en el cuartel general. Profirió el tirano un largo discurso henchido de los lugares comunes de bien comunal, causa pública, la federación santa, la obediencia de las leyes, etc., etc... El malvado se manifestaba conmovido y con su acostumbrada hipocresía aparentaba estar enternecido, mediante un tono lacrimoso y de solemnidad y unción que el hipócrita artero sabe asumir con gran facilidad y cuando quiere y le conviene.


Después de este acto, la primer diligencia de Rosas fue montar a caballo y dirigirse a la maestranza de artillería establecida en San Nicolás; no bien hubo entrado preguntó cuál era la cureña de obús cuya gualdera se había trozado al primer disparo: tomó una azneta y dio algunos cortes para cerciorarse de que la madera estaba en mal estado, y conocí cuando me lo refirieron —pues yo no estaba presente— que el pícaro y desconfiado gaucho había sin duda sospechado que yo lo había engañado con un falso parte, que la gualdera había sido trozada ex-profeso...


El mismo día, por consejo de Martínez y Balcarce, fui a cumplimentarlo: estos dos amigos sabían, pero me ocultaban, todo el odio que el gaucho me profesaba, y querían ponerme a cubierto de sus tiros sin descubrirme que yo estaba muy expuesto a una persecución. Pero no me recibió, pretextando ocupaciones urgentes, al mismo tiempo que no dejó de recibir a todos los demás jefes que fueron a su alojamiento con igual objeto: a muchos de ellos los obsequió con donaciones y regalos, porque es efectivamente muy pródigo con los que él cree que son sus amigos. Así ha comprado a muchos miserables que han vendido su honor y su patria por el aliciente del oro.


Rosas, que estaba asustado de encontrarse entre soldados y entre algunos jefes y oficiales que él sospechaba —y no se equivocaba— que debían creerse degradados teniendo que obedecer a un miserable gaucho sin servicios ni antecedentes gloriosos, no se atrevió a alojarse en el campamento y fue a situarse en una casilla, a distancia de una legua. Todos los días venía al pueblo, y por la noche al cuartel general donde tenía sus conferencias con el general en jefe y jefe del estado mayor. Se retiraba a las doce de la noche con su comitiva y en el tránsito se divertía casi siempre haciendo víctima de sus groseros juegos a algunos de sus ayudantes. El campamento estaba establecido sobre un viscacheral de gran extensión; aun de día era necesario marchar con gran precaución para no caer en alguna cueva con riesgo de romperse una pierna.


Rosas hacía gala de atravesarlo a escape durante la noche, y como tenía que pasar precisamente al lado de mi carretón, presencié muchas veces las rodadas de las personas de su séquito: él rodaba también pero siempre salió parado, porque en aquel tiempo se consideraba que Rosas era el hombre más de a caballo de toda la provincia.


Tomás de Iriarte.9



El ejército de Buenos Aires emprendió marcha con el destino ya indicado y Rosas hizo campamento a orillas del arroyo Pavón, dispuesto a esperar el resultado de la contienda. Antes de unirse las fuerzas de Buenos Aires a las de López, un soldado de este último, con un hábil tiro de boleadoras, hizo prisionero al general Paz que se había arriesgado en una exploración (mayo 1831). El jefe unitario fue enviado a Santa Fe, y su ejército, al mando de Lamadrid, y muy disminuido, tomó el camino de Tucumán. Allí fue destruido por el general Quiroga en la batalla de la Ciudadela en el mes de noviembre, El ejército de Buenos Aires, unido al de López, entró triunfante en la ciudad de Córdoba. Permaneció allí dos meses y volvió a su provincia en agosto. Rosas esperaba, como hemos dicho, en las inmediaciones del arroyo Pavón, donde lo encontró el general Iriarte en las circunstancias de que informa el siguiente pasaje de sus Memorias:



Escribir y beber leche... (1831)


