Rosas visto por sus contemporáneos
Urquiza contra Rosas
 
 

EL “pronunciamiento” de Urquiza de 1° de mayo de 1851, no hizo sino confirmar lo que se murmuraba en el litoral argentino, en Montevideo y en Brasil desde algunos años atrás. En 1846 (febrero), Urquiza había ofrecido a Rosas una muy oportuna victoria en Laguna Limpia (Corrientes) sobre la vanguardia del ejército de Paz. De haber triunfado este último en aquella ocasión, otro giro muy distinto hubieran tomado todos los sucesos. Y lo más extraordinario de esta acción no fue su significado militar ni sus inmediatas consecuencias políticas, muy favorables a Rosas, sino que habiendo caído prisionero Juan Madariaga, hermano de Joaquín, el gobernador de Corrientes y “salvaje unitario”, firmó este último un tratado de paz y alianza con el jefe vencedor, es decir con el gobernador de Entre Ríos (tratado de Alcaraz), y el comentario general dio por sentado que tal entendimiento suponía, no tanto una adhesión de Madariaga al sistema de Rosas, como una próxima conversión de Urquiza al sistema o partido en que militaban los Madariaga.


Lo cierto es que don Juan Manuel, en conocimiento del tratado de Alcaraz, le dijo a Urquiza que aquello no podía ser: Que el pacto federal de 1831, desde que fue aceptado y firmado por todas las provincias, entre ellas Corrientes, era una ley de carácter nacional y a todas obligaba, puesto que todas habían dado su aprobación; que dentro de tal ley general no cabían entendimientos parciales de provincia a provincia, con prescindencia de las demás; que Corrientes había sido separada de la Confederación y lo que se imponía era su reincorporación, según los términos del tratado que firmó su gobernador. Además, el señor Madariaga había celebrado el convenio de Alcaraz “sobre la base de que el Paraguay fuese un Estado independiente, cuando era una provincia argentina ilegalmente separada de la Confederación”. Por cuyas razones don Juan Manuel devolvió el tratado al general Urquiza, con expresa manifestación de que se había equivocado esta vez, y al mismo tiempo le hizo llegar el texto de otra convención para ser firmada por Madariaga. Este último rehusó hacerlo y su aliado del año anterior, Urquiza, se fue sobre Corrientes con un respetable ejército y derrotó a Madariaga, en la batalla de Vences (noviembre 1847). Ni qué decir que el gobernador —que mucho hizo con salvarse a uña de caballo, porque se siguió una degollina atroz— abandonó en seguida la provincia y Urquiza puso en ella un mandatario de toda su confianza que firmó cuanto había dispuesto don Juan Manuel. Mucho se habían comentado estos lances —sobre todo en Montevideo— señalándolos con acierto como presagios de que Urquiza se levantaría contra el dictador, pero el caudillo entrerriano se excedió en protestas de efusiva amistad para don Juan Manuel y en condenas terribles para sus enemigos. “El encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación —dijo Urquiza en una proclama a los correntinos— ha tenido con vuestro gobernador (Madariaga) consideraciones que le obligarían a entrar en una honrosa convención que se le propuso pero que él ha desoído. Marcho a reparar ese escándalo. Abandonad las filas de esos salvajes unitarios traidores a la patria. La Federación sea vuestra divisa y odio a los que trajeron la intervención extranjera para humillar a su patria”... Y todavía: “La Confederación debe felicitarse de que Corrientes entre a integrarla con la resolución de sostener la nacionalidad e independencia, confiada a la dirección del eminente argentino brigadier don Juan Manuel de Rosas”.1


En 1848, y a pesar de sus declaraciones, el comentario público seguía señalando a Urquiza con suspicacia y malicia. Ese mismo año, el viajero Samuel Green Arnold (a quien nos hemos referido), en camino de Buenos Aires a Mendoza, anota en su Diario de Viaje (marzo 1848) que en una posta, en plena pampa, mientras dos amigos comentaban en voz baja el despotismo de Rosas, él, que venía de Brasil y había estado en Montevideo, les dijo: “Ya vendrá Urquiza con opiniones liberales. . .”2


Sin duda Rosas desconfiaba de su lugarteniente desde el tratado de Alcaraz, y algunas actitudes suyas así lo revelan. En 1848 prohibió la salida de oro y plata de Buenos Aires a las provincias, las que debían conformarse con el papel moneda de Buenos Aires... Medidas restrictivas muy perjudiciales para las provincias se tomaron en cuanto a la salida de pólvora para el interior. Urquiza protestó contra esas disposiciones y desde entonces vésele muy empeñado en renovar los argumentos que, veinte años atrás. Ferré y Estanislao López esgrimieron muy justamente contra el centralismo federal de Rosas y con objeto de lograr la organización nacional; se recordará lo que hicieron aquellos hombres dentro de sus posibilidades para obtener la formación de un fondo nacional y el sostenimiento de una comisión representativa encargada de reunir un congreso y de mantener las relaciones exteriores. Los sucesos se precipitaron. En abril de 1851 envió Urquiza su circular a los gobernadores y el 19 de mayo fue su pronunciamiento público en Concepción del Uruguay. En el decreto se decía entre otras cosas que era “tener una triste idea de la ilustrada, heroica y célebre Confederación Argentina, el suponerla incapaz, sin el general Rosas a su cabeza, de sostener sus principios orgánicos, crear y fomentar instituciones tutelares”, etc... Invoca también el pacto de 1831. Cabe decir que este pacto, desde que Rosas, con el consentimiento o asentimiento de las provincias (entre ellas Entre Ríos) prescindió del artículo que le convertía en compromiso de organización nacional, quedó mutilado y bien poco daba ya para hacerlo servir en un pronunciamiento que invocaba la organización del país. Ya veremos cómo, llegado el momento, Urquiza no se sirve de él sino como de un arbitrio de mayor o menor eficacia política inmediata. Lo sustituye por el Acuerdo de San Nicolás. En secreto se había minado la disciplina del ejército de Oribe, seduciendo a los jefes principales y, encubierto, andaba en Montevideo con poderes de Urquiza, un estanciero catalán de Entre Ríos, Cuyas y Sempere, para firmar un tratado brasileño-entrerriano-montevideano. Se trataba de anular a Oribe, de quitarle sus fuerzas, uruguayas y argentinas, para que “restituidas las cosas a su estado normal —decía el convenio— se proceda a la elección libre de presidente de la República...” El general Eugenio Garzón, subordinado de Oribe, sedujo uno a uno a los oficiales del ejército sitiador y, ya el fruto maduro, pasó Garzón con Urquiza y su ejército al Estado Oriental. Es en el mes de octubre. A medida que avanza el ejército de Urquiza sobre Montevideo, desertan la mayoría de los oficiales de Oribe con sus divisiones. Urquiza ofrece honrosa capitulación y dice su frase: “No hay vencedores ni vencidos”.


