Los Congresistas de Tucumán
Principales rasgos biográficos de los diputados
 
 
Manuel Antonio Acevedo

En el seno de una tradicional familia de Salta nació en 1770 Manuel Antonio Acevedo y Torino. Hizo sus primeros estudios en la ciudad natal, los prosiguió en el Colegio de Montserrat y los culminó en la Universidad de Córdoba, que le otorgó el grado doctoral en ambos derechos. En 1795, confirióle el orden sacerdotal el obispo Moscoso, a quien por un tiempo acompañó como familiar.

Vuelto a Salta, dedicóse a la docencia, noble pasión que nunca lo abandonó, y a su ministerio pastoral. A éste lo ejercería, a partir de 1806, como párroco de Belén, en Catamarca. Brindó sus auxilios espirituales en la batalla de Tucumán primero y luego en la de Salta, lo que movió a Belgrano a proponerlo como capitular de la Catedral de esa diócesis. Nombrado tal, pidió licencia para seguir atendiendo su curato, desde el que también promovió la instrucción popular. Como su persona y su deber merecieran el beneplácito general, el pueblo catamarqueño lo hizo su diputado ante el Congreso de 1816. Correspondióle decir la oración sagrada en la función litúrgica del 25 de marzo, día de la instalación solemne de la asamblea, y debe haberlo hecho muy bien porque sus palabras fueron vivamente celebradas.

Como diputado, su acción más sobresaliente está vinculada con el proyecto de monarquía incaica, con capital en Cuzco, del que fue autor y sostenedor a partir de la sesión del 12 de julio. Firmó el acta de la independencia y la Constitución de 1819. Al disolverse el Congreso a principios de 1820, como todos sus colegas sufrió prisión y se le hicieron tremendas acusaciones por supuestos delitos públicos contra el Estado. Puesto en libertad, asumió en 1821 la secretaría de la Junta de Representantes bonaerense.

Otra vez en Catamarca, continuó su obra docente, en la que no deben haberle faltado espinas, como lo prueba el título de un folleto que por entonces hizo circular: “Manifestación político-jurista del doctor M. A. Acevedo sobre la ilegal resistencia que hace don Miguel Díaz de la Peña a entregarle la hacienda del colegio en la jurisdicción de Catamarca, y demás agravios que por esta causa se le han inferido”.

Viajó por última vez a Buenos Aires con el fin de representar a Catamarca en el Congreso de 1824, muriendo el 9 de octubre del año siguiente. Poco antes había anunciado en el recinto de sesiones que dimitiría por estar su salud resentida.


Tomas Manuel de Anchorena

La de Tomás Manuel de Anchorena fue una de las personalidades más sobresalientes de la vida bonaerense en las primeras décadas del siglo XIX. Ilustradísimo y respetado, destacóse por la firmeza de su carácter y su agudeza para interpretar los sucesos en que le tocó participar o los más espinosos asuntos que hacen a la vida política de un Estado.

Nacido en Buenos Aires el 29 de noviembre de 1783, inició sus estudios en el Real Colegio de San Carlos y los continuó en Charcas, donde doctoróse en leyes. Siendo en 1810 regidor del Cabildo, libró dura lucha contra la mayoría de sus pares, que apoyaban la causa del Virrey. Llevado por sus negocios al Alto Perú, unióse a Belgrano, a la sazón jefe del Ejército del Norte, acompañándolo en la campaña que culminó tristemente en Ayohuma. La energía de su carácter le permitió obtener los recursos necesarios para amenguar en parte los pesares de las tropas vencidas.

Elegido diputado de Buenos Aires al Congreso de 1816, no fue de los primeros en incorporarse. Lo hizo en mayo, alegando previamente razones de salud. Su participación en los debates fue frecuente, ordenadora y siempre ponderada. Suscribió el acta de la independencia y es opinión aceptada que su decidida actitud, especialmente concretada en su discurso del 6 de agosto, fue factor fundamental para que se dejase de lado el proyecto monárquico alentado por Acevedo. Su actuación como representante concluyó con el período tucumano de la asamblea.

Intensa fue la gestión cumplida por Anchorena a partir de 1820 en su provincia natal. Sucesivamente, enfrentó al gobernador Sarratea, opúsose a Rivadavia y a los unitarios, apoyó a Dorrego, atacó a Lavalle (que lo desterró) y fue ministro de Rosas en su primera gestión gubernativa.

Falleció el 29 de abril de 1847 y en su homenaje, al día siguiente, aprobó la Junta de Representantes este significativo texto: “Se declara que es un justo motivo de duelo, para la provincia de Buenos Aires, la muerte del doctor Anchorena, único que sobrevivía de entre los impertérritos diputados que dignamente la representaron en el Congreso de San Miguel de Tucumán, cuando ese augusto cuerpo declaró la independencia de la patria, en medio de sus más gloriosos conflictos”.

Tres documentos salidos de la pluma de Anchorena son fundamentales para desentrañar nuestro proceso emancipador y las relaciones entre el Estado Argentino y la Iglesia. Los dos primeros, dirigidos a Rosas poco antes de su muerte, constituyen sendos ensayos de interpretación de los hechos ocurridos entre 1810 y 1816; el tercero, de 1834, es su respuesta a la consulta que le hiciera el gobierno provincial sobre la extensión del pretendido derecho de patronato eclesiástico. La precisa dilucidación de tan delicado asunto permitióle a Anchorena mostrarse no sólo como un cristiano piadoso, sino también como un católico de aguda formación teológica y canónica.


Pedro Miguel Aráoz

Fecunda en el servicio de la patria y larga por edad fue la vida del padre Aráoz.

Nació el 20 de junio de 1759 en San Miguel del Tucumán, habiendo tenido por hermanos a Bernabé y Diego. Enviado por sus padres a Buenos Aires, aquí estudió en el Colegio de San Carlos, para después marchar a Córdoba, en cuya Universidad doctoróse en teología. Otra vez en Buenos Aires, hasta 1787 fue profesor en el colegio antes mencionado, teniendo por alumnos a adolescentes que, corrido el tiempo, descollarían en el servicio de la patria. Fue uno de los veinticinco clérigos que firmaron un manifiesto de adhesión al presbítero Juan Baltasar Maciel, quien, en el concepto de ellos, había sido injustamente sancionado por la autoridad virreinal.

Establecido en su ciudad natal, fue párroco de la matriz y pronunció la oración fúnebre por los caídos en la primera invasión inglesa. Sucesivamente apoyó a la revolución de 1810 y al ejército que Belgrano llevaría al triunfo en Tucumán y Salta. El creador de la bandera lo distinguió haciéndolo capellán de la milicia criolla y recomendándolo, después de la lucha en el Campo de Castañares, “por haber ejercido su santo ministerio en lo más vivo del fuego, con una serenidad propia y haber sido infatigable en el cumplimiento de su piadosa misión”. Integró el Congreso de 1816 hasta que a fines del año subsiguiente se le aceptó la dimisión que presentara por dos veces.

Otra vez en su tierra, participó activamente en los hechos que dieron origen a la fugaz República de Tucumán, cuya presidencia ejerció Bernabé. Dirigió el periódico “El tucumano imparcial” y fue uno de los firmantes del tratado de Vinará, que puso fin a la lucha con los santiagueños.

Rodeado del respeto de sus compatriotas, murió el 18 de junio de 1832.


Mariano Boedo

La precariedad económica que castigaba al hogar paterno le impidió a Mariano Boedo y Aguirre culminar sus estudios universitarios, realizados en Charcas, debiéndose conformar con sólo la licenciatura en ambos derechos. Sin embargo, este condiscípulo de Mariano Moreno, nacido en Salta el 25 de julio de 1782, parecía ser de inteligencia brillante, a tenor de la carta dirigida a su madre para narrarle el éxito alcanzado al examinarse en teología allá por 1800.

Pero si mezquina fue para él la holgura financiera en sus años de estudiante, ya licenciado comenzó a escalar buenas posiciones. Así, en 1804 era secretario de la Real Audiencia de Charcas y al año siguiente obtuvo el derecho de abogar. Estando en Salta, al anoticiarse de los sucesos de Mayo los apoyó decididamente, convirtiéndose en uno de sus más decididos sostenedores en la región norteña. Llamado por Pueyrredón, fue su secretario mientras ocupaba la gobernación intendencia de Córdoba y lo reemplazó por breve tiempo al dimitir aquél su cargo. Tras lograr el acatamiento de los jujeños, a la autoridad gubernativa de Güemes, Salta lo hizo uno de sus diputados al Congreso de 1816. Durante parte de su gestión, que duró hasta febrero de 1818, dedicóse sin éxito a lograr la incorporación del coronel Moldes. Retirado de la vida pública, falleció en Buenos Aires el 9 de abril de 1819.


José Antonio Cabrera

Varón de afirmaciones osadas, como lo prueba su intervención en el Congreso a raíz de un hurto de correspondencia, don José Antonio Cabrera y Allende nació en Córdoba el9 demarzo de 1760 y allí falleció el 14 de abril de 1820.

