San Martín visto por sus contemporáneos
Libertador de Chile. 1817-1818
 
 

El 17 de enero, el Ejército de los Andes emprendía su marcha por la cordillera. En los primeros días de febrero estaba en las cuestas occidentales, habiendo cumplido uno de los hechos más sorprendentes que registra la historia. El 12 triunfaba en Chacabuco. El general San Martín expresó al dar cuenta de la victoria: Al Ejercito de los Andes queda la gloria de decir: “En veinticuatro días hemos hecho la campaña, cruzamos las cordilleras más elevadas del globo, concluímos con los tiranos y dimos la libertad a Chile”. El general Mitre, en su Historia de San Martín, escribió la crónica más completa sobre aquella proeza militar, después de interrogar a varios de sus principales sobrevivientes y de agotar la información documental sobre la materia. Damos a continuación algunos relatos personales de militares argentinos que fueron actores en la batalla.



Chacabuco


Había yo recibido del general San Martín una comunicación llamándome, y le conteste que iría a servir en el ejército de su mando, sobre Chile: me puse en camino, y cuando llegué a Mendoza, habían ya marchado las fuerzas. El gobierno me facilitó vaqueanos, y con ellos alcancé el ejército en la Cordillera, y seguí sus marchas, nombrado primer edecán del general en jefe. Al bajar la cordillera, vistas por el general Soler las fuerzas enemigas, detuvo un tanto su división, y se vio precisado a enviar, como al sacrificio, al capitán D. Mariano Necochea, quien, con sola su compañía de granaderos a caballo, tuvo bravura y suerte de batirlas, con lo que fuimos dueños del Valle de Putaendo, y quedó preparado decisivamente el triunfo sucesivo en Chacabuco.


Muy pronto se ofreció ocasión de medir otra vez las armas con los españoles. El 12 de Febrero de 1817, tuvo lugar la acción de Chacabuco. Antes de emprender esa jornada, el general había puesto su mayor fuerza a las órdenes del Brigadier Soler, con las compañías de granaderos del 7 y 8, y un escuadrón de las de a caballo; los batallones números 7 y 8, con los tres restantes escuadrones de granaderos de a caballo, fueron puestos a las del Brigadier O'Higgins.


Dos ingenieros habían reconocido los caminos para calcular la llegada simultánea, aunque por distintos rumbos, de ambas divisiones al otro lado de la cuesta de aquel nombre. Marchamos, y puestos en la altura se observó que la infantería enemiga estaba en un vinal, y su caballería en ocultación a la falda de un monte. Después de esperar el aparecimiento del Brigadier Soler, y no verificándose este, dispuso el general bajase una compañía de granaderos a caballo a explorar el campo, la que reforzada por otra, y contando como seguro que la otra división se dejaría ver de un momento a otro, ordenó bajase el resto de granaderos y los batallones 7 y 8. Salió entonces el enemigo de sus escondites, y se rompió el fuego.


Al poco rato se dispersó el número 8 e intentó el mismo movimiento el 7, pero contenido por el bravo y valiente general O'Higgins y su comandante Conde, guardó su formación, en circunstancias que el enemigo amenazaba cargar a la bayoneta. Entonces me dirigí a los granaderos a caballo y les dije: —¿qué es esto, granaderos de San Martín? El coronel me preguntó por dónde debían pasar, y volviendo mi caballo contesté: “por aquí”; quise obrar con tanta velocidad, que mi caballo cayó en una zanja que estaba tras de mí; pero el peligro que corría el ejército de ser batido en detalle me precipitó el hablar y obrar del modo que dejo dicho, y dar órdenes que no había recibido.


Los granaderos, sin más voz que la mía y mi ademán, rompieron sobre el enemigo sable en mano, quien, atemorizado, se puso en fuga: volvió caras la caballería enemiga, y abandonó a la infantería, la que viéndose sin aquel apoyo, se dispersó también. Esta es la verdadera relación de la célebre batalla ganada en Chacabuco por el ejército de Buenos Aires, y en que se dio la independencia y libertad al reino de Chile.


Hilarión de la Quintana.



Recuerdos de Chacabuco


El 11 de Febrero en la noche, víspera de la inmortal Batalla de “Chacabuco”, el Ejército de los Andes vivaquiava al pie de la gran cuesta donde al día siguiente debían decidirse los destinos del Continente Sud-Americano. ¡Ah! Aún me parece estar viendo el gran Capitán, con su casaca de Granadero a Caballo, y aquellos ojos que centelleaban abrasando el espacio, en su tienda de Campaña, rodeado en junta de guerra de sus principales jefes: Soler, O'Higgins, Beruti, Zapiola, Las Heras, Alvarado, Crámer, Conde, Plaza, y el patriota chileno Ramírez, práctico de aquella topografía, diseñando sobre el croquis las dificultades del terreno para combatir.


Cuando todos se retiraron a sus puestos, San Martín salió fuera de la tienda. Yo me pascaba cerca de la puerta por estar de guardia de su persona como segundo de los ochenta Granaderos a Caballo de que se componía su escolta. Cuando me vio me dijo: —Y bien —¿qué tal estamos para mañana?— Como siempre Señor, perfectamente. —¡Bien! Duro con los latones (sables) sobre la cabeza de los matuchos, que queden pataleando...


—No tenga V. E. cuidado.


Al día siguiente, la victoria coronó nuestros esfuerzos, y, concluida la lucha, el general estaba sentado en una silla en el patio de la casa de Chacabuco, hermosa hacienda, donde preconizaba la primer curación de unos 500 heridos de ambos ejércitos. Allí entramos, heridos y bañados en sangre, mi hermano Félix, capitán del batallón Nº 8, y Rico, Bogado y Villanueva, de Granaderos a Caballo.


Al momento que nos vio, se levantó y dirigió hacia nosotros preguntándonos si era cosa de cuidado: —No Señor, le contesté, es una bagatela. —Qué diablos, también se le han afirmado a V. los godos, eh!


—Sí Señor, le respondí. —Bien, “allí tiene V. al malvado Sambruno”, señalando un cuarto en cuya puerta se paseaba un centinela.


Cuando entramos a la capital de Santiago, se me mandó alojar en casa del rico propietario Don Manuel Saldívar, realista empecinado, quien como tal se había ocultado.


Por esto, y sus antecedentes, el gobierno había impuesto a la familia fuertes sumas de contribución. Una noche se me presentó en mi sala el Sr. Saldívar, diciéndome que “seguro de hablar con un oficial de honor, cuyo apellido conocía de mucho tiempo atrás”, (por mi padre), no había trepidado en ir a verme. Después de los cumplimientos del caso, me dijo: “Que nuevamente habían impuesto a la familia una contribución de 20.000 pesos que no podía entregar por falta de fondos disponibles, que si me era posible, me interesase con el General para ser eximido de aquel sacrificio”.


Yo estaba inmensamente agradecido a las atenciones y cuidados que me prodigaba aquella distinguida familia. Por otra parte, la justicia que hacía a mi caballerosidad, me impulsaron a ofrecerle ver al general, sin embargo que creía nada alcanzaría.


Al día siguiente fui al palacio, y me hice anunciar. El general me mandó entrar y en cuanto me vio, me dijo: —Y bien, ¿cómo se halla V. de sus heridas? —Mejor, Señor, le respondí. —¿Y qué se le ofrece a V.?


—Señor, la familia de Saldívar, en cuya casa estoy alojado, se ha interesado conmigo para que me tome la libertad de venir a pedir a V. E. la gracia de que se suspenda la orden de que ponga en Cajas 20.000 pesos, que no tiene como cumplir.


—¿Y V. viene a interesarse por un perro godo? —Señor, debo tanta estimación a esa familia... —Ese, es un matucho malo. —Sí Señor, ya lo sé, pero como... —¡Bien! —sin dejarme concluir— Ahora escribiré a O'Higgins sobre eso. Vaya V. descuidado, pero no hay que capitular con los godos. Ese mismo día se suspendió la orden.


Manuel de Olazábal.



EI viajero ingles Roberto Proctor, que pasó la cordillera dos años después, describe así el campo de Chacabuco en su libro Narraciones de viaje por la cordillera de los Andes y residencia en Lima, etc.



El llano de Chacabuco


Después de marchar ocho leguas llegamos al llano de Chacabuco, de larga fama por la victoria de San Martín sobre el ejército español. Es de grande extensión, la mayor parte cultivado, con algunas casas importantes anejas a los diferentes fundos. Sin embargo, colinas secas de arena están diseminadas en todos los rumbos, aunque el campo en general sea bastante abierto y, por consiguiente, muy apropiado para evoluciones de caballería de que siempre se enorgullecieron los españoles de América. Los ejércitos eran casi iguales en número, cada uno de cuatro mil hombres, aunque los españoles deben haber estado en mejor condición que las tropas de San Martín.


Pasamos la noche junto al campo de batalla, en un rancho ruin, sin más que un cuarto y éste ocupado por la familia; de modo que nos vimos precisados a dormir a la intemperie, disponiendo una especie de cobertizo con estacas y una frazada, como habíamos hecho en el corazón de los Andes. Aunque habíamos visto muchas casas tolerables en el camino, ahora era obscuro y demasiado tarde para volver: todo lo que podía era hacer de tripas corazón en nuestro mal hospedaje. De acuerdo con esto, entramos en la casa y nos sentamos, entreteniéndonos en ver la familia hasta que llegó la cena. La única porción de la familia que permanecía en el rancho, eran tres muchachonas atareadísimas en hacer pan de harina y grasa, mezcladas, golpeado violentamente con las manos y sobado en una batea semejante a artesa de carnicero. Esta ocupación era ejercicio muy duro y las muchachas se turnaban: sin embargo no les impedía cantar la celebre canción nacional chilena, compuesta a raíz de la victoria de San Martín en las inmediaciones. Lamento no recordar sino la primera estrofa y el coro, así concebidos:


Ciudadanos! el amor sagrado


De la Patria os convoca a la lid;


Libertad es el eco de alarma,


La divisa triunfar o morir.


El cadalso o la antigua cadena


Os presenta el soberbio español;


Arrancad el puñal al tirano,


Quebrantadle su cuello feroz.



CORO


Dulce Patria! recibe los votos


Con que Chile en tus aras juró:


Que, o la tumba serás de los libres


O el asilo contra la opresión.



El coro en que se unían todas las voces era particularmente armonioso.


Roberto Proctor.



Tres días después de Chacabuco, San Martín hizo su entrada triunfal en Santiago entre un inmenso júbilo popular. Proclamado gobernador por el Cabildo, declinó aquel honor y la elección recayó en O'Higgins. El gobernador español Marcó, fue tomado prisionero en Valparaíso y San Martín se contrajo a preparar el ataque contra las fuerzas españolas restantes en el sur de Chile. He aquí cómo describe don Vicente Pérez Rosales, el baile dado en casa de su abuelo en honor de los vencedores de Chacabuco:



Baile en honor de los vencedores de Chacabuco


Acabábase de proclamar a O'Higgins Supremo Director del Estado el memorable día 16 de febrero, y parecía tanto más justificada la alegría de los deudos de Rosales, cuanto que ya se sabía que el más apremiante afán de este bizarro jefe, era el de repatriar a los próceres chilenos confinados en Juan Fernández.


Para que se vea cuan sencillas eran las costumbres de aquel entonces, voy a referir muy a la ligera lo que fue aquel mentado baile, que si hoy viéramos su imagen y semejanza, hasta lo calificaríamos de ridículo, si no se opusiera a ello el sagrado propósito a que debió su origen.


Ocupaba la casa de mi abuelo el mismo sitio que ocupa ahora el palacio del héroe de Yungay, y contaba, como todos los buenos edificios de Santiago, con sus dos patios que daban luz por ambos lados al cañón principal.