Pero el camino a Buenos Aires era largo y costoso, y en ese mismo mes, firman los de Montevideo por intermedio de Andrés Lamas, en Río de Janeiro, un tratado que cede al Brasil gran parte del territorio oriental. Y en seguida se firma otra convención muy seria, la más seria de todas, en Montevideo: Se trata de lo que ha de dar el Brasil a Urquiza y de la garantía de Urquiza al Brasil, para sacar a Rosas del gobierno. El emperador del Brasil, en guerra con Rosas, daba: infantería, caballería, artillería y suplementos de armas. “La escuadra imperial se colocará en los puntos más convenientes a juicio de su jefe con quien se entenderá Su Excelencia el general Urquiza a fin de que él pueda prestarle todo el apoyo que fuera posible”... También daba el Brasil gruesas sumas de dinero con fianza insospechable. “Para poner a los Estados de Entre Ríos y Corrientes en situación de sufragar los gastos extraordinarios que tendrá que hacer con el movimiento de su ejército, Su Majestad, el emperador del Brasil les proveerá en calidad de préstamo la suma mensual de cien mil patacones 3 por el término de cuatro meses contados desde la fecha en que dichos estados ratificaren el presente convenio...” El gobernador afianzaba todo aquello con la hipoteca de territorios argentinos: “Su Excelencia el señor gobernador de Entre Ríos se obliga a obtener del gobierno que suceda inmediatamente al del general Rosas, el reconocimiento de aquel empréstito como deuda de la Confederación Argentina y que efectúe su pronto pago con el interés del seis por ciento al año. En el caso, no probable, de que esto no pueda obtenerse, la deuda quedará a cargo de los estados de Entre Ríos y Corrientes, y, para garantía de su pago, con los intereses estipulados, Sus Excelencias los señores gobernadores de Entre Ríos y Corrientes hipotecan desde ya las rentas y los terrenos de propiedad pública de los referidos Estados...” “Los gobiernos de Entre Ríos y Corrientes se comprometen a emplear toda su influencia cerca del gobierno que se organizare en la Confederación Argentina para que éste acuerde y consienta en la libre navegación del Paraná y los demás afluentes del río de la Plata...” “Queda entendido que si el gobierno de la Confederación y los de los otros Estados ribereños no quisieran admitir esa libre navegación... los Estados de Entre Ríos y Corrientes la mantendrán en favor de los Estados aliados...” “El gobierno de la República del Paraguay será invitado a entrar en la alianza...” “Este convenio se conservará secreto hasta que se consiga su objeto...”4


Viene a las mientes la sentencia de José de Maistre: “El mundo está lleno de castigos muy justos cuyos ejecutores son muy culpables”... porque, si castigo merece el gobernante absoluto, despótico y sanguinario, el caudillo, absoluto también, que hipoteca tierras de su propio país al extranjero como bienes individuales, no parece tampoco digno de loa y alabanza.


Rosas había declarado la guerra al Brasil y en Buenos Aires se le hacían grandes homenajes y se exaltaba el patriotismo contra el invasor brasileño. Benito Hortelano, librero español, llegado al país en los últimos años de la dictadura, ha descripto esos actos en unas Memorias que escribió en España y fueron publicadas no hace mucho tiempo.



Homenajes en Buenos Aires (1851)


El 1° de mayo de 1851, el general Urquiza, gobernador de la provincia de Entre Ríos y lugarteniente de los ejércitos federales de Rosas, el que más le había servido y más se había ensangrentado contra los “salvajes unitarios”, dio el grito de insurrección contra él, proclamando en su bandera la organización de la nación, llamando a su lado a todos los que quisieran contribuir a tan justa y necesaria cruzada.


Cuando se supo en Buenos Aires el pronunciamiento de Urquiza la sorpresa fue grande, así como el anatema fue general (en público); pero en privado, cada cual de los de dos caras se frotaba las manos y ya veía a Rosas perdido.


Aun no se había dado oficialmente la noticia de la rebelión. Una noche, a las diez, nos mandan un decreto para publicar en el diario y en él venía cambiado o aumentado el lema, añadiendo a los mueras de orden el “¡Muera el loco traidor, salvaje unitario Urquiza!” Como siempre he tenido pensamientos oportunos, en el acto de leer el nuevo lema se me ocurrió una especulación y, como siempre, fui un imbécil dando participación a mis socios. Consistía esta idea en imprimir en aquella misma noche nuevas divisas con el Muera Urquiza agregado, seguro de que al día siguiente, el público se precipitaría a comprarlas. Mis consocios, naturalmente, comprendieron la importancia de la idea y acto continuo, unos se pusieron a hacer el molde, otros el anuncio, y yo salí a comprar toda la cinta que encontrase en las mercerías. A las doce de la noche, ya había reunidos miles de varas de cinta y acto continuo la prensa empezó a imprimir.


Al día siguiente, la gente se agrupaba ante la librería: la Recoba Nueva estaba invadida por los furiosos federales, que les faltaba tiempo para arrancarse la antigua divisa y colocarse la nueva. ¡Oh pueblo envilecido!... Un insignificante anuncio de diario, que creían oficial, bastó para aglomerarse precipitadamente a comprar un cintajo, con el que se creían garantidos!... Sin embargo. Rosas no mandó a nadie que usase la nueva divisa; sólo sus documentos iban encabezados con el nuevo lema, pero nada más.


Desde el día que Rosas declaró a Urquiza traidor con el agregado del lema, las manifestaciones se sucedieron unas a otras. Primero empezaron las corporaciones en comunidad, dando manifestaciones públicas, ofreciendo “su vida, bienes, fama y familia al ilustre restaurador”. Siguieron después los empleados, los abogados, médicos y, por último, los ciudadanos, que todos se quedaron sin fama, porque se la habían entregado al tirano. Gracias pueden dar que éste no dispuso ni de sus bienes ni de su vida, y se contentó sólo con quedarse con la fama, si es que fama tiene el hombre que así se prostituye.


El general Urquiza se había preparado sólidamente antes de hacer el pronunciamiento. El Brasil temía a Rosas, no sin fundamento, porque éste, con el ejército que tenía en el sitio de Montevideo y con más de veinte mil hombres en Santos Lugares, podía, el día que hubiese querido, presentar cuarenta o cincuenta mil hombres en la frontera del Brasil, invadiendo el imperio por la provincia de Río Grande, auxiliando al partido republicano y dando libertad a la esclavitud, hacer bambolear al emperador brasileño.


El gobierno del emperador comprendió la política de Rosas, la temía; sabía que era un enemigo fuerte, por lo que no perdonaba medio ni sacrificio para derribarlo. Había dado auxilios a los unitarios de Montevideo; pero éstos eran muy pocos e incapaces para por sí solos derribar a Rosas, pues ya en tiempos más favorables, teniendo al general Lavalle de caudillo, hombre a quien el partido unitario adoraba y los federales respetaban, no habían conseguido más que perecer en las tentativas que años anteriores habían hecho. Los unitarios refugiados en Montevideo eran impotentes.