Frecuentó las aulas del Colegio de Montserrat y licencióse en derecho por la Universidad de San Carlos. Apoyó el movimiento revolucionario de 1810, tomó después parte activa en la política cordobesa, desempeñóse como alcalde de primer voto y aceptó los postulados artiguistas, de los que en 1815 fue preconizador ante Buenos Aires.

Diputado al Congreso de 1816, mostróse en éste decidido sostenedor del federalismo artiguista. Acompañó a Pérez Bulnes en el voto contrario a la instalación del cuerpo en Buenos Aires.

Retiróse a la vida privada al declinar la estrella del caudillo oriental.


Pedro Buenaventura Carrasco

Raramente intervinieron los médicos en la vida política de la patria naciente. Don Pedro Buenaventura Carrasco fue uno de los pocos que así lo hicieron.

Nacido en la villa de Oropesa, del valle cochabambino, el 14 de junio de 1780 graduóse de doctor en medicina por la Universidad de Lima.

Al producirse las invasiones inglesas actuó en Buenos Aires como cirujano del Regimiento de Patricios. En 1808 llenó los requisitos para pretender el título de “médico latino” y al año siguiente lo hallamos en Chuquisaca, donde participa de la revolución allí estallada, para hacer otro tanto, en 1810, en su tierra natal. Un año después asumió en esa Cochabamba el cargo de ministro tesorero de las cajas reales y en 1812 comenzó a servir gratuitamente como cirujano mayor al Ejército del Norte.

Mientras se hallaba en Buenos Aires, Cochabamba lo hizo su diputado al Congreso de 1816, incorporándose en la sesión del 17 de agosto. Sus pares lo enviaron a Buenos Aires, junto con Castro Barros y Darragueyra para que los tres asistiesen al director Pueyrredón en su difícil cometido. Cuando el Congreso se trasladó, Carrasco volvió a incorporarse a las deliberaciones. Falleció en Buenos Aires el 13 de julio de 1839.


Pedro Ignacio de Castro Barros

En la riojana aldea de Chuquis, parte integrante del entonces departamento de Arauco y ahora puesto bajo su advocación, nació Pedro Ignacio de Castro Barros el 31 de julio de 1777. Sin vacilación, bien puede decirse de él que fue una de las figuras más íntegras del clero católico argentino y un varón de relieves singulares en las luchas cívicas.

Inició sus estudios en Santiago del Estero y los prosiguió en Córdoba. Graduóse en teología merced al apoyo que recibió del rector de la Universidad de San Carlos, padre Sullivan, quien vio en él las luces necesarias como para brindarle los recursos económicos de que carecía su familia, linajuda pero a la sazón escasa de bienes.

Ordenado sacerdote el 31 de diciembre de 1800 por el obispo Moscoso, su obra pastoral primera la cumple a través de la enseñanza y la predicación. Aquélla la ejerce primero en su provincia natal y en Córdoba, de cuya Universidad será profesor y conciliario. Luego asumirá el curato de La Rioja y también la vicaría foránea. Mientras apoya la causa revolucionaria, vuelca sus afanes en la construcción de la iglesia matriz, cuya terminación coincide con el de su período como párroco.

Diputado por su tierra a la Asamblea del Año XIII, por mandato de ésta recorrerá gran parte del país para hacer propaganda en favor de la causa patriótica. Recuerda Guillermo Furlong que fue al regreso de esta comisión cuando Castro Barros pronunció en Tucumán un célebre discurso. Su fervor religioso y su fervor patriótico se unieron en esa ocasión, en que por feliz coincidencia memorábase el quinto aniversario de la Revolución de Mayo y la gran festividad del Corpus Christi. Don Pedro Ignacio habló fuerte contra el libertinaje que a él le parecía haberse multiplicado a partir de 1810 y no vaciló en justificar plenamente la idea independientista, posición que asumía gran valor cuando, vuelto Fernando VII al trono, muchos rioplatenses parecían dispuestos a rendirle vasallaje.

Otra vez fue Castro Barros diputado de La Rioja al ser convocado el Congreso de 1816. En él actuó con brillo y tenacidad, lo presidió por dos veces, con tal carácter recibió el juramento de Pueyrredón como supremo director y suscribió el Manifiesto a las Naciones, apoyó la declaración de la independencia y postuló la monarquía.

Los años siguientes le trajeron, además del curato de San Juan primero y el rectorado de la Universidad de Córdoba después, hondas preocupaciones y situaciones molestas, entre las que no faltó la prisión por obra de las montoneras.

Buena parte de sus energías las dedicó Castro Barros a oponerse frontalmente a la política religiosa que contra la Iglesia bonaerense pretendió llevar el ministro Rivadavia. Otra parte a su ministerio, por lo que hizo a Cuyo una visita eclesiástica en 1827 y desempeñó la vicaría capitular de Córdoba.

Las disidencias políticas lo hicieron su víctima y lo llevaron al destierro, primero en la Banda Oriental y después en Chile. En esta tierra retornó a la docencia desde las cátedras de la Universidad de San Felipe y otros institutos superiores.

Su muerte, ocurrida en Santiago el 17 de abril de 1849, determinó imponentes honras fúnebres.


José Eusebio Colombres

Hijo de don José Colombres y Thamés y de doña María Ignacia Córdoba, nació en Tucumán el 6 de diciembre de 1778. Doctorado en cánones por la Universidad de San Carlos en 1803, también en este año diósele el orden sacerdotal.

Su diputación por Catamarca al Congreso de 1816 debióse a que allí ejercía desde tiempo atrás su ministerio, como párroco de Piedra Blanca. No fue intensa su actuación en la asamblea, de la que se retiró tras pocos meses de integrarla. Colombres formó parte del grupo que, influido por el doctor Serrano, aspiraba a trasladar la sede del gobierno nacional al interior del Alto Perú.

Otra vez en Catamarca, don José Eusebio permanece allí hasta que se traslada a Tucumán, donde pronto se ve mezclado en las luchas civiles que por largo tiempo azotaron al noroeste argentino. Inclinado al bando unitario, será ministro del gobernador Piedrabuena y factor importante en la formación de la Coalición del Norte. El fracaso de ésta y el trágico fin de Lavalle lo llevan como exilado a Bolivia, donde permaneció hasta 1843. ínterin, ejerció el curato de Libi-Libi.

Hasta su muerte, producida en su ciudad natal el 11 de febrero de 1859, desempeñó diversos cargos eclesiásticos. Entre éstos hay que mencionar los de canónigo magistral y vicario de la diócesis de Salta, funciones que se le dieron después de ser desterrado otra vez de Tucumán por obra del gobernador Campos.

Propuesto para ocupar la silla episcopal de Salta, murió el 11 de febrero de 1859, en su ciudad natal, sin saber que el 23 de diciembre anterior había sido aceptado por el Santo Padre.

La memoria de este benemérito sacerdote está entrañablemente unida al cultivo y a la explotación de la caña de azúcar, fuente de riqueza económica que por largos años promovió y multiplicó.

ángel G. Carranza Mármol narra este hecho magnífico:

“Conocidos los sentimientos de caridad y de piedad del presbítero Colombres, que supo siempre prestarlos a los menesterosos y a los pobres de espíritu, encontróse un buen día con un hombre que le solicitó una limosna, en circunstancias que se dirigía a la Iglesia Matriz, en Catamarca, y no teniendo dinero con qué satisfacer el pedido, le suplica seguirle hasta dar con un lugar secreto, que pronto halló, una casa inhabitada; allí, sonriente y complacido de prestar en cualquier forma un servicio, se despoja de sus hábitos sacerdotales, se quita la camisa y la presenta al pobre, y le pide la acepte y se la ponga, pues no tiene otra cosa con qué ayudarle por el momento, pidiéndole a la vez que por todo agradecimiento, guardara silencio y olvido de esta acción; pero el favorecido creyó no deber silenciarla y la divulgó para hacer de esa manera conocer los méritos del cura Colombres y enseñarlo como un alma piadosa”.


Miguel Calixto del Corro

Nació en Córdoba el 14 de octubre de 1775, en el hogar formado por el metropolitano Miguel Antonio del Corro y la criolla Jerónima de Cabanillas. Estudió en el Colegio de Montserrat y se graduó de doctor en teología por la Universidad de San Carlos, para recibir en 1800 las sagradas órdenes. Compartió su ministerio con la docencia, fue miembro del Cabildo catedralicio y con el correr del tiempo desempeñó diversas tareas públicas o eclesiásticas.