Al abrir la campaña en el mes de mayo, habíamos dejado al gobernador Rosas campado en las inmediaciones del arroyo Pavón sobre una elevación del terreno batida por el viento:allí estaba todavía, no se había movido de aquel sitio, esperando el resultado de la campaña. Cuando divisé su tienda a una legua de distancia dispuse que la división hiciese alto y esperase mis órdenes: yo me adelanté con dos ayudantes e igual número de ordenanzas; me era forzoso presentarme a Rosas para recibir sus órdenes. Eché pie a tierra en el vivac del primer secretario don Manuel Vicente Maza; estaba allí también el segundo secretario coronel Carretón. El alojamiento de estos caballeros consistía en una carreta (cada uno) desmontada de sus ruedas. Pedí ser anunciado al gobernador y el mismo doctor Maza fue a anunciarle mi llegada. Quedé acompañado de Carretón. Las anécdotas que este refirió, podrán sólo ser creídas de los que conozcan las extravagancias de Rosas y sus brutales pasatiempos, propios de un salvaje y de un hombre sin dignidad ni corazón. él me aseguró (Carretón) que en seis meses que hacía que estaban allí campados, sus plantas no se habían fijado, pero ni una sola vez, fuera de la senda que conducía desde su carreta a la tienda del gobernador, senda que él mismo había formado mediante el continuo ir y venir. Que Rosas salía muy poco de su tienda y que algunas veces había pasado hasta quince días sin poner un pie fuera de ella. “¿Y qué hace?...”, le pregunté. “Escribir y beber leche: tiene una tinaja al lado de la mesa donde escribe...”


Los jefes y oficiales que lo acompañaban no tenían ordenanza, estaban ellos mismos obligados a ir en persona a sacar la ración de carne y racionarla si no querían perecer de hambre. A la oración rezaban el rosario formados en una fila. Corvalán presidía esta ceremonia; era este un precepto impuesto por Rosas. A nadie, sin distinción de clase, se permitía montar a caballo y todas las monturas estaban almacenadas. La víspera del 25 de Mayo, varios jefes y oficiales se empeñaron con Carretón a fin de que intercediese con Rosas para que éste les permitiese recoger sus monturas y montar a caballo en celebridad del día... “¿A caballo?, dijo Rosas, pero ni pensarlo es bueno. Es preciso cuidar mucho los caballos: más fácil es que me dejara dar cien azotes que permitir que se monte un solo caballo”.


Por la noche tenia reunión de los jefes principales y de sus dos locos: uno de estos (don Eusebio de la Santa Federación) hacía constantemente el papel de gobernador. Las bromas eran tan pesadas que no pocas veces ocurrían fracturas o dislocación de miembros. Rosas comía a las dos de la mañana (su única comida) al raso, y su asiento era una cabeza descarnada de vaca. Carretón se manifestaba muy disgustado de aquella vida, pero él la soportaba.


Maza tardaba en regresar y yo empezaba a formar muy mal juicio del largo tiempo que Rosas me hacía esperar. Al fin se presentó aquél y me dijo que el gobernador aguardaba: nos pusimos en camino con dirección a la tienda, que distaría cuatrocientas varas del alojamiento de los secretarios; estaba sola y aislada. Mientras marchábamos, recordé que Rosas, con objeto de deprimir a cuantos entraban a verlo, y también con el de evitar visitas importunas, acostumbraba cerrar la puerta de la tienda prendiendo grandes agujas en la lona, de modo que sólo quedase un pequeño espacio cerca del suelo a fin e que cuantos entraban en el santo santorum se viesen obligados a revolcarse en el suelo como culebras. Yo iba resuelto a desprender las agujas y entrar en dos pies, bien que tanto atrevimiento podía costarme caro; pero, felizmente, la puerta estaba abierta: él sabía con qué clase de hombres podía jugarse y que yo no era sufrido.


Entré, lo saludé y me contestó secamente señalándome un banquillo de campaña para que me sentase. Lo hice, en efecto, y le expuse el motivo de mi presencia: recibir órdenes para saber dónde debía campar con mi división que estaba a una legua de distancia; y dónde y cómo debía esta proveerse de las raciones de carne y leña. Sin contestarme, sin hacerme la más mínima pregunta de cortesía sobre la reciente campaña, sin informarse de la salud del general en jefe Balcarce, y del jefe del estado mayor, general Martínez, tomó la pluma, escribió y me entregó el contenido, reducido a disposiciones sobre los objetos de que yo lo había ocupado. Me levanté sin más aguardar, me despedí fríamente y con dignidad, y él me contestó del mismo modo.