Comprendiendo el gobierno del Brasil esta impotencia de los unitarios, eligió entre los generales más acreditados de Rosas, aquel que tuviese más ambición de gloria y más audacia para la gran empresa, y poniendo sus puntos en el general Urquiza, éste comprendió no sólo .el papel que iba a representar en el país, sino la situación en que la nación se encontraba, cansada de tantas guerras y en una situación anómala, sin constitución fundamental.


Urquiza aceptó las propuestas del Brasil; éste, por su parte, hizo efectivas las ofertas poniendo a disposición del general Urquiza gruesas sumas de dinero, vapores y todos los elementos bélicos que fueron necesarios. Además de estos elementos materiales su diplomacia se condujo con gran habilidad, facilitando el camino para entenderse unitarios y federales de Entre Ríos, y aun de los mismos que mandaban fuerzas en los ejércitos de Rosas.


Sólo con tales elementos era posible derrocar a Rosas. Los unitarios se plegaron a la bandera de Urquiza, porque en ella veían una probabilidad casi cierta de volver a su patria y gobernar en su país, lo que de otro modo no hubieran logrado. La provincia de Corrientes siguió en el pronunciamiento a la de Entre Ríos, que son las dos más belicosas de la Confederación. Parecía natural que todas las provincias hubiesen seguido el ejemplo de las pronunciadas; pero, muy al contrario, todos sus gobernantes se apresuraron a ofrecer sus vidas, haciendas y fama al general Rosas.


Este iba comprendiendo que la situación era crítica; que la insurrección, apoyada por el Brasil era potente cual ninguna de las muchas insurrecciones anteriores lo habían sido. Después de ordenar a las provincias hiciesen pronunciamientos en contrario al de Urquiza, preparó las cosas para que le acordase la nación el Poder supremo y dictatorial.


La prensa, las corporaciones, los ciudadanos, todos pidieron se le diese el Poder supremo. La Cámara se reunió, y en medio del mayor entusiasmo, de patrióticos discursos, votó por unanimidad la investidura de Jefe supremo de la Nación al general Rosas, poniendo a su disposición tesoros, vidas fama, familia y hasta los hijos por nacer. El día de San Martín, el pueblo en masa acudió a Palermo a felicitar a Rosas. éste se paseaba por los jardines cuando la multitud invadió aquella posesión, rodeándole, abrazándole y desgañitándose en aclamaciones y locuras al gran Rosas.


En este día conocí más de cerca al general Rosas. Vestía pantalón y chaqueta azul, con vivo encarnado, chaleco de merino punzó y una gorrita de paño con visera. El pobre hombre estaba conmovido y sofocado en medio de aquel tumulto, de aquella ovación popular, de corazón, pues son bien distintas las demostraciones oficiales de las que el pueblo hace de entusiasmo por el objeto que aprecia.


Los teatros también preparaban sus funciones patrióticas. Don Pedro Lacasa compuso una pieza, cuyo argumento era la traición y derrota de Urquiza. Otra compuso D. Miguel García Fernández sobre el mismo objeto. En una y otra función el entusiasmo llegó a su colmo. Don Lorenzo y D. Enrique Torres, el doctor Gondra y otros muchos patriotas federales pronunciaron discursos entusiásticos, pidiendo sangre, exterminio y pulverización de las provincias de Entre Ríos y Corrientes, del imperio del Brasil y de todos los salvajes inmundos y asquerosos unitarios. A la salida del teatro, Manuelita Rosas, hija del jefe supremo, que presidía todas las ovaciones a nombre de su padre, fue conducida en su coche, quitados los caballos, tirando de él los patriotas federales. Entre los que vi tirar del coche recuerdo a D. Santiago Calzadilla, al hijo, al doctor Agrelo, a Rufino Elizalde, a Gimeno, a D. Rosendo Labarden y a Toro y Pareja; yo también empujé de la rueda derecha al partir el carruaje. No recuerdo los nombres de otros muchos federales que tiraron, porque no los conocía entonces y hoy son muy unitarios...


Benito Hortelano.5



En cuanto al ambiente de Palermo en 1851 y la inexplicable indiferencia con que Rosas veía aproximarse la catástrofe de que sería víctima poco meses después, nada mejor que la crónica de Lucio V. Mansilla, mozo de veinte años, sobrino del dictador, hijo de su hermana Agustina, que, en viaje por Europa, tuvo noticias del pronunciamiento y se embarcó en seguida para Buenos Aires. Figura en esta crónica el soberbio retrato que Mansilla traza de su tío en los postreros días de su gobierno.



De puertas adentro (1851)


Mi tío era para mí un semidiós, el hombre más bueno del mundo. Yo retozaba en su casa, como no podía hacerlo en la mía, con una cáfila de primos. Entrábamos, ad libitum en sus piezas sin que él nos hiciera más observación que ésta: “¡Bueno! ¡bueno!... pero no me toquen los papeles... ¿eh?...” Y al retirarnos, a toda la sarta de sobrinos les daba lo siguiente: el sábado a la tarde, indefectiblemente, una docena de divisas coloradas, nuevitas, que nos hacían el efecto de la muleta al toro. Un peso fuerte, en plata blanca, que nosotros después cambiábamos en moneda corriente, discutiendo el precio con nuestros respectivos tatitas, y un retrato litografiado de Quiroga, diciéndonos siempre estas mismas, mismísimas palabras (y repitiéndoselas a cada uno) “Tome, sobrino, ese retrato de un amigo, que los salvajes dicen que yo mandé matar”.


Nada más que como un muchacho que tiene ojos para ver, pues no asociaba todavía ideas, había yo recorrido ya el Asia, el áfrica y la Europa, cuando, estando en Londres, donde me aburría enormemente, por haber pasado antes por París, que es la gran golosina de los viajeros jóvenes y viejos, recibí la noticia, muy atrasada, como que entonces no había telégrafo y eran raros los vapores, de que Urquiza se había sublevado contra Rosas. Esa noticia me hizo el mismo efecto... ¿qué voy a decir?... si no hay comparación adecuada posible, porque para mí, Urquiza y Rosas, Rosas y Urquiza eran cosas tan parecidas como un huevo a otro huevo. No pensé sino en volver a los patrios lares. De la política se me daba un ardite, no entendía jota de ella... Pero un instinto me decía que mi familia, esto era entonces todo para mí, corría peligro, y me vine sin permiso, cayendo aquí como una bomba en el paterno hogar.


Esto era hacia fines del mes de diciembre de 1851. Cuando me desembarcaron, pasando por esta serie de operaciones: la ballenera, el carro, la subida a babucha, los pocos curiosos que estaban en la playa me miraron y me siguieron, como si hubieran desembarcado un animal raro. Yo no traía, sin embargo, nada de extraordinario, a no ser que lo fuera el venir vestido a la francesa, a la última moda, a la parisiense, con un airecito muy chic, con sombrero de copa alta puntiagudo, con levita muy larga y pantalón muy estrecho, que era el entonces en boga, tanto que, recuerdo que en un vaudeville se decía por uno de los interlocutores, hablando éste con su sastre: Faites moi un pantalon tres collant, mais très collant; je vous préviens que si j’ y entre, je ne vous le prendrai pas...