No llegó a incorporarse a la Asamblea del Año XIII como diputado por Córdoba, pero sí lo hizo al Congreso de 1816, también en representación de su provincia. Seguramente debía ser grande el prestigio del que gozaba Corro entre sus pares para que éstos le confiasen delicadas misiones, como las destinadas a evitar el enfrentamiento de Güemes con Rondeau, lograr la paz para Santa Fe, conseguir que el Paraguay enviase diputados a Tucumán y reiniciar el diálogo con el artiguismo. Y si en el ejercicio de estos encargos no siempre se vio exento de sufrir contrariedades y fracasos, tampoco sus colegas se los ahorraron, al punto de cerrarle las puertas del recinto de sesiones por estar abierta contra él una causa criminal, originada en el cumplimiento de una de las antedichas gestiones.

Concluida su labor como diputado, volvió a Córdoba, donde fue rector de la Universidad, legislador y sostén de la política del general Paz. Aprisionado éste, Corro retiróse de la vida pública y entregóse a su ministerio pastoral. Y de éste también debió alejarse por 1840 cuando una ceguera total cayó sobre él. Falleció el 16 de setiembre de 1851.

Gozó de gran fama como orador sagrado y patriótico, al punto de que algunos de sus discursos se consideraron piezas maestras. Veintiséis de sus sermones fueron reunidos por él en dos volúmenes, que se imprimieron en Filadelfia.


José Darregueyra

El 1 de julio de 1770 recibía su bautismo José Darregueyra, nacido cinco días antes en el hogar limeño formado por don José de la Darregueyra y Calbete y doña Jacoba de Lugo y Sandoval. Todavía niño fue llevado a Buenos Aires para que estudiase en el Real Colegio de San Carlos. Graduado de bachiller, en 1791 marcharía a Charcas para incorporarse a la Real Academia Carolina. Abogado tres años después, inicia su labor profesional en dicha ciudad, prosiguiéndola en Potosí, donde interinamente ocupará el ministerio de defensa fiscal de la Real Hacienda.

En 1795 está otra vez en Buenos Aires, en la que actúa asociado a Vicente Anastasio de Echevarría. Corrido el tiempo, será uno de los participantes en el Cabildo Abierto del 22 de mayo, en el que vota coincidentemente con Martín Rodríguez. Constituida la Junta, ésta lo invita a colaborar en la redacción de “La Gaceta” y el 23 de junio lo designa miembro de la Real Audiencia, cuyos miembros en adelante serán llamados conjueces, en lugar de oidores. Al producirse la división en el seno del nuevo equipo gobernante, Darregueyra se inclinará al saavedrismo y en 1812 será confinado por el ejecutivo triunviro, castigo que sólo será plenamente levantado en 1815, año en que también se lo nombra vocal de la Cámara de Apelaciones (ex Real Audiencia).

Convocado el Congreso de 1816, primero fue elegido integrante de la Junta Electoral de Buenos Aires y luego diputado. Llegó entre los primeros a la sede de la reunión y desde un principio se constituyó para el historiador, a través de su correspondencia epistolar,en una magnifica fuente de información. Varón de juicios rotundos, en una carta a Tomás Guido estampa éste: “San Martín es el único que puede salvarnos”. Enviado por sus pares a Buenos Aires para aconsejar al director supremo, pronto una antigua enfermedad lo llevará al sepulcro. Murió el 1 de mayo de 1817.

El anuncio oficial de tan triste nueva fue hecho al Congreso, ya establecido en Buenos Aires, en la sesión preliminar del 3 de mayo, por la noche. El Redactor dice al respecto cuanto sigue:

“Durante esta sesión fue anunciado al Congreso que había fallecido el Dr. D. José de Darregueyra, uno de sus miembros en el año anterior, como Diputado por Buenos Ayres, y que debía continuar en ese carácter por reelección del mismo pueblo. Un triste silencio se apoderó de la corporación. El saber, el patriotismo, la moderación, y demás calidades personales de Darregueyra le habían conciliado el afecto de sus honorables Socios”. Sus pares acordaron nombrar de su seno una comisión para que “presidiendo la pompa fúnebre, fuese un testimonio público del homenage que tributa a la memoria de los buenos”.


Pedro León Gallo

Hijo del español Vicente Díaz Gallo y de la criolla Francisca Gabina López de Velazco, Pedro León nació en Santiago del Estero en 1779. Sus estudios los realizó primero en el Colegio de Montserrat y luego en la Universidad de San Carlos, dejando en ambos buena fama por su contracción a los libros y su “inteligencia luminosa”. Graduado de maestro en artes y ordenado sacerdote, fue elegido por su provincia natal para que la representase en el Congreso de 1816; de éste participó hasta su infeliz conclusión, dado que sus comprovincianos le reiteraron la designación al vencer cada uno de sus mandatos.

Para proseguir las deliberaciones, marchó con sus colegas a Buenos Aires, donde, tras la desaparición del Congreso, debió padecer la prisión que contra sus miembros decretó el gobernador Sarratea.

Vuelto a su provincia, Gallo fue uno de los firmantes del Tratado de Vinará, junto con Pedro Miguel Aráoz y José Andrés Pacheco de Meló, sus hermanos en el sacerdocio. Elegido representante de Santiago del Estero al Congreso de 1824, no participó de éste porque debió viajar a Salta para optar al curato de su ciudad natal. Luego fue legislador provincial, activo colaborador del gobernador Juan Felipe Ibarra y vicario foráneo. Muerto dicho mandatario, actuó como ministro de Mauro Carranza, su sucesor. Al advenir a la primera magistratura provincial don Manuel Taboada, el presbítero Gallo decidió retirarse a Tucumán, lo que hizo no sin sufrir inconvenientes, agravios y prisión. Instalado en su nuevo domicilio, falleció el 7 de febrero de 1852.


Esteban Agustín Gascón

El 9 de julio de 1764 nació Esteban Agustín Gascón en Oruro, donde su padre, don Blas, era contador de las cajas reales. Llevado a Buenos Aires, lugar donde la familia residía regularmente, estudió en el Real Colegio de San Carlos y después marchó a Charcas, en cuya universidad graduóse de doctor en derecho. Avecindado en su ciudad natal, dedicóse a la abogacía y en 1801 fue nombrado miembro de la Real Audiencia de Charcas, para ser dos años después administrador de la aduana de Potosí. Figura principal del levantamiento habido en Chuquisaca en 1809, tras su fracaso abandonó la región, so pena de vida. Ocurrida la Revolución de Mayo, fue sucesivamente conjuez de la Real Audiencia, juez decano de La Plata, presidente de aquel tribunal y gobernador intendente, cargo al que accedió por la voluntad de un cabildo abierto. Desde esa función colaboró con la acción militar de Belgrano, quien, tras el triunfo del 20 de febrero, lo designó gobernador intendente de Salta. Ocurrido el desastre de Ayohuma y perseguido tenazmente por las tropas de Pezuela, don Esteban debió bajar a Buenos Aires. Aquí publicó unos documentos relativos a su gestión y desempeñó cargos y delicadas misiones.

En 1815 se lo designa miembro y presidente de la Junta deObservación, redactor con otros colegas del Estatuto Provisional, ministro del director interino Alvarez Thomas y diputado al Congreso de Tucumán. En éste cumplió una actuación destacada, con ponderación de juicio y encomiable método de trabajo. Su nombre figuró entre los de los candidatos a ocupar la función directorial, que a la postre se confiaría a Pueyrredón; también estuvo entre los opositores al régimen monárquico.

Trasladado el Congreso a Buenos Aires, Gascón acompañó a Pueyrredón como ministro de Hacienda, cartera que desempeñó hábilmente. En 1819, el nuevo director, Rondeau, lo escogió para realizar una misión diplomática en Río de Janeiro y por la misma época Tucumán confióle una banca senatorial. Desde entonces hasta su muerte, ocurrida en Buenos Aires en 1824, ocupó cargos judiciales, fue legislador y encargósedebuscar solución a choques interprovinciales.

Es fama que hablaba a maravillas inglés, latín y quichua, lengua que le fue muy útil cuando, en la primera década del siglo, procuró el alzamiento de los indígenas altoperuanos. Por este tiempo unióse a Monteagudo y otros para redactar “El Mercurio Peruano”.


Tomás Godoy Cruz

No es mengua para don Tomás Godoy Cruz decir que fue en el Congreso de Tucumán fiel vocero del ideal sanmartiniano de Independencia y Constitución. Y si bien se mira, concluyese en que sesudo y responsable varón tiene que haber sido quien a los veinticinco años mereció gozar de la confianza del Libertador.

El más joven de los congresistas había nacido en Mendoza el 6 de marzo de 1791, hijo de Clemente Godoy y Nicolasa Cruz. Graduado de bachiller en cánones, filosofía y leyes por la Universidad de San Felipe, dedicóse en su tierra natal al comercio y a la acción política. El Cabildo lo hizo síndico procurador y San Martín tuvo en él a un colaborador importante para concretar la formación del ejército de los Andes. En la casa de Godoy Cruz establecióse una fábrica de pólvora y él dio parte importante de sus bienes para subvenir a los gastos castrenses o engrosar las filas.