Ambos patios se reunieron a los edificios por medio de toldos de campaña hechos con velas de embarcaciones, que para esto sólo trajeron de Valparaíso. Velas de buques también hicieron las veces de alfombrados sobre el áspero empedrado de aquellos improvisados salones. Colgáronse muchas militares arañas para el alumbrado, hechas con círculos concéntricos de bayonetas puntas abajo, en cuyos cubos se colocaron velones de sebo con moños de papel en la base para evitar chorreras. Arcos de arrayanes, espejos de todas formas y dimensiones, adornaron con profusión las paredes, y en los huecos de algunas puertas y ventanas se dispusieron alusivos transparentes debidos a la brocha-pincel del maestro Dueñas, profesor de Mena, quien, siendo el más aprovechado de sus discípulos, para pintar un árbol comenzaba por trazar en el lienzo, con una regla, una recta perpendicular, color de barro; cogía después una brocha bien empapada en pintura verde, embarraba con ella sobre el extremo de la recta, que él llamaba tronco, un trecho como del tamaño de una sandía, y si al palo aquel con cachiporra verde, no le ponía al pie, “este es un árbol”, era porque el maestro no sabía escribir. Tras de dos grandes biombos, pintados también, se colocaron músicas en uno y otro patio, y se reservó una banda volante para que acudiese, como cuerpo de reserva, a los puntos donde más se necesitase. Pero lo que más llamó la atención de la capital, fué la estrepitosa idea de colocar en la calle, junto a la puerta principal de la entrada al sarao, una batería de piezas de montaña, que contestando a los brindis y a las alocuciones patrióticas del interior, no debía dejar vidrio parado en todas las ventanas de aquel barrio. Los salones interiores vestían el lujo de aquel tiempo, y profusión de enlazadas banderas daban al conjunto el armonioso aspecto que tan singular ornamentación requería.


Ocupaba el cañón principal de aquel vasto y antiguo edificio una improvisada y larguísima mesa sobre cuyos manteles, de orillas añascadas, lucía su valor, junto con platos y fuentes de plata maciza que para esto sólo se desenterraron, la antigua y preciada loza de la China. Ninguno de los más selectos manjares de aquel tiempo dejó de tener su representante sobre aquel opíparo retablo, al cual servían de acompañamiento y de adorno, pavos con cabezas doradas y banderas en los picos; cochinitos rellenos con sus guapas naranjas en el hocico y su colita coquetonamente ensortijada, jamones de Chiloé, almendrados de las monjas, coronillas, manjar blanco, huevos chimbos y mil otras golosinas, amén de muchas cuñitas de queso de Chanco, aceitunas sajadas con ají, cabezas de cebolla en escabeche, y otros combustibles cuyo incendio debería apagarse a fuerza de chacolí de Santiago, de asoleado de Concepción y de no pocos vinos peninsulares.


Fue convenido que las señoras concurriesen coronadas de flores, y que ningún convidado dejase de llevar puesto un gorro frigio lacre con franjas de cintas bicolores azul y blanco.


Excusado me parece decir cuál fué el estruendo que produjo en Santiago este alegre y para entonces suntuosísimo sarao. Dio principio con la canción nacional argentina entonada por todos los concurrentes a un mismo tiempo, y seguida después con una salva de veintiún cañonazos que no dejó casi sin estremecerse en todo el barrio. Siguió el minué, la contradanza, el rin o rin, bailes favoritos entonces, y en ellos lucían su juventud y gallardía el patrio bello sexo y aquella falange chileno-argentina de brillantes oficiales, quienes supieron conseguir, con sus heroicos hechos, el título para siempre honroso de Padres de la Patria.


Jóvenes entonces y trocado el adusto ceño del guerrero por la amable sonrisa de la galantería, circulaban alegres por los salones aquellos héroes que supo improvisar el patriotismo, y que en ese momento no reconocían más jerarquías que las del verdadero mérito, ni más patria que el suelo americano. Allí el glorioso hijo de Yapeyú estrechaba con la misma efusión de fraternal contento la mano del esforzado teniente Lavalle, como la encallecida del temerario O'Higgins, y nadie averiguaba a qué nación pertenecían los orientales Martínez y Arellano, los argentinos Soler, Quintana, Beruti, Plaza, Frutos, Alvarado, Conde, Necochea, Zapiola, Melián, los chilenos Zenteno, Calderón, Freire; los europeos Paroisin, Arcos y Cramer, y tantos otros cuya nacionalidad se escapa a mis recuerdos, como Correa, Nazar, Molina, Guerrero, Medina, Soria, Pacheco, y todos aquellos a quienes los asuntos del servicio permitieron adornar con su presencia la festiva reunión en que se encontraban. Concurrieron también a ella lo más lucido de la juventud patriótica de Santiago, los contados viejos que la crueldad de Marcó dejó sin desterrar, el alegre y decidor Vera, y aquel célebre pirotécnico de la guerra, el padre Beltrán, que encargado de colocar alas en los cañones para transponer los Andes, no debía tardar en asumir el carácter de Vulcano, forjando en la maestranza rayos para el Júpiter de nuestra independencia.


La mesa vino a dar en seguida la última mano al contento general. La confianza, hija primogénita del vino, hizo más expansivos a los convidados, y los recuerdos de las peripecias de la reciente batalla de Chacabuco contados copa en mano por la misma Heroica juventud que acababa de figurar en ella, unidos al estrépito de las salvas de artillería, produjeron en todo aquel recinto y en sus contornos el más alegre estruendo que al compás del cañón, de las músicas y de los ¡hurras! había oído Santiago desde su nacimiento hasta ese día.


Todos brindaban; cada brindis descollaba por su enérgico laconismo y por las pocas pero muy decidoras palabras de que constaba. ¡Cuan frías no parecerían en el día, que acostumbramos medir la bondad de los brindis por el tiempo que tardamos en expresarlos, aquellas lacónicas pero enérgicas expansiones de almas electrizadas por el patriotismo! Antes se brindaba con el corazón, ahora brindamos con la cabeza.


San Martín, después de un lacónico pero enérgico y patriótico brindis, puesto de pie, rodeado de su estado mayor y en actitud de arrojar contra el suelo la copa en que acababa de beber, dirigiéndose al dueño de casa dijo: —“Solar, es permitido?” y habiendo éste contestado que esa copa y cuanto había en la mesa estaba allí puesto para romperse, ya no se propuso un solo brindis sin que dejase de arrojarse al suelo la copa para que nadie pudiese profanarla después con otro que expresase contrario pensamiento. El suelo, pues, quedó como un campo de batalla lleno de despedazadas copas, vasos y botellas.


Dos veces se cantó la canción nacional argentina y la última vez lo hizo el mismo San Martín. Todos se pusieron de pie, hízose introducir en el comedor dos negros con sus trompas, y al son viril y majestuoso de estos instrumentos, hízose oír electrizando a todos la voz de bajo, áspera, pero afinada y entera, del héroe que desde el paso de los Andes no había dejado de ser un solo instante objeto de general veneración. No pudo entonces la canción chilena terciar en el sarao con sus eléctricos sonidos, porque aún no había nacido este símbolo de unión y de gloria que sólo fué adoptado por el Senado el 20 de septiembre de 1819, y cantado por primera vez, con música chilena, ocho días después.


Vicente Pérez Rosales.



Un mes después de Chacabuco, San Martín emprendió viaje a Buenos Aires para conferenciar con el Director Pueyrredón. Entró de incógnito en la ciudad. El pueblo y el gobierno tributáronle grandes agasajos. En el Diario inédito o “Memorias curiosas” de don Juan Manuel Beruti, de que es poseedor el Sr. Carlos Dardo Rocha, —quien nos ha proporcionado gentilmente copia de los pasajes que interesan a esta narración— se lee lo siguiente:



La noticia de Chacabuco y la llegada de San Martín


El 26 de Febrero de 1817. Entró en esta capital el capitán Dn. Mariano Escalada, con los pliegos de oficio del general del ejército de los Andes Dn. José de San Martín de haber reconquistado con las tropas de su mando la capital y reino de Chile, con pérdida los enemigos de 400 hombres muertos y 600 prisioneros, resultivo de la batalla que tuvo él mismo en persona, que mandaba el cuerpo de reserva, que fué el que entró en acción en el valle nombrado de Chacabuco, ayudado del coronel sub-inspector segundo jefe del Estado Mayor del Ejército Dn. Antonio Luis Bcruti, que mandaba el ala derecha de dicha reserva; en cuya acción tomaron al enemigo la bandera coronela del regimiento de Talavera, la que presentó el referido Escalada al Exmo. Sr. Director; habiendo tenido por nuestra parte, entre muertos y heridos, sobre cien hombres; por cuyo motivo se hizo una salva general de artillería, habiéndose festejado esta victoria con tres noches de comedias en los días 24, 25 y este del 26, siendo las dos segundas para beneficio de las viudas de nuestros soldados muertos, y alegrando en dichas tres noches al pueblo con músicas militares que salieron por las calles, entre vivas y aclamaciones.


Dicho ejército conquistador, era mandado por el general en jefe, capitán general y brigadier Dn. José de San Martín, natural del pueblo de Yapeyú, en las Misiones guaranís; Dn. Miguel Soler, brigadier y natural de Buenos Aires; Dn. Bernardo O'Higgins, natural de Chile, y también brigadier; y Dn. Antonio Luis Beruti, coronel y natural de Buenos Aires; teniendo este ejército la gloria, y las armas de la patria, de haber sacado del yugo español al reino de Chile de mano de sus tiranos, que dos años hacía lo tenían tiranizado, y en esta conquista esperamos de las misericordias del Todopoderoso, que Chile contribuirá por su parte a acabar con los tíranos, arrojándolos del Perú, y haciendo que Lima vuelva en sí, reclamando su libertad, siguiendo nuestro sistema, concluyendo con los Virreyes, que aún la tienen oprimida, afianzando con ello nuestra libertad e independencia, arrojando la dominación peninsular a sus hogares de Europa, a vegetar como las plantas y perdiendo la esperanza para siempre de volvernos a tiranizar con su cetro de fierro.


En esta misma tarde, las banderas de la patria, acompañadas de las tropas de la guarnición, músicas militares, salvas de artillería, y las autoridades, y pueblo, salieron del palacio del Sr. Director, triunfantes, llevando la prisionera caída, en señal de su abatimiento, la que fué puesta igualmente rendida, y las patricias sobre ella, enarboladas, en el balcón principal de las Casas Consistoriales, donde estuvo esta tarde y el siguiente día a la expectación pública; cuya bandera se remite al Cabildo de Mendoza, para que la coloque en el templo que tenga por conveniente, gracia que el Supremo Director hace a esa ciudad, por sus relevantes servicios, en lo que ha contribuido a nuestro ejército para la conquista de Chile.


El 2 de Marzo de 1817. Hubo en la Catedral misa de gracias con Te-Deum, en acción de gracias al Señor de los Ejércitos, por la victoria de haber tomado la capital del reino de Chile; a cuya función asistieron todas las autoridades, eclesiásticas, civil y militar, la que se hizo con la mayor magnificencia, concurriendo las tropas de la guarnición, las que, alternando con la artillería de la plaza, y marina, hicieron salvas por tres ocasiones, lo que concluido la primera, siguió un repique general de campanas, que fue al principiar la misa.


El 4 de Marzo de 1817. Se oyó en esta capital a las 9 de la noche, una salva de artillería, y en seguida un repique general de campanas, y fué la causa de haber llegado un extraordinario de Chile con la plausible noticia de haber caído prisionero el Capitán Gral. de Chile, audiencia y oficiales de graduación; cuyo Presidente llamado Dn. Francisco Marcó, cuando perdieron la acción de Chacabuco, fugaron con sus caudales y equipages, con dirección a embarcarse para Lima, en el puerto de la Concepción de Penco, en donde treinta leguas antes de llegar fueron todos presos por nuestras tropas, y patriotas, que salieron en su alcance.


El 6 de Marzo de 1817. Se hizo una comedia, representada por aficionados, en donde se entró a verla sin interés; pues fué en celebridad de la toma de Chile.


El 9 de Marzo de 1817. Entraron una bandera y un estandarte más, remitidas por nuestro general San Martín de las tomadas a los enemigos en Chile, la que se recibió y colocaron a la expectación pública en los balcones del Cabildo, habiendo habido en esta noche iluminación general, músicas y castillo de fuego en la plaza mayor, en cuyos balcones del Cabildo se puso una muy vistosa iluminación: el retrato del Capitán general San Martín que cubría el principal arco de su galería, al que la fama estaba coronando con una corona de laurel, y al pie entre trofeos militares, un letrero que decía: “San Martín el laurel toma, Grecia no pudo hacer más”.


