La Presidencia de Carlos Pellegrini
Final de la presidencia
 
 

La sucesión presidencial


Al mismo tiempo que trataba de restablecer el equilibrio económico y las finanzas, sufría el gobierno las presiones de una intensa tensión política de excitación y de alarma provocada por una oposición cada vez más violenta. Se gestaba una nueva rebelión. A la bancarrota financiera se sumaba una política anarquizante. Todavía no se había olvidado el reencuentro entre porteños y provincianos, ni restañado las heridas de la revolución del 80. Nuevos motivos de enfrentamiento surgieron ante la próxima renovación presidencial.


A medida que se acerca la fecha para la elección, la agitación política es más intensa, al punto que los dirigentes no hallaban la manera de restablecer la tranquilidad propicia para celebrar los comicios. La monstruosa doctrina de la sublevación militar como procedimiento para mejorar el gobierno, era mantenida por la Unión Cívica Radical. Amenazaba constantemente con derrocar al gobierno, que el presidente Pellegrini estaba decidido a defender aun a costa de sacrificar la verdad del sufragio que él había prometido. En esta lucha entre sus convicciones políticas y lo que él creía que era su deber de gobernante, no vaciló en sacrificar aquéllas para mantener el orden y la estabilidad presidencial como principio de una futura evolución institucional.


La fracción de Alem se repone después de la importante separación de los cívicos mitristas. El entusiasmo y adhesiones del interior retemplan el valor del caudillo que de nuevo levanta su pendón, inculcando a sus correligionarios un místico entusiasmo por la libertad de los comicios. Desarrolla una ardorosa propaganda que inicia en la capital y se extiende al interior del país. La inicia con un manifiesto (27-VIII-1891). La libertad política, la honradez administrativa, impersonalidad y sentimiento nacional, será su programa.


En el teatro Politeama (2-IX-1891) se realiza un gran mitin. El Socorro, San Juan, Santa Lucía, Balvanera, San Telmo y la Boca son las parroquias más agitadas. Con gran comitiva Alem viaja a las provincias (20-IX-1891). Rosario, Córdoba, Tucumán, Santiago del Estero, Salta, Jujuy, Santa Fe, Entre Ríos, San Juan, Mendoza constituyen el itinerario. “Todas las promesas del presidente son un mito” dice Alem a las manifestaciones que lo aclaman. Somos un partido con candidato proclamado que trabaja a la luz del día. El otro continúa en los conciliábulos de los oficialismos manejados por el presidente y los gobernadores de provincia.


Hay mucho de verdad en la prédica del radicalismo. En un clima de violencia se realizan los mitines que la policía trata de disolver. Al punto suenan tiros, se arman grescas y las reuniones terminan con muertos y heridos. Especialmente en las provincias, la autoridad es severa y los radicales hallan dificultades para realizar sus actos. El manifiesto radical (24-XI-1891) y el mitin en el frontón Buenos Aires se proponen “demostrar cuántos son”. Nacionales, cívicos y radicales se insultan y pelean. El presidente es objeto de constantes críticas, acúsanlo de haber burlado los propósitos de la revolución. Alem llama a sus huestes radicales intransigentes y con ellos anuncia que está preparado para la extrema lucha. Aumentan los rumores revolucionarios. 1 En Mendoza y San Juan se producen incidentes sangrientos. En las parroquias se organizan cantones. La gente concurre armada a las reuniones. Se cruzan tiros en las calles. Frente al Comité Radical se libran verdaderas batallas. Lo hieren al hijo de Alem y el jefe de Policía acusa ante los tribunales de rebelión al caudillo. El país vive un estado de violencia que alarma a los más incrédulos. La revolución es una amenaza constante que surge de la vehemencia con que los radicales realizan su campaña proselitista, donde el culto al coraje y el desafío a la autoridad los practica su propio jefe.



Debates en el congreso


Las rebeliones de Córdoba y Catamarca son tema de debates en el Congreso. Se exaltan los ánimos y los intereses partidarios se defienden con todos los recursos de la oratoria. Manteniendo ostensiblemente las reglas parlamentarias y la cultura de los contendientes, se cruzan frases de fuego. Con motivo del motín de Córdoba el senador Alem afirmó que era “unánime el repudio del pueblo por su gobernador”.


—”¿De manera que los señores senadores justifican la revolución de Córdoba?” —expresa el senador Figueroa.


—”Justifico la revolución en todos los pueblos oprimidos” —le responde el senador Del Valle.


—”El senador pertenece a la escuela de la Revolución —le contesta Figueroa—, que no es la escuela de la Constitución.”