Integró el Congreso hasta el 9 de agosto de 1819, habiéndole correspondido presidirlo en dos ocasiones. De regreso en Mendoza, ocupó allí la primera magistratura por dos años, lapso en que desarrolló una fecunda gestión. Y como durante su gobierno fuera vencido y muerto el levantisco trasandino José Miguel Carrera, el gobierno de Chile premió a Godoy Cruz con los despachos de brigadier graduado de su ejército, a la vez que le concedió el diploma de la Legión del Mérito. Tras fracasar en su gestión ante Buenos Aires para lograr la unión de las provincias y la reunión de un congreso nacional, en su provincia fue sucesivamente miembro de la legislatura y también su presidente, gobernador interino y ministro general de José Videla Castillo. Triunfantes los federales, don Tomás tomó el camino de Chile como desterrado, dedicándose allí al fomento de la minería y a la enseñanza. En esto estaba cuando lo sorprendió un llamado del gobierno de Mendoza para que se encargase de la dirección de los establecimientos serícolas. Aceptó y gracias a su dedicación y conocimientos en este ramo pudo su provincia ver multiplicada una importante fuente de riqueza.

Falleció el 15 de mayo de 1852.


José Ignacio de Gorriti

Varón de leyes, espada y gobierno fue José Ignacio de Gorriti, que nació en 1770 en el hogar jujeño formado por el acaudalado navarro Ignacio de Gorriti y la criolla Feliciana de Coeto. En Córdoba siguió los cursos del Colegio de Montserrat y en 1788 marchó a Chuquisaca, donde optó al doctorado en ambos derechos. Por muerte de su padre, debió retornar a la ciudad natal para atender la administración de los bienes familiares y en 1802 contrajo matrimonio con Feliciana Zuviría. Tras el 25 de Mayo, fue uno de los primeros en adherirse fervorosamente a la causa revolucionaria, poniendo a su disposición vida, haberes y tranquilidad hogareña. El y otros beneméritos jujeños y sáltenos fueron los sostenedores permanentes de la resistencia contra la que se estrelló la invasión realista por más de una década.

Elegido diputado por Salta al Congreso, desempeñó el mandato hasta mediados de 1817. En seguida unióse a Güemes para consolidar la resistencia militar, tarea que cumplió con denuedo, brillo y espíritu organizativo. En más de una ocasión sustituyó en el gobierno al vigoroso caudillo y le cupo el mérito de poner en fuga a las tropas que enviaba Olañeta contra Salta y Jujuy creyéndolas indefensas. En tiempo increíble por lo brevísimo, Gorriti reunió al paisanaje y corrió a los atacantes, de entre los que tomó prisionero al coronel Marquiegui, jefe de la vanguardia.

Tras dedicarse por varios años a las tareas rurales, Gorriti volvió a la primera magistratura salteña ente 1827 y 1829, haciéndolo con la probidad que le era proverbial. Estalladas las luchas interprovinciales, al imponerse el bando federal, del que era enemigo, debió marchar con su familia a Bolivia. Allí soportó penurias económicas hasta su muerte, acaecida el 9 de noviembre de 1835.

De él dijo Facundo Zuviría: “Murió pobre de bienes temporales, pero legando a sus hijos la gloria de su nombre, la de sus virtudes y la de los servicios prestados a su patriaenuna larga y honrosa carrera.”


Felipe Antonio de Iriarte

Nativo de Jujuy, sin que pueda precisarse con exactitud la fecha de su nacimiento, doctoróse por Córdoba y por Charcas, de cuya Universidad llegó a ser canciller.

Mientras desempeñaba funciones eclesiásticas en el arzobispado de La Plata, eligiósele diputado al Congreso de 1816, al que se incorporó después de declarada la independencia y del que fue presidente en octubre del año citado.

Designado por Jujuy para que la representase en el congreso convocado por el gobernador de Córdoba, don Juan Bautista Bustos, llególe la muerte en dicha ciudad el 13 de agosto de 1821.


Francisco Narciso de Laprida

En el hogar sanjuanino formado por el asturiano José Ventura de Laprida y la criolla María Ignacio Sánchez de Loria, nace Francisco Narciso el 28 de octubre de 1786. Hizo sus primeros estudios en el Colegio de San Carlos y los superiores en Chile, en cuya Universidad de San Felipe licencióse en cánones y leyes. Allí lo sorprende la Revolución de Mayo, que apoya sin retaceos.

Vuelto a San Juan en 1811, es designado asesor letrado del Cabildo y en tal condición interviene en el conflicto promovido al intimarse su renuncia de teniente gobernador a Saturnino Saraza, a quien se acusaba de traidor a la patria. Estos sucesos llevarán circunstancialmente a Laprida a la cárcel y provocarán su destitución de síndico procurador, si bien pronto se lo declara exento de culpabilidad. Y al comenzar San Martín la organización del Ejército de los Andes, encontró en él al patriota dispuesto a ayudarlo con sus dineros y sus esclavos.

Como diputado por San Juan, integró el Congreso desde marzo de 1816 hasta igual mes de 1818. Lo presidió en julio de aquel año y participó de debates importantes, debiéndose a su iniciativa el ascenso de Pueyrredón al grado de brigadier.

Vuelto a su provincia, ejerció su profesión y fue gobernador interino en momentos en que comenzaban a enfrentarse duramente las facciones políticas locales. Elegido para representar a San Juan en el Senado previsto por la Constitución de 1819, no llegó a desempeñar la función porque dicho cuerpo legislativo nunca se integró.

Laprida era asesor del gobernador Roza —antes había sido subrogante— cuando éste fue derrocado por el movimiento militar acaudillado por Mendizábal. Este, a pesar de que tuvo el apoyo de don Francisco Narciso para que se lo designase en lugar del mandatario depuesto —para terminar así con la división intestina— no vaciló en enviar a prisión a Roza y a su. colaborador. Proclamada la autonomía de San Juan, Laprida fue su delegado ante el gobierno de Chile para que se hiciese una acción en común contra los perturbadores. Desempeñóse como ministro del gobernador Urdininea y marchó a Buenos Aires para ser diputado de su provincia al Congreso de 1824. En éste, cuyas sesiones también presidió, apoyó la sanción de la Constitución de 1826 y la gestión presidencial de Rivadavia.

Otra vez en San Juan, incorporóse decididamente a la facción unitaria y debió pasar a Mendoza al imponerse las tropas de Quiroga y Aldao. En las inmediaciones del Pilar encontró la muerte en setiembre de 1829, al ser alcanzado por un piquete enemigo tras dispersarse las fuerzas militares a las que estaba incorporado.

En 1818 había tomado por esposa a Micaela Sánchez.


José Severo Feliciano Malabia

En Chuquisaca nació el 15 de mayo de 1787 y se graduó de doctor en leyes en 1811 don José Severo Feliciano Malabia, quien desde un principio apoyó decididamente la causa revolucionaria. Siendo Martín Rodríguez gobernador intendente de Charcas, lo hizo su asesor letrado, cargo que ejerció con rigor.

Elegido diputado al Congreso de 1816, fue de los primeros en incorporarse y de los más interesados en el curso de los debates, como también de lograr la aprobación del proyecto monárquico presentado por el padre Acevedo. Y partidario de la realeza siguió siendo cuando muchos abandonaron esta idea, según lo demostró en los debates que se suscitaron —estando ya el Congreso en Buenos Aires— con motivo de discutirse la posibilidad de coronar al Príncipe de Luca.

Clausurado el Congreso y caído el Directorio, Malabia permaneció en Buenos Aires, donde fue nombrado secretario de la Junta de Representantes. En 1825 se trasladó a Bolivia para asumir, aunque no lo logró, la representación diplomática del presidente Rivadavia. Y allí, en 1828, se lo designó integrante del más alto tribunal de justicia, cargo que desempeñó hasta su muerte, en 1849.

Mientras residía en Buenos Aires, fue escogido para acompañar al general Las Heras en la misión que a éste se le encomendó en las provincias interiores y ante las autoridades altoperuanas. Con tal motivo, participó de la conferencia que en Salta mantuvieron Las Heras y el jefe realista Espartero. La designación de Malabia se debió a que el decreto dictado en julio de 1823 decia que el secretario de la misión debía ser natural de las provincias del Alto Perú.

Enlos documentos de la época, el apellido de don José Severo aparece escrito ora con b, ora con v. Con el correr del tiempo ha predominado la primera forma.


Juan Agustín de la Maza

Bachiller en leyes, licenciado y doctor en derecho civil por la Universidad de San Felipe era don Juan Agustín de la Maza, nacido en Mendoza el 4 de mayo de 1784 e hijo de Isidro

Sáenz de la Maza y Petronila Sotomayor. Reconocido por sus comprovincianos como orador distinguido y buen jurista, en su ciudad fue regidor y activísimo colaborador de San Martín cuando éste asumió la gobernación intendencia.

Diputado por su provincia natal al Congreso, lo presidió en noviembre de 1817, habiendo sido también su vicepresidente en diciembre del año anterior. En los debates sobre la forma de gobierno mostróse como un ardiente republicano. Concluyó su misión en abril de 1818.