El 13 de Marzo de 1817. Se recibió una bandera bordada de oro, remitida del ejército del Perú, tomada en una acción al enemigo, por una Señora que iba en nuestro ejército, en compaña de su marido llamado Dn.... Padilla y ella Da.... Azurdin, ambos naturales de Cochabamba, la que se puso en los balcones del Cabildo a la vista del público; cuya colocación se hizo presidiendo salvas de artillería y con las mismas ceremonias que las anteriores. E igualmente llegaron, procedente de las tomadas al enemigo, 2 banderas más, que todas juntas se colocaron en dichos balcones, con la bordada de oro del Perú.


La bandera y estandarte, llegaron el 9 de Marzo de 1817 a esta capital, procedentes del ejército vencido enemigo en Chile.


El Sor. Director las ha mandado se coloquen en las iglesias principales; la primera en la ciudad de San Juan de Mendoza, y el estandarte en la de la Punta de San Luis; las que se han remitido a sus respectivos Cabildos al efecto, obsequio que les hace a estos pueblos, en atención a los servicios que tienen hechos en servicio de la Patria.


La bandera, dos más remitidas del Perú que entraron en esta Capital el 13 de Marzo de 1817, se han colocado debajo de la media naranja de la Santa Iglesia Catedral de esta ciudad, las que están puestas en las cornisas de las cuatro columnas del crucero, con las 7 banderas que se tomaron en la rendición de la plaza de Montevideo, que se quitaron de la capilla de San Martín con dos más que estaban en el Sagrario, en donde estaban, y se han puesto también en las columnas de dicho Crucero, que por junto son once, tres en cada una de las tres columnas y dos en la otra.


El 30 de Marzo de 1817. Entró en esta capital el Exmo. Sor. Dn. José de San Martín, general del ejército reconquistador de Chile, el que fué recibido por todas las autoridades y corporaciones, con el séquito y opulencia que merecía su persona y glorias adquiridas, con salvas, las calles colgadas de ricos tapices, olivos que formaban calles, y un inmenso pueblo que lo acompañaba, entre vivas y aclamaciones; habiéndose a la noche iluminado los balcones del Cabildo, con su correspondiente música, y un famoso castillo de fuego puesto en medio de la plaza.


La venida de este Señor se ignora a qué es; pero deben de ser cosas de mucha entidad por no haberlas querido fiar a la pluma, sino tratarlas y comunicarlas verbalmente con el Sr. Director.


El 19 de Abril de 1817. Salió de esta Capital para la de Chile, el Sor. de San Martín; a quien dos o tres días antes, se le dio por el Exmo. Cabildo una comida, que tuvo de costo más de 3.000 pesos.


Juan Manuel Beruti



Cuando San Martín llegó a Buenos Aires, se había consumado un hecho capital y de suma trascendencia en la Historia Argentina, que importa conocer, para juzgar sucesos posteriores: la invasión de la Banda Oriental por los portugueses del Brasil y la ocupación de Montevideo por tropas de esa misma nación. La opinión pública reclamó por el atentado inicuo y el sentimiento popular reaccionaba con violencia. Pueyrredón fluctuó entre repeler directamente la invasión con todo el poder de las Provincias Unidas, o dedicarse a la empresa de emancipación continental que proyectaba San Martín, y terminar con el poderío español en América. Optó por esto último creyendo que podría solucionar diplomáticamente el gravísimo asunto del Uruguay. Esta política avivó lo que se ha llamado la anarquía argentina y provocó después la caída de Pueyrredón. Cuando San Martín vuelve a Chile en 1817, este país y las Provincias Unidas, constituyen el foco revolucionario en la América española. Perú y toda la parte norte, están en poder de los españoles. San Martín entró en Santiago el 11 de mayo. Estaba asegurada la alianza chileno-argentina para expedicionar sobre el Perú. "En sesenta días, —dice Mitre— San Martín había atravesado dos veces los Andes y galopado cinco mil kilómetros por rumbos opuestos". Por esos días le conoció en Santiago el viajero ingles Samuel Haigh, que ha dejado este retrato en su libro Bosquejos de Buenos Aires, Chile y el Perú.



Retrato de San Martín


Aquella noche el general San Martín daba una gran fiesta y baile en honor del comodoro Bowles (comandante británico en el Pacífico), cuya fragata "Amphion", estaba anclada en la bahía de Valparaíso. Todos los ingleses iban a asistir a la fiesta y nos ofrecieron cortésmente invitaciones a mister Robinson y a mí; en consecuencia, por la noche, nos rasuramos por primera vez desde nuestra partida de Mendoza, y vistiéndonos para la ocasión, nos dirigimos al Cabildo, grande edificio público donde tenía lugar la reunión.


Se había arreglado para la fiesta el espacioso patio cuadrado del Cabildo y sido techado con un toldo adornado con banderas enlazadas de Argentina, Chile y otras naciones amigas; todo se hallaba bellamente iluminado con farolillos pintados y algunas ricas arañas de cristal colgaban en diferentes partes del techo. El gran salón y las habitaciones que cuadraban el patio se habían destinado para cena y refrescos, y otros cuartos se habían dispuesto para las autoridades superiores, civiles y militares.


Esa noche fui presentado al general San Martín, por mister Ricardo Price y me impresionó mucho el aspecto de este Aníbal de los Andes. Es de elevada estatura y bien formado, y todo su aspecto sumamente militar: su semblante es muy expresivo, color aceitunado obscuro, cabello negro, y grandes patillas sin bigote; sus ojos grandes y negros tienen un fuego y animación que se harían notables en cualesquiera circunstancias. Es muy caballeresco en su porte, y cuando le vi conversaba con la mayor soltura y afabilidad con los que le rodeaban; me recibió con mucha cordialidad, pues es muy partidario de la nación inglesa. La reunión era brillantísima, compuesta por todos los habitantes de primer rango en Santiago, así como por todos los oficiales superiores del ejército; cientos se entregaban al laberinto del vals y el contento general era visible en todos los rostros.


Mientras yo contemplaba este espectáculo, tan diferente del visto durante nuestro pasado, melancólico y horrible viaje, ser tan repentinamente trasladado al medio de la civilización y elegancia, desde la Cordillera solitaria a la reunión de las beldades y caballeros de la capital, me parecían encantamiento.


Cuando después intenté describir esta sensación a un caballero, se valió de un símil apropiado aunque algo profano, replicando: “Usted debe haberse sentido como alma escapada del Purgatorio al Paraíso”.


Muchos de mis compatriotas estaban en el ejército patriota y entre los presentes a la reunión se contaban el capitán O'Brien y los tenientes Bownes y Lebas; estos habían estado en la batalla de Chacabuco. Algunos oficiales de la Amphion participaban también de la diversión. Durante la cena, que se sirvió de manera muy suntuosa y espléndida, muchos brindis patrióticos y cumplimientos se cambiaron entre los funcionarios principales, civiles y militares, y nuestro comandante naval. Después del refrigerio los concurrentes reanudaron la danza, y según entiendo continuaron hasta mucho después de venir el día, pero sintiéndome fatigado, me retiré poco después de media noche para disfrutar la primera noche de descanso en la capital de Chile.


Samuel Haigh.



Las tropas españolas que habían abandonado Santiago después de Chacabuco, se refugiaron en Talcahuano al mando de Ordóñez. El argentino Las Heras obtuvo dos victorias, Curapaligüe y El Gavilán. Los realistas fueron sitiados en la plaza de Talcahuano pero allí recibieron grandes resfuerzos del Perú. O'Higgins atacó Talcahuano en diciembre de 1817 y fue rechazado. San Martín ordenó levantar el sitio en enero de 1818, cuando ya se encontraba el general Osorio con nuevas tropas españolas en la ciudad. En vista de la actitud de O'Higgins, Osorio salió en su persecución, creando con ello una situación muy peligrosa para la causa patriota. En tales difíciles circunstancias y al cumplirse el primer aniversario de Chacabuco, fue proclamada solemnemente en Santiago, la independencia de Chile. Un documento del Archivo de San Martín, describe las ceremonias:



Proclamación de la independencia de Chile


El 9 de Febrero se anunció por un bando nacional el orden que se observaría en las fiestas cívicas; desde aquel momento el pueblo esperaba con impaciencia la noche del 11 para desplegar el entusiasmo de que estaba poseído: apenas llegó la hora deseada, un grito de alegría universal acompañó al estruendo del cañón que tantas veces ha hecho palpitar el corazón de la patria anunciando la llegada de un nuevo opresor o el nacimiento de un príncipe, que a su turno aumentaría los eslabones de la cadena que arrastraba la América. A pesar del regocijo con que todos pasaron esta noche, ella pareció demasiado larga por la impaciencia con que todos deseaban saludar la aurora del 12. Al toque de diana se formaron en la plaza mayor las tropas de línea y las guardias cívicas de infantería y caballería. Entretanto, el concurso se aumentaba de tal modo, que ya excedía la capacidad de este vasto espacio.


Poco después de la seis apareció sobre el horizonte el precursor de la libertad de Chile. En este momento se enarboló la bandera nacional, se hizo una salva triple de artillería, y el pueblo con la tropa saludaron llenos de ternura al sol más brillante y benéfico que han visto los Andes, desde que su elevada cima sirve de asiento a la nieve que eternamente la cubre.


Luego se acercaron por su orden los alumnos de todas las escuelas públicas, y puestos alrededor de la bandera, cantaron a la patria himnos de alegría que excitaban un doble interés por su objeto, y por la suerte venturosa que debe esperar la generación naciente destinada a recoger los primeros frutos de nuestras fatigas. Los padres y madres que veían a sus inocentes hijos levantar las manos al cielo e invocar el dulce nombre de la patria, han gozado sin duda un placer capaz de indemnizarles la cruel necesidad en que antes han vivido de suspirar por ser estériles.


A las 9 de la mañana, concurrieron al palacio directorial todos los tribunales, corporaciones, funcionarios públicos y comunidades; luego entró el excelentísimo señor capitán general don José de San Martín, acompañado del señor diputado del gobierno argentino, don Tomás Guido, y la plana mayor; a las 9 y media salió el excelentísimo señor director precedido de esta respetable comitiva, y se dirigió al tablado de la plaza principal: las decoraciones de este lugar correspondían a la dignidad de su objeto, y en el centro de su frente se distinguía el retrato del general San Martín.


En seguida se leyó por el señor Don Miguel Zañartú, Ministro de Estado en el departamento de Gobierno, el acta de la Independencia.


Después de leída el acta, se postró el Excelentísimo Señor Director, y poniendo las manos sobre los Santos Evangelios hizo el siguiente juramento: “Juro a Dios y prometo a la Patria bajo la garantía de mi honor, vida y fortuna, sostener la presente declaración de independencia absoluta del Estado Chileno, de Fernando VII, sus sucesores, y de cualquiera otra nación extraña”. Luego exigió el mismo igual juramento al señor gobernador del obispado, quien, a la fórmula anterior, añadió en los transportes de su celo la cláusula que sigue: —“Y así lo juro, porque creo en mi conciencia que esta es la voluntad del Eterno”. Seguidamente recibió S. E. el juramento del general San Martín, como a coronel mayor de los ejércitos de Chile, y general en jefe del ejército unido. Entonces el señor Ministro de Estado en el departamento de gobierno, lo tomó simultáneamente a todas las corporaciones y funcionarios públicos, y después el señor Presidente del cabildo, batiendo el pabellón nacional por los cuatro ángulos del tablado, recibió del pueblo el juramento en la forma que sigue: —“¿Juráis a Dios y prometéis a la Patria bajo la garantía de vuestro honor, vida y fortuna, sostener la presente independencia absoluta del Estado chileno, de Fernando VII, sus sucesores y de cualquiera otra nación extraña?”


