Bosquejo biográfico del Gral. Don José de San Martín
Juan María Gutiérrez
 
 
Prólogo
La vida pública del General San Martín no puede encerrase en los términos reducidos de una biografía. Ligada a los grandes acontecimientos de la Independencia, en que los pueblos son actores a par de los Ejércitos y en la cual no ha tomado menos parte la política que la ciencia militar, palpita y se confunde con la historia moderna de casi todo el Continente Americano. El teatro de su primera victoria está situado a la margen del Paraná y los caballos de sus Granaderos de San Lorenzo, llegaron a saciar su sed en los torrentes que forman las nieves del Chimborazo. Estos dos extremos señalan el espacio que recorrió y miden la extensión inmensa de sus conquistas para la libertad. Gobernador de Provincias, organizador de Ejércitos, administrador de escasos caudales en proporción a los grandes objetos a que los aplicó con economía y con fruto; encargado de poderes omnímodos que la victoria forzosamente puso en sus manos; creador de Gobiernos bajo la forma representativa en pueblos envejecidos en los hábitos coloniales; tuvo la necesidad y la ocasión de poner en ejercicio una gran variedad de talentos, virtudes de alto temple, y de asumir responsabilidades que sólo la historia puede apreciar y juzgar.
La naturaleza de su misión le colocó en contacto con hombres eminentes, constituidas en autoridad, influyentes en sus respectivos países; hombres por otra parte cuyos hechos personales les dan cabida honrosa en los anales de la Independencia y para cuya justa apreciación existen aun en lucha las opiniones de sus mismos compatriotas. Y sin embargo, el fallo definitivo que se pronuncie sobre ellos será una luz, que todavía no aparece bien clara, para poder estudiar en toda su integridad al vencedor en Chile y al Protector del Perú, que fue como el centro alrededor del cual se movieron aquellos brillantes satélites.
San Martín, desdeñoso de la popularidad y del vano ruido, presenta un ejemplo poco común con el silencio que guardó sobre su conducta aun en presencia de acusaciones serias. César escribió sus comentarios; el prisionero de Santa Elena dictó la relación de sus campañas; San Martín fue parco al hablar de sus proezas aun con personas íntimas, cuando el tiempo y su condición de simple particular le autorizaban para hacerlo sin cargo de parcialidad o de vanagloria. Ha dejado pesar sobre su nombre los resentimientos de los partidos, las inculpaciones de personajes tan notables como Lord Cochrane, sin desplegar sus labios, a espera tranquila del fallo de la posteridad. Esta fría y constante confianza en la justicia de los venideros ya era por sí misma una prenda de la conciencia que le asistía de la bondad, humanamente posible, de sus actos y de su conducta, porque fue siempre síntoma de inocencia la serenidad con que el acusado se presenta delante de sus jueces. Él sabía que había de llegar momento en que los archivos del Gobierno de Chile, abiertos por otra mano que la suya, disiparían los cargos que le lanzaba el valiente Almirante de la Escuadra del Pacífico; que su correspondencia íntima y particular con O'Higgins, inspirada por los sentimientos del momento, habían de justificar en honra de ambos, la amistad constante que se profesaron y conservaron, tanto en los días de poder como en los de ostracismo: sabía que las huellas que dejaba estampadas eran tan hondas y luminosas que habían de llamar la atención de los que le sucediesen en la vida, dándoles la convicción de que eran las de un gigante.
La fuerza de su espíritu debía naturalmente avasallar a la larga a la ingratitud y a la calumnia. No les salió al encuentro: las esperó como el bronce de que hoy se le labran efigies para que rompiesen en él sus dientes venenosos. El Perú que alguna vez le clavó las espinas de la desconfianza, creyéndose capaz de caer en los errores de la dictadura, repara su culpa, colocando la imagen de su libertador en las plazas públicas, inmortalizada por el metal bajo el cincel del arte. Chile, hace otro tanto, y alrededor del monumento se presentan generosos los parciales de Carrera y los amigos de O'Higgins, y se reconocen hermanos ante el héroe de su independencia. Buenos Aires que le miró con indiferencia cuando abandonaba para siempre la América a principios de 1824, y que no fue digno de hospedarle en 1829, le levanta una estatua a su vez y se agolpa gozoso en torno de ella para reparar aquellas ofensas que por otra parte no fueron obra del pueblo, siempre generoso y justo, sino de las parcialidades políticas que oficialmente lo representaban.
La vida tan llena de contrastes de este grande hombre, no puede abrazarse, lo repetimos, en un bosquejo biográfico. Sin embargo vamos, tras otros muchos escritores, a ensayar un trabajo de este género valiéndonos de documentos históricos reunidos y estudiados esmeradamente.