Campamos, en efecto, sobre el arroyo de Pavón, en el mismo lugar que Rosas había señalado, y allí encontramos leña y los animales vacunos para el consumo de la división. A la mañana siguiente levanté mi campo y me puse en marcha con dirección a San Nicolás. Poco después se presentó el edecán Corvalán para manifestarme de orden de Su Excelencia, cuánto había extrañado que dos individuos de mi división hubieran deshecho un corral de un vecino. Tomé informe y resultó que eran dos troperos de las carretas que habían arrancado uno o dos palos del corral a cuyas inmediaciones habíamos acampado. Se los entregué a Corvalán para que los pusiese a disposición de Rosas, y le dije que hiciese presente al gobernador que desde mi salida de Córdoba era la primera queja que yo hubiera recibido de un individuo a mis órdenes; y que, por lo tanto, me era doblemente sensible. A juzgar por la agitación de Corvalán, Rosas debía estar sumamente irritado por aquel suceso insignificante, y que en nada afectaba mi responsabilidad, puesto que a un jefe le es imposible evitar tales desórdenes, y que cumple con corregirlos. Pero recaía en mí, y este era el secreto de su enojo, porque siempre Rosas me ha mirado con ojeriza, y yo le he correspondido con la misma.


Tomás de triarte.10



Con la prisión del general Paz y la derrota de Lamadrid, quedó totalmente vencida la rebelión del 1° de diciembre de 1828 y las dictaduras de tendencia unitaria fundadas a raíz de aquella revolución y de las victorias unitarias en Córdoba. Iban a tener principio ahora los gobiernos de fuerza del partido federal. Las disidencias latentes en el partido federal pueden advertirse en una carta de López a Quiroga, escrita desde Rosario, después de conocido el triunfo de La Ciudadela y a propósito de una entrevista mantenida con Rosas. Allí se descubren las tendencias federales de organización surgidas en 1830 y en 1831, sobre la base de nacionalización del puerto de Buenos Aires y la administración de las rentas de su aduana por una “Comisión Representativa”. Esa Comisión debía tener también el ejercicio de las relaciones exteriores e invitar para un congreso general. Rosas no entraba por ello y la opinión genuinamente porteña tampoco. Así se explica que Paz, en 1830, hubiera hecho flamear su calidad de provinciano para congraciarse con López y Ferré y con el sentimiento provinciano del interior. La carta de López a Quiroga, poco conocida, y que constituye también un apunte sobre Rosas visto del natural y por un contemporáneo, reza de esta manera en su parte pertinente:



En Rosario (1831)


...Todo lo relativo a la guerra que, según el tratado de 4 de enero debía ser del resorte de la Comisión Representativa, no puede convenirse con ella a causa de que, habiéndose retirado el diputado de Buenos Aires, ha más de seis meses, pretextando enfermedad, aquel gobierno no ha llenado este déficit, y esto ha ocasionado que hoy no exista más diputado que el de esta provincia. El relato que acabo de hacer, persuadirá a usted de la justicia con que he solicitado abdicar el mando del Ejército y lo convencerá de la exactitud de mi cálculo cuando he dicho que siempre juzgué que tal nombramiento era puramente nominal, como que en realidad lo es. Protesto a usted, que la principal razón que me decidió a pasar por todo, fue el convencimiento de que esta era la oportunidad más favorable para llenar los constantes y suspirados votos de los pueblos y sacarlos de la espantosa miseria y degradación en que ha tanto tiempo están sumidos: La organización de nuestra patria. Pero, cuál no habrá sido mi asombro y desaliento, mi buen amigo, cuando, llamado a Rosario con instancia por el señor Rosas y cuando yo juzgaba que el objeto de esa entrevista debía ser allanar los obstáculos que pudiera haber a la asecución 11 de aquel sagrado e importantísimo objeto, me dice el señor Rosas, la primera vez que allí hablamos sobre este negocio: Este no es tiempo de constituir el país y es preciso, compañero, que prescindamos de Comisión Representativa...