Aun no había acabado el pueblo de oír estas últimas palabras, cuando el ciclo escuchó el primer juramento digno del pueblo chileno. En este acto se arrojaron medallas de la jura, y se hizo otra descarga triple de artillería; luego bajó el acompañamiento y se dirigió a la plaza de San Francisco, donde el Presidente del cabildo, acompañado de dos regidores, subió a un tablado a exigir del pueblo el mismo juramento; y de allí regresó a la casa del general San Martín, quien, después de felicitar a la comitiva por el grande acontecimiento de este día, y felicitarse a sí mismo de haberlo presenciado, renovó las protestas que tantas veces tiene hechas de sostener la libertad de Chile empleando todo su celo y consagrando hasta su propia existencia; su lenguaje retrataba el fondo de su sinceridad no menos que la firmeza de sus intenciones, y nadie pudo escucharle sin conmoverse y presagiar victorias a la patria. Luego salió por su orden el acompañamiento, y siguió hasta el palacio del Gobierno donde dejó a Su Excelencia.


El 13, a las 9 de la mañana, salió el Director Supremo con la misma comitiva, y se dirigió a la plaza de la Merced, donde repitió el Presidente del cabildo la ceremonia del día anterior, y concluida, volvió sobre sus pasos la comitiva, dirigiéndose a la plaza de la Universidad con el mismo objeto. De allí regresó a las 11 de la mañana por la misma calle hasta llegar a la catedral: aquí se cantó con toda la magnificencia posible un solemne Te Deum, que terminó las funciones de este día.


El 14, a las 9 de la mañana, salió de palacio el Director Supremo con el mismo acompañamiento de los días anteriores, y asistió a la iglesia catedral, a la misa de acción de gracias que se celebró, después de la cual dijo el doctor don Julián Navarro una oración análoga a las circunstancias del nuevo destino a que es llamado por la providencia el Estado de Chile.


Concluida esta función, las autoridades, presidentes de tribunales y corporaciones pasaron a felicitar al Gobierno y ofrecer los votos de patriotismo y entusiasmo nacional por la consolidación de nuestras nuevas instituciones, por la paz interior y por el buen suceso de las armas de la patria. El enviado argentino fué el primero que tomó la palabra.


Concluidas las felicitaciones, se retiró la comitiva, y en la noche de este día se sirvió en el palacio del Gobierno un brillante refresco, siguiéndose después las diversiones de que se hablará luego.


El 15 dio un gran convite el enviado de las Provincias Unidas, al Director Supremo y todos los funcionarios públicos de ambas listas, con algunos vecinos de distinción que componían el número de 70 a 80 personas; en esta función el gusto rivalizaba con la abundancia, y la alegría de los convidados igualaba la sinceridad de sentimientos que los unía.


Es imposible formar idea del interesante espectáculo que ha ofrecido Chile desde el 11 hasta el 16 por la noche: la variedad y brillantez de los fuegos de artificio, las iluminaciones públicas, las músicas y coros patrióticos que se encontraban por todas partes, las danzas y pantomimas que formaban los 15 gremios de la ciudad, y la maestranza compuesta de 580 hombres, vestidos con variedad en las formas pero con uniformidad en los colores, para guardar consonancia con los del pabellón; los carros triunfales que estos conducían llevando cada uno de ellos diferentes símbolos que representaban la Fama, el árbol de la Libertad, la América, y otros objetos análogos a estos días; la bandera tricolor, que puesta en las fachadas de todas las casas al lado del pabellón argentino ofrecían un golpe de vista tanto más agradable a los ojos cuanto era más interesante a los espectadores, el contemplar la eterna alianza que existirá entre ambos Estados, y la sinceridad con que están resueltos a sostenerse recíprocamente en cualquier peligro; todo este conjunto de ideas y representaciones, excitaban un entusiasmo capaz de enajenar la apatía misma.


(Documentos del Archivo de San Martín, Tomo XI)



O'Higgins no estuvo presente en la jura de Santiago, porque preparaba los movimientos defensivos que aconsejaba la marcha de Osorio hacia el Norte, desde Talcahuano. Entretanto, San Martín organizaba las fuerzas de Santiago y Valparaíso. Los españoles entraron en Talca. San Martín avanzó con el ejército sobre esa ciudad, dispuesto a presentarles batalla. Acampó en un sitio próximo, denominado Cancha Rayada, donde los españoles le atacaron en la noche, dispersando su ejército. La sorpresa de Cancha Rayada ha sido relatada por algunos de sus actores, entre ellos el mismo general Las Heras que, sin duda, desempeñó el papel principal en la salvación del ejercito independiente. Damos preferencia al relato del coronel Hilarión de la Quintana, no por considerarlo más exacto, sino porque tiene más animación y movimiento.



Cancha rayada


Se recibió noticia de que una expedición de Lima venía a desembarcar en la costa de San Antonio, al O.S.O. de Santiago. El general San Martín dispuso mandar una división compuesta de tropas del ejército de los Andes, y chilenas, al lugar de las Tablas, inmediato a Valparaíso, al mando del general D. Antonio Balcarce, yendo yo de mayor general; pero se supo que los españoles habían sido reforzados en Talcahuano, ochenta leguas al sud, y que se preparaban a atacar al general O'Higgins. Marchamos, pues, en aquella dirección con prevención al director de que podría replegarse sobre nosotros, si fuese acometido, lo que en efecto sucedió. Nos unimos cerca de Talca, y nos dirigimos al enemigo; llevábamos nosotros una quebrada, y los españoles traían otras a nuestra derecha; ellos hubieran sido precisamente cortados; pero desgraciadamente los rancheros del regimiento del jefe D. Rudecindo Alvarado, se quedaron algún tiempo a retaguardia, faltando a las órdenes generales del ejercito, y, errando el camino, tomaron el que seguía el enemigo; fueron sorprendidos, y por ello descubierta nuestra ruta.


Retrogradaron los españoles, y sabido este movimiento, hicimos una marcha forzada para ocupar la salida única que tenían hacia Talca. El 19 de marzo a la tarde, pasamos el río Lontué, bastante caudaloso y rápido, poniendo la caballería para que quebrase la fuerza de la corriente, y para que a su amparo atravesase la infantería, enlazados del brazo unos soldados con otros.


Luego que pase, busque al general San Martín, y lo encontré reclinado bajo un matorral, y cubierto con una manta, por los ardores del sol. Observé que la caballería, al mando del general Balcarce, había echado pie a tierra. Insté al general que diese la orden de marchar para alcanzar y concluir al enemigo; le hice presente ser el día de su cumpleaños, circunstancia favorable para que los soldados obrasen con entusiasmo; pero él me señaló el estado de la caballería. Sin contestarle, me dirigí al general de esta arma y éste me dijo que esperaba a que acabase de pasar la infantería. Le dije que esto estaba ya hecho y que sería seguido inmediatamente.


De estas demoras, resultó que los enemigos pudieron salir de la garganta en que venían, y formasen para que nuestras tropas les encontrasen ya de frente, en un terreno que aquéllos conocían bien, pues lo acababan de dejar. Atacó el general de caballería, pero las zanjas y contra-zanjas la desordenaron; entonces el enemigo la cargó por donde conocía serle más favorable el campo, y con esta ventaja, no sólo la enredó, sino que la hizo en parte volver caras. Este suceso era inesperado; la caballería enemiga era de 600 hombres escasos, y la nuestra de 1.400 y más soldados, todos selectos, constando nuestra infantería de 6.000 plazas.


Este acontecimiento funesto de la tarde, fué precisamente el que preparó la catástrofe en la sorpresa de la noche, pues desmoralizada la caballería, ni pudo obrar, ni se halló en estado de dar un buen ejemplo al resto del ejército.


En una obra que se ha publicado en Buenos Aires sobre las campañas del general Arenales, se hace referencia a la jornada de Cancha Rayada, y se dice ser célebre “por las particulares circunstancias que la caracterizaron, y por la brillante retirada que ejecutó el general Las Heras, salvando 4.000 hombres de la ala derecha que estaba a sus órdenes, con un buen tren de artillería”. El autor de esta obra quiere aparecer instruido a fondo de estos sucesos; sería de desear que ilustrase la materia. Entre tanto, yo que estuve en esa jornada, voy a describirla como realmente acaeció.


La derecha de nuestro ejército estaba a mi mando, y no al de Las Heras, y la izquierda al del general O'Higgins. Yo había formado en batalla, y viendo que el enemigo se dirigía hacia mi ala, envié a los ayudantes a decir a nuestra caballería desordenada c interpuesta, que le haría fuego si no pasaba inmediatamente a retaguardia, por el claro que quedaba entre mi fuerza y la del general O'Higgins.


Nuestra situación era a corta distancia de Talca, en dirección hacia el N.E. Nuestra artillería rompió un fuego vivísimo, y contenido el enemigo por la vista de nuestras columnas, logró retirarse y entrar en la ciudad.


Llegada la noche, variamos nuestras posiciones: vino a mí el ingeniero D. Antonio Arcos para situar el ala de mi mando; en esta operación tardó demasiado tiempo y me detuvo, ya por razón de reconocer el terreno, ya por exigirme banderolas para alinear la tropa. No dudaba yo que el enemigo en esa noche intentaría una sorpresa, tanto por el suceso inesperado de la tarde, como porque le era imposible pasar en la obscuridad el caudaloso río Maule para tomar el lado del sud.


Situado, al fin, al norte de Talca, llame los ayudantes de los cuerpos (no los tenia jamás particulares desde la jornada de Sipesipe), y di la orden para que cada cuerpo pusiese 25 hombres al otro lado del Zanjón que teníamos al frente, y que aquéllos adelantasen centinelas, los que en caso de ataque hiciesen fuego y se replegasen todos a la línea, manteniéndose entre tanto los cuerpos en descanso, pero sin salir de la formación, ni fumar.


Di por señal de fuego un redoble a la cabeza, que repetiría cada regimiento y por la de cesar dicho fuego, otro redoble a la cabeza. Tenía yo también mi artillería competente.


A las 8 de la noche, rompió el fuego el enemigo: le contestamos; pero se oyeron voces de que lo hacíamos sobre nuestra ala izquierda que se suponía en marcha variando de posición, y lo mandé cesar. D. Juan Gregorio Las Heras, comandante del batallón N9 11, notó que el costado derecho de la división no estaba cubierta por caballería. Llamé dos ayudantes para avisar al general que mi costado derecho estaba descubierto, y tardando éstos, porque sus caballos se habían espantado, me resolví a partir en persona a esta diligencia que no permitía demora, y dije a Las Heras que volvería pronto.


Al separarme, me avisó el comandante de la artillería que no tenía municiones a causa del fuego de la tarde. ¡Cuál sería mi incomodidad! Le hice notar su descuido en esperar aquella hora para dar este aviso, y le hice responsable de esta falta; pero ya era doble motivo para fiar a mí solo el remedio a los dos males tan urgentes.


Llegaron los ayudantes del regimiento Nº 11 y salí con ellos; al llegar a mi costado izquierdo, vi la tropa no muy en orden, a pesar de que no había silbado aún entre nosotros una bala enemiga; sobre lo que hice las advertencias convenientes a su jefe. Seguí costeando al E. la retaguardia de mi división para que los ayudantes, que ya conocían el terreno, despuntasen la zanja que daba vuelta al S.E. como se hizo; volví sobre el Sud, donde estaba el fuego del enemigo, para buscar el cuartel general situado en un cerro pequeño a cuya vanguardia había estado yo en la tarde.


El enemigo dirigía sus fuegos sobre mi camino, y entonces era que nuestra ala izquierda empezaba a moverse. Encontré al comandante D. Mariano Necochea formado, quien, reconvenido porque no se había unido a mi división, me contestó que no había recibido orden al efecto, y que no sabía del general.


Me dio un soldado que le pedí, con calidad de ser el más valiente, y mandé a uno de los dos ayudantes, Quiroga, a saber el estado de mi división. Más adelante, hallé también formado al comandante Viel, quien me dio las mismas contestaciones que el referido Necochea. Volvió Quiroga con la noticia de que el ala derecha de mi mando había abandonado su posición. De todos estos sucesos intermedios fué testigo el mismo Necochea, y no sé si también Viel.


Se presentó entonces el general San Martín con su escolta, y otro ayudante (creo que a su presencia) ratificó la ausencia del ala de mi mando. El comandante del S., D. Enrique Martínez, que había quedado en el cerrito que dije antes, venía, (dudo si con orden para ello) retirándose formado en cuadro, y el enemigo había suspendido ya sus fuegos.


