Encuentro de dos mundos
La obra cultural
 
 

1. Educación

Bien puede decirse que la Iglesia fue la educadora por excelencia en la etapa hispánica; casi por entero esa labor recayó sobre sus espaldas. Juan Pablo II dijo en Santo Domingo: “Cerca de cada Iglesia, como preocupación prioritaria, surgía la escuela para formar a los niños. De esos esfuerzos de elevación humana quedan páginas abundantes en las crónicas de Mendieta, Grijalva, Motolinía, Remesal y otros. ¡Con qué satisfacción consignan que un solo obispo podía ufanarse de tener unas 500 escuelas en su diócesis!”. Y más adelante: “Una obra evangelizadora y promocional que ha querido continuar hasta nuestros días, a través de la educación en las escuelas y universidades, con tantas iniciativas sociales de hombres y mujeres imbuidos del ideal evangélico”.

La tarea educadora de la Iglesia se desarrolló en los tres niveles: elemental, preparatorio para los estudios superiores, y universitario. Llevaría mucho espacio la relación pormenorizada de todo lo que hizo la Iglesia en esta faz de sus desvelos. Queremos recordar solamente que en Méjico, a fines del siglo XVI, había tantas escuelas elementales como conventos, y éstos eran por lo menos doscientos 336. Al promediar el siglo XVII, eran cuatrocientos, con sus respectivas escuelas 337. Si a éstas le sumamos otras cuatrocientas atendidas por el clero secular, resulta que en Méjico, hacia 1650, funcionaban ochocientas escuela 338. En realidad, en toda Hispanoamérica no había convento que no tuviera escuela. En Guatemala, las escuelas establecidas por mercedarios, franciscanos y dominicos para indios eran múltiples; los últimos poseían más de setenta. En Perú, franciscanos, dominicos, mercedarios y agustinos regentearon numerosos establecimientos; sólo los dominicos, hacia 1551, ya habían fundado sesenta para indios, mientras que en Charcas funcionaban otras tantas a su cargo 339. El virrey Francisco de Toledo, gran defensor del aborigen, en Perú, desarrolló una eficaz tarea educativa, cumpliendo con instrucciones de Felipe II y apoyado en las órdenes religiosas. Lo mismo aconteció en Quito y Nueva Granada. En la península de la Florida, los franciscanos fundaron en San Agustín una escuela elemental a fines del siglo XVI, que es la primera abierta en el actual territorio de los Estados Unidos 340.

Entre nosotros, los solos franciscanos llegaron a tener a su cargo unas sesenta escuelas primarias esparcidas sobre las rutas al Tucumán y al Paraguay, hacia mediados del siglo XVIII 341. ¿No es esto digno de admiración, teniendo en cuenta la época y el medio? No fueron solamente las escuelas conventuales, sino que muchas parroquias tenían sus establecimientos, porque el clero secular colaboró en este campo con eficiencia. Resulta impresionante comprobar, por ejemplo, que con don Pedro de Mendoza había llegado el padre Juan Gabriel Lezcano, quien empezó a enseñar las primeras letras a los indios puede decirse que recién desembarcado 342.

En las misiones jesuíticas rioplatenses, la educación fue preocupación constante. Veamos algunos testimonios recogidos por Bayle de la pluma de algunos de aquellos misioneros. Del padre Oñate: “Todos los días acuden a la escuela los muchachos, mañana y tarde, a leer y escribir, y acuden con mucho fervor”; del padre Antonio Ruiz: “Aquí tengo una escuela de 400 muchachos”; del padre Cataldino: “Hemos empezado a hacer el padrón de estos pueblos... Hay 900 niños de escuela”; de la reducción de Loreto: “Tienen en una escuela 500 muchachos de leer y escribir, y en la otra, 600”; de la reducción de Santa María de Iguazú: “La escuela de leer se entabló y se ha conservado, aunque con pocos; los cuáles ya van leyendo sueltamente”; de la reducción de San Ignacio: “Va en mucho aumento la escuela, y muchos de ellos leen ya sueltamente y aprenden bien a escribir y contar” 343.

¿Y qué enseñaron aquellos religiosos en sus primitivas escuelas? ¿Solamente la doctrina cristiana, urbanidad, a leer y escribir, a contar? Claro que no. Muchas de aquéllas enfrentaron la preparación de los aborígenes niños para la vida, enseñándoles un oficio o habilidad. Así, para ejemplificar, el gran educador Pedro de Gante, en Méjico, apenas realizada la conquista por Cortés, organizó una escuela de artes y oficios, denominada San Francisco, que llegó a contar con más de mil alumnos, y en la que se formaron latinistas, cantores, músicos, bordadores, canteros, imagineros, pintores, sastres, zapateros, herreros. Fue la primera escuela industrial de América. No fue la única. Los agustinos hicieron su experiencia en Tiripetio, Méjico: “En lo que más se esmeraron los primeros ministros, por evitarles la ociosidad a que son inclinados y de dónde se les recrecen muchos daños, fue que aprendiesen todos los oficios que son necesarios para vivir en policía, trayendo oficiales de fuera que les enseñasen la sastrería... Enseñárosles la carpintería... Aprendieron la herrería... Eran tintoreros, pintores... En lo que más se aventajaron fue en la cantería y samblaje... Al fin fue Tiripetio la escuela de todos los oficios para los demás pueblos de Michoacán... Desde ocho años comienzan a aprender a leer y escribir y se escogen las buenas voces para el coro... Músicos eminentes: alguno opositor a organista en la catedral de Méjico... Abundancia de Instrumentos de arco y viento” 344. En Quito, desde mediados del siglo XVI, en el Colegio San Andrés, los franciscanos enseñaban a los indios a leer y escribir, pero también canto y música, carpintería, zapatería, herrería, cultivo de la tierra. También en Quito, los agustinos erigieron una escuela para pintores, escultores e imagineros, algunos de cuyos egresados fueron exponentes de la escuela quiteña de bellas artes, que acumuló gran prestigio 345.

Débese aclarar asimismo que la enseñanza elemental se administró asimismo a la mujer. En Méjico, Guatemala, Santo Domingo. Nueva Granada, las religiosas rivalizaban con damas piadosas, las beatas, en la educación de niñas y adolescentes. Esta educación comprendía no solamente el aprendizaje de la lectura y escritura, sino también el de las artes femeninas más específicas, como cocinar, coser, bordar, etc. En 1614, en Lima, ocho mil mujeres recibían educación 346. Entre nosotros, en Asunción, Córdoba. Santa Fe y Buenos Aires, damas de gran predisposición y caridad formaron a la mujer en sus casas. En esta última ciudad, por Iniciativa del padre José González Islas, funcionó a partir de 1755 el Colegio de Huérfanas de San Miguel, al que asistieron huérfanas y no huérfanas; allí se aprendió a leer y escribir, hilar, bordar, coser. El obispo San Alberto creó en Córdoba y Catamarca sendos Institutos para niñas huérfanas. Las monjas clarisas tuvieron escuela para mujeres en Mendoza.

Sintetizando todo lo dicho en materia de educación primaria, bien caben estas expresiones de Bayle: “Cuando en Europa (en Europa, no en España sólo) la instrucción primaria andaba por los suelos, los Reyes disponen que en todas las poblaciones indias se abran escuelas de escribir, leer y contar” 347.

En lo referente al nivel secundario, los estudios realizados preparaban para el acceso a la universidad. Numerosos establecimientos de este nivel patrocino la Iglesia. La primera fundación, en 1536, se hizo en Méjico: el colegio de San Juan de Tlatelolco, destinado a los indios. El plan de estudios comprendía el Trivio, o curso de latín, que a su vez incluía Gramática, Retórica y Lógica; y el Cuatrivio, o curso de Artes, con Aritmética, Geometría, Astronomía y Música. En el concepto que presidía la elaboración de este plan, el enseñar a expresarse por escrito y oralmente, y el pensar correctamente eran fundamentales. Para lo primero era menester conocer bien el latín, raíz básica del castellano, y leer las obras que en la lengua del Lacio habían escrito Cicerón, Julio César, Horacio, Salustio, Tito Livio, etc., sin dejar de advertir, por eso, que en aquel entonces las principales obras de filosofía, teología, astronomía, medicina, de arte, etc., estaban escritas generalmente en latín. Además, en el nivel preparatorio se estudiaba el griego, para poder leer en su idioma a Hornero, Platón y Aristóteles. La formación filosófica también se brindaba en sus rudimentos para ir disciplinando el pensamiento y darle base en qué fundar cualquier especialización futura.