Otra vez en Mendoza, alternó el ejerciciode la cátedra con la acción política y la función gubernativa. Alcanzó fama como profesor del Colegio de la Santísima Trinidad y por pocas horas, después de haber dicho un discurso que conmovió al auditorio, integró un gobierno triunviro. Posteriormente fue legislador, miembro de la comisión enviada ante el Congreso de 1824 para dar a conocer la opinión de Mendoza y ministro del Poder Ejecutivo. Sin hesitación, fue partidario de la causa federal.

Su muerte se produjo en circunstancias realmente terribles. Invadida Mendoza por las tropas unitarias que obedecían al general Paz, Maza acompañó al general Corvalán en su retirada a la campaña. Allí, en el paraje llamado Chancay, el 11 de julio de 1830 uno y otro, junto con buen número de correligionarios, fueron lanceados por los guerreros indios dePincheira.

Comentando tan trágico final, dice Enrique Udaondo: “El doctor Maza, colaborador de San Martín, patriota distinguido, jurisconsulto y orador notable, tuvo un fin semejante al de su ilustre colega del Congreso del año 16, don Narciso de Laprida; ambos sucumbieron, aunque en distintas tilas, víctimas de nuestras disensiones civiles”.


Pedro Medrana

Hijodel matrimonio formado por el riojano Pedro Medrano y la porteña Victoriana Cabrera, nació el primer presidente del Congreso de Tucumán el 26 de abril de 1769 en San Fernando de Maldonado, población frontera al Río de la Plata en la Banda Oriental. Tras ser alumno del Colegio de Montserrat, donde permaneció hasta 1787, lo fue de la Universidad de Charcas, en la que se doctoró en leyes.

Dedicado en Buenos Aires a su profesión de abogado, participó del Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810 y poco después se lo nombró conjuez de la Real Audiencia. El gran respeto de que gozaba movió a los bonaerenses a llamarlo a delicadas funciones tras la estrepitosa caída del director Alvear. Así, fue uno de los redactores del Estatuto Provisional de 1815.

Elegido por los porteños diputado al Congreso de Tucumán, le cupo el honor de presidirlo desde su inauguración hasta fines de abril. En tal carácter pronunció el discurso de instalación el 25 de marzo; pocos días después logró el voto de sus colegas en favor del indulto para varios soldados condenados a muerte por haber desertado de las filas revolucionarias. Al trazar su bosquejo biográfico es inomitible recordar para su gloria que al discutirse en la sesión del 19 de julio el texto del juramento que debían prestar los ejércitos como expresión de acatamiento a la declaración de la independencia, fue don Pedro quien propuso el agregado que dice “...y de toda otra dominación extranjera”. Varón de opiniones fuertes, no vaciló en pedir a sus colegas que se dispusiese la confiscación de los bienes de cuanto español aquí residente se oponía todavía a la causa de la naciente República.

Concluida su gestión como congresista, Buenos Aires lo eligió para ocupar uno de los cargos senatoriales previstos por la Constitución del 19, que no llegó a desempeñar por las razones conocidas. Tomó parte activa en los sucesos locales habidos en el año siguiente y no aceptó la diputación que se le confió ante el frustrado Congreso Federativo de Córdoba. Posteriormente fue legislador y magistrado judicial, misión que culminó al asumir la presidencia de la Cámara de Apelaciones.

Hermano del obispo Mariano Medrano, apoyó decididamente a los federales. Tras su fallecimiento, ocurrido el 3 de noviembre de 1840, la Sala de Representantes dijo de él que su nombre siempre había sido sinónimo de honor. El Poder Ejecutivo, ejercido por Juan Manuel de Rosas, dispuso erigirle un monumento fúnebre en la Recoleta, fundándose en que “con habilidad y talento supo rendir servicios importantes a la causa sagrada de la independencia este hijo predilecto de la patria”.


Justo de Santa María de Oro

Hijo del capitán Juan Miguel de Oro y Cossio y de Elena Albarracín, el futuro obispo de Cuyo nació en San Juan de la Frontera el 3 de setiembre de 1772. Cumpliendo un voto materno, a los dieciséis años ingresó a la Orden Dominica, de la que en 1789 sería novicio formal. Profesó en el convento santiaguino y en la Universidad de San Felipe doctoróse en teología y la enseñó en seguida. Con dispensa papal, a los veintiún años de edad recibió el sacerdocio de manos del obispo Sobrino y Minayo. Prior desde 1804, a pedido de sus cohermanos fue después designado superior vitalicio y por cuestiones propias de la Orden, viajó a España en 1809, para regresar a Chile dos años después.

Comprometido con la causa criolla, debe pasar a Cuyo cuando el realismo vuelve a afirmarse en la tierra trasandina. Radicado en su tierra natal, pronto se convertirá en un buen apoyo para el plan sanmartiniano, y a ello puede muy bien haberse debido su elección como diputado al Congreso. Al aceptar el nombramiento, dijo fray Justo, según reza el acta comicial, “que se halla muy conforme, pues no tiene más fin que ser útil a esta ciudad de su naturaleza y a toda la Nación”.

De su labor como diputado lo más recordado es el planteo que hace el 15 de julio, en momentos en que aparece triunfante el proyecto de Acevedo para establecer la monarquía incaica. Oro sostuvo que previamente era menester consultar la voluntad de los pueblos y manifestó que en caso de actuarse sin llenar tal requisito, se retiraría del Congreso. Todo parece indicar que inmediatamente marchó a su alojamiento, el convento dominico de Lules. El 20 se le ordenó que volviese al recinto, y así lo hizo.

Podrá discutirse largamente si la actitud deOro fue decisiva para que se desistiese del plan de coronar a un Inca, pero no que él fuese adversario del régimen monárquico. En el informe que dirige el 26 de agosto de 1816 al Cabildo de San Juan, según bien lo recuerda Emilio Maurín Navarro en el estudio biográfico que le dedica, dice fray Justo: “Por lo que toca a la de mi representación, nada más incompatible con su felicidad que el sistema de una monarquía constitucional”.

A él también se le debe la declaración del Congreso, que lo hizo por aclamación, de Santa Rosa de Lima por patrona de la independencia de América.

Antes de trasladarse la asamblea a Buenos Aires, Oro pide ser relevado de su mandato y retorna a San Juan, de donde otra vez marchará a Chile en 1818. Vuelto a su ciudad natal poco después, su oposición al teniente gobernador Roza lo hace marchar al destierro, a Chile, país en el que permanece hasta 1828. Pero allí tampoco vivirá pacíficamente, al punto de confinárselo por tres años, a partir de 1825, en la isla de Juan Fernández. La autoridad local lo consideraba “capaz de conducir la opinión pública a desaprobar la conducta del gobierno”. Ciertamente, al decir de Mitre, Fray Justo era de alma angélica, pero sin duda su espíritu se inclinaba más a la acción que a la contemplación.

Otra vez en tierra cuyana, entrégase a la educación popular, a las obras de asistencia social y a la vida religiosa.

Creado el vicariato apostólico de Cuyo, la Santa Sede lo escoge para regirlo, siendo con tal motivo elevado a la dignidad episcopal como titular de Thaumaco, en Tesalia. Y en 1834, Gregorio XVI creaba la diócesis de San Juan de Cuyo y le daba por primer pastor al incansable dominico.

Mientras se ocupaba en la mejor organización de la atención pastoral, Justo de Santa María de Oro falleció el 19 de octubre de 1836.


José Andrés Pacheco de Melo

De la provincia altoperuana de Chichas, de cuyo curato de Libi-Libi era titular, llegó Andrés Pacheco de Melo a Tucumán como diputado. Había nacido, según afirmación aceptada, el 17 de octubre de 1778, en San Felipe de Lerma, de Salta, siendo hijo de Tomás Miguel Pacheco de Meló y Paulina Díaz de la Torre.

Sus primeros estudios los hizo en la provincia natal, donde tuvo por condiscípulo a Miguel Martín de Güemes. Los prosiguió en el Seminario Conciliar de Loreto, de Córdoba, y allí en 1801 recibió el orden sagrado que le confirió el obispo Moscoso.

Difícil fue su gestión parroquial en el Alto Perú, como le ocurrió a muchos clérigos que, adheridos como él a la causa revolucionaria, debieron hacer casi milagros para, a la vez, anular el mal recuerdo dejado por la despistada oratoria de Castelli y lograr apoyo a una causa harto comprometida en el terreno militar. El debió actuar en Libi-Libi, como se ha dicho, una parroquia poblada por tres mil indios, carente de medios económicos y sin buena escuela. La correspondencia mantenida con su amigo Güemes nos lo muestra preocupado por subvenir a las necesidades revolucionarias, pero casi inerme para realizar sus afanes.