El campo era todo confusión; entre tanto, inclinándome sobre la silla, descubrí la inmediación de los enemigos sobre nosotros. El general San Martín y D. Enrique Martínez, aseguraban que no había sino un corral o palizada; pero yo me mantuve en mi juicio anterior, porque antes de ponerse el sol había pasado por allí, y no había visto semejante estacada; repetí mi advertencia y se me contestó lo mismo. En el momento sonó el toque de degüello y haciendo fuego nos dieron una carga: se les contestó, y Necochea y Viel con sus cuerpos de caballería los acometieron y contuvieron. La infantería de Martínez seguía en retirada, a pesar de los esfuerzos que hacía el general para contenerla, la que emprendimos los demás luego que se nos replegó la caballería, defendiéndonos así (en retirada) una larga distancia de varias cargas, hasta que cesaron.


Habíamos sufrido el fuego de artillería que nos hacían (según creo, aunque no lo puedo asegurar) las piezas que habían caído en poder del enemigo en el cerrito. Zanjas escarpadas, tropiezos en bestias cargadas, ya andando, ya tiradas sobre el campo, todo expresaba nuestra derrota.


Era imposible que guardásemos unión: una zanja hondísima y a pique, no nos dejaba lugar sino de defendernos de no ser oprimidos por las muías que subían o caían cargadas desde su borde... así es que el cuerpo de Martínez, se nos separó; pero el enemigo había ya dejado de perseguirnos.


Quedó abandonado un parque inmenso y útiles de guerra sin número. Seguimos nuestra retirada, y al amanecer nos sorprendimos agradablemente al reunimos con el general O'Higgins, que iba con sus ayudantes, aunque herido en un brazo. Supimos que mi división, con parte de la de dicho general O'Higgins, iba marchando por nuestra izquierda. Llegamos a San Fernando, que encontramos abandonado, y el depósito de nuestros equipajes saqueado. Al día siguiente se nos presentó Las Heras. Algo desazonado el general con Brayer, oficial francés, que había hecho de mayor general, y a quien, no sé si con razón o sin ella, se atribuía no haber colocado bien las centinelas avanzadas en la noche de la sorpresa, me encomendó aquel cargo y comisionó a Las Heras para que siguiese conduciendo la división.


Hilarión de la Quintana.



La dispersión de Cancha Rayada, pudo ser fatal para la independencia de Chile y eclipsar el nombre de San Martín. El general Tomás Guido, (Revista de Buenos Aires, tomo III) refiere así el efecto producido en Santiago por la derrota.



Después de cancha rayada


Corría el año de 1818. La independencia de Chile acababa de jurarse solemnemente en la plaza principal de Santiago (en cuyo acto me cupo la honra de llevar en mis manos la noble bandera del nuevo Estado, como representante de las Provincias Unidas, asistiendo más tarde a igual ceremonia en la ciudad de Lima, al lado del general San Martín), cuando este ínclito Jefe se puso en marcha hacia el Sur. Era su intento concentrar las fuerzas que venían retirándose de Concepción, y marchar con ellas al encuentro del general Osorio, que avanzaba a la cabeza de las fuerzas realistas. Tuve entonces el honor de acompañarlo, hasta que llegando al río Lontué, formuló su plan estratégico y me envió con urgentes encargos, que tenían por objeto fortalecer la base de sus operaciones; y entre ellos el de obtener del general don Luis de la Cruz, Supremo Director interino de la República de Chile, la inmediata reunión de las milicias que debían estar prontas a salir a campaña en cualquier eventualidad azarosa, y acumular poderosos elementos con que levantar el bloqueo de Valparaíso, mantenido por buques de guerra de la escuadra española.


Me hallaba yo en Santiago en ejecución de las órdenes de nuestro general y próximo a trasladarme a Valparaíso, plenamente autorizado por el gobierno para organizar fuerzas marítimas con que destruir o alejar sin tardanza la escuadra bloqueadora, cuando empezaron a llegar en tropel los primeros dispersos, de los que se salvaron de la sorpresa en la funesta noche del 19 de marzo. Es fácil comprender la confusión y sobresalto propagado en una población, donde en lugar de un tremendo revés, se aguardaba confiadamente una victoria espléndida, haciéndose preparativos costosos para festejarla con suntuosidad.


La crisis en verdad presentábase con síntomas aterradores. El peligro de caer de nuevo bajo el absolutismo de un enemigo engreído con su triunfo, inquietaba vivamente aun a los más firmes patriotas. Fue entonces que el Supremo Director del Estado, penetrado de la grandeza de su deber, se lanzó a emplear todo medio eficaz para levantar los ánimos consternados y prepararse a la defensa. Por mi parte, colocado en una posición excepcional, ya como representante de las Provincias Unidas y confidente de los designios del general San Martín, ya como americano ardorosamente empeñado en la empresa que acometíamos, creí llegado el momento de redoblar mis esfuerzos. Me apresuré desde luego a pedir al gobierno medidas instantáneas, con que restablecernos del quebranto sufrido, con cuanto material y tropa pudiese reunirse para reforzar el ejército.


Por fortuna de la causa de América, el general Cruz, dotado de cualidades eminentes y de la fortaleza necesaria para hacer frente a las más graves circunstancias, desplegó la actividad reclamada por las exigencias del momento; exaltó con su ejemplo y su palabra el entusiasmo nacional» y secundado eficazmente y con extraordinaria actividad por el animoso coronel don Manuel Rodríguez, adoptó sin vacilación resoluciones vigorosas.


Muy pronto empezaron a reunirse en mi alojamiento jefes notables de diferentes armas, que extenuados de fatiga en el empeño de volver a la disciplina a la tropa dispersa, se restituían a sus cuarteles a espera de las órdenes del general en jefe, cuyo paradero ignoraban; no sabiendo tampoco la dirección que hubiese tomado la fuerte columna mandaba por el valeroso coronel Las Heras, que salvó intacta de la sorpresa, por la posición que ocupaba al caer el enemigo en nuestro campo.


Para definir y aclarar esta crítica situación, pedí también al Supremo Director, convocase instantáneamente a junta popular a todos los jefes reunidos en la capital, entre los que sobresalía el teniente general conde Brayer, veterano del imperio francés, que, viniendo del campo de batalla, fue también mensajero del terrible fracaso.


El general Cruz no vaciló un momento en acceder a mis instancias. Convocó y reunió en palacio a ciudadanos distinguidos que residían en la capital, y exponiendo en plena sala desembozadamente los peligros que amenazaban la patria, les pidió parecer, con la indeclinable protesta de poner en juego todos los recursos de la República, hasta exterminar al enemigo que se juzgaba vencedor. Esta enérgica promesa contribuyó eficazmente a reanimar aun a los más desalentados, que le prometieron su cooperación.


Y aquí es la ocasión de mencionar un incidente grave, ocurrido en esa reunión, por la trascendencia que pudo tener, en medio de la agitación pública. Sobresalía como he dicho, entre los concurrentes, el general Brayer, quien acababa de desempeñar en nuestro ejercito las funciones de jefe de Estado Mayor, y que había presenciado el contraste de la noche del 19. Considerándolo el Director Cruz, de los más competentes por su experiencia militar y gloriosa carrera en el imperio, se dirigió a él de los primeros, para que, como actor en el teatro de la guerra, expusiera francamente si le parecía remediable nuestra desgracia, adelantándose el enemigo a marcha forzada hacia la capital en persecución de nuestra tropa desbandada.


El general no titubeó en responder a esta interpelación con la autoridad de un militar experto: “que dudaba mucho pudiésemos rehacernos de la derrota sufrida, y que por el contrario la completa desmoralización del ejercito y el estrago causado en sus filas, disipaban, según el, toda esperanza de reparar el golpe”. Fácil es imaginarse la impresión que en aquellos momentos dejaría en la asamblea la opinión emitida por un jefe tan competente; y era menester combatirla en precaución del desaliento que debía producir.


En mi situación especial por la razones expuestas, y pugnando contra mis opiniones las emitidas por el general Brayer, creí de mi deber contestarle de manera a desvanecer apreciaciones desanimadoras, precisamente en el trance en que era necesario apercibirnos para una resistencia obstinada. —“V. S. no puede, le dije, juzgar del estado del ejercito en retirada, después de la sorpresa que lo fraccionó, por haber dejado el campo bajo la impresión de un irreparable desastre. —¿Ignora V. S. que aun existe nuestro impertérrito jefe? Pues bien, yo puedo asegurar a esta asamblea con irrefragables testimonios que poseo, que el general San Martín, aunque obligado a replegarse a San Fernando desde Cancha-Rayada, dicta las más premiosas órdenes para la reconcentración de las tropas y reunión de las milicias. Además, viene también en marcha una división del ejército que quedó entera en el asalto de las tropas realistas, tomándose al mismo tiempo con partidas distribuidas por el Directorio, todas las avenidas de la cordillera, por donde pudieran evadirse los soldados dispersos. No hay pues, señor general, razón para temer que no veamos pronto nuestro ejercito en estado de combatir y de conquistar la victoria con el apoyo y energía del país, decidido a todo sacrificio por mantenerse independiente”.


No bien había concluido mi contestación al general, cuando vinieron en auxilio calurosos acentos que fortificaron la confianza en los ánimos, y todavía rebosa en mí el contento, al recordar la fe patriótica con que fue combatido el inesperado dictamen del general Brayer, y desvanecida la zozobra del pueblo.


Algunos días después el general San Martín levantó su cuartel general en San Fernando y se puso en camino hacia la capital. Decidíme entonces a alcanzarlo en marcha, y en la noche que atravesaba el extenso llano de Maipú, logré juntarme con él a eso de las ocho. Apenas recibió mi saludo, acercó su caballo al mío, me echó sus brazos, y dominado de un pesar profundo me dijo con voz conmovida:


“¡Mis amigos me han abandonado, correspondiendo así a mis afanes!”


—“No, general, le respondí interrumpiéndole, bajo la penosísima impresión de que me sentí poseído al escucharlo; rechace Vd. con su genial coraje todo pensamiento que lo apesadumbre. Sé bien lo que ha pasado; y si algunos hay que sobrecogidos después de la sorpresa le hubiesen vuelto la espalda, muy pronto estarán a su lado. A Vd. se le aguarda en Santiago como a su anhelado salvador. Rebosa en el pueblo la alegría y el entusiasmo al saber la aproximación de Vd. El general Cruz excita con celo infatigable el espíritu nacional. Rodríguez no sosiega. Por mi honor que no exagero; los jefes reunidos le esperan como a su Mesías y será Vd. recibido con palmas. He venido exprofeso a avisárselo a Vd. y a pedirle sus órdenes.” El general me escuchó con bondad, y dándome las órdenes muy decisivas, me previno partiese en el acto a ejecutarlas y le esperase en su alojamiento de Santiago, Pero al separarme me dijo serenado: —“Vaya Vd. satisfecho, mi amigo, y le prometo recobraremos lo perdido y arrojaremos del país a los chapetones.” ¡Palabras proféticas pronunciadas ante las estrellas en el mismo campo donde días después se rompió para siempre el yugo secular que pesaba sobre el bello Chile! Lo que sintió mi alma en aquel momento no tiene otra medida que la de mi intenso cariño al general y mi febril anhelo por el triunfo de nuestra causa americana. Corrí a cumplir mi comisión. El recibimiento que se hizo luego al general San Martín, ha sido descripto por el coronel Olazábal con los colores que reflejan la verdad de un hecho, no menos, digno de un eterno recuerdo que lo es el denuedo de los valerosos Chilenos, prontos a la voz de la autoridad y a engrosar las filas de los defensores de la patria. ¡Ojalá más tarde la noble y patriótica conducta en aquellos momentos del inolvidable coronel Rodríguez, le hubiera escudado de caer víctima de las pasiones ensañadas!


Tomas Guido.