Del Colegio de San Juan de Tratelolco egresaron Indios que enseñaron luego inclusive a religiosos jóvenes españoles o criollos. Como dice García Icazbalceta: “La raza Indígena daba maestros a la conquistadora sin despertar celos en ella” 348. Entre los catedráticos indios se recuerda a un Pedro de Gante, Agustín de la Puente, Hernando de Rivas. Andrés Fuentes, entre otros; y llegaron algunos, como Pedro Nazareo, a ser rectores del mencionado Colegio; así como Pedro Juan Antonio alcanzó a publicar una gramática latina 349.

Los colegios secundarios se fueron distribuyendo por todo Méjico en manos de franciscanos, agustinos, dominicos y clero secular. Con la llegada de los jesuitas, las fundaciones de este tipo se propagaron, como la escuela para indios San Gregorio en Méjico, 1586, hasta llegar a un número cercano a las veinte. También las órdenes religiosas multiplicaron las aulas preparatorias en Perú: tales los agustinos, mercedarios y dominicos. Al llegar los jesuitas, establecieron el Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo, donde erigieron cátedras de retórica, artes, teología y lenguas del país. Aquí, el virrey Francisco de Toledo fundó en Cuzco, en 1570, un colegio para los indios de la sierra y otro en Lima para los de la zona llana, a fin de que pudieran prepararse para el ingreso a la universidad junto con españoles y mestizos. Su sucesor, Martín Enríquez, fue instruido por la Corona “sobre que se hagan escuelas y estudios y seminarios en los pueblos de indios” 350. Eran los tiempos de Felipe II, que pensaba sobre todo en la educación de los caciques, a fin de que morigeraran sus tendencias despóticas respecto de sus súbditos 351.

La nómina de aulas preparatorias se enriqueció en Perú con el Real Colegio de San Martín, cuyo promotor fue el padre José de Acosta, y el Real Colegio de San Felipe y San Marcos, puesto en funcionamiento por Toledo. En el interior alto peruano. Potosí, Cuzco, Arequipa, La Paz, Chuquisaca, lea, Arica, Oruro, etc., las congregaciones religiosas mantuvieron colegios y estudios mayores.

En Quito, Nueva Granada, Guatemala, no faltaron aulas secundarias. Como no se careció tampoco de ellas en la Asunción de Irala, atendidas por el padre Francisco de Zaldívar, a quien siguieron los jesuitas. Y aquí, en el Río de la Plata, los colegios preparatorios más conocidos fueron el Monserrat de Córdoba y el San Ignacio de Buenos Aires, dirigidos ambos por los jesuitas desde el siglo XVII. En realidad, latín y filosofía generalmente se enseñaban en cada convento.

De la obra de la Iglesia en materia educativa ha dejado escrito Vicente G. Quesada: “La iglesia brilla en primera fila, porque el hecho histórico es que a las órdenes religiosas se debió, durante la primera época principalmente, la enseñanza en todo orden, como a los frailes se debieron las obras más Importantes de todo género que sobre los nuevos países americanos se escribieron. Sin la Iglesia, sin el clero secular y regular, sin las órdenes religiosas, sobre todo, la, colonización americana se habría desenvuelto en una barbarie intelectual sin nombre: a los misioneros, a los frailes y a los prelados se debió la cultura intelectual de las colonias” 352. Y más adelante: “Llama también la atención la frecuencia con que la iniciativa privada fundó esos establecimientos e hizo donaciones cuantiosas: ¡precisamente, esos colonizadores tan constantemente acusados de sed Insaciable de riquezas! Así se veía que en la tierra en que se habían establecido, fundado familias o regido la Iglesia, fue más de una vez beneficiada con establecimientos de enseñanza o de caridad; y es también necesario recordar otros hechos característicos de la dominación española desde los tiempos primitivos: la creación de escuelas y colegios para los indios, a los cuales no se quiso dejar fuera de los beneficios de la civilización: razas vencidas, destinadas por estos medios a fundirse en la raza blanca, formando la mestiza, base de la mayoría de muchas poblaciones hispanoamericanas” 353.

 

2. Universidades

En el terreno de los estudios superiores, la Iglesia trajo a América la universidad, institución que acunara la Edad Media a partir del siglo XIII como producto egregio del occidente cristiano. Santo Domingo la tuvo en 1538, y durante el siglo XVI se fundaron otras tres: la de Méjico, la de Lima y la de Santa Fe de Bogotá. A lo largo del siglo XVII, son creadas la nuestra de Córdoba, 1613, la de Chuquisaca, la de Guatemala y la de Cuzco. Posteriormente, siglo XVIII, aparecen la de Caracas, la de Santiago de Chile, la de La Habana y la de Quito. En total, doce universidades, pero agregándole a este número otros institutos de nivel superior, colegios mayores y universidades menores, entonces puede llegarse hasta casi a treinta 354. Si uno compara esta cantidad de casas de altos estudios con las inglesas de América del Norte, los colegios de Harvard en el norte y de Guillermo y María en el sur, puede formarse una idea de la magnitud del esfuerzo cultural realizado por la Iglesia con el apoyo de la Corona española en el nivel educativo superior. Ramos Pérez destaca que hubo casi más universidades funcionando en América que en España 355.

Los estudios que se cursaban en las universidades hispanoamericanas fueron similares a los cursados en las universidades europeas de la misma época: Teología, Jurisprudencia o ambos Derechos, civil y canónico, Medicina y Artes, correspondiendo estos últimos a los de Filosofía y Letras o Humanidades de hoy. Dice Luis Alberto Sánchez: “Las universidades fueron instituciones donde no se miraba a menos a los criollos. Los alumnos no estaban tan alejados de la función directora como en algunas modernas. Los rectores más notables fueron también criollos” 356. Tampoco se miraba a menos a los aborígenes. Así, el famoso Túpac Amaru fue alumno en la Universidad de San Marcos en Lima.

Es verdad también que en el régimen de las universidades generales o públicas, como las de Lima y Méjico, tenía ingerencia la autoridad real; pero fueron las órdenes religiosas las que en la mayoría de los casos gestionaron en Madrid y Roma, respectivamente, las autorizaciones real y pontificia para su creación. La provisión de profesores se hacía por oposición y los exámenes de los alumnos eran severos. El gobierno de estos entes se hallaba en manos de sus profesores y de los doctores y maestros egresados residentes en la ciudad sede de la universidad y sus alrededores, los que elegían al rector. Haring manifiesta que poseyeron un cierto grado de autonomía frente a funcionarlos como el mismo virrey 357. Los derechos de matrícula eran exiguos, pero significativos los de graduación. Se otorgaban becas a estudiantes destacados pero pobres 358.

Después de todo lo que se ha expuesto en torno de la beneficencia y la educación, se advierte perfectamente lo injustas que son las acusaciones a la Iglesia que actuó en esta etapa de América, culpándola de haber dispuesto de ingentes bienes, como tierras por ejemplo, que habrían permanecido poco menos que improductivas. Los mismos que se quejan de los magros presupuestos actuales en materia educativa y de asistencia social, suelen ser a menudo los que condenan a la institución que en el período hispánico prácticamente llevaba sobre sus espaldas casi todo el enorme peso de atender a niños, adolescentes, enfermos, desvalidos y pobres 359.