Cuestionada inicialmente su representatividad como diputado por otros colegas altoperuanos, fue aceptado con el tiempo necesario para participar de la sesión del 9 de Julio. Como el resto de los diputados, también él sufrió prisión en Buenos Aires al cerrarse la asamblea.

Radicado en Córdoba, intervino en la negociación que culminó en el Tratado de Vinará. Lo encontramos después en Mendoza, donde sucesivamente será ministro de los gobernadores Molina y Gutiérrez.

Mucho más no se sabe de él, ni siquiera la fecha precisa de su deceso, salvo su participación en las gestiones que se hicieron para poner fin a las disenciones entre los cuyanos.


Juan José Esteban de Paso

Soltero y a los setenta y seis años de edad, como reza el acta de su defunción, acabó Juan José Esteban de Paso sus días en la Buenos Aires que lo había visto nacer, hijo de Domingo de Paso y María Manuela Fernández de Escandón, en ¿unió de 1758. Uno de sus biógrafos, don José María Sáenz Valiente, recordaba en 1910 que era difícil afirmar que fue el segundo día de ese mes el de su llegada al mundo, pues en el acta bautismal aparece poco menos que ilegible. Y con relación a la grafía exacta del apellido, Sáenz Valiente inclínase por la más simple, Paso, dado que así se lee en numerosas firmas hechas por don Juan José. Siempre en esta línea, dice que el acta de defunción le agrega una “s” final y le suprime el tercer nombre.

Doctor en jurisprudencia por la Universidad de Córdoba, donde se graduó en 1779, mereció dos anos después ser designado profesor de filosofía en el Colegio de San Carlos, tarea que cumplió hasta 1783. Marchó por un tiempo al Perú y al regresar fue agente fiscal de Hacienda, para ser después, en momentos de producirse la Revolución de Mayo, auxiliar del fiscal del Rey. Su versación jurídica y procesal lo llevó a enfrentar victoriosamente en el Cabildo Abierto del 22 de mayo las alegaciones sagaces del fiscal Villota. Elegido secretario de la Junta formada el 25, equipáresele luego a los vocales —otro tanto se hizo con Mariano Moreno— y se le encargó lo relativo a la Hacienda. Trató de lograr el reconocimiento de los montevideanos, pero fracasó en la gestión debido a la cerrada oposición que se le hizo. Y tenaz en la defensa de sus opiniones, se opuso hasta el fin, aun quedando solo en la emergencia, a la incorporación de los diputados del interior a la Junta.

Constituido en 1811 el Poder Ejecutivo triunviro, integró el inicial hasta el 25 de marzo de 1812 y el surgido de la revolución del 8 de octubre de ese año, hasta el 20 de febrero del siguiente. Como presidente de este cuerpo, tocóle instalar a la Soberana Asamblea General Constituyente de 1813. Desempeñó después una misión diplomática ante los chilenos y en 1815 se lo eligió diputado al Congreso de Tucumán.

Paso incorporóse a la asamblea desde la primera reunión, confiándosele la secretaría, junto con Serrano. La ejercieron ambos hasta el 23 de mayo de 1817, fecha en que fueron relevados por considerarse que era muy pesada carga ejercer a la vez la diputación y dicho ministerio. De su actuación en el Congreso, recordaremos que apoyó el proyecto monárquico, que intervino en la redacción del Manifiesto a las Naciones y

en el proyecto de Constitución, y que en la sesión del 19 de agosto de 1816 dio una opinión rotunda sobre un tema que a todos preocupaba: la vacancia episcopal. El Redactor nos dice al respecto: “El diputado Passo había sostenido anteriormente la necesidad de los primeros ministros del culto en consecuencia de la religión católica que hemos jurado, opinando que si llegase el caso de faltarnos obispos, y se allanara el enemigo a franquearnos uno, debíamos admitirlo, aunque fuese opuesto a nuestro actual sistema, tomando todas las precauciones para que no nos dañase con su influjo”.

Caducado el gobierno directorial, el Cabildo de Buenos Aires designóle asesor de Miguel de Irigoyen, a quien habíase confiado el gobierno político de la ciudad. Luego fue sucesivamente miembro de la junta electoral llamada a escoger el primer mandatario, de la Junta de Representantes, del consejo asesor del gobernador y otra vez legislador. Una vez más su ciudad pensó en él cuando hubo que designar los diputados al Congreso Constituyente de 1824.

Paso fue miembro de esta asamblea durante toda su agitada existencia, que concluiría penosamente el 18 de agosto de 1827. Su participación, aunque pueda merecer reparos por los proyectos o soluciones que auspició, fue intensa y constante, no faltando prácticamente nunca su palabra en los debates fundamentales o su presencia en las comisiones llamadas a encarar los asuntos más arduos, particularmente los relativos a la vida económica o al ordenamiento financiero. Fue esta su última participación en los negocios públicos nacionales. En el orden provincial, su nombre fue uno de los elegidos para integrar la Legislatura que debía organizarse por imperio de la Convención de Cañuelas, como también para formar parte del Senado Consultivo llamado a acompañar al gobernador Viamonte.


Eduardo Pérez Bulnes

Hijode Juan Pérez Bulnes y María Dolores Pabón, donEduardo nació en Córdoba el 12 de octubre de 1786. Fue alumno del Colegio de Montserrat y cumplió su primera actuación pública como miembro de un regimiento de milicianos organizado en su ciudad natal para apoyar la causa revolucionaria. Al año siguiente fue regidor y después intendente general de Policía. Varón “de palabra amena e inteligencia despejada”, al decir de Mitre, incorporóse al Congreso de 1816 en su primera sesión, como diputado por Córdoba.

En dicha asamblea, Pérez Bulnes integró la facción afín con el artiguismo y se alineó entre los partidarios de la candidatura directorial de Moldes. Por oponerse al traslado de la asamblea a Buenos Aires, fue dejado cesante por el ayuntamiento cordobés, medida que ratificaron los congresistas.

Alejado de la acción cívica y entregado a las tareas rurales, nuevamente escogiólo Córdoba para que la representase en el Congreso de 1824. Otra vez en su tierra, fue colaborador de José María Paz al asumir éste el gobierno local tras el derrocamiento de Juan Bautista Bustos. Alejados del poder los partidarios de aquél, Pérez Bulnes no retornó a la función pública hasta su muerte, ocurrida el 3 de marzo de 1851.


Juan Martín de Pueyrredón

A medida que transcurre el tiempo, el juicio severo de la historia más se acerca al dado por Vicente Fidel López: “Pueyrredón fue uno de nuestros patriotas más dignos de respeto y de veneración para las generaciones argentinas, cuya causa sirvió con celo, con un talento y con una energía que lo hacen el primer hombre de Estado en la historia de nuestro país”.

El sereno análisisde su vida y de su obra no hacen sino confirmar el aserto.

Hijo de Juan Martín de Pueyrredón de la Broucherie, francés de los Bajos Pirineos, y de Rita O'Dogan, nació en Buenos Aires el 18 de diciembre de 1777. Siguió estudios humanísticos en París y tomó parte activa en la lucha contra el invasor inglés, protagonizando la jornada de Perdriel y participando en la reconquista de Buenos Aires. Por decisión del Cabildo fue designado para ir a España con el objeto de informar al Rey sobre los hechos ocurridos y a solicitar las mercedes que merecía por su acción “el muy digno y fiel pueblo de Buenos Aires”. Regresaba a ésta cuando, al pasar por Montevideo, fue detenido el 4 de enero de 1809, por orden de Francisco Javier de Elío y a raíz de unos cargos que apresuradamente le hacía el Cabildo porteño. Elío termina por despacharlo a España y él por huir al llegar a tierra brasileña. Permaneció por un tiempo en Río de Janeiro y luego se embarcó hacia Buenos Aires, adonde llegó el 15 de junio de 1809. Pero otra vez es detenido y otra vez fuga, marchando a Río de Janeiro. Decidido a volver, llega a la costa bonaerense el 9 de junio y se entera de la deposición de Cisneros y de la constitución de la Junta.

Incorporado al movimiento revolucionario, Pueyrredón será sucesivamente gobernador de Córdoba y de Charcas, salvador de los caudales que peligran tras el desastre de Huaqui, miembro del Poder Ejecutivo triunviro a partir de febrero de 1812 y, como consecuencia de la revolución del 8 de octubre, confinado a San Luis. La pena concluye en febrero de 1815 y retorna a Buenos Aires, pero sus amigos puntanos no lo olvidan y lo eligen su diputado al Congreso de 1816.

Participa de la asamblea desde su inauguración y el 3 de mayo es honrado con la designación de supremo director del Estado. De esta gestión, que se prolongará hasta la sanción de la Constitución de 1819, lo más notable es, ciertamente, el apoyo que sin límites da a la gesta sanmartiniana. Su gobierno de tres años le resultará abrumador por los enormes problemas que debe considerar.

