El misterio de Pavón y sus efectos nacionales
El fin de la Confederación
 
 
Pedernera: esperar contra toda esperanza

Derqui comunicó su decisión de retirarse. Esto también lo exigía Mitre y el emisario de esta condición —he aquí lo bochornoso— fue el mismo diplomático inglés, quien le sugirió al Presidente que la paz se lograría si resignaba su investidura. Derqui, sin resistirse, afirmó que sólo esperaba para hacerlo la llegada a Santa Fe de un buque británico a cuyo bordo podría refugiarse. El 5 de noviembre ya estaba embarcado y había renunciado, trasladándose a Montevideo (42). Derqui quiso ser leal a la Confederación y a Urquiza a pesar de éste. Con el injusto título de “traidor” fue sacrificado como si hubiese sido el autor de un estado de cosas que él no había creado (43). “Nada podía reprocharse personal ni políticamente a Derqui” (44),

El vicepresidente Pedernera —ajeno a las intimidades de Urquiza— ofrece al entrerriano la delegación absoluta del poder nacional para defender a las provincias. Gesto inconstitucional por cuanto se trataba de un simple gobernador. Además había abandonado el ejército que comandaba y, prácticamente, era quien había derrocado al presidente. Ignorante de la defección de Urquiza, Pedernera le comunica todos los esfuerzos que realiza para reorganizar las tropas y contener el avance de Buenos Aires. A esta altura de los acontecimientos, mantiene la fe y la fidelidad a Urquiza: “me han informado de las publicaciones que se han hecho en Buenos Aires de las bases de paz y de la correspondencia que ha mediado entre V. E. y el general Mitre, sé que son tales los conceptos que le atribuyen a V. E. que -estoy convencido que han fraguado las cartas que le atribuyen a V. E. Si es cierto es un informe que no tiene nombre, pero de lo que creo muy capaces a esos hombres; cuyo maquiavelismo es sin límites” (45). ¡Qué alma sincera y simple la de Pedernera! Creía que las bases de paz convenidas por Urquiza (”que no tiene nombre” para calificarlas), eran apócrifas, pues su jefe querido no era capaz de abandonarlo de esa manera.


Cañada de Gómez. Otra exigencia a Urquiza

Urquiza quiso tratar con Mitre en nombre de la Confederación, pero el general vencedor le destacó el contrasentido de esa actitud que era jurídicamente nula (45). Entretanto, Mitre empieza a asumir posiciones |militares de envergadura con miras a colocar gobiernos adictos en las provincias.

En ese momento ocurría el triste suceso de Cañada de Gómez (22 de noviembre). El uruguayo Venancio Flores, comandante de la vanguardia porteña, sorprendió dormidos por el cansancio a más de trescientos soldados que estaban bajo las órdenes de Virasoro y pertenecían al ejército de Urquiza. Los soldados federales fueron acuchillados de tal manera que sólo unos pocos quedaron salvos (Virasoro, Alem, Hernández, etc.). La nota elevada por el ministro Gelly y Obes al gobernador delegado merece recordarse: “El suceso de Cañada de Gómez, es uno de esos hechos de armas muy comunes por desgracia, en nuestras guerras, que después de conocer sus resultados, aterroriza al vencedor. Esto es lo que le pasa al General Flores, y es por esto que no quiere decir detalladamente lo que ha pasado. Hay más de trescientos muertos y como ciento cincuenta prisioneros, mientras que por nuestra parte sólo hemos tenido dos muertos y cinco heridos” (47).

Urquiza permanecía silencioso en San José. Cierto día llega a su palacio Juan Cruz Ocampo para presentar la tremenda exigencia de la oligarquía porteña: la reincorporación de Paraná a la provincia de Entre Ríos. Y Urquiza, fiel a la palabra empeñada en la logia de Rosario, se dispuso a hacer cumplir esa condición. Mitre le retribuirá con la posibilidad de continuar en el gobierno provincial y en el goce de su inmensa fortuna (48). La bancarrota económica de la Confederación, el dominio de Córdoba por Paunero y la masacre de Cañada de Gómez, constituyeron el golpe de gracia que decidieron a Urquiza al cumplimiento completo de los convenios secretos acordados con Mitre. Para ello y en su carácter de gobernador de Entre Ríos, Urquiza desconoció a las autoridades nacionales. En su mensaje a la Legislatura destacaba la necesidad de que esa provincia reasumiera su soberanía y dejara sin efecto las disposiciones relativas a la fijación de la capital y del territorio federalizado. Entre Mitre y Urquiza se había acordado que el gobierno de Buenos Aires invitaría a las provincias para que retirasen sus diputados del Congreso (49).