 

3. Ciencia

Juan Pablo II menciona y pondera los “conocimientos etnológicos e históricos, botánicos y geográficos y astronómicos” de los misioneros, y con razón. No hay mes que citar, en Etnología, al franciscano Bernardo de Sahún, autor de la “Historia general de las cosas de la Nueva España”, en doce libros, donde se estudian religiones, costumbres y organización de las parcialidades aborígenes de Méjico, además de aspectos zoológicos, botánicos, mineralógicos, y hasta relatando la conquista de Cortés. Hubo físicos y astrónomos como el padre José de Acosta, de quien escribió Humboldt: “El fundamento de lo que hoy llamamos Física del Globo, prescindiendo de las consideraciones matemáticas, se halla en la “Historia natural y moral de las Indias” del jesuita José de Acosta, y en la obra que publicó Gonzalo Fernández de Oviedo veinte años después de la muerte de Colón” 360. Encontramos mineralogistas como el cura de San Bernardo de Potosí, Álvaro Alonso Barba, cuyo libro “El arte de los metales” fue obra de consulta en Europa, considerado como el tratado clásico en su género del siglo XVII. Brotaron cosmógrafos y matemáticos como el Jesuita Francisco Eusebio Kino, del que no se sabe si admirar más sus exploraciones arriesgadas en la zona de California, su espíritu misionero o sus contribuciones a la ciencia. Pulularon astrónomos como el jesuita Carlos de Sigüenza y Góngora, cuya sabiduría llegó a maravillar al propio Luis XIV de Francia; se lo conocía como “el pequeño Leonardo da Vinci”, pues se destacó no sólo en Astronomía, sino también en Matemáticas, Etnología e Historia, además de ser un poeta Inspirado. Trabajaron geógrafos como el carmelita Antonio Vázquez de Espinosa, cuyas andanzas por tierras americanas le permitieron escribir su valiosa “Descripción de las Indias Occidentales”. La enumeración podría continuar con lumbreras que impresionaron a los propios círculos científicos europeos; pero lo haremos solamente con algunas expresiones que Investigaron en lo que fue el Río de la Plata de la etapa hispánica.

Bien se puede decir que las ciencias naturales dieron sus primeros pasos, en lo que después sería nuestra patria, de la mano de los jesuitas. De “prolífico al par que erudito a carta cabal” 361 califica Furlong al padre José Sánchez Labrador (1717-1798), cuyos estudios históricos, zoológicos, botánicos, cosmográficos, físicos, etnográficos y lingüísticos relativos al Rió de la Plata se hallan reunidos en alrededor de diez volúmenes. Dicho autor llega a aseverar que “la obra de Sánchez Labrador es en la historia cultural del pueblo argentino lo que el libro de las Etimologías de San Isidoro fue para la cultura hispana de la Edad Media: la grande y universal enciclopedia científica” 362.

El padre Florián Paucke, que residió entre 1750 y 1767 en lo que es hoy la provincia de Santa Fe como misionero de los mocobíes, hizo estudios de la flora y fauna santafesina y chaqueña, dejando escritos de gran valor científico. Introdujo el lino en nuestra provincia 363.

El padre Gaspar Juárez (1731-1804), santiagueño, realizó investigaciones fitológicas y publicó, con gran acogida de los especialistas europeos, lo que se considera como nuestra primera Historia Natural. Expulsado en 1767 con los demás jesuitas, para facilitar sus observaciones estableció un jardín poblado exclusivamente con plantas americanas en los alrededores de la ciudad donde se radicara en el exilio, Roma 364. Otro explorador de la fauna santafesina fue el padre Ramón María de Termeyer, quien se especializó en los arácnidos. Introdujo el gusano de seda; fue asimismo astrónomo 365.

El jesuita Inglés Tomás Falkner fue matemático eminente, médico consumado, pero además botánico prestigioso, sin dejar de incursionar por la zoología y la paleontología; fue descubridor de restos de un gliptodonte a orillas del río Carcarañá 366. También fue paleontólogo el dominico Manuel de Torres, que en su población natal, Lujan, halló un megaterio que enviado a Europa hizo las delicias de Cuvier. Dicho megaterio se conserva aun en el Museo de Historia Natural de Madrid 367.

En astronomía fue verdadero precursor el jesuita napolitano Pedro Comental. Conocido en su época como “el matemático”, hacia la primera parte del siglo XVII observaba desde nuestros lares el curso de los astros y los satélites de Júpiter 368. Ya lo hemos visto al jesuita Nicolás Mascardi efectuar observaciones astronómicas en la zona de Nahuel Huapi; fue alumno del gran maestro Atanasio Kircher, quien se gloriaba de haber tenido como discípulo a Mascardi, que estudiaba los astros desde la Patagonia en la segunda mitad del siglo XVII... 369.

Pero el más notable astrónomo de esta etapa fue el jesuita santafesino Buenaventura Suárez, cuyas observaciones y estudios “fueron justamente admirados, ponderados y editados en los centros culturales de Europa, y hasta en la exigente Universidad de Upsala” 370. Entre 1706 y 1739 trabajó en la reducción guaranítica de San Cosme y San Damián, donde, con la colaboración de los indios, a falta de instrumentos astronómicos venidos de Europa, los construyó personalmente; entre ellos, nada menos que un telescopio. En el período 1739-1750, fecha esta última de su muerte, pudo trabajar mes eficazmente con material importado. Su obra trascendente fue el “Lunario de un siglo”; ella y otras publicaciones merecieron el encomio de notabilidades como Vargentin, Celsio y Ciairaut 371. También se destacaron en astronomía otros jesuitas como el santiagueño Alonso Frías, Domingo Capacy, Matías Strobel, etc.

Protogeógrafos fueron el franciscano Juan de Rivadeneyra, compañero de Garay en la fundación de Buenos Aires, quien describió la gobernación del Río de la Plata; el jesuita Juan Romero, que recorrió todo el país y dejó sentada sus observaciones en las “Cartas annuas”; otro jesuita, el padre José Quiroga, que investigó las costas patagónicas; el jesuita riojano Joaquín Camaño y Bazán, que además de geógrafo fue cultor de la historia e insigne políglota, conocedor de idiomas ciáticos e indígenas; el padre Gabriel Patino, explorador del Pilcomayo; el jesuita Martín Dobrizhoffer, que trazó un mapa del actual norte argentino; etc.372. Merecen ser mencionados los primeros cartógrafos que hubo en el Río de la Plata: Ruy Díaz de Guzmán, Juan Ramón, Juan Vargas Machuca, el Jesuita Diego de Torres y otro jesuita, Juan Francisco Avila o Dávila. Estos últimos confeccionaron alrededor de diez y ocho mapas rioplatenses en los que demostraron conocimientos matemáticos y de sus aplicaciones astronómicas nada comunes 373.

Es que los jesuitas poseyeron matemáticos de fuste, y de ellos, trabajaron en nuestra tierra Luis de la Cruz, Mario Falcón, Juan Montijo, el ya mencionado José Quiroga, también astrónomo, Ignacio Chomé, Tomás Falkner, discípulo en Europa de Newton, José Cardiel, Juan de Montenegro, Martín Dobrizhoffer, José García Martí, Manuel Morales. Joaquín Camaño, etc.374. A ellos deben agregarse los que incursionaron en la Física, como Ramón Termeyer, José Serrano y otros.