Los curiosos me escoltaron hasta mi casa donde recién supieron que yo había vuelto, cuando entraba en ella; pues como mi resolución de venirme fue instantáneamente puesta en práctica, no tuve medio de anticiparles a mis padres la sorpresa que les preparaba. El gusto que ellos tuvieron al verme fue inmenso. Me abrazaron, me besaron, me miraron, me palparon y criados de ambos sexos salieron en todas direcciones para anunciar a los parientes a los íntimos que el niño Lucio había llegado, y, cosa que ahora no se hace porque se cree menos que entonces en la Divina Providencia, se mandó decir una misa en la iglesia de San Juan, que era la que quedaba, y queda, cerca de la casa solariega.


Los momentos eran de agitación. Aníbal estaba ad-portas, o lo que tanto vale, según el lenguaje de la época, el “loco traidor, salvaje unitario, Urquiza”, avanzaba victorioso; mas eso no impidió que hubiera gran regocijo, siendo yo objeto de las más tinas demostraciones, no tardando en llegar las fuentes de dulces, cremas y pasteles con el mensaje criollo tan consabido: “Que cómo está su merced; que se alegra mucho de la llegada del niño, y que aquí le manda esto por ser hecho por ella...”


Y se comprende que, dados los antecedentes de mi prosapia y de mi filiación, yo no había de tardar mucho en preguntar: “¿Y cómo está mi tío? ¿y cómo está Manuelita?...” y que la contestación había de ser como fue: “Muy buenos, mañana irás a saludarlos”.


Yo no veía la hora de ir a Palermo. Pero era necesario darse un poco de reposo; luego, una madre que recupera a su hijo no se desprende tan fácilmente de él, sobre todo, una madre como la mía, que, por la intensidad de sus afectos, que por su educación y tantas otras circunstancias, era moralmente imposible que viera claro en la situación, no obstante los sermones de mi padre, a cuya perspicacia no podía escaparse que estábamos en vísperas de una catástrofe.


Descansé, pues, y al día siguiente por la tarde, monté a caballo y me fui a Palermo a pedirle a mi tío la bendición.6


Llegué, serian como las cinco de la tarde, hacía calor, no había nadie en las casas. La niña (era su nombre popular) me dijo alguien, porque yo pregunté por Manuelita, está en la quinta...


Dejé mi caballo en el palenque y me fui a buscar a Manuelita, a la que no tardé en hallar. Estaba rodeada de un gran séquito, en lo que se llamaba “el jardín de las magnolias”, que era un bosquecillo delicioso de esta planta perenne, los unos de pie, los otros sentados sobre la verde alfombra de césped perfectamente cuidado; pero ella tenía a su lado, provocando las envidias federales y haciendo con su gracia característica, todo amelcochado, el papel de cavalier servant, al sabio jurisconsulto don Dalmacio Vélez Sársfield...


Palermo no era un foco social inmundo, como los enemigos de Rosas lo han pretendido, por más que éste y sus bufones, se sirvieran, de cuando en cuando, de frases naturalistas, chocantes, de mal género... Manuelita, su hija, era casta y buena, y lo mejor de Buenos Aires la rodeaba, por adhesión o por miedo, por lo que se quiera, inclusive el doctor Vélez Sársfield, que ya hemos visto rendido a sus pies, vuelto de la emigración, como tantos otros, que, o desesperaban, o estaban cansados de la lucha contra aquel poder personal irresponsable que todo lo avasallaba.


Llegar, verme Manuelita, y abrazarme, fue todo uno; los circunstantes me miraban como un contrabando. Mi facha debía discrepar considerablemente con mi traje a la francesa, en medio de aquel cortejo de federales de buena y mala ley, como el doctor Vélez Sársfield. Porque yo, con mi pseudo corteza europea, no obstante ser verano, me había abrochado hasta arriba la levita, para que no se me viera el chaleco colorado, el cual me hacía representar a mis propios ojos, el papel de un lacayo del faubourg Saint-Germain...


Volvimos del jardín de las magnolias a los salones de Palermo. Una vez allí, le repetí que quería ver a mi tío: ella salió, volvió y me dijo: “Ahora te recibirá...”


Se fueron a comer. Yo no quise aceptar un asiento en la mesa, porque en mi casa me esperaban y porque no contaba con que aquel ahora, sería como el “vuelva usted mañana”, de Larra ...Yo esperaba y esperaba... las horas pasaban y pasaban... no sé si me atreví a interrogar, pero es indudable que alguna vez debí mirarla a Manuelita como diciéndole... “¿Y...?”


Y que Manuelita debió mirarme, como contestándome: “Ten paciencia, ya sabes lo que es tatita...”


Allá, como a eso de las once de la noche, Manuelita, que era movediza y afabilísima, salió y volvió reiteradamente, y con una de esas caras tan expresivas en las que se lee un “por fin”, me dijo: “Dice tatita que entres —y sirviéndome de hilo conductor, me condujo, como Ariadna, de estancia en estancia, haciendo zig-zags, a una pieza en la que me dejó, agregando—: Voy a decirle a tatita...”


Si mi memoria no me es infiel, la pieza esa quedaba en el ángulo del edificio que mira al naciente: era cuadrilonga, no tenía alfombra sino baldosas relucientes; en una esquina había una cama de pino colorado con colcha de damasco, colorada también, a la cabecera una mesita de noche, colorada; a los pies una silla colorada igualmente, y casi en el medio de una habitación, una mesa pequeña de caoba, con carpeta de paño de grana, entre dos sillas de esterilla colorada, mirándose, y sobre ella dos candelabros de plata bruñidos con dos bujías de esperma, adornadas con arandelas rosadas de papel picado.


No había más, estando las puertas y ventanas, que eran de caoba, desguarnecidas de todo cortinaje.


Yo me quedé de pie, conteniendo la respiración, como quien espera el santo advenimiento porque aquella personalidad terrible producía todas las emociones del cariño y del temor. Moverme, habría sido hacer ruido, y cuando se está cu el santuario, todo ruido es como una profanación, y aquella mansión era, en aquel entonces, para mí, algo más que el santuario... Cada cual debe encontrar dentro de sí mismo, al leerme, la medida de mis impresiones, en medio de esa desnudez severa, casi sombría, iluminada apenas por las llamas de las dos bujías transparentes, que ni siquiera se atrevían a titilar.


Reinaba un silencio profundo, en mi imaginación al menos; los segundos me parecían minutos, horas los minutos.


