José Miguel Carrera 1820-1821
William Yates
 
 
Traducción, prólogo y notas de José Luis Busaniche
 
El historiador argentino José Luis Busaniche nos ofrece en castellano una versión del relato del oficial irlandés William Yates, que sirvió a las órdenes del General José Miguel Carrera en las guerras civiles argentinas de 1820 y 1821. La presente traducción está enriquecida por el valioso prólogo y las notas de Busaniche.
No es el testimonio de Yates el de un hombre imparcial, y por esto debe ser acogido con las reservas que provoca un actor de los sucesos narrados con patético colorido, en un estilo sencillo y directo. Compañero de Carrera, admirador de su talento estratégico, amigo y confidente, en cierto modo, el oficial irlandés nos introduce en la existencia del patriota chileno en sus postreros momentos, pero el tema principal de esta memoria lo constituyen las guerras civiles del litoral argentino en 1820 y la dramática campaña de Carrera en 1821, que culminó con su muerte. Y es que en estos sucesos Yates actuó como un franco admirador del general chileno, cautivado por el valor legendario de las hazañas que brotan al paso de Carrera.
La campaña de 1821 es la única en que el gran militar chileno dirigió personalmente a sus tropas en el curso borrascoso de las guerras civiles argentinas. Antes había actuado en las discordias entre federales y unitarios, entre las provincias y el litoral. Es este uno de los periodos más difíciles de historiar en la vida argentina, y la actuación de Carrera en esos años sigue siendo materia de un esclarecimiento definitivo para los historiadores. La vida de Carrera es materia novelesca y su dimensión en la historia de Chile ha sido muy discutida, pero sus actos en Argentina merecen los más contradictorios juicios.
Busaniche, sin dejarse arrastrar por enconos tradicionales, coloca a Carrera en su sitio exacto. El prólogo que precede a la traducción de Yates es pareja en elogios, pero también llama la atención por su objetividad al apreciar los últimos años de su vida.
Cuando Carrera se adorna al escenario de las guerras civiles argentinas, un desprestigio casi absoluto abruma al gobierno central. Rondeau había sucedido a Pueyrredón en el Directorio.
En esos momentos, que coinciden con la mitad de 1819, el General Carrera pone su prestigiosa espada al servicio de la causa federal que ya había servido con la pluma. Porque en Carrera, hombre culto, se combinan los más extraños prestigios. Era un hijo del despotismo ilustrado, del siglo de las luces. La Enciclopedia modeló su alma confusa y arrogante, y dio lustre a su breve acción de mandatario progresista. Carrera, como lo pinta Yates, sabe morir a la manera de un estoico.
Antes de meterse de cabeza en las contiendas civiles argentinas, había atizado con escritos sediciosos la oposición al gobierno de Pueyrredón. En la imprenta que tuvo en Montevideo, no muy bien abastecida, forjó las proclamas y libelos que dirigió a sus amigos de Chile y publicó su periódico "El Hurón". Con esas hojas difama a quienes consideraba sus enemigos: O'Higgins, San Martín y Pueyrredón. Pareciera que más que afinidad de opiniones con la causa federalista, lo impulsó su deseo de minar los cimientos del gobierno central. Pero en Carrera había una ambición más grande: restaurar su gobierno en Chile y derribar a O'Higgins del poder en que lo había colocado su valor, con el apoyo de San Martín.
En el curso de este relato de Yates vemos a Carrera moviéndose entre las masas federales primero y más tarde alentando a los indios pampas, que lo bautizaron con un nombre asombroso: el Pichi Rey. Con todos esos elementos bárbaros y primitivos, movidos por la sed de venganza, Carrera organiza sus fuerzas y se mueve por el litoral primero y por la pampa después. Es una etapa de asaltos, de combates, de entreveros, que termina trágicamente en la Punta del Médano, donde lo derrotan las tropas mendocinas de Albín Gutiérrez.
La fatalidad lo perseguía. Primero fue su mala suerte militar ante los muros de Chillan. En seguida vino la actitud discutida en las horas anteriores a la batalla de Rancagua. Más adelante, Carrera busca recursos y elementos de guerra en Estados Unidos y solicita el apoyo de amigos norteamericanos. Por fin, una serie de fracasos lo precipitan en la vorágine que lo consumió en la Punta de Médano, después de haber visto fusilados a sus dos hermanos en la ciudad que lo ve morir con un gesto espartano y rechazar la confesión que le ofrecen unos frailes.
El mérito documental de relato de Yates es presentar a Carrera en su avance hacia la caída final, con todos los episodios fundamentales de los últimos años de su existencia.
Vemos la combinación de hechos fatales que lo abruman y lo vencen. Presenciamos sus desesperados esfuerzos por buscar aliados, su simpatía humana que le gana el corazón de los indios, la valerosa conducta de su mujer, que lo acompaña y cae prisionera de Dorrego en la batalla de San Nicolás, la saña de los poetas de Buenos Aires que pintan a Carrera como a un monstruo. Poco a poco Carrera va asintiendo a la declinación de su estrella.
Cuando Carrera buscó la alianza de los indios, tuvo que conciliar sus intereses y puntos de vista con los impulsos vandálicos de los maloqueros. Y vino entonces uno de los episodios que han provocado mayor encono en su contra: el saqueo de El Salto, en que doscientas cincuenta mujeres y gran número de criaturas fueron apresadas por los pampas. Los excesos que causó este hecho de guerra, que Carrera trató de impedir, pasaron a la historia argentina con prestigios de leyenda. Yates narra con agudeza el episodio de El Salto. Fue este un acontecimiento bárbaro, muy propio de la época. Desde ese día Carrera se fue aproximando hacia la caída, pero aun lo acompañaron los que sentían su capacidad de mando y de acción, pero cuando llegó a la Punta del Médano estaba de antemano vencido por un conjunto de adversidades.
Son páginas épicas que han servido a muchos historiadores y que convenía conocer directamente. Todo ello explica el interés de este libro y justifica el impecable trabajo del traductor.