Del Valle replica:


—”El senador Figueroa pertenece a la escuela de la opresión que tampoco es la escuela de la Constitución.”


En el Congreso la oposición encrespada criticó duramente al presidente. Revela la gravedad de la situación política en que se hallaba el país; parecía oscilar entre la revolución y la anarquía. La confusión y la impotencia de los hombres dirigentes y la “actitud amenazadora del remington popular y del remington de línea” permitían escuchar los “rumores siniestros del año 20”. 2 Los legisladores adictos y opositores al gobierno estaban por igual profundamente preocupados por la situación, aun aquellos que afirmaban que no existía motivo de alarma como los otros que pedían la renuncia del presidente. 3


El Senado solicitó celebrar sesiones extraordinarias para que el Poder Ejecutivo informara sobre el estado del país. 4


El senador Dardo Rocha inició el ataque con su oratoria cáustica y directa; afirmaba que las dificultades políticas que sufría el país se debían a la traba que se pone al “ejercicio sincero y leal de las instituciones”. Se cree que “un pueblo argentino es un pueblo incapaz de resolver las cuestiones electorales”. Repudia a los tutores que pretenden asesorarlo, por más “grandes eminencias que sean”, porque la aplicación de las leyes y principios de la Democracia será la mejor solución a sus dificultades. “No se quiere contar con el pueblo para resolver las cuestiones que a nadie más que al pueblo le interesan.” No ha respetado el presidente la Constitución, cuando ha reunido a seis notables para “sustituir a los quinientos o seiscientos mil ciudadanos que tienen el derecho de designar quién debe ser el que ha de gobernar como presidente futuro”. Funda finalmente una resolución por la cual el Senado “espera que el Poder Ejecutivo guardará la más estricta prescindencia en la actual contienda electoral, como un deber que le impone la Constitución”.


El senador Pizarro, con vigor semejante, condenó la política del acuerdo destinada al fracaso por su viciosa organización, porque arrebataba a los partidos políticos sus derechos, “hiere la susceptibilidad del ejército y del pueblo mismo, único a quien corresponde la provisión de los cargos de la nación”.


La comisión especial designada por el Senado 5 modificó la propuesta del senador Rocha. El despacho reconocía el “desprestigio” en que “han caído las instituciones políticas de la nación y las provincias”, y recomendaba subordinación a la autoridad y respeto a los derechos políticos del ciudadano. Al considerarse el despacho, el senador Rocha volvió a acusar al presidente que se separaba de la línea de conducta que la Constitución le señalaba. “El presidente de la República dejó que su ministro del Interior hiciera un arreglo personal para que se nombrara el futuro presidente de la República, con menos formalidades, con menos procedimientos serios y solemnes que los que puede establecer cualquier monarquía para designar al heredero del trono cuando no hay heredero natural.”


Con más violencia y crudeza el senador Alem, jefe de la conspiración revolucionaria, señaló la inconducta del ministro que remite telegramas a los partidarios del acuerdo para que se mantengan firmes en esa política. Delataba los manejos del presidente con los gobernadores de provincias. “Quiere evitar el enfrentamiento del partido popular con los gobernadores y el partido oficialista y evitar una lucha apasionada y ardiente.” 6


El debate en la Cámara de Diputados fue aún más extenso, violento e ilustrativo, lleno de interés, porque algunos diputados se refirieron a las causas que habían determinado la situación actual. El diputado Víctor Molina, como los senadores Rocha y Alem, denunciaba la intervención directa del presidente y del ministro del Interior en el manejo interno de los partidos y en los gobiernos de las provincias. Las fuerzas de línea dijeron, están custodiando a los gobernadores; todas las provincias se hallan intervenidas. Es un sistema político que no es sino la continuación de nuestros tradicionales errores. 7


La política del acuerdo propiciada por el presidente, afirmaba el diputado José M. Olmedo, no era un acuerdo de partidos sino un “acomodo de hombres... que decidían de la suerte del país”. El presidente, para solucionar la crisis, debe hacer una política imparcial y prescindente.


Varela Ortiz citaba hechos concretos para demostrar que en la mayoría de las provincias aparece, sin disimulo, la intervención presidencial. ¡Su discurso provoca en la barra vivas a Adolfo Alsina! Francamente afirma que él es revolucionario porque quiere la reacción “todo lo nuevo, hombres nuevos, nueva savia, nuevo vigor”.