Asimismo, quienes pusieron los cimientos de la ciencia histórica en este lugar de América fueron jesuitas: Nicolás del Techo, que escribió la “Historia de la Provincia del Paraguay”, que incluía la Gobernación del Río de la Plata; Pedro Lozano, el más notable de todos, a quién se debe la “Historia de la Compañía de Jesús en la provincia del Paraguay”, y José de Guevara, sucesor del anterior en la tarea del que fue su maestro y que escribió una “Historia del Paraguay. Río de la Plata y Tucumán” 375,

No es nuestro propósito hacer memoria de los médicos que generalmente acompañaron a los conquistadores como Gaboto, Pedro de Mendoza u Ortiz de Zarate. Ni tampoco evocar a los primeros médicos porteños, cordobeses, santafesinos y de otras ciudades recién fundadas. El que requiera noticias al respecto puede hallarlas en el erudito trabajo de Furlong sobre el tema que citamos aquí. Solamente queremos rescatar del olvido algunas figuras de religiosos que generosamente se brindaron para aliviar a los naturales, y pobladores en general, de sus enfermedades. Así, en las reducciones guaraníticas, atendieron a los indios de pestes, epidemias, catarros y practicaron sangrías los religiosos Juan de Salas, Roque González de la Santa Cruz. Antonio Ruiz de Montoya, Pedro Romero, Francisco Díaz Taño, Diego de Boroa, Cristóbal Altamirano y tantos otros. Tuvieron conocimientos más profundos los hermanos Diego Bassauri, Francisco Couto, Antonio Rodríguez. Juan de Montes, etc.

Si durante el siglo XVII sólo hubo corazones de buena voluntad, con algunos conocimientos médicos elementales, así como enfermeros en las reducciones, en el siglo XVIII hubo médicos. El más grande de ellos, a juicio de Furlong, fue el hermano Pedro Montenegro; se curó de una tisis bebiendo por largo tiempo infusiones de guayacán, y desde ese momento se convirtió en un estudioso de las yerbas medicinales. Estuvo en el sitio de Colonia, en 1702, donde socorrió a los soldados heridos y apestados. Ejerció la medicina durante más de treinta anos. Escribió un tratado sobre la virtud curativa de las hierbas y otro de cirugía. De él expresó José Sánchez Labrador: “Entre todos sobresale el hermano Pedro Montenegro, cuyo estudio fue continuo en la Botánica Pharmacéutica, Medicina y Cirugía, para bien de las gentes del Paraguay, y singularmente de los indios. En el idioma guaraní compuso algunos libros, y otros en la española” 376.

Merece asimismo ser mencionado el padre Segismundo Aperger, misionero ejemplar. Una tremenda peste que asoló a Córdoba en 1718 lanzó a Aperger a la tarea de aliviar a la población, especialmente a negros e indios; apelando a las hierbas medicinales, salvó numerosas vidas, y se reveló así un insigne herborista. Desde esa fecha hasta casi la hora de su muerte, en 1772, su pasión fue aliviar el dolor humano 377, Azara escribió de él: “se dedicó especialmente a la medicina y botánica, en cuyas facultades pasó en estos países por sapientísimo y en sus recetas y sentencias tiene aún hoy (1790) más crédito que las de Hipócrates y Discórides” 378.

Nuestro conocido padre Tomás Falkner fue médico de profesión, recibido en su patria, Inglaterra, a diferencia de Aperger que aprendió el oficio mediante la práctica intensiva. Ejerció proficuamente en Córdoba, ciudad a la que acudían desde los más lejanos lugares pacientes que buscaban la ciencia del distinguido jesuita para aliviar sus dolencias o curarse. Falkner fue asimismo excelente herborista. Este notable ex calvinista, convertido al catolicismo y hecho sacerdote, recorrió Santiago del Estero, Tucumán. Santa Fe, Buenos Aires y la Patagonia, evangelizando y atendiendo enfermos. De él ha escrito Furlong “Era sacerdote y era módico; hermosa combinación en aquella época y en estas regiones americanas donde tanto escaseaban los médicos y las buenas medicinas” 379.

 

4. Arte. Arquitectura.

Bien lo expresa Ramos Pérez: “Los españoles, como los romanos en su Imperio, dejarían de su paso por América las huellas admirables de su arte, como las de su cultura y religión quedaban en el alma del individuo. Lo español no fue provisional, sino eterno 380. De esas huellas haremos tina revista sumarísima, que al menos nos comunique superficialmente con lo trascendental del esfuerzo artístico de la Madre Patria en América, sobre el cual influyeran el medio y el hombre americanos, a punto tal que el Marqués de Lozoya califica como provinciano este arte: “Así, pues, el arte hispano-americano realizado por artistas profesionales es un arte provinciano, como el español lo fue muchas veces respecto de Italia o de Francia; un arte provinciano y nunca colonial, porque ni política ni culturalmente los dominios americanos de la corona de España fueron colonias, sino provincias, de la misma manera que en la edad antigua España no fue colonia sino provincia del Imperio Romano. Las iglesias y los conventos góticos de Santo Domingo y de Méjico; la portada plateresca de Acolman, las grandes catedrales de Méjico y del Perú, la maravilla de los más fastuosos edificios barrocos reflejan, con fuertes modificaciones, los patrones metropolitanos. Pero es lo cierto que la personalidad provinciana se revela con singularidad inconfundible en un ambiente tan cargado de exotismo y de tradición, que impulsaba a los artistas a alterar los arquetipos con infinidad de afortunadas modificaciones”.381

Lo más importante se hizo en arquitectura: España volcó en ella milenios de estilo que había asimilado transformándolos de acuerdo con su propia Impronta, en que se mezclaban ingenio, sensibilidad e inspiración. Vino a América el isabelino, que se había desarrollado en la Península en época de los Reyes Católicos amalgamando el gótico flamígero con el mudéjar; arriba el estilo Cisneros, en el que los elementos clásicos italianos se unen al mudéjar; llega el plateresco, simbiosis de gótico, renacentismo Italiano y arte ornamental de los plateros; es traído el clásico puro en la versión española del herreriano; nos invadió, ya en el siglo XVII, el barroco, recargado de elementos decorativos, con predominio de las curvas sobre las rectas, que en España se había hecho churrigueresco. ¡Una verdadera sinfonía arquitectural! De todas estas influencias, Hispanoamérica se sentiría más impactada por el barroco, quizás porqué, al asumir plenamente lo español, supo rescatar lo más valioso que Iberia nos traía, como fue su reacción ante el paganismo renacentista. Se sabe que el barroco fue al arte renacentista lo que la Contrarreforma a la Reforma. “En opinión de un crítico europeo, cuatro de las ocho obras maestras de la arquitectura barroca en el mundo se hallan en América: el Sagrario de la Catedral de Méjico, el Colegio de los jesuitas en Tepotzotlán, el Convento de Santa Rosa en Querétaro y la Iglesia de San Sebastián de Santa Prisca, en Taxco” 382. En el medio tropical y selvático de América, bajo las influencias indígenas multicolores y luminosas, con dejos mudéjares, el barroco floreció en el estilo colonial, que es la prueba más evidente que el mestizaje hispanoamericano fue una forma de cultura con identidad definida. Ramos Pérez lo expone así: “En el barroco indiano ya no hay posibilidad de encontrarle modelos europeos: la independencia artística precedió en muchos años a la independencia política. Evidentemente, el barroco no es originario de América, pero en ella sufre tal transformación, que la exuberancia de las construcciones de la Península son, a su lado, patentes ejemplos de severa austeridad” 383. Lo afirma Ángulo Iñíguez: “Pobladas estas dilatadas tierras en su mayor parte por mestizos e indígenas que paulatinamente se han incorporado a la civilización europea, esta enorme masa de sangre no española que se mezcla con las de los conquistadores deja sentir ya en la época barroca, y en proporciones notables, su presencia en la interpretación del nuevo estilo”384. Repetimos; la huella aborigen está presente en lo externo con ese colorido, lujuria y motivación tan particulares del indio, aunque la traza y los cuerpos de los edificios sean europeos. Este estilo se extiende por toda América, desde California a Chile, y se aprecia, por ejemplo, en la edificación de la ciudad guatemalteca de Antigua, aunque alcanza su brillo mayor en Méjico, como se ha visto. En América del Sur, las piezas arquitectónicas barrocas están influidas por el mudéjar notoriamente.