Significado de las concesiones que Urquiza hizo a Mitre

Todas las condiciones de Mitre fueron puntualmente cumplidas por Urquiza. Pero el gobernador de Buenos Aires le exigió la última: el retiro de la vida pública. El vencedor de Caseros, en una sentida carta, solicitó a Mitre que le levantara esta “imposición humillante” (50). El historiador norteamericano James R. Scobie ha dado a conocer cartas muy significativas sobre la actitud de Urquiza en este momento. En una de ellas (1° de enero de 1862), Mitre refiere al gral. Paunero que había exigido a aquél la entrega de la escuadra porque ésta pertenecía al vencedor y para ver si se enojaba y así eliminarlo. “¿Qué creerá usted que ha hecho? —decía—. Me ha escrito una nota lo más humilde, disculpándose por no haberme entregado la escuadra antes... ¡Qué le parece!” !A los diez días vuelve a escribir Mitre al mismo destinatario: “Urquiza quiere salvarse a fuerza de humillaciones y mansedumbre, y realmente no me da el más mínimo pretexto para hostilizarlo. Pero de todos modos su caída es infalible...”. Es que “Urquiza ha pasado —dice en otra carta— por todas las condiciones indeclinables que le ponía en un ultimátum, menos por la indicación de dejar el mando...” (51).

Con sus concesiones, Urquiza se constituyó en el instrumento eficaz de Buenos Aires para liquidar a la Confederación y evitar la posible resistencia del interior. Consintió todo cuanto se le impuso, a condición de que le dejaran el gobierno de Entre Ríos. Quedó reducido a esta provincia con la obligación de no intervenir ni prestar apoyo a ningún movimiento del interior. Por otra parte, siendo Urquiza el más importante ganadero, industrial y comerciante, no podía romper ni rebelarse contra los intereses de la oligarquía porteña y su régimen de comercio libre. Porque si éstos le cortaban el tránsito por los ríos Paraná y Uruguay provocarían la ruina económica de Entre Ríos y, por lo tanto, del propio Urquiza (52).


La Confederación Argentina disuelta

Todo se había hecho en tramitaciones secretas o mediante emisarios reservados, a espaldas del Congreso de la Confederación y de las figuras políticas prominentes del partido federal que, a riesgo de su vida, habían sido fieles al entrerriano desde hacía muchos años. Ingenuamente, el vicepresidente Pedernera le transmitía las penurias del gobierno nacional en esos angustiosos instantes y Urquiza jugaba estas cartas para salvarse frente a Mitre, a quien de inmediato se las comunicaba (53). Cuando Mitre tuvo la seguridad de que Urquiza no podría oponerse con éxito al programa porteño de reorganización, permitió que continuara en el dominio de Entre Ríos. “Estaba el caudillo vencido e inerme”, dice Busaniche.

La decisión de Urquiza y de la Legislatura, entrerriana (vid. supra nota 49), significaba el desalojo del gobierno de Paraná. Ante estos hechos irrevocables, como lo era también el desenlace de Pavón, y vista la renuncia del Presidente, el gral, Pedernera —Vicepresidente en ejercicio— expidió el 12 de diciembre de ese año 1861, el decreto que declaraba en receso al Ejecutivo Nacional hasta que un Congreso Nacional adoptara las medidas convenientes (54). La vida jurídica de la Confederación concluía por obra del mismo que le había dado la existencia. Quedaba cumplido el compromiso contraído en la logia. Con la copia del decreto de Pedernera, Mitre asiste a la última reunión en la logia de Rosario para agradecer los importantes servicios de los hermanos “a los altos propósitos de confraternidad y de amor” y emprende el regreso a Buenos Aires (55).