Mi tío apareció: era un hombre alto, rubio, blanco, semi-pálido, combinación de sangre y de bilis, un cuasi adiposo napoleónico, de gran talla; de frente perpendicular, amplia, rasa como una plancha de mármol fría, lo mismo que sus concepciones; de cejas no muy guarnecidas, poco arqueadas, de movilidad difícil, de mirada fuerte, templada por el azul de una pupila casi perdida por lo tenue del matiz, dentro de unas órbitas escondidas en concavidades insondables; de nariz grande, afilada y correcta, tirando más al griego que al romano; de labios delgados casi cerrados, como dando la medida de su reserva, de la firmeza de sus resoluciones; sin pelo de barba, perfectamente afeitado, de modo que el juego de sus músculos era perceptible. Sería cruel, no parecía disimulada aquella cara, tal como a mí se me presentó, tal como ahora la veo, al través de mis reminiscencias infantiles.


Agregad a esto una apostura fácil, recto el busto, abiertas las espaldas, sin esfuerzo estudiado, una cierta corpulencia del que toma su embonpoint, o sea su estructura definitiva, un traje que consistía en un chaquetón de paño azul, en un chaleco colorado, en unos pantalones azules también; añadid unos cuellos altos, puntiagudos, nítidos, y unas manos perfectas como forma, y todo limpio hasta la pulcritud, y todavía sentid y ved, entre una sonrisa que no llega a ser tierna, siendo afectuosa, un timbre de voz simpático hasta la seducción, y tendréis la vera efigie del hombre que más poder ha tenido en América...


Así que mi tío entró, yo hice lo que habría hecho en mi primera edad; crucé los brazos y le dije, empleando la fórmula patriarcal, la misma, mismísima que empleaba con mi padre, hasta que pasó a mejor vida:


— ¡La bendición, mi tío!


Y él me contestó:


— ¡Dios lo haga bueno, sobrino!... —sentándose incontinenti en la cama, que antes he dicho había en la estancia, cuya cama (la estoy viendo), siendo muy alta, no permitía que sus pies tocaran en el suelo, e insinuándome que me sentara en la silla, que estaba al lado. Nos sentamos... hubo un momento de pausa; él la interrumpió diciéndome:


—Sobrino, estoy muy contento de usted...


Es de advertir que era de buen signo que Rosas tratara de usted; porque cuando de tú trataba, quería decir que no estaba contento de su interlocutor, o que por alguna circunstancia del momento fingía no estarlo. Yo me encogí de hombros, como todo aquel que no entiende el por qué de un contentamiento.


—Sí, pues —agregó—: estoy muy contento de usted (y esto lo decía balanceando las piernas, que no alcanzaban al suelo, ya lo dije) porque me han dicho (y yo había llegado recién el día antes, ¡qué buena no sería su policia!) que usted no ha vuelto agringado...


Este agringado, no tenía la significación vulgar, significaba otra cosa, que yo no había vuelto, y era la verdad, preguntando como tantos tontos que van a Europa baúles y vuelven petacas: ¿Y coment se llaman éste chose bianqui que ponen las galin?... por no decir huevos, o, esta cosa que se ponen en las manos, por no decir guantes...


Yo había vuelto vestido a la francesa, eso sí, pero potro americano hasta la médula de los huesos todavía, y echando unos ternos, que era cosa de taparse las orejas. Yo estaba ufano: no había vuelto agringado. Era la opinión de mi tío.


— ¿Y cuánto tiempo has estado ausente?... —agregó él. Lo sabía perfectamente. Había estado resentido, no es la palabra “enojado”; porque diz que me habían mandado a viajar sin consultarlo. Comedia... Interrogado, como dejo dicho, contesté:


—Van a hacer, dos años, mi tío. Me miró y me dijo:


— ¿Has visto mi Mensaje?...


— ¡Su Mensaje!... —dije yo para mis adentros. ¿Y qué será esto? No puedo decir que no, ni puedo decir que sí, ni puedo decir, no sé qué es... y me quedé suspenso.


él, entonces, sin esperar mi respuesta, agregó:


—Baldomero García, Eduardo Lahitte y Lorenzo Torres, dicen que ellos lo han hecho... Es una botaratada. Porque así, dándoles los datos, como yo se los he dado a ellos, cualquiera hace un mensaje. Está muy bueno, ha durado varios días la lectura en la Sala... ¡Qué! ¿No te han hablado en tu casa de eso?...


Cuando yo oí lectura, empecé a colegir, y... repuse instantáneamente:


—Pero, mi tío, ¡si recién he llegado ayer!...


—Ah! Es cierto; pues no has leído una cosa muy interesante; ahora vas a ver —y esto diciendo se levantó, salió, y me dejó solo.


Yo me quedé clavado en la silla, y así como quien medio entiende (vivía en un mundo de pensamientos tan raros) vislumbré que aquello sería algo como el discurso de la reina Victoria al Parlamento. ¿Pues qué otra explicación podría encontrarle a aquel “ahora vas a ver?”... Volvió el hombre que, en vísperas de jugar su poderío, así perdía su tiempo con un muchacho insustancial, trayendo en la mano un mamotreto enorme. Acomodó simétricamente los candeleros, me insinuó que me sentara en una de las dos sillas que se miraban, se colocó delante de una de ellas de pie y empezó a leer desde la carátula que rezaba así:


“¡Viva la Confederación Argentina!”


“¡Mueran los Salvajes Unitarios!”


“¡Muera el loco traidor, salvaje unitario Urquiza!”


Y siguió hasta el fin de la página, leyendo hasta la fecha 1851, pronunciando la ce, la zeta, la ve y la be, todas las letras con la afectación de un purista. Y continuó así, deteniéndose, de vez en cuando, para ponerme en aprietos gramaticales, con preguntas como ésta, que yo satisfacía bastante bien.


—Y aquí, ¿por qué habré puesto punto y coma, o dos puntos, o punto final?...


Por ese tenor, iban las respuestas, cuando interrumpiendo la lectura, preguntóme:


— ¿Tienes hambre?


Ya lo creo que había de tener; eran las doce de la noche, y había rehusado un asiento en la mesa, al lado del doctor Vélez Sársfield, porque en casa me esperaban...


—Sí —contesté resueltamente.


—Pues voy a hacer que te traigan un platito de arroz con leche.


El arroz con leche era famoso en Palermo y aunque no lo hubiera sido, mi apetito lo era; de modo que empecé a sentir esa sensación de agua en la boca, ante el prospecto que se me presentaba, de un platito que debía ser un platazo, según el estilo criollo y de la casa.


Mi tío fue a la puerta de la pieza contigua, la abrió y dijo:


—Que le traigan a Lucio un platito de arroz con leche. La lectura siguió. Un momento después, Manuelita misma se presentó con un enorme plato sopero de arroz con leche, me lo puso por delante y se fue. Me lo comí de un sorbo. Me sirvieron otro, con preguntas y respuestas por el estilo de las apuntadas, y otro, y otro, hasta que yo dije:


—Ya, para mí, es suficiente.