Lo que se construyó en América española en aquella época tiene una jerarquía de primera magnitud, sobre todo en Méjico, “donde el arte hispano americano alcanzó su mes alto grado de esplendor, principalmente la arquitectura religiosa, hecho explicable por el carácter evangelizador que tuvo la conquista de América”, según la autorizada opinión de Miguel Solá 385. Lozoya acota: “Los americanos del Norte, que buscaban en Méjico un estilo de vida tan diferente del suyo habitual, quedaron sorprendidos ante la majestad y la riqueza de las iglesias de la Nueva España386. Basta mencionar la catedral de la ciudad capital, influida por el purismo renacentista, “uno de los edificios más imponentes del mundo”, “joya de la arquitectura”, “resumen de una civilización”, en el decir de Carlos Pereyra 387. Otro tanto podría decirse de la maravillosa catedral de Puebla, con incidencia herreriana, por sobre todo en sus torres, remedo del Escorial; y en esta ciudad la capilla del Rosario de la Iglesia de Santo Domingo, deja estupefactos a quienes como el que esto escribe, han podido visitarla: altares, paredes y techo portentosos en que el barroco rivaliza con el oro. En Quito recordaremos la Iglesia de la Compañía de Jesús, en la que se entrelazan el barroco con gravitación india y adornos moriscos, todo de una factura que llega al desenfreno; también en la capital ecuatoriana mencionaremos por su esplendor la Iglesia de San Francisco. Barroco que deslumbra en las fachadas de las catedrales de Lima y Cuzco y en el convento de San Francisco de la capital peruana. O en Santo Domingo con su catedral, el Hospital de San Nicolás de Ovando, los conventos de Santo Domingo y La Merced y la casa de Diego Colón, construcciones donde resplandecen el isabelino con toques platerescos y mudéjares propios del arte antillano. En Nueva Granada, en cambio, impresiona el tono morisco de construcciones como Santo Domingo de Tunja y San Francisco de Cartagena.

En el actual territorio argentino, las expresiones arquitectónicas son más modestas, como que la nuestra fue la más pobre de las tierras del Imperio en América. También aquí predominó el barroco, aunque hubo aplicaciones del renacimiento italiano e influencias andaluza, mudéjar y aborigen, sin desestimar la presencia del churrigueresco en algunos altares de las iglesias. Al respecto, expresa Noel: “Nada es desde luego más claro y preciso, desde el Ecuador hasta el Plata, que esa fisonomía andaluza de nuestras moradas, de esa admirable expresión arquitectónica, que en razón a la situación geográfica en que naciera, y al soplo de sus artistas, supo fundir en mágico crisol el Incienso místico y el redo porte nobiliario de Castilla al voluptuoso ensueño del oriente invasor. A cada paso, a cada Instante, en una casona, en un portalón, en una reja, en el cimborio de una Iglesia del Cuzco, de Potosí, de Salta. de Córdoba o Buenos Aires, descubro un elemento decorativo ya visto en Jerez, Trujillo, Ecija o Sevilla; los festones de nuestras rejas, los azulejos de cúpulas y zaguanes, las archivoltas mudéjares de los pórticos, el retorcido moldurado de los frontones son réplicas ingeniosas en lenguaje americano de otros tantos elementos que prosperaron bajo el cielo andaluz” 388

También aquí el sentimiento religioso inspiró predominantemente a los constructores. Mencionaremos seguidamente algunos de los ejemplares mes conspicuos. En Córdoba impresiona por su tono sobrio y señero la Iglesia de la Compañía de Jesús, del siglo XVII, cuya bóveda la construyó el jesuita belga Felipe Lemer en madera, cuando advirtió que las paredes no podrían sostener una de material, hecho insólito que dio lugar a una cúpula con forma de casco de navío invertido, cuya construcción y decorado insumió doce años. Lemer, por lo demás, había sido ingeniero naval en Europa. También en Córdoba se encuentra lo más valioso del arte hispánico entre nosotros: su catedral, obra comenzada a fines del siglo XVI y terminada en el XVIlI por los arquitectos jesuitas Andrés Blanqui y Juan Bautista Prímoli y el franciscano Vicente Muñoz. La parte inferior de la fachada está concebida según un sobrio neoclásico y la superior es barroca, como lo son la cúpula, las cuatro pequeñas torres que la refuerzan y la linterna 389.

Muestra preciosa de nuestro arte hispánico es la Iglesia de San Francisco en la ciudad de Santa Fe, cuyos trabajos dirigiera en el siglo XVII el franciscano Francisco Arias, con su fachada de estilo clásico; el artesonado que cubre la nave es de algarrobo y cedro paraguayo, delineado con estilo mudéjar. Templos semejantes se encuentran en Catamarca, La Rioja, Salta y Jujuy.

La llegada al Río de la Plata entre los siglos XVII y XVIII de los arquitectos Jesuitas Andrés Blanqui, José Brasanelli, Bartolomé Cárdenosa, Antonio Harls, Juan Kraus, Felipe Lemer, Ángel C. Petragrasa, Juan B. Prímoli, Antonio Sepp y Juan Wolff, entre otros, con conocimientos adquiridos en academias europeas, produjo un aporte sustantivo en la construcción de catedrales, capillas, conventos, colegios y hasta edificios públicos, como el Cabildo de Buenos Aires 390. Muestras destacadas de esta contribución son las iglesias jesuíticas de Alta Gracia, Santa Catalina y Jesús María en Córdoba, las de San Ignacio, el Pilar, la Merced y San Telmo en Buenos Aires, y las de San Miguel y San Ignacio en las reducciones misioneras. De estas últimas sólo quedan ruinas, pero las edificadas en Córdoba y Buenos Aires, que se conservan, son testigos elocuentes de belleza y solidez 391

 

5. Pintura

Es difícil en pocas líneas dar una idea acabada de lo que se produjo en Hispanoamérica en materia pictórica, especialmente en Méjico, Nueva Granada y Quito. Durante la primera parte del siglo XVI se establecieron en Méjico talleres de pintura para indios; en esos talleres se pusieron en contacto la pintura española con la de los tlacuilos, pintores aztecas. Cortés fue acompañado por el pintor cordobés Rodrigo de Cifuentes quien realizó diversos retratos del conquistador y pintó un gran retablo cuyo motivo fue el bautismo de un cacique de TIascala; Cifuentes perteneció a la escuela de pintura que fundara en ese país fray Pedro de Gante. Buenos maestros tuvo Méjico en el siglo XVI: Alonso Vázquez, Pedro García Ferrer y Diego Becerra; quizás por ello el siglo XVII fue brillante en esta región, detectándose, dentro del carácter religioso que tuvo la pintura, una escuela donde Impera un doloroso ascetismo y otra donde predomina un dulce y suave misticismo 392. Se, destacaron Baltasar de Echave, llamado “el viejo”, discípulo de Juan de Juanes, Luis Juárez, Sebastián de Arteaga, uno de los más célebres pintores mejicanos, José Juárez, que con Arteaga marca, la culminación de la pintura mejicana, y Juan Rodríguez Juárez, llamado el Apeles mejicano. Miguel Cabrera fue el más famoso pintor del siglo XVIII.

En Nueva Granada resplandeció Gregorio Vázquez, una de las cumbres de la pintura hispanoamericana, cuya fecunda obra introduce el realismo naturalista en el continente, aunque también descuella en la pintura religiosa. Supo emplear materiales que conocían los indios para obtener colores que fueron verdaderas creaciones 393. También mencionaremos en Nueva Granada al retratista Alfonso de Narváez.

Según expresa Solá, “la ciudad de Quito, llamada la Atenas de América, fue uno de los principales centros de producción y expansión del arte hispanoamericano, que adquirió allí una personalidad propia y alcanzó su más alto grado de apogeo, especialmente en la pintura y la escultura”. Agrega Solá: “Fray Jodoco Ricke, franciscano, estableció Junto al convento una escuela, que fray Francisco de Morales transformó en 1553 en el famoso Colegio de San Andrés, que debe considerarse corno la primera escuela de bellas artes de América, pues de allí salieron los primeros alarifes, canteros, escultores y pintores cuzqueños” 394. En esta ciudad se conservan obras de Murillo, Zurbarán y Velázquez, que influyeron en los artistas quiteños. En ella fundó escuela Miguel de Santiago, autor de producciones estupendas, como su San Agustín, apoteosis del santo en una tela de seis por cinco metros con alrededor de ochenta figuras 395. Buenos pintores se formaron con Santiago: Bernabé Lobatón, Simón de Valenzuela y Nicolás Javier de Goríbar, pintor éste de diez y seis cuadros notables que representan a los profetas y que pueden admirarse en la Iglesia de la Compañía de Quito 396.