Antes de un mes, el 1 de abril, estaba San Martín con su ejército reorganizado, en el campo de Maipú, listo para librar la batalla decisiva contra las fuerzas españolas de Osorio. Entre los visitantes que le saludaron en su tienda de campaña, antes de iniciarse el combate, estaba un agente del gobierno norteamericano, Mr. Worthington, que remitió a su ministro en Washington un informe muy detallado sobre la personalidad de San Martín, hemos traducido para esta obra de la colección titulada Diplomatic correspondce of the United States, concerning the independence of the Latin American Nations. Selected and arranged by William R. Manning. Vol. I. New York. 1925.



San Martín visto por un agente norteamericano


San Martín es una personalidad sobre la cual es necesario que Vd. tenga todos los datos que estoy en condiciones de hacerle conocer, aunque no sean muy prolijos ni nada parecido a una biografía regular. Sin embargo, trataré de esbozar algunos de sus rasgos más salientes. Es nativo de la región del Virreinato de Buenos Aires colonizada en forma tan original por los jesuitas y que se llama el territorio de Misiones. San Martín vio la luz en un pueblo denominado Yapeyú. Tiene, según creo, 39 años; es hombre bien proporcionado, ni muy robusto ni tampoco delgado, más bien enjuto; su estatura es de casi seis pies, cutis muy amarillento, pelo negro y recio, ojos también negros, vivos, inquietos y penetrantes, nariz aquilina; el mentón y la boca, cuando sonríe, adquieren una expresión singularmente simpática. Tiene maneras distinguidas y cultas y la réplica tan viva como el pensamiento. Es valiente, desprendido en cuestiones de dinero, sobrio en el comer y beber; quizás esto último lo considere necesario para conservar su salud, especialmente la sobriedad en el beber. Es sencillo y enemigo de la ostentación en el vestir, decididamente retraído y no le tienta la pompa ni el fausto. Aunque un tanto receloso y suspicaz, creo que esta personalidad sobrepasa las circunstancias de tiempo en que le ha tocado actuar y las personalidades con quienes colabora. Habla francés y español y fue ayudante del Marques de la Solana en la guerra peninsular. Tiene predilección por el arma de caballería, en la que se distinguió por primera vez en la batalla de San Lorenzo. Confía mucho, según creo, en sus cualidades de estratego como militar y en su sagacidad y fineza en materia de partidos y de política; sin embargo parece haber encontrado en sus cualidades militares los mejores y más eficaces medios para seguir adelante. Me temo que si lo hacen Director, en Buenos Aires no tardará en descubrir algún complot y si ocupa el sillón de gobernante aunque sea por un año, su salud, lo mismo que su fama, sufrirán mucho, si no resultan destruidas para siempre. Cuando se reconcentra demasiado en asuntos políticos y diplomáticos, suele sufrir hemorragia de los pulmones y es de natural predispuesto a la melancolía, con alguna sombra de superstición. Sin embargo, en materia de religión es liberal y ha sido el primero en ocuparse de que sean tolerados los matrimonios de extranjeros no católicos con señoritas sudamericanas pertenecientes a esa religión, sin que se obligue a cambiar de credo a los maridos. Es verdad que en un gran Te Deum le he visto conducirse con una especie de estudiada formalidad y no pude menos de recordar en determinado momento a Oliverio Cromwell, porque San Martín debe darse cuenta de que muchas de esas costumbres y ceremonias religiosas son contrarias a la nueva situación creada, si es que en realidad se trata de liberarse del Rey de España y del Papa de Roma. Mi primera entrevista con él tuvo lugar después del desastre de Talca (Cancha Rayada). Me pareció que lo había conmovido mucho, pero lo soportaba como un hombre. Yo había recibido la adjunta carta original que me escribió desde San Fernando y que instruirá a Vd. sobre su cortesía de maneras, etc. En cuanto a las cartas a que se refiere y que me fueron dadas por personas muy distinguidas de Buenos Aires, debo decir que la esposa del general fue tan amable que me dio una carta de presentación muy gentil para el. Cuando llegué a Buenos Aires, no tenía más que una carta conmigo y era del Departamento de Estado para Mister Halsey. Cuando partí de esa ciudad para Chile, llevaba todo un baúl de ellas.


En mi primera visita, me sentí muy bien impresionado por el general y antes de pedir permiso para retirarme, le dije:


—Señor, quisiera manifestar a Vd. algo por lo cual le pide previamente disculpas. Parece que en diversas oportunidades, Vd. ha creído que los norteamericanos venidos a Sudamérica con el general Carrera, le son a Vd. hostiles, y ha obrado de acuerdo a esa convicción. Yo estoy seguro de que, tratados ellos de otra manera, hubieran sido sus amigos; la misma adhesión al general Carrera, demostraría la firmeza de sus principios, y puesto que venían a servir a la causa de América y no a Carrera, habrían sido tan fieles a Vd. como lo han sido a él, de haber sido tratados, no como partidarios de Carrera, sino como voluntarios de la causa americana.


Este era un asunto muy delicado pero yo iba dispuesto a terminar con él.


San Martín me respondió un tanto alterado;


—¿Sabe Vd. que había dos partidos en Chile?


—Si, le contesté, y por lo mismo creo que la mejor política consistiría en fortalecer su partido de Vd. con elementos del bando opuesto, en vez de irritarlos o anularlos.


El general respondió con afabilidad:


—Bien, ya pensaremos todo eso.


Lo cierto es que, después, ha dispensado atenciones y favores a algunos de esos jóvenes que en un principio le habían sido sospechosos.


Poco antes de iniciarse la batalla de Maipú, lo visité en su tienda. Estaba muy ocupado, pero le presenté dos oficiales que me acompañaban, uno suizo y otro norteamericano. Recordando que en Talca (Cancha Rayada) le habían tomado de sorpresa, me aventuré a decirle —Parece, General, que Osorio avanza con mucha precaución... Por el énfasis con que me contestó, comprendí que había comprendido mí intención. Nons le verrons... fue toda su respuesta y no en tono de duda, antes bien como si tuviera puestos los ojos sobre el enemigo. Me acompañó hasta fuera de la tienda y me agradeció —dijo— el honor de mí visita. Al estrechar su mano y en momentos en que el choque de los ejércitos parecía inminente, le dije:


—De esta batalla, Señor General, depende, no solamente la libertad de Chile, sino acaso de toda la América Española. No sólo Buenos Aires, Chile y Perú tienen los ojos puestos en Vd. sino todo el mundo civilizado. Dije esto sin presunción y con cierta tímida solemnidad, como lo sentía, y como lo sintió el, por la forma en que escuchó mis palabras, y luego se inclinó y se volvió a su tienda.


Vi a San Martín después de la batalla de Maipú, porque estuve por la noche a congratular al Director. San Martín estaba sentado a su derecha. Me pareció despreocupado y tranquilo. Vestía un sencillo levitón azul. Al felicitarlo muy particularmente por el reciente suceso, sonriendo con modestia, me contestó: — Es la suerte de la guerra, nada más.


Acompaño a Vd. la proclama que dio después de la derrota de Candía Rayada; me parece que es una muestra de sinceridad, no diferente al reconocimiento que hizo Napoleón de su desastre en la Campaña de Rusia. Le he visto en otras ocasiones —como lo tengo escrito— después de su vuelta de Buenos Aires (a través de los Andes). Estuve con el en casa del Director y demostró particular alegría en saludarme. Como yo sabía que estaba afectado de una hemorragia de los pulmones o del estómago, le expuse mi satisfacción, por cuanto había llegado bien. —Sí señor, gracias a Dios, me contestó. Según mis noticias, su salud mejora siempre en el clima despejado y seco de Chile.


Concurrí también n la colocación de la piedra fundamental de una iglesia o capilla en los llanos de Maipú. El acto tuvo gran solemnidad. Formaron las tropas con cañones y músicas; asistieron el Obispo y el clero; el Director, el general San Martín y casi todos los habitantes de la capital. Yo llegue al campo mientras el Director, el general San Martín y oficiales estaban en un almuerzo campestre, dentro de un edificio arreglado al efecto. Entre poco después y los encontré comiendo, sin platos, y casi todos con una pierna de pavo en una mano y con un trozo de pan en la otra. En seguida me invitaron a participar de la comida. San Martín, levantándose, me ofreció un trozo de pan y otro de pavo, que tenía ante él. Brindé con el Director, bebiendo hasta la última gota de un vaso de vino Carlón, a la usanza soldadesca. Estaban los oficiales vestidos de gala, con insignias y medallas.


Con lo que dejo escrito estará Vd. en condiciones de formar una opinión sobre el Héroe de los Andes, a quien considero el hombre más grande de los que he visto en la América del Sur; creo que, de haber nacido entre nosotros, se hubiera distinguido entre los republicanos; creo también que, si se dirige al Perú, habrá de emanciparlo y que será el Jefe de la Gran Confederación.


W. G. D. Worthington.



La descripción más viva y colorida sobre la batalla de Maipú, se debe a la pluma de Samuel Haigh, ya citado, que estuvo presente en la acción al lado de San Martín.



La batalla de Maipú


La mañana del domingo 5 de abril, la época más deliciosa del año en Chile, ni una sola nube obscurecía el brillante y eterno azul del firmamento; los pájaros cantaban y los azahares esparcían un perfume delicioso en la brisa; había esa balsámica suavidad del aire tan propia del clima; las campanas llamaban a misa y un sentimiento religioso se deslizaba en los sentidos al unísono con la santidad del día; parecía sacrilegio que tan santa quietud se interrumpiese con estrépito de batalla.


A pesar de esto, yo sabía que así sucedería; por consiguiente, envolviendo una muda de ropa y una frazada doblada en mi capa, y atándola en la montura, me arme con un par de pistolas y un sable, monte a caballo, con sólo tres doblones en el bolsillo, y fui a unirme con mis compatriotas Barnard y Begg. Pronto estuvieron equipados y armados como yo, y salimos de la ciudad en dirección al ejercito patriota. Sentí algo como satisfacción al dejar la ciudad esa mañana, pues pocas horas pondrían fin al estado agonizante de esperanza y temor que había alternativamente agitado a todos desde el desastre de Cancha Rayada. En efecto, muchos de los habitantes de Santiago estaban medio locos. Cuando entramos en el llano, como a una legua de la ciudad, oímos los primeros cañonazos, a largos intervalos, pero, llegando a la posición patriota, encontramos los dos ejércitos empeñados encarnizadamente y el fuego era un solo rugido prolongado.


Los movimientos de la mañana fueron los siguientes; Cuando despuntó el alba, en el día decisivo, grande para los destinos de la libertad y de Chile, se descubrió el enemigo marchando desde Espejo, y, por un movimiento de flanco, a punto de ocupar el camino de Santiago. La intención de Osorio parece haber sido colocarse entre la ciudad y el ejército patriota, con lo que consideraba mejorar notablemente su posición. San Martín inmediatamente hizo mover su ejército y avanzó hacia el enemigo en columnas cerradas y, mediante una marcha rápida, llegó a tiempo de frustrar esta maniobra de ocupar el camino principal. Osorio, entonces, hizo alto y tomó posición sobre la lomada, frente a la chacra de Espejo, en el orden siguiente:


Su derecha fue ocupada por el regimiento de Burgos y su izquierda por el Infante Don Carlos; el centro lo formaban las tropas sacadas de Perú y Concepción; estaban en columnas cerradas, flanqueadas por cuatro escuadrones de dragones a la derecha y un regimiento de lanceros a la izquierda. El terreno que ocupaban era el borde de una loma que se extendía cerca de una milla, y en su extrema izquierda había un montículo aislado en el cual habían emplazado cuatro cañones y unos doscientos hombres. Su número subía a más de seis mil.


El ejército patriota se dispuso en columnas, como sigue: Su izquierda la mandaba el general Alvarado; el centro el general Balcarce; la derecha el coronel Las Heras, y la reserva el general Quintana. La acción comenzó como a las once y se inició por la artillería patriota de la derecha; el cañoneo fue a intervalos sobre la izquierda realista que avanzaba; y antes de las doce, la acción se hizo general. Cuando los del infante Don Carlos descendían la loma, recibieron el fuego muy destructor de la artillería del coronel Blanco, cuyos efectos eran visibles a cada cañonazo, llevando la destrucción y el desaliento a sus columnas. La batalla aquí fue bien disputada y estuvo indecisa mucho tiempo. El coronel Manuel Escalada, con un escuadrón de Granaderos a Caballo, cargó al montículo en que estaban emplazadas las cuatro piezas de artillería y las tomó; los cañones en seguida fueron apuntados contra sus dueños primitivos.