A pesar del discurso de Mansilla, el gobierno ha quedado sin defensa en esta primera sesión. En la siguiente los diputados oficialistas proponen una minuta de comunicación que significa el apoyo de la Cámara a la política del presidente. 8 Redactada con todo eufemismo revela la fragilidad de la situación política que se proponía defender. Balestra, que fundó el despacho, hace hondas observaciones sobre la historia de los partidos políticos nacionales; el hábito infecundo de los partidos de oposición que cuando son derrotados en los comicios, se colocan en la abstención y tratan por la revolución de derrocar al gobierno. Todo lo abandonan a los vencedores, quienes desalojan totalmente a los adversarios, crecen de un modo alarmante, hasta llegar a la unanimidad y de allí al personalismo y del personalismo a la supresión del mismo partido, que ya no delibera y acata a los gobiernos, renunciando a todos los derechos. Así se ha llegado a esterilidad y ausencia de la lucha partidaria. “Los partidos políticos han sido suprimidos por causa del personalismo.” El fracaso de la política ideada por “los dos caudillos más eminentes del país” es el fin del personalismo que se derrumba “sin protestas, sin esfuerzo por sostenerlo, casi con indiferencia, si no con satisfacción de los partidos que en poco o nada habían contribuido a crearlo”. Al desaparecer la teoría del personalismo que había imperado en cuarenta años, llega el momento para que cada partido asuma su propia personalidad, que triunfe el precepto constitucional y la mayoría, sin fraudes y coacciones. ésta es la política presidencial, declaraba Balestra, después de haber conversado con el presidente. Las cuestiones políticas deben resolverse en “las urnas a las cuales deben llegar libremente todos los partidos”.


Osvaldo Magnasco, señala que los poderes del Estado están como muertos: el Poder Ejecutivo debatiéndose en la “inercia y la impotencia más abrumadora”, sosteniendo una política “tímida, vacilante, cobarde, cuando no francamente errónea”. “El Congreso resultó avasallado durante dos administraciones por la influencia perniciosa del Poder Ejecutivo.”


Víctor Molina 9 y José M. Olmedo vuelven a arremeter contra el presidente, que Lucio Mansilla defiende con su oratoria pintoresca y floja. La minuta aprobada por gran mayoría apoyaba al presidente para continuar con su política de mantener el orden y el principio de autoridad.


En este clima se debatía el presidente. Las conspiraciones y motines se extendían a las provincias, cundía la indisciplina en el ejército, crecía la tensión en los clubes políticos y el conjunto social vivía en la alarma y la zozobra. Pellegrini, acusado por unos de debilidad e inercia, criticado por otros por su excesiva intervención y energía, apelaba a todos los recursos que su posición le permitía para hallar soluciones posibles. Desde que se hizo cargo del gobierno tenía la conciencia y preveía la gravedad de la crisis política, apercibiéndose que solo disponía de remedios de emergencia para combatir una situación que obedecía a causas distantes y profundas que únicamente la experiencia y la educación democrática podían resolver.



El partido modernista


El fracaso de la política del acuerdo y las críticas de que fue objeto el ministro del Interior, a quien se le acusaba de trabajar desde el gobierno su propia candidatura presidencial, lo obligaron a renunciar al ministerio y la jefatura del partido, en cuya ocasión manifestó su “decisión inquebrantable de eliminar su nombre de la lucha electoral”. 10 El acuerdo patriótico quedó circunscripto a un acuerdo electoral entre el Partido Nacional y la Unión Cívica Nacional. Sus partidarios afirmaban: no hay otra solución para la crisis actual que el entendimiento con el gobierno o la anarquía. Continuas disensiones y desconfianzas existieron entre las dos agrupaciones. Decían unos que Roca engañaba a los mitristas, otros que los mitristas serían sus más crueles enemigos, una vez dueños del poder. 11 El Partido Nacional hallaba dificultades para sustituir al general Mitre, personalidad indiscutible, que respetaban tanto los opositores como los correligionarios. La renuncia de Roca a la presidencia del Partido Nacional crea un nuevo elemento de confusión. “Todo el mundo se creyó sobre un volcán... Los espíritus más serenos (creían) que sería inevitable el desorden la revolución y aun la guerra civil.” Los mitristas han perdido prestigio y no podrán sostener una candidatura única. Los nacionales sin jefe se hallan anarquizados. Los radicales han levantado una bandera que atrae: ¡comicios libres o revolución”! 12