Alejado de la función de gobierno, las bajas pasiones se encarnizan con su persona y finalmente debe sufrir una orden de exilio. Mientras se marcha a la Banda Oriental, el Congreso, el que se inaugurara en Tucumán un venturoso 24 de marzo, sucumbe ante el empuje de las montoneras del Litoral. Vuelve a Buenos Aires el 19 de abril de 1821 y se instala en su quinta de San Isidro, marginándose voluntariamente de toda acción pública, harto de soportar calumnias e injurias. En 1836 se marcha a Europa, donde se reencuentra con San Martín, según ha demostrado J. C. Raffo de la Reta, y vuelve a la patria en 1849. Murió poco después, el 13 de marzo de 1850, en su quinta, hoy convertida en museo.


Pedro Ignacio de Rivera

En su crónica correspondiente a la sesión efectuada por el Congreso el 26 de marzo, dice El Redactor: “Se leyeron luego los (poderes) que presentó el ciudadano diputado de Mizque, los mismos que obtubo de su pueblo para ejercer igual cargo en la anterior Asamblea (la de 1813), y una declaración del doctor José Antonio Arriaga, que testifica haber sido electo diputado a este Cuerpo Soberano. Después de largos y serios debates, y de haberse convencido no haber cesado por modo alguno dichos poderes, los dio por legítimos el Soberano Congreso”.

Este ciudadano diputado de Mizque era don Pedro Ignacio de Rivera, nacido en dicha población altoperuana en 1753. Graduado en derecho civil por la Universidad de Charcas veinte años después, incorporóse a su Real Audiencia para desempeñar la abogacía y pronto en su ciudad natal figuró como jefe de milicias, con el grado de coronel. Finalmente, terminó por residir en Oruro, donde se dedicó a la minería y fue elegido síndico procurador del Cabildo.

Don Pedro Ignacio intervino activamente en la revolución de Chuquisaca, de 1809, invistiendo en un momento dado el papel de mediador entre el pueblo y la Audiencia. Elegido diputado a la Asamblea del año XIII, fue uno de sus vicepresidentes, y en el Congreso de Tucumán fue el primero escogido con tal cargo, para acompañar a Pedro Medrano hasta el 30 de abril de 1816. Durante la etapa tucumana, participó de la sesión del 9 de Julio y apoyó el proyecto de monarquía incaica temperada. Trasladado el Congreso a Buenos Aires, como fuera elegido para regir a la corporación en julio de 1817, le cupo presidir la sesión que el Congreso destinó a celebrar el primer aniversario de la declaración de la Independencia y contestar la arenga que hizo con tal motivo el director supremo.

Disuelto el Congreso, permaneció en Buenos Aires hasta su muerte, producida el 17 de febrero de 1833.


Cayetano José Rodríguez

“Jamás la patria podrá olvidar la memoria de este religioso, en quien se unian los mejores talentos a una vida llena de probidad. Su alma amena se vio inclinada desde luego a los encantos de la elocuencia y la poesía. El supo derramar en sus versos esas gracias sublimes que sin agitación se amparan del alma y la penetran de la más dulce sensibilidad. Entregado por su estado al estudio de las ciencias serias, aunque su mejor cultivo ha caminado entre nosotros con lentitud, él se formó una educación que excedió en mucho a la medida común. Por lo que respecta a su virtud, su alma modesta, llena de dulzura, y que en todos sus pasos caminó siempre bajo el ojo del deber, nos presenta un cuadro digno de nuestro respeto y veneración”. Tal dijo el periódico bonaerense “Argos” en la nota necrológica que dedicó a fray Cayetano, que había fallecido el 21 de enero de 1823, victima de un ataque apoplético.

No estaban fundados en el compromiso los conceptos queel periodista estampaba en las páginas del “Argos”. Eran el juicio generalizado entre quienes conocieron a tan grande varón, nacido en San Pedro, de Buenos Aires, en 1761 e ingresado a la Orden Franciscana como novicio, para profesar en 1778 en el antiguo convento vecino a la actual Plaza de Mayo. De manos del obispo San Alberto recibió en 1793 la ordenación sacerdotal en Córdoba y allí permaneció por un tiempo dedicado a la enseñanza superior.

De regreso en Buenos Aires, fue capellán de religiosas y de la Casa de Ejercicios, docente en su convento y protector de jóvenes movidos por nobles inquietudes, entre los que estuvo Mariano Moreno. Producido el movimiento de 1810, que tuvo en él a uno de sus grandes sostenedores, colaboró con la Biblioteca Pública y fue sucesivamente diputado a la Asamblea del Año XIII y al Congreso de 1816. En ambas ocasiones se le confió la dirección de un periódico destinado a informar sobre la labor cumplida por el cuerpo. Desempeñó ambas comisiones con gran acierto y supo en todo momento unir la precisión informativa con el reclamo de colaboración en favor de la causa criolla y el afán por llevar la paz a los espíritus y a los pueblos. Y es opinión unánime que cuando El Redactor dejó de contar con su guía —por haber cesado el religioso como diputado—, las crónicas y los comentarios perdieron en gran medida su brillo y hondura. Por tercera vez volvería Rodríguez a tomar la pluma periodística; fue cuando creó el periódico “El Oficial de Día”, destinado a mostrar la errada política religiosa que preconizaba Bernardino Rivadavia, a la sazón ministro del gobernador Martín Rodríguez; por tercera vez también, fray Cayetano se mostró a la altura de las circunstancias, sin perder la calma, mas sin ceder un palmo frente a los argumentos del “Argos”, la hoja oficialista.

Como miembro de la Orden Franciscana, ocupó en ésta numerosos cargos, incluido el de superior provincial, para el que fue elegido en noviembre de 1810. Con vocación poética, creó numerosas composiciones, casi todas ellas destinadas a exaltar el patriotismo, los triunfos de la patria naciente y los méritos de sus hijos preclaros.

Y entre sus versos no faltaron los dedicados a Mariano Moreno, a referirse zumbonamente al coronel Moldes o a exaltar la disciplina de los Colorados del Monte, que en 1820 devolvieron el orden a Buenos Aires. Su oratoria fue muy celebrada.


Antonio Sáenz

Hijo del militar Miguel Sáenz y de doña Francisca Saraza, nació el futuro organizador de la Universidad de Buenos Aires en esta ciudad el 6 de junio de 1780. Alumno primero del Real Colegio de San Carlos y después de la Universidad de Charcas, graduóse en leyes en 1804, dedicándose prontamente al ejercicio de la abogacía en la tierra altoperuana. De regreso en Buenos Aires, ordenóse presbítero en febrero de 1806, desempeñando luego la docencia, cargos curiales y la abogacía. En el Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810 apoyó la destitución de Cisneros y en 1813 integró la Asamblea General Constituyente como diputado por San Luis. Participó en la redacción del Estatuto Provisional de 1815 y al año siguiente se incorporó al Congreso de Tucumán, ahora como representante de su provincia natal. Retornó a esta corporación en junio de 1819, para inmediatamente asumir la presidencia por un mes.

Falleció en 1825, pero antes tuvo la satisfacción de ver en marcha una obra que tuvo en él a su gran organizador y promotor: la Universidad de Buenos Aires. De ella fueel primerrector y profesor de derecho natural y de gentes.


Jerónimo Salguero Se Cabrera y Cabrera

Descendiente de conquistadores y fundadores, tuvo por padres a José Manuel Salguero y Josefa de Moinos y Ledesma. Nació en Córdoba en 1774 y sucesivamente fue alumno del Colegio de Montserrat y de la Universidad de San Carlos, de la que se graduó de bachiller en derecho civil a los veintidós años de edad.

Apoyó la causa criolla desde un comienzo y en 1812 fue procurador de su provincia natal, para ser después de la caída de Alvear miembro de la junta asesora del gobernador José Javier Díaz y su ministro de Hacienda. Elegido diputado al Congreso de 1816, misión que se le volvería a confiar a fines del año siguiente, fue el único representante de Córdoba que acató la decisión de trasladarse a Buenos Aires para continuar aquí las deliberaciones.

Tras cesar en su mandato, y como no pudiera volver a su provincia debido a las luchas civiles, residió por un tiempo en la ciudad nombrada, donde en abril de 1819 confiésele la tesorería de la Casa de Moneda. En 1826 se lo designó miembro del Superior Tribunal de Apelaciones de Córdoba, desempeñándose luego sucesivamente como legislador y juez de primera instancia en lo civil. En 1838 debió dejar el suelo natal para no sufrir las persecuciones del gobierno, radicándose en Chuquisaca, donde falleció a edad avanzada.


Teodoro Sánchez de Bustamante

El 1° de junio de 1816 asumía la presidencia del Congreso don Teodoro Sánchez de Bustamante, diputado que se había incorporado a las deliberaciones, no mucho tiempo antes, en representación de Jujuy. Allí nació el 10 de noviembre de 1778, siendo hijo de Manuel Sánchez de Bustamante y Teresa Araujo.