Me había hinchado; ya tenía la consabida cavidad solevantada y tirante como el parche de una caja de guerra templada, pero no hubo más; siguieron los platos, yo comía maquinalmente, obedecía a una fuerza superior a mi voluntad... La lectura continuaba. Si se busca el Mensaje ese, por algún lector incrédulo o curioso, se hallará en él un período, que comienza de esta manera: “El Brasil en tan punzante situación...” Aquí fui interrogado, preguntándoseme: “Y ¿por qué habré puesto punzante...” Como el poeta, pensé que “en mi vida me he visto en tal aprieto”... Me expliqué. No aceptaron mi explicación. Y con una retórica gauchesca, mi tío me rectificó, demostrándome cómo el Brasil lo había estado picaneando, hasta que él había perdido la paciencia, rehusándose a firmar un tratado que había hecho el general Guido... Ya yo tenía la cabeza como un bombo, y lo otro tan duro, que no sé como aguantaba...


él, satisfecho de mi embarazo, que lo era por activa y por pasiva, y poniéndome el mamotreto en las manos, me dijo, despidiéndome:


—Bueno, sobrino, vaya no más, y acabe de leer eso en su casa... —agregando en voz más alta—: Manuelita, Lucio se va.


Manuelita se presentó, me miró con una cara que decía afectuosamente. “Dios nos dé paciencia...”, y me acompañó hasta el corredor, que quedaba del lado del palenque, donde estaba mi caballo.


Eran las tres de la mañana.


En mi casa estaban inquietos, me habían mandado a buscar con un ordenanza. Llegué sin saber cómo no reventé en el camino. Mis padres no se habían recogido. Mi madre me reprochó mi tardanza, con ternura. Me excusé diciendo que había estado ocupado con mi tío.


Mi padre, que, mientras yo hablaba con mi madre, se paseaba meditabundo, viendo el mamotreto que tenía debajo del brazo me dijo:


— ¿Qué libro es ése?...


—Es el Mensaje que me ha estado leyendo mi tío...


— ¿Leyéndotelo?... —Y esto diciendo, se encaró con mi madre y prorrumpió con visible desesperación—: ¿No te digo que está loco tu hermano?... —Mi madre se echó a llorar...


Lucio V. Mansilla.7



Así las cosas, y a fines de 1851 (diciembre) Urquiza atravesó nuevamente el río Uruguay, hacia Entre Ríos, con su ejército, en el que figuraban gran parte de las tropas de Oribe. La escuadra brasileña ya estaba en río de la Plata. Rosas esperaba —al parecer— que Inglaterra hiciera oposición a las operaciones militares del Brasil contra la Confederación, pero no fue así. Los brasileños sentaron sus reales en Martín García y, ocuparon también con dos mil soldados La Colonia. La escuadra remontó el Paraná y forzó el paso de Acevedo desde donde el general Mansilla la cañoneó reciamente con las baterías de costa. Vencido este obstáculo, subió hasta Diamante, en la orilla entrerriana. Iba para contribuir al traslado del ejército brasileño y también de las tropas argentinas y uruguayas, a la costa de Santa Fe. Quince días duró esa operación, ardua en extremo, como que eran muchos los hombres y efectivos que debían pasar a la margen derecha del gran río. Pascual Echagüe, gobernador de Santa Fe, sin fuerzas suficientes para oponerse, decidió bajar a Buenos Aires con las escasas tropas de que disponía. Y el ejército aliado inició sin obstáculos su avance hacia el sur.


La actitud de Rosas en punto a defensa militar, no tiene explicación satisfactoria. Varios de sus allegados le mostraron en un principio la conveniencia de invadir Entre Ríos; después, de defender las costas santafesinas; más tarde, de colocar un ejército sobre el arroyo del Medio. Nada hizo. El general resista Pacheco fue acusado de complicidad con el enemigo. Renunció al mando cuando ya las avanzadas de Urquiza estaban cerca de Buenos Aires. El coronel Hilario Lagos, opuso su caballería a la vanguardia enemiga pero no pudo contener aquel avance. Eran veinticinco mil hombres, y cincuenta mil caballos. Rosas tenía unos veinte mil hombres pero le faltaban armas y sobre todo jefes de capacidad militar, si se exceptúa el coronel Chilavert, artillero distinguido. El dictador era el menos indicado para dirigir una batalla de tal magnitud, que por el número de combatientes superaba a todas cuantas se habían visto hasta entonces en América del Sur. Ya con el enemigo encima, no tenía ni un plan de combate ni jefes para oponerse al invasor. Antonino Reyes, su hombre de confianza, nos cuenta cómo Rosas le dio mando militar al coronel Pedro José Díaz, unitario, antiguo prisionero del Quebracho, que para entonces vivía libremente en Buenos Aires.



Ante el ejército de Urquiza (1852)


Se precipitaban los sucesos, y un día muy próximo a la batalla de Caseros, me dijo el gobernador (Rosas): “Usted no puede seguir al frente de su batallón porque yo lo he de necesitar a mi lado y es preciso ver a quién hemos de nombrar para que se ponga a su frente; también el de los costeros y otros piquetes que se me han de reunir en un solo cuerpo y que formarán un total de mil quinientos hombres con seis piezas de artillería. Piense y propóngame el jefe”.


Yo, sin vacilar, le propuse al coronel Pedro José Díaz como el más aparente y capaz de organizar y mandar toda esa fuerza.


“Sí, está bien —me dijo el gobernador—, pero quién sabe cómo será recibido por la tropa y oficiales, por ser unitario...” Le dije entonces que, desde que el señor gobernador lo ordenase, sería del gusto de todos.


“Bueno, vea usted si es como dice y contésteme”. Di los pasos que creía conveniente, y, como no encontrase nada en oposición, se lo hice presente al general Rosas, quien me ordenó mandase llamar al coronel Díaz y le entregase el mando de toda esa fuerza, dándolo a reconocer como jefe.


Lo mandé llamar como se me ordenaba y le hice presente la orden que tenía del general Rosas: se mostró sorprendido al comunicarle la orden y después de un momento de silencio, me dijo lo siguiente:


“Dígale usted al señor gobernador que aprecio su distinción y la confianza con que me honra: que aunque unitario, he de cumplir con mi deber cuando llegue el caso, como soldado a las órdenes del gobierno de mi patria”.


Al frente de estas fuerzas de infantería marchó a Caseros, y allí, la noche antes al día de la batalla, fue llamado a presencia del general para verter opinión sobre lo que debía hacerse, junto con los demás jefes del ejercito, en junta de guerra...