Un grupo de jóvenes descontentos con la conducción partidaria, expresión de la nueva generación que desde 1880 deseaba la renovación de hombres e ideas en el viejo partido, formaron un grupo que llamaron modernista, al que se adhirieron numerosos ciudadanos independientes y algunos gobernadores de provincia, deseosos de liberarse de la influencia de Roca. Sostenían la candidatura presidencial de Roque Sáenz Peña (41 años, porteño) y de Manuel D. Pizarro (51 años, puntano) como vicepresidente. El movimiento adquirió importante sustentación en la opinión pública. El gobernador de la provincia de Buenos Aires, Julio A. Costa con su Partido Provincial, fue un entusiasta partidario, y La Plata su cuna y asiento (18-XII-1891 ). 13 En Córdoba, Marcos Juárez formó un club modernista que apoyó su hermano, el ex presidente Juárez Celman. Los gobernadores de Corrientes, Santa Fe, Entre Ríos y Córdoba, y grupos de partidarios en Catamarca ofrecieron su adhesión. 14 En La Plata proclamóse la candidatura de Roque Sáenz Peña (28-1-1892) y Pedro Luis Funes la difundió en Rosario. 15


Las elecciones de diputados nacionales (6-II-1892) se realizan en la provincia de Buenos Aires con este planteo político: los partidos del acuerdo, la Unión Cívica Radical y el Partido Reformista de la provincia de Buenos Aires. 16 La violencia reina en los comicios, que terminan con muertos y heridos. La presión de las autoridades es evidente. La policía y el ejército vigilante asisten al acto frente a las urnas. Es un comicio triste y desierto. Solo ha votado el elemento flotante y disciplinado, la gente de arraigo se ha retraído, el entusiasmo colectivo ha sido sustituido por los caudillos armados y su clientela arrabalera. En Córdoba, Tucumán y Buenos Aires se abstiene la oposición. En la Capital votan 7.368 acuerdistas y 5.945 radicales. En La Plata triunfa el modernismo con 1.483 votos. La elección revela que en el país la oposición continúa dominada por el oficialismo. Los radicales intransigentes no disponen de una fuerza de choque suficientemente poderosa y sustentada por la opinión pública capaz de dominar a los elementos con que cuenta la autoridad. 17 Los resultados de la elección son la parodia del gobierno representativo que el presidente Pellegrini acepta resignado. 18


Los partidos del acuerdo a cuatro meses de la elección carecían de candidato a la presidencia y el nombre de Roque Sáenz Peña, amigo personal de Pellegrini, recibía nuevas adhesiones. 19 “El modernismo aparece con traje de triunfo en una época de derrotas.” El hecho alarma al general Roca que ve amenazado su predominio político por Sáenz Peña que nunca fue su partidario sino un opositor a su política personalista y absorbente. El movimiento renovador que conducía Roque Sáenz Peña era más peligroso que el lanzado por Bernardo de Irigoyen porque se producía dentro del Partido Nacional y hacia peligrar la hegemonía del general Roca. 20 Dueño el general de la mayoría de las situaciones provinciales neutralizó rápidamente la simpatía de Pellegrini por su amigo y maniobró con tal habilidad y astucia, que paralizó el movimiento modernista que prometía la libertad del sufragio y la dispersión de la Liga de Gobernadores. 21 Secundado por la Unión Cívica Nacional, que con apasionado encono calificaba la candidatura de Roque Sáenz Peña como “la restauración del juarismo”, 22 propiciaron la única candidatura que podía destruirlo: la de su padre Luis Sáenz Peña. Una candidatura que a todos satisface porque nadie la resiste. Ciudadano honorable, juez de la Suprema Corte, cívico federal vinculado al partido revolucionario, exponente de la cultura porteña, contó con el apoyo de los grupos conservadores y también del presidente, sin fuerzas para gravitar en el Partido Nacional, que obedecía en su mayoría las órdenes del general estratego. 23 Bastó que se hiciera pública esta candidatura para que el hijo renunciara a la suya (18-11-1892). 24


Rápidamente reuniéronse los partidos del acuerdo: la Unión Cívica Nacional y el Autonomista Nacional para proclamar la fórmula Luis Sáenz Peña (70 años, porteño) y José Evaristo Uriburu (55 años, salteño) (6-III-1892). Contaban con el apoyo del presidente y la mayoría de los gobernadores de provincia, bien disciplinados por la jefatura del Partido Nacional. Estos dos honorables ciudadanos carecían de prestigio político, despertaban más indiferencia que entusiasmo y respondían a una triquiñuela que aparentemente resolvía una crisis política que continuó agravándose hasta el estallido violento de 1893.