Con su graduación doctoral en leyes culminó en 1804 los estudios que hiciera primero en Real Colegio de San Carlos y después en la Universidad de Charcas. En ésta fue elegido, a poco de dejar las aulas, fiscal de la Real Audiencia, para ser después asesor del Cabildo jujeño. Ocurrida la Revolución de Mayo, sufrió los duros azares de la guerra que se libraba en el Norte, más tuvo la satisfacción de presenciar el triunfo alcanzado el 24 de setiembre de 1812 por el ejército criollo. De éste fue auditor y secretario

Al incorporarse al Congreso de 1816, lo hizo con el mandato rotundo que le dieran sus coterráneos: “sanción solemne... de la absoluta independencia del Estado de la corona de España”. Participó activamente de los trabajos del cuerpo, tanto en Tucumán como en Buenos Aires, donde suscribió la Constitución de 1819. Disuelto el Congreso, tras sufrir breve prisión radicóse en Córdoba, para hacerlo en Salta a partir de 1824. Allí fue secretario general del gobierno local y gobernador interino. Dos años después pasó a Jujuy, que lo tuvo por primer mandatario hasta febrero de 1827.

Al encenderse la guerra civil en el noroeste, prefirió emigrar a Bolivia, donde por un tiempo desempeñó la rectoría de un colegio de Santa Cruz de la Sierra. Allí falleció en 1851.

Bernardo de Irigoyen dijo de él que era “digno de ser recordado como uno de los representantes de la austeridad republicana”.


Mariano Sánchez de Loria

Nativo de Chuquisaca, donde vio la luz el 24 de setiembre de 1774, fue hijo de Pedro Sánchez de Loria y Micaela Portugal. En esa ciudad doctoróse en jurisprudencia y cánones; allí también participó del movimiento revolucionario que estalló el 25 de mayo de 1809.

Como diputado por Charcas al Congreso de 1816, contribuyó a proclamar la independencia y dio su apoyo al proyecto monárquico. Con sus colegas pasó a Buenos Aires, comenzó a faltar a las sesiones y seguramente se ausentó de la ciudad, desde el momento que la asamblea le ofreció facilitarle un viático para sufragar el traslado a la sede.

Fallecida su esposa, Sánchez de Loria entregóse a la vida sacerdotal. Designado canónigo de la Central de Charcas, ejerció luego su ministerio en Potosí y finalmente asumió el curato de la parroquia de Tacobamba, de la provincia de Puna. Mientras lo desempeñaba, murió el 2 deagosto de 1842.


José Mariano Serrano

El redactor del acta de la Independencia había nacido en Chuquisaca el 8 de setiembre de 1788; allí también se graduó de doctor en leyes en 1811. Por considerárselo complicado en el movimiento de 1809, fue perseguido por los jefes realistas, alejado de la cátedra que desempeñaba y eliminado de la matrícula de abogados. Por ello debió emigrar hacia el sur.

Orillando los veinticinco años de edad, fue elegido por su tierra natal diputado a la Asamblea del año XIII. Disuelta ésta, actuó en la política local bonaerense y en tal carácter intervino en la redacción del Estatuto Provisional de 1815. Poco después, Charcas volvía a designarlo su representante ante el Congreso de 1816. En éste, junto con Paso, desempeñó la secretaría durante más de un año; luego fue uno de sus vicepresidentes. Concluida su actuación en dicha asamblea, desempeñó importantes cargos gubernativos en Tucumán y Salta, en tanto que la saña enemiga se encarnizaba con sus parientes y bienes. Así, su casa y su propiedad de La Calera fueron destruidas y sus bienes confiscados. En el estudio biográfico que le dedica, el doctor Isaac Anaya afirma que tan dura actitud para con Serrano debióse a que fue el autor del acta de la Independencia; circunstancia también que llevó a Fernando VII a excluirlo del indulto que prometió a quienes la habían declarado.

Concluida la guerra de liberación en el Alto Perú, don Mariano fue otra vez elegido diputado por Chuquisaca para integrar la asamblea que decidiría el destino político de esa tierra. Elegido presidente del Congreso, promovió la independencia de Bolivia, declarada finalmente el 6 de agosto de 1825, y en esa ocasión también fue él quien escribió el acta que así lo establece. Posteriormente, representó a su país ante el gobierno de Buenos Aires y, aunque no llegó a desempeñar la función, escogiósele para participar del Congreso de Panamá, convocado por Bolívar. Tiempo después desempeñó en su patria altas funciones judiciales, viajó a Francia para suscribir un tratado de comercio y amistad, fue constituyente, asumió interinamente la primera magistratura del Estado y promovió la educación popular.

Falleció en 1852, mientras ejercía la presidencia de la Suprema Corte de Justicia de Bolivia. El epitafio de su tumba, salida de su pluma, decía: “Extinguióse la luz de su vida. Alumbrando su patria querida”.


José Ignacio Thames

Nacido el 15 de agosto de 1762 en el hogar tucumano formado por José Ignacio de Thames y María Josefa Rodríguez, en 1784 recibía don José Ignacio de la Universidad de San Carlos su grado doctoral en teología y poco después ingresaba al orden sacerdotal. Su ministerio lo desempeñó inicialmente en su provincia natal y luego en la de Salta. En 1813 fue designado miembro del Cabildo de la Catedral de dicha diócesis.

Convocado el Congreso de 1816, Thames presidió en Salta la junta electoral que debía elegir los diputados; poco antes él había sido uno de los escogidos por Tucumán para representarla. Cumplió su misión con gran celo, apoyó el proyecto monárquico y como presidente del cuerpo, en el turno de agosto, suscribió el manifiesto dirigido a los pueblos para incitarlos a la unión y al orden. El Cabildo tucumano le aceptó la dimisión a su cargo el 1” de diciembre de 1818.

Posteriormente actuó en la vida política de Tucumán, donde falleció el 9 de febrero de 1832.

¿Thames o Thamés? Don Ernesto J. Colombres publicó una nota en el diario “La Nación”, de Buenos Aires, el 11 de julio de 1937 para mostrar que debía escribirse y decirse Thames. Fundó su juicio en el acta de bautismo y en el expediente de órdenes sacerdotales correspondiente a dicho canónigo.


Pedro Francisco de Uriarte

Cuando se aprestaba a celebrar la festividad de Santa Rosa de Lima, a los ochenta y un años de edad falleció en 1839 el presbítero Pedro Francisco de Uriarte. Llevaba más de cuatro décadas atendiendo a la feligresía de la parroquia santiagueña de Loreto.

Don Pedro Francisco había nacido en la ciudad de Santiago del Estero el 29 de junio de 1758, siendo hijo del vizcaíno Juan José de Uriarte y de la criolla Bernarda Gregoria de Ledesma. Hizo sus primeros estudios en la escuela franciscana del lugar y concluyó en Córdoba los de artes y teología cuando no pasaba de los veintitrés años de edad. En diciembre de 1783 fue elevado a la dignidad sacerdotal.

Tras ejercer por dos años el ministerio en su ciudad natal, Uriarte pasó a Buenos Aires para encargarse de la capellanía de la Santa Casa de Ejercicios, abierta en 1780 por su parienta María Antonia de la Paz y Figueroa. En 1787 incorporóse a la Orden Tercera de San Francisco.

Creada en setiembre de 1793 la parroquia santiagueña de Loreto, Uriarte fue por concurso su primer cura propietario, mostrando desde un principio piedad, energía y desinterés, tres rasgos distintivos que ornarían toda su larga gestión pastoral. Con el correr del tiempo fue elegido para desempeñar diversos cargos eclesiásticos y fue reconocido por su especial aptitud para iniciar en el ministerio a los jóvenes levitas.

Producida la Revolución de Mayo, recayó en Uriarte la diputación santiagueña ante la Junta de Buenos Aires, comisión que ejerció con general acuerdo y responsable manejo de los fondos que se le dieron por dieta. Otra vez su provincia le confió representarla al convocarse el Congreso de 1816, al que se incorporó a fines de abril. Cuando la corporación se trasladó a Buenos Aires, Uriarte hizo lo propio y siguió tomando parte activa en las deliberaciones. Y al disolverse el Congreso, también él fue puesto en prisión por casi dos meses, acusado, al igual que sus pares, de supuestos “delitos de lesa patria”.

Vuelto a su provincia, se apartó de los enfrentamientos políticos y bélicos que por entonces ocupaban a santiagueños y tucumanos, dedicándose por entero a su parroquia, cuyo templo reedificó con sacrificio y singular esmero.

El Cura Jauna —”así lo nombraba el pueblo por su origen vasco; jauna significa señor en vasco y se pospone al nombre”—, al decir de sus comprovincianos “no fue un clérigo caudillo, fue un sacerdote maestro y legista que figuró con brillo en las juntas y asambleas constituyentes y allí donde se requerían luces y consejos. Pacífico y enérgico, rehuyó siempre las posiciones cómodas y deslumbrantes, dio sus bienes y energías a la Iglesia y a la Patria, cosechó sinsabores muy grandes y sufrió decepciones que laceraron su bondadoso corazón”.