Lima también tuvo su alta expresión en un discípulo de Miguel Ángel, Mateo Pérez de Alessio, quien se radicó en esta ciudad, como su hijo, fray Adriano de Alessio, pintor y literato. Pérez de Alessio, que pintó en la Capilla Sixtina, conmovió a la capital peruana con producciones como su San Cristóbal 397. En Perú sobresale también el agustino fray Francisco Bejarano.

En Cuzco se desarrolló una de las más célebres escuelas pictóricas, cuya fecundidad queda revelada por el hecho de que se calcula que, desde el momento de la independencia en adelante, salieron de esa ciudad más de diez mil obras, la mayoría de autores anónimos, que en muchos casos fueron indios. Expone Ramos Pérez: “Se trabaja no para masas cultas y eruditas, sino para la demanda misional o para las sociedades criollas o mestizas del sur del continente. De aquí que se busquen afanosamente recursos llamativos, oros, colores brillantes que entran por los ojos y llaman poderosamente la atención de un pueblo de vida religiosa. Son, pues, motivos también medioevales los que determinan este arte; no se persigue el realismo, como en el resto de la pintura americana, sino el impresionismo, cuanto más sugestivo mejor. Es un arte popular, mestizo si se quiere, que se desborda en color, lo mismo que el barroco indiano se desarrollaba por la exuberancia” 398. El colorido y la imaginación de Juan Espinosa de los Monteros lo constituye en el más destacado pintor cuzqueño. Lorenzo Sánchez lo sigue: su “Asunción de la Virgen” tiene reminiscencias del Greco. Son numerosas las notabilidades cuzqueñas; y se calculan en cinco mil las telas de autor anónimo, muchas de ellas de valiosa factura 399.

Lo cierto es que en el período hispánico las paredes de Iglesias -y monasterios se llenaron de bellas expresiones del arte pictórico en Méjico, Guatemala, Santo Domingo, Bogotá, Quito, Lima, Cajamarca, Chuquisaca y Cuzco, efectuadas por maestros que, como el jesuita panameño Fernando de Rivera, enseñaron su arte a muchos, inclusive a indios; tai él caso del hermano Domingo, formado por Rivera, que descolló. En Perú fue célebre el indio Francisco Suárez. .

De la labor pictórica en el Río de la Plata existen pocos datos, y pocas expresiones han perdurado. Los jesuitas Bernardo Rodríguez, que fue maestro de este arte, con su “Descendimiento de la Cruz”, conservado en Santa Fe; Luis Berger, maestro de indios, con su “Nuestra Señora de los Milagros”; José Grimau, que pintó la “Virgen de las lágrimas”, conservada en Salta; el indio Kabiyú, con su “Virgen María”. De otros ejemplares se ignora quiénes los pintaron. Como siempre, fueron cabeza los Jesuitas que habiendo perfeccionado y enriquecido sus predisposiciones en Europa, poblaron sus iglesias y residencias con pinturas importadas, o propias, o efectuadas por indios y mestizos que fueron sus alumnos. Así, verbigracia, la “Capilla Doméstica” de Córdoba fue ornada con buenas pinturas; y la bóveda de la Iglesia contigua déla Compañía, pintada bellamente, para lo que se utilizó la colaboración de indígenas.

Ya se sabe que a fines del período de la dominación española se lucieron pintores como Miguel Aucell, el mejor de todos, José Salas y Ángel María Camponesqui, españoles los dos primeros e italiano el último. Se seguía buscando inspiración en la temática religiosa.

 

6. Escultura. Artesanías

Ya Bernal Díaz del Castillo encomiaba en Méjico a entalladores indígenas como Marco de Aquino, Juan de la Cruz y el Crespillo. Durante el siglo XVI, no obstante, las imágenes religiosas venían de España, de Sevilla especialmente, de los talleres de Juan Martínez Montañés. Pero en el siglo XVII Méjico presenta la escuela de Puebla con escultores de fuste; tales José Antonio Villegas Cora, Zacarías Cora y José Villegas, especialistas en imágenes religiosas que se requirieron incluso desde España. En este siglo brilla el más renombrada escultor mejicano, Manuel Tolsá, quien produjo la magnífica estatua ecuestre de Carlos IV. Fue su discípulo el indio Pedro Patiño Ixtolinque. Todavía nuestros ojos se extasían contemplando la “Dolorosa” de Tolsá, existente en la Iglesia de la Profesa en la capital mejicana.

También en escultura es la escuela quiteña la más renombrada de Hispanoamérica, heredera de los genios españoles como fueron el citado Martínez Montañés, Alonso Cano y Pedro de Mena. Las imágenes en maderas policromadas brillantes, producidas profusamente en los siglos XVII y XVIII por los talleres-escuelas de Quito, fueron solicitadas por iglesias, monasterios y particulares de todo el continente. En 1779 y 1787 se exportaron desde Guayaquil doscientos sesenta y cuatro cajones con esculturas y pinturas de esta región. Quizás el más brillante de los escultores de Quito es el conocido como Padre Carlos, que “levanta la técnica imaginera a su culminación. Es un artista de profundo sentimentalismo, que pretende impresionar por el camino contrario a como todos lo hacen. Huye de actitudes violentas y busca el efecto en una expresión mística que causa realmente asombro” 400; su “San Juan Bautista” es obra maestra, como el “San Ignacio” y el “San Francisco Javier”. José Olmos, posiblemente discípulo del Padre Carlos, y Bernardo Legarda fueron también eximios; la índole de este trabajo no nos permite citar otros numerosos exponentes de la extraordinaria escultura quiteña 401.

La decoración interior de los templos fue en general de alta calidad, con sus altares, artesonados, molduras, pulpitos, cajonerías, sillones, palpitos, candelabros, retablos, nichos de las imágenes, portadas, ventanas, sillerías de coro, etc. En Méjico, este arte resulta deslumbrante. En Cuzco, Potosí y otras ciudades andinas aparece la mano indígena profusamente. Los techos mudéjares introducidos por Juan Díaz Jaramillo en Bogotá, y cuyos más sorprendentes ejemplares se harían en Quito, dejan estupefacto al observador, sobre todo el existente en la iglesia de San Francisco de Quito, de una belleza e ingenio sin par 402.

En el Río de la Plata, la artesanía en altares, pulpitos, puertas, viguerías, etc. es admirable. Las puertas del convento de San Bernardo,' en Salta, y las de Santo Domingo, en Buenos Aires, son piezas únicas, como el púlpito de la catedral de Jujuy y los retablos de las Iglesias de San Nicolás de Bari, en La Rioja, de la Capilla Doméstica e iglesia de la Compañía, en Córdoba, y de las iglesias de La Merced y Catedral, en Buenos Aires.

La imaginería o tallado de imágenes en madera, piedra, alabastro, arcilla o yeso, .cuya finalidad era el culto, fue importante entre nosotros, aunque muchas fueron las piezas que se trajeron del Alto Perú, Cuzco o Quito. Ese arte tiene un acento popular y mestizo notorio. Lozoya lo pone de relieve: “Hay, sin embargo, en América, en cuanto a las artes plásticas, un grupo numerosísimo de obras que alcanza extraordinario valor intrínseco y que será cada día más estimado en la historia del arte. Nos referimos al arte mestizo y anónimo, que, en contraposición con lo “provinciano”, reflejo más o menos afortunado de los tipos de la Metrópoli, llamaríamos “Arte Misional”. Son las pinturas y las esculturas creadas por los indios bajo la influencia y la inspiración de los misioneros. De ellos están ausentes la erudición y la Academia. Frailes o indios, alejados de los centros de cultura, se encuentran en la necesidad de crear imágenes esculpidas o pintadas para el culto, y, en plena libertad, desprovistos de todo recurso, realizan un esfuerzo emocionante para conmover el sencillo corazón de los fieles con sus representaciones plácidas o truculentas, dotadas muchas veces de un patetismo agudo”403. En las misiones guaraníticas, los imagineros indios trabajaron intensamente, merced a la abundancia de buenas maderas de la zona, bajo la idónea mirada de los Jesuitas. Los retablos que hicieron fueron también buscados. Fue arte anónimo casi íntegramente, aunque se han rescatado los nombres de maestros como el hermano José Brasanelli, el hermano santafesino Blas Gómez y también un excelente ebanista, José Schmidt; al par de producir belleza, la enseñaron a producir a los aborígenes.