Llegué a Caseros como a las diez de la noche y encontré al general (Rosas) inmediato a la casa, recostado en su apero, y me hizo sentar enfrente, con el caballo de la rienda. Después de un rato de silencio, me dijo: “He estado oyendo el consejo de los jefes sobre lo que debemos hacer, y cada uno me ha dado su opinión. Por supuesto que no opinan que se dé la batalla, sino que ocupemos la ciudad con la infantería y artillería y mandar la caballería al sur para venir con los indios, pero ya sabe usted que soy opuesto a mezclar estos elementos entre nosotros, porque si soy vencido no quiero dejar arruinada la campaña. Si triunfamos, ¿quién contiene a los indios?... Si somos derrotados ¿quién contiene a los indios?... Los coroneles Chilavert y Pedro José Díaz, que son los que con más exactitud se han expresado, son de opinión de esquivar la batalla, pero no hay remedio, es preciso jugar el todo: hemos llegado aquí, y no se puede retroceder”.8


Antonio Reyes.



Y llegó así el 3 de febrero de 1852: El general uruguayo César Díaz, jefe de la división oriental en el ejército de Urquiza, cuenta de esta manera los preliminares de Caseros:



Preliminares de la batalla (1852)


A las siete de la mañana, nuestro ejército estaba en línea sobre la loma opuesta a la que ocupaba el enemigo... A retaguardia del ala izquierda, entre la eminencia que ocupaba la infantería y la cañada de Morón, que corría a nuestra espalda, convergente a la línea de batalla por aquel extremo, estaban encubiertas las divisiones de caballería de López y Urdinarrain, destinadas a sostener los movimientos del ala.


Toda la infantería enemiga estaba en batalla; la nuestra en columnas, aunque con los intervalos necesarios para desplegar. En ninguno de los dos órdenes se habían establecido reservas de esta arma.


No habiendo la menor duda de que la izquierda enemiga era la parte flaca de su línea, por cuanto estaba compuesta por caballería mal organizada para una resistencia eficaz, el general Urquiza comprendió que sobre ella debía dirigirse el principal esfuerzo, pues una vez que se lograse separarla de su centro, la infantería, que no podía contar con el recurso de un cambio de frente sobre el extremo opuesto a causa de las dificultades del terreno, podría ser tomada de revés o atacada por el flanco que le quedaba descubierto al mismo tiempo que lo fuese por el frente. En consecuencia, los diez mil caballos colocados a nuestra derecha, iniciarían la batalla cayendo con todo su poder sobre dicha ala enemiga, arrollarían los escuadrones situados en primera línea y los echarían rotos y dispersos sobre las inútiles columnas aglomeradas a su espalda, que, sin tiempo ni espacio para maniobrar en protección de los vencidos ni aun para defenderse serían envueltos en su misma derrota y confusión. Verificado este gran movimiento, de cuyo buen éxito no era posible dudar atendida la superioridad relativa en número y calidad de las fuerzas destinadas a ejecutarla, la infantería de nuestra derecha, el centro y la izquierda, que debían a la sazón tener ocupada la atención de la infantería enemiga con el fuego de sus cazadores y de su artillería, avanzarían rápidamente para generalizar el combate y hacerlo decisivo.


Después de comunicar a los jefes principales del ejército sus intenciones a este respecto, el general recorrió la línea y dirigió a las tropas algunas alocuciones, que aunque muy breves y pronunciadas sobre la marcha, no dejaron de hacer impresión en el ánimo de los soldados que las contestaron con vivas a la libertad y al general en jefe...


En este momento se trabó un fuerte cañoneo iniciado por los enemigos y contestado por la artillería imperial y argentina. Para juzgar de su efecto, me coloqué a la sombra de un ombú que por fortuna se hallaba en el punto que ocupaba la división y desde donde podía hacer cómodamente mis observaciones. Pero el fuego cesó a poco rato para volver a encenderse después y mi atención se contrajo a otros objetos.


Era notable, entre otros, la inmovilidad y silencio de la línea enemiga: la parte que estaba al alcance de mi vista (porque siendo tan extensa y habiendo mucho polvo no podía descubrirla toda) parecía más bien formada para una revista de honor que para dar una batalla. No había una sola guerrilla al frente, siendo así que el uso de las tropas ligeras para preparar el combate es en todas circunstancias de una importancia reconocida y que en el caso de Rosas, cuyo ejército se componía de soldados bisoños, su aplicación parecía indispensable. Aunque no necesitaba practicar reconocimientos ni cubrir despliegues, puesto que estaba colocada con anticipación en el terreno que había elegido para combatir, hubiérale convenido salir al encuentro de nuestras columnas con algunas compañías de cazadores aunque no fuera más que para acostumbrar el oído de sus soldados al ruido de los tiros.


Pero estaba visto: aquellas tropas estaban mal mandadas, no obstante que había en ellas muchos oficiales experimentados y aguerridos; y los que las dirigían se habían figurado sin duda, que una línea de batalla, apoyada como estaba la suya por un extremo en edificios fortificados, debía ser como una muralla de mampostería que no se puede mover del lugar en que la han puesto.


La misma soledad que por el frente, se notaba a la espalda de la línea. No se veía gente ninguna, a pie ni a caballo; y hasta creo que los jefes de la infantería habían tomado la precaución de desmontarse, sin duda para no llamar la atención, porque esto de defender a un tirano como Rosas, no deja de tener su responsabilidad en el campo de batalla. Un grupo de jinetes apareció, sin embargo, al cabo de cierto tiempo, como recorriendo la línea; y me figuré que sería Rosas y su Estado Mayor (aunque no pude reconocerlo), porque cuando se acercaban a algunos de los batallones formados, se sentían vivas y gritos prolongados. Por fin, el choque de nuestra derecha, precursor del ataque general, se verificó a eso de las diez de la mañana, hora en que puede decirse que la batalla empezó pues hasta entonces sólo había habido fuego de artillería, hecho de lejos y sin resultado. La división Medina, tuvo el honor de la primera carga...


César Díaz.9



La batalla, que duró cuatro horas y media se decidió con una franca derrota del ejército rosista y por cierto que no se le considera como ejemplo de táctica ni de originalidad en el arte militar. El general Lamadrid, en el extremo del ala derecha urquicista, cargó al frente de su caballería entre una espesa nube de polvo, y se desvió de tal manera de su objetivo —hacia la derecha— que fue a sujetar como a una legua de la línea enemiga con los caballos cansados... Cuando volvió, el enemigo se dispersaba. El coronel rosista Chilavert peleó hasta el final con sus baterías y en los últimos momentos, mediante un cambio de frente causó algunos estragos en el ejército invasor.


El general Pedro José Díaz, prisionero de Urquiza y a cargo del jefe oriental César Díaz (su compañero de infancia), contó a este último un episodio que el narrador no sabía si atribuir a mera extravagancia de Rosas o al propósito de mostrarse tranquilo y dueño de sí mismo en medio de la lucha. El episodio, escrito por César Díaz en sus Memorias y narrado a él por Pedro José, es el siguiente:



Rosas en Caseros


Además de los prisioneros tomados por mi división en el campo de batalla, que no eran pocos, se le entregaron sucesivamente muchos otros para que se encargara de su custodia. Entre estos últimos vino especialmente recomendado, el coronel don Pedro José Díaz, de quien ya he hablado; y tanto por esta razón por cuanto yo le conocía desde niño, pues había sido amigo de mi familia, lo acomodé en mi propio alojamiento, y lo dejé en completa libertad, bajo su palabra de honor, para andar dentro del campo por donde mejor le pareciese.