Aseguro a usted que, hasta la fecha, no se ha separado de mí el estupor que aquellas expresiones causaron en mi ánimo, y que lo primero que en aquel desagradable momento me ocurrió, fue que esto causaría más males a la República que los que le han originado los unitarios mismos. Después que oí este modo de opinar del señor Rosas, me retiré a mi casa, llamé a su secretario, le manifesté lo que había ocurrido, le signifiqué mi desagrado, la irrevocable resolución en que estaba de no pasar por tal cosa y de no separarme absolutamente del voto tan pronunciado por los pueblos, de constituir el país, encargando comunicase todo esto al señor Rosas, de mi parte.


Tal explicación hizo que aquel amigo tuviese muy luego una entrevista conmigo en la que convino que nombraría sin demora el diputado por Buenos Aires y lo mandaría a Santa Fe; en que también mandaría sin ninguna postergación al señor Corvalán, nombrado diputado por Mendoza y en que si los gobiernos del interior, a quienes yo había escrito a este respecto, estaban por la constitución del país, y en consecuencia porque siguiese la Comisión hasta llenar las atribuciones estipuladas en el tratado del 4 de enero, él secundaría el voto de los demás en igual sentido. Esto fue lo único de que allí hablamos de importancia y quedó convenido. Más usted conocerá que, desde que el señor Rosas opinó por la no constitución del país y desde que tengo .motivo para creer que en este mismo sentido se ha escrito al interior para que se obre de igual modo, yo no puedo dejar de estar alarmado y extremadamente disgustado, al ver una cosa que nunca pude ni debí esperar, y al contemplar cuan estériles e infructuosos han sido todos los esfuerzos y sacrificios que tan heroicamente han prodigado los pueblos, hasta ponerse en actitud de pensar en lo único útil que les resta que alcanzar, como único medio de reparar sus pasadas desgracias.


En medio de todo esto, observo con sentimiento que en el interior se tiene una idea equivocada respecto a mi posición, y que en lo general se cree que me hallo con bastante poder para evitar los males que nos amenazan; mas usted conocerá, por todo lo comprendido en esta carta, que este juicio es inexacto, y sentiría que él diese lugar a conjeturas desagradables, partiendo (yo) del invariable principio de que todo aquello que se separe de la organización de nuestra patria, es ajeno de mi y que jamás prestaré mi deferencia a tales ideas.


Después del bosquejo que hago a usted del estado actual de nuestros negocios, réstame hacerle una observación que no puede usted desconocer y que espero confiadamente no desatenderá: usted, por su posición y mil poderosas razones que sería cansado detallar, aparece con justicia a la cabeza de los negocios del interior. Mientras usted permanezca en esta posición, no creo difícil que arribemos a la suspirada organización; pero si usted se separa, va infaliblemente a resultar una espantosa divergencia en las opiniones, y de aquí partirá el pretexto de que en otras ocasiones se han valido nuestros antagonistas para cruzar los empeñosos esfuerzos que se han hecho para organizamos.


Dije a usted, al principio, que le hablaría con toda la franqueza de mi carácter. Reproduciendo ahora lo mismo y en la confianza que me inspira su amistad, le diré: Que juzgo que usted no debe absolutamente dejar el mando del ejército que está a sus órdenes, ni abandonar los pueblos a su política particular. Usted conoce el desquicio espantoso en que ellos han quedado y no es fácil calcular los graves males que van a pesar sobre ellos si no hay un punto de dirección. Es usted únicamente quien en el interior puede darlo. En fin, espero lleno de confianza, que, haciendo usted un gran esfuerzo, querrá hacer al país el bien de continuar siquiera hasta que hayamos puesto el primer plantel a nuestra organización, la cual, prestando usted su cooperación, no presentará grandes dificultades, porque a pesar de todo lo anterior dicho, estoy penetrado que nuestro común amigo el señor Rosas es un buen hijo de la tierra y un verdadero amante de las libertades públicas, y lo único que yo juzgo que puede haber en sus opiniones, es: o extravíos en sus ideas, sin conocerlo, o sugestiones hábilmente manejadas por los que nunca podrán ser amigos de la prosperidad de los pueblos, por considerarla incompatible con la de Buenos Aires.