En el norte argentino descollaron buenos imagineros, como Gabriel Gutiérrez, radicado en Salta, Tomás Cabrera, también en Salta, y Lázaro y Blas Gómez Ledesma, en Catamarca. En Buenos Aires, el tallista lusitano Manuel Coyto produjo piezas como el “Cristo de Buenos Aires”, en algarrobo blanco, que se encuentra en la Catedral metropolitana. En el siglo XVIII trabajó Juan Antonio Gaspar Hernández, que decoró durante cerca de cuarenta años diversas Iglesias de Buenos Aires (pulpitos. retablos, etc.). El indio José, formado en las reducciones jesuíticas, talló “El Señor de la Humildad y la Paciencia”, en madera de naranjo, magnífica pieza que se conserva en la iglesia de la Merced.

Otros aspectos de las artesanías en carpintería o herrería aplicadas a la arquitectura o vinculadas al mobiliario y la piafaría merecerían párrafos especiales, cosa que no nos permite la naturaleza de este trabajo.

 

7. Música

Ya se han vertido algunos conceptos respecto de la música aborigen, que, en general, los españoles no apreciaron. Los sones y bailes de la Península, sin embargo, se llenaron de matices indios, mestizos y negros y retornaron a la metrópoli enriquecidos con ellos.

La música española que vino fue militar, religiosa y popular. La Iglesia usó de la música mucho en su liturgia. Fue un elemento que acompañó a la evangelización muy útilmente, según testimonios de cronistas como Motolinía, Sahagún y otros. Acota Bayle; “En todas las Indias fue reclamo y auxiliar poderosísimo de la catequesis... No transcurrieron muchos años sin que en todos los pueblos indios hubiese cumplido coro de voces y variadísima orquesta, que servía de embeleso y reclamo para las festividades religiosas” 404. Y Zumárraga agrega; “Porque el canto de órgano suple las faltas de los ausentes, y la experiencia muestra cuánto se edifican de ellos los naturales, que son muy dados a la música, y los religiosos que oyen sus confesiones nos lo dicen, que más que por las predicaciones se convierten por la música, y los vemos venir de partes remotas por oírla, y trabajan para aprenderla”405

Los españoles introdujeron castañuelas, guitarras, clarinetes, pífanos, trompetas, órganos y otros instrumentos. Negros, mulatos, indios, mestizos y blancos rivalizaron en el gusto por la música, que no reconoció fronteras raciales.

Algunos músicos de relieve produjo Hispanoamérica, como el mestizo cubano Miguel Velázquez, el Jesuita José Dadey y Juan de Herreras en Bogotá, José Ángel Lamas en Venezuela, Baltasar Reyes en Chile. Escuelas de canto y música, como la establecida en Méjico por fray Pedro Gante nada menos que en 1523, sólo cuatro años después de la conquista, revelan la alta cultura del pueblo español. La música llegó en Méjico a tal difusión, que ya a comienzos del siglo XVII se editaban partituras musicales 406

En el Río de la Plata, tempranamente, con la expedición de Pedro de Mendoza, vino Juan de Jara, quien hacia 1542 era ejecutante en la Iglesia de Asunción, cinco años después de la fundación de esta ciudad. La música fue instrumento de evangelización; nuestro citado Juan Gabriel Lezcano compuso cantares para los indios con letra que eran expresiones contra vicios como la antropofagia o el homicidio, mientras Alonso Barzana formó coros con los lules y matarás 407, y San Francisco Solano, con un violín, como quiere la tradición, o con una gaita hecha de cañas, como se ha investigado, atraía a los Indios para que oyeran el llamado de Dios a una vida mejor 408.

Los jesuitas tuvieron en el Río de la Plata músicos eximios. En la primera parte del siglo XVII sobresalieron los padres Juan Vaisseau, Luis Berger y Claudio Ruger, todos maestros de los Indígenas, y el primero, fundador de escuelas de música en varios pueblos del Paraguay 409. A éstos siguió el padre Antonio Sepp, de quien el cronista Pedro Lozano escribiera: “Desde su niñez había sido Instruido en la música y por su preciosa voz había sido escogido para tomar parte del coro de cantores de la Corte Imperial de Viena, en la cual alcanzó una verdadera celebridad nuestro Antonio. Ademes de enseñar a muchos indígenas de las Misiones el secreto de su arte, compuso para los mismos y en lengua guaraní muchas sagradas canciones, gracias a la cuales es casi Inconcebible cuánto ayudó a excitar la piedad, ya que se llenaban de gozo los indios al poder cantar en su propio idioma. Parecía que la naturaleza le había plasmado adrede para tratar con los indios” 410.

El más destacado de los músicos jesuitas en el Río de la Plata fue Domingo Zípoli, a principios del siglo XVIII. Formado en Italia, fue maestro de indios. Como organista, Lauro Ayestarán, crítico e historiógrafo musical, asevera que fue “uno de los más grandes organistas de todos los tiempos” a nivel mundial 411. Sus interpretaciones en tal instrumento deleitaron a los habitantes de Córdoba, pues residió en esta ciudad. Fue asimismo compositor destacado: produjo óperas que fueron representadas en las misiones.

Juan Fecha, maestro de los lules, y Florián Paucke, que instruyó a músicos y cantores mocobíes, que inclusive tuvieron éxito en Buenos Aires, fueron también jesuitas de aptitudes en este arte. Como lo fueron Martín Schmid y Juan Mesner, que lo enseñaron a los indios chiquitos. 412

La mayoría de los maestros mencionados y tantos otros eran también hábiles constructores de instrumentos musicales, como órganos, oboes, arpas, violines, flautas, etc., que, al ser inventariados en las reducciones guaraníticas, pasaron del millar. Es precisamente en éstas “donde los hijos de San Ignacio de Loyola desarrollaron una tarea musical sorprendente. Formaron músicos, organizaron coros y también orquestas y bandas. El pueblo guaraní, con predisposición para la música, respondió admirablemente, y no sólo asombraron con su ejecución instrumental y su canto en las funciones litúrgicas, sino que se los oyó entonar canciones cuando marchaban hacia el trabajo o mientras lo realizaban 413. El padre Antonio Sepp, uno de los maestros músicos jesuitas, escribió: “En las embarcaciones tocábamos nuestros instrumentos musicales y cantábamos; y sucedió que los indios de aquellas costas nos oían, y atraídos por la música acudían a la ribera y escuchaban complacidos aquellas armonías... Lo característico del genio de los indios es, en general, la música. No hay instrumento, cualquiera que sea, que no aprendan a tocar en breve tiempo, y lo hacen con tal destreza y delicadeza, que los maestros más hábiles se admirarían” 414. Bien quedan demostradas así las afirmaciones de Juan Pablo II en su recordada disertación de Santo Domingo cuando hace referencia al uso de la música como elemento fundamental del arsenal misionero.