Durante su permanencia en la división, que no fue larga, pasé algunas horas entretenidas oyéndole contar las extravagancias con que Rosas se había hecho notar hasta en los últimos momentos de su vida pública. No me ocuparé ahora de reproducirlas, aunque cierto estoy de que muchas personas las leerán con avidez, animadas de la curiosidad que inspiran siempre las acciones de los hombres extraordinarios, por más que estén desnudas de mérito o importancia. Referiré solamente una de ellas, que es singular y bien característica.


El día de la batalla, mientras que la caballería de nuestra derecha se preparaba para atacar la izquierda de Rosas, y muy poco tiempo antes de verificarlo, se acercó éste al coronel Pedro José Díaz y le dijo:


—Prepare usted sus batallones, coronel, porque vamos a ser atacados por la espalda.


— ¿Cómo es eso?... —dijo Díaz.


—Como usted lo oye —añadió Rosas—. ¿Ve usted aquellas columnas de caballería que se prolongan sobre la derecha del enemigo?


—Sí.


—Pues esas van a envolver nuestra ala izquierda y a la izquierda enemiga; ya he visto otras columnas de infantería en actitud de obrar del mismo modo contra nuestra derecha...


Diciendo estas palabras, volvió la vista hacia atrás y halló cerca de sí un paisano a caballo que llegaba trayéndole una carta o un mensaje, no recuerdo de dónde; y sin esperar a que el paisano le dirigiese la palabra:


— ¿De dónde sale amigo?... —le dijo—. ¡Qué buen caballo trae!...


Notando en seguida que el paisano tenía a la cabeza del recado las boleadoras: “Présteme esas boleadoras”, añadió... El paisano las desató inmediatamente y se las entregó. Rosas las tomó por los extremos y abrió los brazos para ver si tenían la longitud de regla; y, hallando que estaban un poco cortas: “Esta no es la medida”, dijo. Les faltan dos pulgadas. Dirigiéndose entonces al coronel Díaz, continuó:


—Yo antes sabía un poco manejar esta arma. Como ahora estoy demasiado grueso, tal vez no lo podré hacer. Sin embargo, voy a probar. Vaya amigo (al paisano) galope para allá, un poco, galope, galope...


Y cuando el paisano se había alejado a la distancia que él juzgó conveniente, lanzó las boleadoras por encima de la cabeza de aquél, de manera que al caer envolvieron las patas delanteras del caballo...


—Todavía me acuerdo... —dijo Rosas entonces y se separó del coronel Díaz para no volverlo a ver más...


¿Qué se proponía este hombre singular con tan extraña ocurrencia en el momento solemne en que iba a decidirse el destino de su dictadura y acaso también el de su misma vida?... ¿Cedía simplemente a un instinto salvaje, o quería desmentir la reputación de cobarde que sus enemigos le habían atribuido, haciendo ostentación de valor y serenidad?... Yo me inclino a esto último porque estoy persuadido de que todo era calculado en él y que hasta en sus menores actos se proponía algún fin. Bien veo que el medio adoptado no era el más digno del objeto que tenía en vista —dado que fuese fundada mi segunda suposición—, pero también es cierto que cada cual tiene su modo de hacer las cosas y que por distintos caminos se puede llegar a un mismo fin


César Díaz.10



Rosas fue a refugiarse en la casa del ministro inglés Mr. Gore con su hija Manuela. Antes, y en camino a la ciudad desde el campo de batalla, escribió su renuncia dirigida a la Legislatura, que dice así: “Señores Representantes: Es llegado el caso de devolveros la investidura de gobernador de la provincia y la suma del poder público con que os dignasteis honrarme. Creo haber llenado mi deber como todos los señores Representantes, nuestros conciudadanos, los verdaderos federales y mis compañeros de armas. Si más no hemos hecho en el sostén sagrado de nuestra independencia, de nuestra integridad y nuestro honor, es porque más no hemos podido. Permitidme HH. RR. que al despedirme de vosotros os reitere el profundo agradecimiento con que os abrazo tiernamente; y ruego a Dios por la gloria de V. H., de todos y cada uno de vosotros. Herido en la mano derecha y en el campo, perdonad que os escriba con lápiz esta nota y de una letra trabajosa. Dios guarde a V. H.”.


La llegada de Rosas con su hija a casa del ministro inglés, la ha narrado también César Díaz, con arreglo a los datos que —según él— le suministró personalmente Mr. Gore.



En casa de Mr. Gore


Mr. Gore, encargado de negocios de Inglaterra en Buenos Aires, me ha contado después que, entrando en su casa el día 3 de febrero como a las cuatro de la tarde, encontró en ella a Rosas que acababa de llegar del campo de batalla.


Ausente Mr. Gore, su sirviente se negaba a recibirle; pero, habiéndole dicho Rosas que era el gobernador, puso a su disposición las habitaciones de aquél. Mr. Gore lo encontró acostado en su propia cama. Al verle entrar, después del saludo de costumbre, Rosas le dijo:


—Tengo que pedir a usted un favor, y es que salve a mi caballo, que acabo de dejarlo en la barraca de... y que se encargue de cuidarlo y conservarlo en memoria mía.


Mr. Gore dio inmediatamente sus órdenes para que el deseo de Rosas quedase satisfecho. En seguida, éste añadió:


—Yo me he tomado la libertad de venir a asilarme en casa de usted y espero que usted me permitirá permanecer en ella siete u ocho días, que es el tiempo que necesito para arreglar mis negocios.


Mr. Gore, sumamente sorprendido de esta inopinada cuanto extraña pretensión, le respondió que en cualquier otra circunstancia, él no tendría inconveniente en que quedara en su casa todo el tiempo que fuese de su agrado, pero que, actualmente, tenía el deber de prevenirle que no lo consideraba en seguridad bajo su techo...


—El pueblo —continuó— en estos momentos de efervescencia y trastorno, lo buscará a usted en todas partes y no habrá lugar sagrado para él.


—No tema usted nada —replicó Rosas—, yo conozco perfectamente a mis paisanos y sé que no han de venir. Son alborotadores pero no pasan de ahí...


Mr. Gore, insistió, sin embargo, en que era preciso que se embarcara y al fin se decidió a hacerlo. A las doce de la noche de aquel mismo día salieron a embarcarse, él y su hija Manuelita, que se le había reunido, ambos disfrazados y acompañados de Mr. Gore. Pasaron por delante de tres guardias sin haber sido en ninguna de ellas detenidos y llegaron sin obstáculo hasta el puerto y de allí al vapor de guerra Locent, que los recibió a su bordo.


César Diaz.11


El 20 de febrero, aniversario de la batalla de Ituzaingó —y esto debió evitarse—, el ejército aliado hizo su entrada triunfal en Buenos Aires.