La Unión Cívica Radical continuó su campaña proselitista con un tono de violencia y provocación que revelan la conspiración latente. La oposición abusa de la injuria, la difamación y el ultraje, y el oficialismo extrema la presión de la autoridad. En la provincia de Buenos Aires, en las recientes elecciones, el partido del gobierno concurre solo a las urnas. Repetidos actos de fuerza ocurrieron en Catamarca y Mendoza, adonde el Poder Ejecutivo envió sendas intervenciones para restablecer gobiernos adictos. En Corrientes la oposición es silenciada con crueldad. En todas partes se escuchan gritos de muerte. Los presidentes de las mesas receptoras de votos reciben anónimos amenazantes. Se prepara ostensiblemente la revolución. El Poder Ejecutivo extrema la vigilancia y distribuye las fuerzas de línea. Jefes y batallones son cambiados de lugar y de destino. El presidente Pellegrini está resuelto a hacer triunfar la fórmula del acuerdo electoral y emplear todo el poder a su alcance para llevarla a la victoria. La Unión Cívica Radical está empeñada en demostrar que cuenta con el apoyo de la mayoría de la opinión pública; agita a los clubes parroquiales, convoca a las provincias para que manden delegaciones para el gran mitin que prepara días antes de las elecciones presidenciales (3-IV-1892). La ciudad vive sobreexcitada, constantemente agitada por la bullanguería política y los disparos de armas.


El presidente y el ministro del Interior preparan los comicios. En Catamarca el gobernador Gustavo Ferrari es depuesto por una rebelión. El Poder Ejecutivo decreta la intervención (26-VII-1891). Repuestas las autoridades, un conflicto de poderes provoca una segunda intervención (21-1-1892). La Unión Cívica Radical continúa agitando al país y prepara la revolución. Dardo Rocha la anuncia en el Senado. Los gobiernos de provincia, librados a sus propias fuerzas, están continuamente amenazados por la sedición. Existe una crisis de autoridad que afecta también al gobierno federal. Los sediciosos interrumpen las comunicaciones ferroviarias y telegráficas, la capital se halla incomunicada con el interior. Juntas revolucionarias se apoderan del gobierno de dos provincias. El presidente debe actuar con rapidez y energía frente a este “espectáculo genuinamente Sud Americano” como lo calificaba Pellegrini. 25



La elección del sucesor


En este clima de desquicio y violencia a nadie sorprendió el decreto estableciendo el estado de sitio. El gobierno denuncia un vasto movimiento subversivo contra el orden constitucional en la Capital y las provincias. Se proponía sobornar a jefes y oficiales del ejército, de la armada y de la policía, y poseía gran acopio de armas. El propósito “excedía en barbarie a todo lo que hasta hoy ha presenciado la República”, con movimientos anárquicos que incluían el asesinato de personas que ejercen la autoridad, jefes principales del ejército y ciudadanos de prestigio popular, empleándose materias explosivas que se distribuían en toda la República, afirmaba el Poder Ejecutivo. La revolución quería sustituir violentamente a los gobernantes y principales jefes del ejército por “una dictadura surgida del crimen y la anarquía”. Leandro N. Alem sería el dictador. 26


El Poder Ejecutivo detiene inmediatamente a los principales caudillos de la Unión Cívica Radical. 27 La policía actúa con extraordinaria energía. Allana domicilios particulares, registra sus casas, secuestra documentos, la correspondencia se examina, los teléfonos y telégrafos se interrumpen, se clausuran diarios 28 y el público ansioso espera las pruebas de este diabólico plan subversivo que el gobierno promete ofrecer. En el interior los gobernadores proceden con semejante decisión. En los allanamientos y registros efectuados por la policía no se hallaron armas en poder de la oposición. El candidato Bernardo de Irigoyen declina toda responsabilidad en el movimiento revolucionario cuyo pronunciamiento ignoraba, agregando que tenía la seguridad de triunfar en los comicios. 29


La represión contra los presuntos revolucionarios fue drástica y tremenda. El presidente ejerció una autoridad discrecional. La policía no respetó las inmunidades de los legisladores nacionales. El recurso de habeos corpus acordado por el juez Virgilio Tedín no fue obedecido por la policía; fue necesaria una sentencia que hace doctrina y enaltece la justicia nacional (5-IV-1892). El ministro de la Guerra, general Levalle, refuta los fundamentos de la sentencia enviada al Poder Ejecutivo para su cumplimiento, alegando que ella importa un avance sobre las facultades del presidente de la República. Los detenidos continúan a bordo de “La Argentina” mientras se celebran las elecciones presidenciales. Fueron después llevados al Uruguay, donde se reunieron con otros correligionarios que habían sido trasladados anteriormente (12-IV-1892). Finalmente el presidente les autoriza a volver al país (25-V-1892).