A la derecha los realistas sacaron ventaja; el nutrido y bien dirigido fuego del regimiento de Burgos, introdujo confusión en el ala izquierda patriota compuesta principalmente de negros, y fueron al fin completamente dispersados, dejando cuatrocientos cadáveres en el campo de batalla. En este momento crítico, la reserva —al mando de Quintana— recibió orden de atacar. El Burgos avanzó tan rápido que se desordenó en parte y se había retirado algo para formarse, cuando la reserva patriota se lanzó sobre él, sufriendo un fuego mortífero dirigido con admirable precisión y efecto; y con tanta regularidad como si se tratase de una parada; éste fue sin duda el momento más dudoso de la acción, y así fue considerado por Quintana que, reforzado por un escuadrón de Granaderos a Caballo, dio la orden de cargar.


El choque fue tremendo, cesando el fuego casi de golpe y ambos bandos cruzaron bayonetas. Los gritos repetidos de “¡Viva el Rey! ¡Viva la Patria!” demostraban que cada pulgada de terreno era disputada desesperadamente; pero, a causa del polvo y humo, difícilmente podíamos saber de que lado se inclinaba la victoria. Finalmente el grito realista enmudeció, y el avance de los patriotas con grandes vítores de “Viva la Libertad” proclamaban que la victoria era suya.


Cuando el Burgos se apercibió de que sus filas estaban rotas, abandonaron toda idea de resistencia ulterior, y huyeron en todas direcciones, aunque principalmente hacia el Molino de Espejo. Fueron perseguidos por la caballería y despedazados sin piedad. En efecto, esta virtud había sido desterrada de los pechos en ambos bandos. La carnicería fue muy grande y me decían algunos oficiales que habían servido en Europa, que nunca presenciaron nada más sangriento que lo ocurrido en esta parte del campo de batalla.


Mas o menos, al mismo tiempo que se efectuaba la carga contra el ala derecha enemiga, el coronel Las Heras había destruido la izquierda, que se retiraba igualmente hacia Espejo. En el centro la acción se sostuvo con gran determinación hasta que, dándose cuenta de que ambas alas estaban en derrota, los españoles cedieron y el desastre se hizo general, retirándose todos a todo correr hacia Espejo.


Esta hacienda tiene tres corrales y está rodeada por tapias macizas, capaces de proteger dos mil hombres; y es sorprendente que los realistas no sostuvieran esta buena posición, pues su defensa era muy practicable y les habría economizado muchas vidas y quizás habilitado para capitular en condiciones honrosas; sin embargo, perdido todo orden, solamente pensaron en salvarse.


Los patriotas al mando de Las Heras, avanzaban por el callejón que conduce a las casas y, al aproximarse, los realistas levantaron bandera blanca desde la ventana que hay encima de la entrada, pidiendo capitulación, que se otorgó, cuando acto continuo las puertas fueron voladas por un cañonazo con metralla, disparado desde el patio. Los patriotas, naturalmente, ya no dieron cuartel e instantáneamente cargaron; siendo recibidos por un nutrido fuego de mosquetería que se hacía desde puertas, ventanas y todas las troneras de la casa. Sin embargo, esto solamente duró breve tiempo, pues los patriotas entraron en gran número y rápidamente desalojaron al enemigo.


Los realistas ya no hicieron más resistencia; la voz de orden era ¡Sálvese el que pueda! y hacían esfuerzos por salir de la casa con la rapidez posible, pero fueron perseguidos y masacrados por el implacable enemigo. Hay un gran viñedo detrás de la casa por donde huyeron muchos realistas, pero a estar al cómputo más bajo, quinientos hombres perecieron en la hacienda y el viñedo.


La linda hacienda de Espejo presentaba un horrible cuadro después del combate; las puertas y ventanas perforadas por balas de mosquete; los corredores, paredes y pisos, con porciones de sesos y coágulos y salpicaduras de sangre, y todo el lugar, dentro y fuera, cubierto de cadáveres. La casa estaba llena con el bagaje del ejército español, y el saqueo fue inmenso. Muchos soldados se enriquecieron durante la acción y es lamentable que varios oficiales atendieran más a sus bolsillos que al éxito de la jornada; ocurrieron algunos casos de rapacidad que ahora no es necesario mencionar; pero la conducta en general de oficiales y soldados fue admirable; combatieron desesperada y entusiastamente, “con corazones por la causa de la Libertad y manos para el golpe de la Libertad”.


Parte del regimiento de Burgos se había retirado a una eminencia donde no podía maniobrar la caballería patriota; éstos capitularon y cayeron prisioneros.


En el período de la acción, en que el Burgos fue derrotado, mister Barnard y yo (que estábamos en el estado mayor del general San Martín) nos hallábamos a caballo junto a aquel general, cuando el capitán O'Brien regresó de la carga y anunció la victoria. Entonces el general nos pidió fuéramos en busca del coronel Paroissien, cirujano principal de las fuerzas, a quien deseaba ver inmediatamente; en consecuencia recorrimos el campo de batalla en varias direcciones y dimos con un molino, distante media milla a retaguardia del ejército, donde encontramos al coronel entregado a sus deberes profesionales.


Se había convertido el molino en hospital de sangre durante la acción y el patio del frente estaba lleno de heridos, principalmente negros, que habían sido recogidos del campo de batalla. El cirujano principal estaba amputando la pierna de un oficial que había sido destrozada por una bala de mosquete, y tenía sus manos cubiertas de sangre. Al transmitirle la orden del general, el coronel (una vez terminada la amputación), escribió un despacho para O'Higgins, en Santiago, pidiéndome me encargara de llevarlo, e informase también al Director que se necesitaban carros y carretas para llevar heridos a los hospitales de la ciudad.


El pedazo de papel en que se escribió el despacho, fue recogido del suelo y estaba manchado de sangre. Dejé el molino, galope para la ciudad y en breve tiempo llegué a la Cañada, gran arrabal en el camino de Valparaíso. Aquel día la ciudad estaba casi despoblada de habitantes, que se habían situado en este suburbio donde estaban esperando con la mayor ansiedad, saber:


How the sounding battic goes,


If for them or for their foes;


If they must mourn or may rejoice 1


Al entrar en la Cañada anuncie la victoria gritando con todas mis fuerzas ¡Viva la patria! y mostré el papel ensangrentado que llevaba para el Director. Apenas hube proferido estas palabras cuando en respuesta se alzó una gritería de la multitud que hizo retumbar el firmamento entero, y el tropel de la gente me envolvió, para obtener más detalles, casi ahogándome con el calor y polvo. Un señor anciano, a caballo, en los raptos de su patriotismo, me echó los brazos y casi me ahogó por el fervor de su abrazo, del que me libre con una maniobra que, debe haber “sentido”, tenía de todo menos de simpática.


Luego de desprenderme de este grupo, pasé por la Cañada; las campanas repicaban y resonaba el aire con exclamaciones de ¡Viva la Patria! ¡Viva San Martín! ¡Viva la Libertad!, pero a medida que me aproximaba a la ciudad, la multitud se hacía más densa, y me precipite por una calle excusada en las orillas de la ciudad; después de evitar una trinchera ancha y recién cavada, haciendo un rodeo, galopé a palacio. Encontré las entradas atestadas de populacho del que formaba parte mi sirviente, a quien dejé el caballo y, a empellones, me abrí paso con dificultad hasta la sala de audiencia.


Allí tuve la sorpresa de saber la ida del Director O'Higgins al campo de batalla. Fue tan gravemente herido la noche del 19, que los médicos habían opinado que le sería fatal afrontar la fatiga del servicio. En consecuencia permaneció en la ciudad, con unos pocos milicianos, relativamente tranquilo, durante las primeras horas de la mañana; pero así que llegó a sus oídos el cañoneo lejano, su valor impetuoso venció toda otra consideración y, poniéndose a la cabeza de su gente, salió a la carrera de la ciudad para tomar parte en la refriega. Encontré al coronel Fontecilla haciendo sus veces, a quien entregue el despacho, y le transmití el mensaje que me habían encomendado.


Saliendo de palacio, me encaminé hacia la casa del doctor Gana, cuya familia se había siempre distinguido por su patriotismo, e indudablemente había sido tratada con severidad por el tirano Osorio. La madre y sus tres bellas hijas estaban en la mayor ansiedad, pues cuatro hijos aquel día pelearon en el ejército patriota. Al asegurarles a las damas que “La Patria” había arrancado victoria completa, derramaron lágrimas de gozo, pero no sin mezcla, pues el destino de sus hijos y hermanos aún no se sabía. 2 Recibí sus abrazos con sentimiento muy diferente de aquel con que había recibido el feroz que me propinaron en la Cañada.


En seguida fuíme a casa para cerciorarme de la situación en aquel barrio.


Mi dependiente, español, estaba en la mesa comiendo con varios amigos; habían oído un relato diferente de la batalla y parecían completamente satisfechos del resultado. Primero apoyé la idea y díjeles que sus compatriotas habían triunfado, y se exaltaron de placer; luego agregué que sus compatriotas habían perdido y la transición fue como de la luz del sol a un chaparrón. Después de comer, apresuradamente monté un caballo de refresco, para regresar ni campo de batalla. Todas las campanas de las iglesias repicaban y los sacerdotes encendían fuegos artificiales desde las torres. Esta costumbre sudamericana, en los días festivos, y el renglón correspondiente a la pólvora, no es el mínimo en la lista de gastos eclesiásticos.


Alcance mucha gente que se dirigía al teatro de la acción, algunos para buscar a sus amigos y parientes, otros por curiosidad y otros que quizás no habrían deseado hacer públicos sus propósitos.


Había varios sacerdotes a caballo. Un rollizo fraile dominicano, con hábito, rosario, cuentas, sombrero de teja y toga de bombasí arremangada hasta las caderas, iba al galope.


Al preguntarle lo que podía decidir a un hombre de su humilde profesión para visitar una escena de carnicería, me dijo que el era tan óptimo patriota como buen cristiano, y que iba a felicitar a los generales y confesar a los heridos de muerte. Lo dejé en el terreno para poner en práctica esta piadosa intención.


Aunque escasamente transcurridas dos horas después de la pelea, los huasos del campo (que todo el tiempo habíanse mantenido a caballo rondando apenas fuera de tiro) se ocuparon en desnudar a los moribundos y muertos; en efecto, muchos de los últimos estaban ya desnudos, y los nativos se alejaban con los despojos. Vi un hombre retirarse con pillaje cuantioso, entre otras cosas, una docena de mosquetes cruzados en la cabezada del recado; y tengo razones para saber que muchos pobres heridos infelices, especialmente españoles, no obtuvieron juego limpio durante este pillaje impío; mataron a muchos que habrían sobrevivido bastante bien si se les hubiera dejado al “tiempo y costumbre mortal”.


Me detuve para mirar un cadáver que confundí con el de mi amigo el capitán Sowersby, pero resultó un oficial español del Burgos; tenía perforada la frente de un balazo, y, al lado, se veía un panfletito de que me apoderé, desmontando al efecto; el panfletito y una gran escarapela roja española que encontré sueltas en el suelo, fueron los únicos trofeos que tomé en aquel memorable campo de batalla.


Después fui al Callejón de Espejo donde, en la hondonada de una colina, estaban reunidos San Martín y sus jefes. En este momento llegó O'Higgins y su encuentro con San Martín fue interesantísimo. Ambos generales se abrazaron a caballo, y mutuamente se felicitaron por el éxito de la jornada.


Los soldados estaban trayendo los oficiales (y tropa) españoles que habían caído prisioneros; entre los primeros se hallaban los generales Ordoñez, Primo de Rivera, Morgado, etc. Nada podía exceder ni furor salvaje de los negros del ejército patriota; habían llevado el choque de la acción contra el mejor regimiento español, y perdido la mayor parte de sus efectivos, deleitábales la idea de fusilar los prisioneros. Vi un negro viejo, realmente llorando de rabia cuando se apercibió que los oficiales protegían de su furor a los prisioneros.