Estanislao López.12



Muy mal correspondió Quiroga a la confianza de López porque hizo llegar la carta a manos de Rosas, que debió de agradecer de corazón aquel testimonio de amistad... Quiroga ejercía gran influjo en el interior y Rosas pudo estar seguro de que la organización federal sería combatida por el caudillo riojano dentro de una extensa zona política. Por eso envió nuevamente sin muchos recelos, el diputado a la Comisión Representativa de Santa Fe. Pero apenas se dejó sentir en el seno de la misma Comisión una política de principios y se hicieron algunas gestiones en el interior. Rosas calificó de anárquicas aquellas ideas, retiró al diputado, y Quiroga amenazó al delegado de Córdoba con hacerlo aparecer “colgado”. Ya se había firmado el pacto de 1831. Después de este golpe político en el orden nacional, Rosas se rehusó a ser reelegido gobernador, porque la legislatura no le dio las facultades extraordinarias que apetecía (diciembre de 1832). Elegido gobernador el general Juan Ramón Balcarce, Rosas llevó a cabo la expedición al desierto en 1833 con el fin de ampliar las fronteras y asegurar la tranquilidad de los pobladores del Sur. Nadie como él estaba en condiciones de poner en ejecución un plan de vastas proporciones y es justo reconocer que alcanzó benéficos resultados para la provincia. Rescató gran cantidad de cautivos (unos seis mil) y aseguró las fronteras, hasta entonces muy abandonadas. Habiendo llegado con sus huestes hasta el río Colorado, tuvo ocasión de conocerle allí, por coincidencia, el sabio Carlos Darwin que realizaba su viaje científico alrededor del mundo a bordo del Beagle. Darwin nos ha dejado este retrato del Héroe del Desierto como se le llamó también entonces al Restaurador.



A orillas del río Colorado (1833)


El campamento del general Rosas estaba cerca del río (Colorado). Consistía en un cuadrado formado por carros, artillería, chozas de paja, etc. Casi todas las tropas eran de caballería, y me inclino a creer que jamás se reclutó en lo pasado un ejército semejante de villanos seudobandidos. La mayor parte de los soldados eran mestizos de negro, indio y español. No sé por qué, tipos de esta mescolanza, rara vez tienen buena catadura. Pedí ver al secretario para presentarle mi pasaporte. Empezó a interrogarme con gran autoridad y misterio. Por fortuna llevaba yo una carta de recomendación del gobierno de Buenos Aires 13 para el comandante de Patagones. Presentáronsela al general Rosas, quien me contestó muy atento, y el secretario volvió a verme, muy sonriente y afable. Establecí mi residencia en el rancho o vivienda de un viejo español, tipo curioso que había servido con Napoleón en la expedición contra Rusia.


Estuvimos dos días en el Colorado; apenas pude continuar aquí mis trabajos de naturalista porque el territorio de los alrededores era un pantano que en verano (diciembre) se forma al salir de madre el río con la fusión de las nieves en la cordillera. Mi principal entretenimiento consistió en observar a las familias indias, según venían a comprar ciertas menudencias al rancho donde nos hospedábamos. Supuse que el general Rosas tenía cerca de seiscientos aliados indios. Los hombres eran de elevada talla y bien formados; pero posteriormente descubrí sin esfuerzo, en el salvaje de la Tierra del Fuego, el mismo repugnante aspecto, procedente de la mala alimentación, el frío y la ausencia de cultura.


El general Rosas insinuó que deseaba verme, de lo que me alegré mucho posteriormente. Es un hombre de extraordinario carácter y ejerce en el país avasalladora influencia, que parece probable ha de emplear en favorecer la prosperidad y adelanto del mismo.14


Se dice que posee setenta y cuatro leguas cuadradas de tierra y unas trescientas mil cabezas de ganado. Sus fincas están admirablemente administradas y producen más cereales que las de los otros hacendados. Lo primero que le conquistó gran celebridad fueron las ordenanzas dictadas para el buen gobierno de sus estancias y la disciplinada organización de varios centenares de hombres para resistir con éxito los ataques de los indios.