¿Tenían base real los propósitos salvajes que el Poder Ejecutivo denunciaba? A muchos les asaltó la duda conociendo la índole del pueblo argentino 30 que entonces no usaba la dinamita a que la policía aludía menos aún las bombas Molotov, las ametralladoras y los incendios que el mestizaje extranjero ha enseñado a emplear con tanta frecuencia en las posteriores luchas partidarias. La duda continúa existiendo por falta de pruebas suficientes para conocer el extenso y violento plan revolucionario.


Con el procedimiento empleado por el Poder Ejecutivo, la oposición fue destruida. El Comité Nacional de la Unión Cívica Radical, encarcelados sus caudillos y sorprendidos sus correligionarios, resolvió la abstención en los comicios. 31 Con una decisión propia de su carácter, el presidente Pellegrini y su amigo el general Roca habían armado una máquina electoral eficiente que actuó en un ambiente de silencio y soledad, presidiendo los comicios menos concurridos y más bochornosos que hasta entonces había realizado el país. 32


La fórmula Luis Sáenz Peña-José Evaristo Uriburu fue votada sin oposición y elegida por gran mayoría (10-IV-1892). En los comicios y en todo el país reinó el más completo orden. Los candidatos no necesitaron realizar viajes por las provincias para exponer su programa, ni dirigirse al electorado para conseguir el voto popular. Las autoridades impidieron la propaganda de la oposición y la elección estaba resuelta antes de efectuarse el escrutinio. La fórmula del acuerdo obtuvo en la capital 9.420 votos. Cifras semejantes alcanzaba en el interior. Los comicios estuvieron desiertos. El gobierno representativo había sido burlado y las nuevas autoridades carecían del apoyo popular. Menguada sustentación tuvo el nuevo presidente. El poder puede lograrse por la fuerza, pero no es posible mantener la autoridad sin el apoyo de la opinión pública. Poco tiempo después, Luis Sáenz Peña presentaba la renuncia a su cargo.


Al llegar la Semana Santa después de los comicios los diarios olvidaron el tema político para dedicar sus columnas a las noticias religiosas. La fatiga del esfuerzo pasado y la esperanza en el nuevo gobierno cambiaron el tono de los periódicos. No volvieron a recordarse las incidencias de un proceso que no había terminado y debía renovarse con semejante vigor poco tiempo después.


En su primer mensaje al Congreso el presidente había expresado que reinaba en el país la más completa tranquilidad... que las autoridades provinciales funcionaban regularmente y “no ha habido ningún suceso anárquico o sedicioso que afectara la tranquilidad de sus leyes o de sus autoridades”. Al entregar el gobierno, Pellegrini no podía repetir semejantes conceptos cuando había terminado un proceso electoral que perturbó la paz de la República y dispersó el partido opositor, cuando sus principales actores vivían emigrados en Montevideo y estaba aún fresco el recuerdo de los muertos y heridos ocasionados por una lucha enconada. El resultado de las urnas y la fórmula presidencial aparecía impuesto por la fuerza. El gobierno estaba consolidado pero los principios democráticos habían sido mancillados. La crisis política continuó amenazando la estabilidad de las instituciones.



El hombre de estado


A Pellegrini le correspondió gobernar la República en uno de los períodos más agitados y tensos del proceso histórico nacional. Durante los 26 meses que desempeñó la presidencia sus funciones fueron absorbidas por la lucha contra la sedición y la bancarrota. “El otoño de 1891 señala una hora crítica de la historia argentina. Puede decirse que se jugó día a día la suerte del país, sin que por momentos acertaran los espíritus serenos a fijar el rumbo.” 33


Las dificultades de carácter financiero y la crisis económica fueron encaradas con discreción y acierto, al punto que pocos años después, el país recobró su equilibrio y de nuevo retomó el ritmo de su desarrollo. No fue tan feliz la manera de tratar la crisis política, más intensa y grave que aquélla. Para mantener el orden y la autoridad del gobierno, constantemente amenazado por la conspiración, sacrificó la libertad del sufragio que había prometido en reiterados mensajes. Las costumbres democráticas no mejoraron. El gobierno representativo fue una ficción. La máquina electoral, una de las causas que provocaron el derrocamiento del gobierno anterior, continuó en movimiento. No varió el decorado de la escena política, ni sus principales actores. El presidente y los gobernadores de provincia siguieron dueños del electorado.


El análisis de la personalidad de Pellegrini, durante su breve y tormentosa presidencia, ofrece el mayor interés, desde un doble punto de vista, según se le juzgue en función de su influencia en la conducción del gobierno o en el conflicto que se opera en su conciencia, la lucha entre sus convicciones y la posibilidad de realizarlas, la forma como justifica las contradicciones, entre sus declaraciones y los hechos que le siguen.