Se formaron dos líneas de jinetes y entre ellas marcharon los prisioneros. Los servicios de mis amigos, Begg y Barnard, y los míos, fueron requeridos en esta ocasión. Nuestra misión era mantener apartados a los soldados e impedirles sacrificar sus cautivos. Adelantaba al paso de mi caballo, y un oficial español que iba a mi lado estaba tan cansado, que apenas podía caminar y me pidió lo subiera en ancas, y ya iba a acceder cuando se opuso el coronel Paroissien, diciendo que solamente expondría la vida de los dos, pues seguramente los negros le harían fuego. Marchamos hasta llegar cerca del molino donde una guardia se hizo cargo de los prisioneros, y regresamos a Santiago mucho después de puesto el sol.


Además de los oficiales nativos que han sido ya mencionados en mi relato de la batalla, varios oficiales extranjeros se distinguieron altamente; entre ellos se cuentan O'Brien, Sowersby, Viel, Beauchef, D'Albe, Low y Lebas. El coronel Manuel Escalada fue despachado a Buenos Aires la noche de la batalla con noticias de la victoria, e hizo la jornada por la cordillera y las pampas en el breve término de diez días. También enviamos un chasque para hacer volver e nuestros amigos ingleses de la cumbre de los Andes, donde habían vivaqueado más de una semana.


El general Osorio, general en jefe del ejército realista, huyó del campo de batalla como a la una de la tarde escoltado por unos cien hombres; tomó el camino de Valparaíso y pasó por la Cuesta del Prado como a las tres. El activo capitán O'Brien eligió treinta Granaderos a Caballo y se puso a perseguirlo de cerca; informado que los fugitivos habían tomado la ruta del puerto, creyó probable hubieran ido a San Antonio, con el propósito de embarcarse en un buque que cruzaba frente a aquel punto; en consecuencia el capitán tomó un atajo por la Cuesta Vieja, y se situó en dirección de Valparaíso. Osorio, después de franquear la Cuesta Nueva, se había efectivamente detenido en las chozas al pie del cerro, mucho tiempo, para descansar; luego se lanzó a los desfiladeros de las montañas, dirigiéndose al Maule que alcanzó cerca de sus nacientes. El tercer día después de la batalla, propuso a los que lo seguían, en atención a haber disminuido el ardor de la persecución, hacer alto para reposar ellos y los caballos; así se hizo, y mientras sus compañeros dormían, el general eligió diez o doce de sus guardias y, escogiendo los caballos mejores, pasaron el río a nado y furtivamente desaparecieron, dejando a los demás compañeros librados a su suerte.


Al descubrir el procedimiento traidor de su jefe, el oficial que seguía en graduación se entregó a la fuerza patriota más próxima, y el y sus compañeros fueron enviados a Talca como prisioneros de guerra. Se ha afirmado que, de los seis mil hombres que, formando parte del lindo ejército español, combatieron en Maipú, no pasaron de dos mil los que volvieron a Talcahuano; los demás fueron muertos o prisioneros; por consiguiente, era imposible una victoria más completa.


Así terminó la siempre memorable batalla de Maipú que, por la magnitud del número e importancia de sus resultados, excedió en mucho a cualquier batalla librada en el lado occidental de los Andes. La carnicería, considerando el número de combatientes, fue inmensa; de doce mil hombres, tres mil quinientos quedaron fuera de combate.


Con esta victoria, la causa independiente se consolidó de modo tan firme, que subsiguientemente llegó a aplastar el poder español en Sud América; pues si la acción hubiera favorecido a los realistas, no es dudoso que tanto Perú como Chile, se hubieran mantenido hasta el presente bajo la corona española.


La batalla de Maipú preparó el camino para la de Ayacucho, que se libró con éxito para los independientes en el Perú, el 9 de diciembre de 1824, contra doble número de enemigos, y arrancó a España la última porción del antes vasto dominio de las Américas.


Samuel Haigh



En el curso de este relato, se luce relación al viaje del coronel Manuel Escalada, que en diez días llegó a Buenos Aires con la noticia del triunfo de Maipú. El ingles Guillermo Parish Robertson, aquel que presenció el combate de San Lorenzo, ha dejado también unas páginas muy curiosas sobre el arribo del coronel Escalada a Buenos Aires con la fausta noticia. Pueden leerse en la obra de Robertson, Letters On South América, vol. 3, de donde las hemos traducido especialmente para este libro.



La noticia de Maipú en Buenos Aires (abril 1818)


Los habitantes de Buenos Aires, después de haberse mostrado orgullosos y exaltados por el éxito de la famosa batalla de Chacabuco —que de una vez abrió el camino para la ocupación de Santiago, la capital de Chile— no se mostraron menos deprimidos cuando sucedió la dispersión del ejército de San Martín en Cancha Rayada, que amenazó con la pérdida inmediata de su reciente e importante adquisición.


Y no sin razón esta noticia infundió gran tristeza en Buenos Aires: La “patria” misma, esto es, la independencia del país, estuvo en un inminente peligro. En Chile se había aventurado todo y si ese país caía otra vez bajo la dominación española, las Provincias del Río de la Plata, “cabeza y frente” de la revolución, podían temer por su propia existencia como nación libre e independiente.


En el interior, nada más podía hacerse ya; todo dependía ahora del genio de San Martín en Chile; día por día esperábamos con la más viva ansiedad las noticias en que todos cifrábamos nuestra esperanza, pero nadie osaba afirmar que serían de carácter favorable. Y digo “esperábamos” porque los extranjeros demostraban el mismo profundo interés en el asunto que los naturales del país. Esto ocurría a mediados de abril de 1818 y la dispersión se había producido el 19 de marzo.


Una tarde, estábamos ocho o nueve amigos bebiendo un vaso de vino en casa de Mister Dickson, donde nos habíamos reunido para cenar y se comentaba el tema del día: —¿Que será de este país, si Chile se pierde?


El capitán S. que se había levantado de la mesa para ir a la puerta de calle, volvió al interior, y desde la ventana del comedor, nos dijo con toda tranquilidad: —El coronel Escalada llega con la noticia de que han sido derrotados completamente los españoles en Chile.


Como el bizarro capitán era muy inclinado a bromear, tomamos como broma la noticia y todo lo que afirmó asegurando que se trataba de un hecho cierto. Luego el capitán se retiró, dejándonos sin creer lo que decía. Pero al instante, ¡pum!!, nos sorprendió el estruendo de un cañonazo en el Fuerte... y antes de que sonara otro, echaron a repicar las campanas alegremente. Todos salimos a la calle y pudimos de inmediato comprobar que las noticias del capitán eran ciertas. La batalla de Maipú había consumado la independencia de Chile. El entusiasmo del pueblo no conoció límites; corrían todos por las calles e iban de casa en casa, congratulándose y abrazándose unos a otros. Los “vivas” y los “hurras” llenaban el aire, la población entera se hallaba embriagada de alegría y de orgullo patriótico. Nos dirigimos en grupo al Fuerte, que estaba muy cerca de la casa de Mister Dickson, y llegamos en el preciso momento en que nuestro amigo Manuel Escalada salía por la primera puerta, entre las aclamaciones de la multitud. Agitaba en la mano una bandera española capturada en el campo de batalla y se encaminaba a casa de su padre, adonde no había podido llegar todavía.


Como de costumbre, fui por la noche a la tertulia de Escalada; no es posible imaginar una escena más alegre, animada y jubilosa que la que allí encontré. La casa estuvo repleta toda la noche por la sociedad más respetable de la ciudad. El joven coronel, que era uno de los edecanes de San Martín, le dio tanto trabajo a sus manos aquella noche, (para recibir plácemes) como el que le diera el día de la batalla. (El trabajo sería de calidad diferente, es verdad, pero no menos fatigoso).


La victoria de Maipú fue celebrada con fiestas, tertulias y bailes. Entre estos últimos fue muy notable el que dieron los residentes ingleses cuando San Martín llegó a Buenos Aires, desde Chile. Tuvo lugar en la casa de Sarratea, ocupada entonces por Mister Brittain, la cual se arregló hermosamente para el acontecimiento; el héroe de Maipú se manifestó altamente reconocido ante aquel homenaje de respeto que le fue ofrecido por sus amigos ingleses. El baile fue de un brillo inusitado y concurrieron a el, en gran proporción, las bellezas y todo lo más distinguido de Buenos Aires, bailándose hasta las siete de la mañana. La fiesta se desarrolló en orden, aunque los patios se vieron llenos de tapadas durante toda la noche. Es costumbre del país admitir —en ocasión de grandes tertulias y bailes— a damas que concurren embozadas, y van a mirar el baile desde los patios de la casa. Se les permite estacionarse en las puertas y en las ventanas, hasta en los zaguanes y puertas interiores, pero no deben, en ningún caso, entrar en los salones. Son muchas las damas que se reúnen así, para ver la fiesta y el baile, y muchas también las que prefieren más asistir a un baile como tapadas, que ser invitadas a él. Las familias que están de luto y que no podrían aceptar una invitación es seguro que concurren a la fiesta entre las tapadas.


J. P. y W. P. Robertson.



Como lo luciera después de Chacabuco, San Martin emprendió la marcha a Buenos Aires después de Maipú. Se le esperaba el 12 de mayo, pero entró de incógnito en la madrugada del 11. Los agasajos al héroe de Maipú y las fiestas que a su arribo se celebraron en Buenos Aires, están consignadas en el Diario inédito o “Memorias curiosas” de Beruti, ya citado, en poder del Sr. Carlos Dardo Rocha.



San Martín en Buenos Aires después de Maipú


EL 12 de Mayo de 1818 entró en esta capital, de incógnito, como a las 4 de la mañana, el invicto general defensor de Chile Exmo. Sor. Don José de San Martín; dejando burladas las prevenciones que estaban hechas, en la calle principal de la Victoria, de varios arcos triunfales, jardines, colgaduras, etc., que con anticipación se habían puesto, tanto por el Supremo Gobierno, como por el Exmo. Cabildo, y vecindario, que lo querían recibir, y que su entrada fuera en triunfo, pues todo lo merecía la heroicidad de sus acciones militares. Su venida la ignoramos; pero creemos será con el fin de acordar algunas cosas, que resalten y aumenten las glorias de la Patria.


El 17 de Mayo de 1818, en virtud de Soberana orden del Congreso, se le dio las gracias al Gral. San Martín por la misma Soberanía, en su Sala de las sesiones, y a su nombre lo hizo el presidente 'de este augusto cuerpo; quien luego que entró San Martín, acompañado del Director Supremo del Estado, a éste le mandó sentar junto a su persona, y a San Martín en una silla que estaba preparada entre medio del sitial del dosel y los diputados, en cuya presencia le dio las gracias de haber salvado la patria del furor de los enemigos, quien contestó a ello con la sumisión y términos que correspondía: Este grande honor se le hizo a San Martín por dicho Soberano Cuerpo, merecido a sus altos servicios; siendo el modo con que fue conducido al Congreso el siguiente: Todas las tropas de la guarnición se formaron en calle, desde la fortaleza hasta la casa del Congreso, con sus banderas y músicas; la carrera se colgó toda por el vecindario primorosamente y en la calle principal por donde debía de pasar se colocó un magnífico arco triunfal de cuatro frentes; bajo del cual, al pasar San Martín, cuatro damas, ricamente vestidas, le colocaron en la cabeza una corona de flores, en señal del triunfo con que era recibido, la que incontinente se la quitaron, y siguió andando.


El Estado Mayor General, con las demás corporaciones, fueron a su casa, lo sacaron, llevándolo en medio hasta el palacio directorial; cuyo Jefe supremo salió a recibirlo, y en su compañía con el Exmo. Cabildo e ilustre acompañamiento c inmenso pueblo que lo rodeaba, lo condujo hasta la magnífica sala del Soberano Congreso, a donde lo presentó al augusto cuerpo nacional, en donde fue recibido y siguió lo que tengo manifestado en mi primer párrafo: lo que concluido, en los mismos términos siguieron al Fuerte donde dejaron al Supremo Director, y con la misma comitiva fue acompañado a su casa.


El 4 de Julio de 1818 se regresó de esta capital para la de Chile, el Sor. Gral. Don José de San Martín.


Juan Manuel Beruti.