Corren muchas historias sobre el rigor con que se hizo guardar la observancia de esas leyes. Una de ellas fue que nadie, bajo pena de calabozo, llevara cuchillo los domingos, pues como en estos días era cuando más se jugaba y bebía, las pendencias consiguientes solían acarrear numerosas muertes por la costumbre ordinaria de pelear con el arma mencionada. En cieno domingo se presentó el gobernador con todo el aparato oficial de su cargo a visitar la estancia del general Rosas, y éste, en su precipitación por salir a recibirle, lo hizo llevando el cuchillo al cinto, como de ordinario. El administrador le tocó en el brazo y le recordó la ley, con lo que Rosas, hablando con el gobernador, le dijo que sentía mucho lo que le pasaba, pero que le era forzoso ir a la prisión, y que no mandaba en su casa hasta que no hubiera salido. Pasado algún tiempo, el mayordomo se sintió movido a abrir la cárcel y ponerle en libertad; pero, apenas lo hubo hecho, cuando el prisionero, vuelto a su libertad, le dijo: “Ahora tú eres el que ha quebrantado las leyes, y por tanto debes ocupar mi puesto en el calabozo”.


Rasgos como el referido entusiasmaban a los gauchos, que todos, sin excepción, poseen alta idea de su igualdad y dignidad.


El general Rosas es además un perfecto jinete, cualidad de importancia nada escasa en un país donde un ejército eligió a su general mediante la prueba que ahora diré: metieron en un corral una manada de potros sin domar, dejando sólo una salida sobre la que había un larguero tendido horizontalmente a cierta altura; lo convenido fue que sería nombrado jefe el que desde ese madero se dejara caer sobre uno de los caballos salvajes en el momento de salir escapados, y, sin freno ni silla, fuera capaz no sólo de montarle, sino de traerle de nuevo al corral.


El individuo que así lo hizo fue designado para el mando, e indudablemente no podía menos de ser un excelente general para un ejército de tal índole. Esta hazaña extraordinaria ha sido realizada también por Rosas.


Por estos medios, y acomodándose al traje y costumbres de los gauchos, se ha granjeado una popularidad ilimitada en el país y consiguientemente un poder despótico. Un comerciante inglés me aseguró que en cierta ocasión un hombre mató a otro, y al arrestarle y preguntarle el motivo respondió: “Ha hablado irrespetuosamente del general Rosas y por lo mismo le quité de en medio”.


Al cabo de una semana el asesino estaba en libertad. Esto, a no dudarlo, fue obra de los partidarios del general y no del general mismo. En la conversación (Rosas) es vehemente, sensato y muy grave. Su gravedad rebasa los límites ordinarios; a uno de sus dicharacheros bufones (pues tiene dos, a usanza de los barones de la Edad Media) le oí referir la siguiente anécdota: “Una vez me entró comezón de oír cierta pieza de música, por lo que fui a pedirle permiso al general dos o tres veces: pero me contestó: “¡Anda a tus quehaceres, que estoy ocupado!” Volví otra vez, y entonces me dijo: “Si vuelves, te castigaré”. Insistí en pedir el permiso, y al verme se echó a reír. Sin aguardar, salí corriendo de la tienda, pero era demasiado tarde, pues mandó a dos soldados que me cogieran y me pusieran en estacas. Supliqué por todos los santos de la corte celestial que me soltaran, pero de nada me sirvió; cuando el general se ríe no perdona a nadie, sano o cuerdo”.


El buen hombre ponía una cara lastimosa al solo recuerdo del tormento de las estacas. Es un castigo severísimo; se clavan en tierra cuatro postes, y, atada a ellos la víctima por los brazos, y las piernas tendidas horizontalmente, se le deja permanecer así por varias horas. La idea está evidentemente tomada del procedimiento usado para secar las pieles. Mi entrevista terminó sin una sonrisa, y obtuve un pasaporte con una orden para las postas del gobierno, que me facilitó del modo más atento y cortés.


Carlos Darwin.15