Se halló constantemente presionado por fuerzas que no podía dominar. Los factores económicos crearon un estado espiritual en la gente, que a su vez formó un ambiente social; éste requirió un lapso para que decantara y apareciera el piso sobre el cual había que actuar. La efervescencia colectiva y la vehemencia partidaria perturbaban el análisis de los problemas dificultando las soluciones. El Partido Autonomista Nacional, tenia por jefe al general Roca, con quien el presidente debió acordar sus actos para tener su apoyo y dominar los conflictos políticos. Tuvo que aceptar la solución presidencial que le impusieron los partidos del acuerdo, para sortear los peligros de la anarquía. Ofreció con mediocres resultados sus convicciones para imponer un candidato de insuficiencia notoria, durante cuyo gobierno se produjo el estallido violento de un proceso que venía gestándose desde los sucesos de 1880.


Tuvo Pellegrini el acierto de designar un ministerio de personas de reputación consagrada, que representaban las tendencias más importantes de la clase dirigente y al punto inspiró confianza su gestión. Más que por la obra creadora estuvo absorbido por la necesidad de reparar errores, detener a los impacientes, aplacar las pasiones exaltadas y finalmente restablecer el crédito y estimular el trabajo nacional. Limitada su acción por la presión de los acontecimientos y una fuerza política que obedecía en primer término al general Roca, con quien estaban vinculados directamente los gobernadores del interior, y al general Mitre, que contaba con una importante masa de opinión en la Capital y las provincias de Buenos Aires y Corrientes, disponía Pellegrini de precarios recursos para imponer su voluntad. Sin embargo, demostró condiciones de hombre de gobierno para mantener la dignidad de sus funciones y la adhesión de las fuerzas políticas y militares que lo apoyaban; conciliar caracteres y ambiciones personales.


Estuvo constantemente amenazado por la oposición de la Unión Cívica Radical, en donde contaba con numerosos amigos personales. Triunfante -en la primera elección que se celebró en la Capital, inició la campaña para la futura presidencia, con un grupo de correligionarios que exaltaban el entusiasmo popular de los jóvenes, proclives a sostener ideales democráticos que la situación del país no podía practicar y empresas que reclamaban audacia y coraje. Su propaganda proselitista era una amenaza para el partido oficialista. Para evitar una lucha electoral después de una cruenta revolución y una situación económica en crisis, momento poco propicio para celebrar comicios en paz y libertad; para evitar que los principios democráticos fueran de nuevo conculcados y surgiera un gobierno netamente partidario, “buscó en la política del acuerdo la posibilidad de constituir un gobierno con sustentación nacional. Intentó sin éxito esta solución con la fórmula Mitre-Irigoyen, dos ciudadanos que satisfacían las aspiraciones generales. Tampoco consiguió que el Partido Nacional apoyara la candidatura de su amigo Roque Sáenz Peña. Tuvo que transigir con una fórmula que significaba mantener el predominio del general Roca en el partido oficialista y para asegurar su triunfo, fue necesario destruir la oposición con la fuerza policial.


Pellegrini, demócrata por convicciones y realista por temperamento, comenzó su carrera política contrariando los principios que sostenía en su tesis doctoral y florecieron al final de su vida, después de cuarenta años de acción pública. Sancionó con su voto el escrutinio fraguado por el Congreso, con el cual Alsina venció a Mitre en las elecciones de 1874. “Creo que hemos hecho una gran barbaridad”, exclamó Pellegrini cuando se retiró del recinto. Aceptó y fue elegido vicepresidente de la Nación, como Sarmiento, por el asentimiento de los jefes de su partido, sin haber asistido a ningún acto público reclamando el voto de sus conciudadanos. Se apartó del presidente Juárez Celman por su acción absorbente y sus procedimientos antidemocráticos, afirmando, cuando se hizo cargo de la presidencia, que respetaría la libertad electoral y así celebró las primeras elecciones en la Capital. Poco tiempo después se vio obligado a detener los progresos de la oposición, encausar a sus dirigentes y provocar su abstención en los comicios.


En estas contradicciones, con este drama íntimo, entre sus principios democráticos y la imposibilidad de aplicarlos, reside uno de los valores de su personalidad y la calidad del gobernante. Antes que sus propias ideas está el país. El país requiere orden y paz, el respeto por la autoridad constituida, terminar con la politización del ejército y las revueltas armadas. El presidente Pellegrini lo consigue. Nadie más que él “deplora el régimen legal que ahoga la libertad de sufragio” pero nadie teme más que él a la anarquía y el desgobierno. Lo demostró cuando combatió la revolución de 1890 y descubrió el sectarismo con que se proponía ejercer el gobierno la Unión Cívica si hubiera triunfado. Lo demostró posteriormente cuando propuso que su amigo Del Valle ocupara el Ministerio del Interior y poco tiempo después se opuso tenazmente a su política disolvente. Sacrificaba sus ideas sin abandonarlas. No las inmolaba para servir intereses personales o ambiciones de poder. Lo inspiraba un sentimiento patriótico, el propósito de llevar al país por los carriles del orden. Sacrificó la amistad de sus mejores amigos y no lo perturbaron sus afectos para cumplir con su deber como él lo entendía. Consideró la realidad nacional y su rudimentaria organización democrática, el peligro de entregar el gobierno a extremistas que desencadenaran de nuevo la anarquía, la lucha entre las distintas regiones del país que el gobernador Tejedor había emprendido recientemente. Veinte años después cuando el progreso y la estabilidad de las instituciones se había afianzado, Pellegrini creyó que había llegado la oportunidad de establecer comicios verdaderos que aseguraran la autenticidad del gobierno representativo. Fue entonces cuando su personalidad adquirió los relieves de un veterano estadista, nutrido de experiencia y sabiduría políticas. Sostuvo en memorables polémicas la necesidad de practicar honestamente la democracia establecida por la Constitución, reaccionando de sus propios procedimientos y demostrando la necesidad de abandonar una democracia rudimentaria para comenzar a practicar una democracia real.


El presidente Pellegrini se halló ante la impotencia del hombre para dominar los intereses creados y los acontecimientos sociales, las dificultades que ofrecía el país para salir de una seudo democracia y practicar la República establecida por las leyes. Su temperamento ejecutivo y práctico debió contentarse con abandonar lo mejor, para realizar lo posible y limitarse a defender lo esencial. Como los patriotas que lucharon por la independencia prometiendo la felicidad del pueblo, por medio de la libertad política y económica, y con ella la garantía de los derechos individuales, el derecho de propiedad y la imparcialidad de la justicia, tuvieron en su comienzo que sacrificar todos sus ideales y promesas para salvar la República, y con ello asegurar el porvenir que ofrecería todos aquellos beneficios, así, con entereza y coraje defendió Pellegrini la autoridad del Estado y el mantenimiento del orden. Es la constante tragedia en que vive el hombre. Los gobernantes más autoritarios, los de inteligencia superior, los idealistas y los realizadores, no pueden torcer las situaciones creadas, las tremendas deficiencias de la organización social, de las leyes y de la administración, por más empeño y decisión que pongan en su acción. El hambre del campesino francés en los últimos años de la monarquía borbónica, la sufren Irlanda y Rusia. La tremenda pobreza en la Inglaterra industrial del siglo pasado, también se repite en España después de la gran guerra y continúa en vastas regiones de América y aun en varias regiones de Argentina sin que pueda remediarse a pesar del empeño de los gobernantes, del adelanto de la técnica, del aumento de la riqueza y del progreso industrial. Hombres, mujeres y niños continúan sufriendo hambre y miseria, sin esperanzas de poder escapar de la condición en que han nacido.


El presidente Pellegrini hizo todo lo que podía hacer en las circunstancias en que actuó. En el balance final de su presidencia, a pesar de algunos tropiezos y contradicciones, demostró condiciones excepcionales de gobernante para mantener el prestigio y la autoridad de la primera magistratura, la estabilidad de las instituciones. Imprimió a sus actos el sello de su personalidad, intervino en los debates para ilustrar a la opinión pública, asumió íntegramente la responsabilidad de sus resoluciones y exteriorizó en todas las situaciones un singular valor civil, que fue el estilo que imprimió a su larga actuación pública.


Obligado a escoger entre el orden y la anarquía, prefirió el orden y todo lo inmoló, para imponerlo. El país reconoció el valor de la tarea realizada. El presidente consolidó su prestigio nacional y la República escuchó su palabra y empleó sus servicios hasta el día de su fallecimiento.


Cuando Pellegrini entregó el gobierno a su sucesor, abiertas todavía las heridas que había causado, sus adversarios se disponían a insultarlo y silbarlo. Regresaba a pie de la Casa Rosada hasta su domicilio, rodeado de algunos amigos. Su actitud de tranquilo coraje se impuso a la plebe. Se vio entonces al general Mitre tomar del brazo al presidente, y al pueblo, contemplar con respeto, el paso de los dos eminentes ciudadanos. El de mayor edad era el exponente de la generación que había organizado la República; el más joven, todavía fatigado por la reciente tarea, era la expresión de la nueva generación; los dos, abnegados servidores para asegurar el orden en la República.