 

8. Literatura

En el campo de las letras hispanoamericanas, lo que se escribió fue digno de los reinos incorporados al Imperio que produjo el Siglo de Oro Español. Tres notables poemas épicos en lengua castellana se escribieron en, o con motivo de América: “La Araucana”, de Alonso de Ercilla, de tema histórico, “La Cristiada”, del dominico Diego de Ojeda, de tópico sagrado, y “El Bernardo”, del obispo de Puerto Rico Bernardo de Balbuena, que incursiona por lo histórico y lo fabuloso. Un chileno residente en Lima, Pedro de Oña, con “El Arauco domado”, publicado en 1596, agregó un cuarto, en que se mostraba la fibra americana.

En el siglo XVII sobresalieron dos cronistas de excelente prosa. Por un lado, Garcilaso Inca de la Vega, hilo de un conquistador y una princesa incaica, a quien se deben la “Historia de la conquista de la Florida” y los “Comentarlos reales”, obra ésta vinculada con la historia del Perú; por el otro, Bernal Díaz del Castillo con su “Historia verdadera de la conquista de Nueva España”. También el mestizo Pedro Gutiérrez de Santa Clara se luce escribiendo una historia de las guerras civiles del Perú. Es de señalar asimismo que valores literarios españoles como Mateo Alemán, Tirso de Molina (fray Gabriel Téllez), Diego Mexía, Luis de Ribera y Luis de Belmonte Bermúdez residieron y produjeron belleza en América.

En la poesía dramática y en el teatro, Méjico da a la lengua española un gran exponente, Juan Ruiz de Alarcón, “una de las cuatro figuras mayores del gran teatro español del siglo XVII, con Lope de Vega. Tirso de Molina y Calderón”, dice Henríquez Ureña, quien agrega: “Su comedia más conocida, La verdad sospechosa, fue imitada en Francia por Corneille en Le menteur, y así resulta el antecedente mediato de Moliére” 415. También Méjico aporta una poetisa de primera magnitud, sor Juana Inés de la Cruz, apodada por sus méritos literarios “la décima musa”. De esta mujer superior no se sabe qué admirar más, si su inspiración poética 416, o sus amplios conocimientos ya revelados en la universidad a los diez y siete años, o su renuncia al mundo, bella como era, o su alejamiento de la esfera intelectual y literaria para dedicarse a cuidar enfermos contagiosos. También fueron literatas otras mujeres de esta etapa hispánica, como la dominica Leonor de Ovando, la clarisa sor Francisca Josefa de la Concepción, conocida como la Madre Castillo, y la limeña Josefa de Carrillo y Sotomayor. Siempre en el siglo XVII, mencionaremos asimismo al cura indio peruano Juan de Espinosa Medrano, apodado “El Lunarejo”, e influido por Góngora como Juana Inés de la Cruz.

En el siglo XVIII aparece nuestro ya conocido mejicano Carlos de Sigüenza y Góngora, polígrafo destacado, poeta, y novelista con “Los infortunios de Alonso Ramírez”, obra de indudables méritos. Asimismo sobresale en Perú el varias veces rector de la Universidad de San Marcos Pedro de Peralta Barnuevo, de gran erudición, que hablaba y versificaba en siete idiomas, cuyo trabajo en poesía épica más conocido es “Lima fundada”, pero que se lució mayormente como historiador con la “Historia de España vindicada”.

En tierras del Río de la Plata, en la etapa conquistadora, un compañero de don Pedro de Mendoza, el sacerdote Luis de Miranda, escribió el primer poema producido en estas tierras, el “Romance elegiaco”, inspirado en las desgracias de nuestro primer adelantado. Debe mencionarse también al padre Martín del Barco Centenera, que vino en la expedición del cuarto adelantado Juan Ortiz de Zarate; en un largo poema de carácter histórico, llama por primera vez a nuestros lares Argentina. Y el primer historiador nacido en estas regiones, Asunción, fue Ruy Díaz de Guzmán, quien escribió la narración de la conquista del Río de la Plata en una obra titulada “Argentina manuscrita”, de estilo atrayente y sencillo.

El primer poeta que puede calificarse como argentino fue el cordobés Luis de Tejeda. Lector asiduo en su juventud de las obras clásicas, no fue su vida en esa etapa de las moralmente más recomendables. Pero, fallecida su esposa. Ingresó en la orden de Santo Domingo y entonces produjo el poema “El peregrino de Babilonia”, en el que relata aspectos desanconsejables de su vida pasada, su conversión y entrega a la profesión religiosa; en la segunda parte, luce su mística mariana con una serie de cantos dedicados a las soledades de María Santísima.

Ya en el siglo XVIII, fueron poetas el obispo Manuel Azamor Ramírez y el canónigo santafesino Juan Baltasar Maciel; éste cantó las victorias de Pedro Cevallos sobre los portugueses, y fue asimismo precursor de la poesía gauchesca con su romance “Canta un guaso en estilo campestre los triunfos del Excelentísimo Señor Don Pedro de Cevallos”. Quizás el primer poeta porteño fue Manuel de Lavardén, con su conocida “Oda al Paraná”. También se lo considera autor de la tragedia “Siripo”, primera obra teatral que se estrenó en Buenos Aires, en la Ranchería, hacia 1789, inspirada en los tiempos del fuerte Sancti Spíritu, cuando el cacique Siripo se enamorara de la española Lucía Miranda. “El Lazarillo de ciegos caminantes”, trabajo que la moderna crítica atribuye al visitador Alonso Garrió de la Vandera, es una buena descripción de nuestra sociedad y de nuestras costumbres hacia 1771.

A lo largo de tres centurias de literatura hispanoamericana se advierte, en el siglo XVI, influencia renacentista, moderada por el sentimiento religioso de la hispanidad. En el siglo siguiente, es el barroco, manifestado en la Península en el culteranismo y el conceptismo de Góngora y de Quevedo, el que ejerce ascendiente. El neoclasicismo afecta la producción del siglo XVIII.

 

9. Poesía popular

Página aparte merecen las expresiones literarias populares. Refranes, romances, cuentos, cantares, leyendas, poesías varias, vinieron en los labios de gallegos, castellanos, andaluces, vascos, aragoneses y recibieron la impronta americana de mestizos, criollos e indios, que acomodaron ese arte a su índole, a sus modos. Dieron así origen a un folklore riquísimo que Juan Alfonso Carrizo recogió entre nosotros recorriendo las provincias del Norte y el N.O. Así, la espiritualidad literaria popular española floreció adaptada en nuestras primitivas comunidades. Fue lo que Sierra llama el “trasplante de la poética popular” hecho que resultó posible porque el medio .humano, americano admitió, sintiendo como suya propia, esa espiritualidad. Es que España “logró que su propia lírica popular alcanzara a constituir la esencia espiritual del hombre de Hispanoamérica” 417 sin pretender sujetarlo a sus propias formas. Por ello, esa producción literaria americana -coplas, refranes, glosas, canciones de cuna, cuentos, leyendas- tuvo estilo y caracteres peculiares, pero un alma común, producto de la aculturación. Carrizo lo expresa así: “Los cantares de los paisanos nativos de los Valles Calchaquíes, los de los gauchos de la Frontera de Salta, los de los puneños, los de la Quebrada de Humahuaca, los del Valle de Lerma, de las praderas tucumanas y de las serranías de Catamarca y La Rioja, son trasunto del alma española de la época colonial”; y agrega: “todos ellos revelan una tradición poética nacida al arrullo del romance clásico que los soldados y militares de la España grande de los siglos XVI y XVII trajeron al Nuevo Mundo” 418.

Valga como muestra la transcripción de algunas de las coplas de autor anónimo que Carrito escuchara de nuestros paisanos del norte en las primeras décadas de esté siglo, y cuyo origen, en muchos casos, ha de buscarse en la etapa de la dominación ibérica. En ellas afloran los ideales hispano-criollos y las referencias a la tierra, pedestal elemental de la patria naciente y escenario del deambular de nuestro hombre:

Santiagueño soy, señores;

Yo no niego mi nación:

En la copa del sombrero

Traigo chañar y mistol 419.

Son palabras que se estremecen ante las virtudes de la mujer amada, fundamento de la familia vernácula:

Bella es la luz de la aurora,

Bello el fulgor de la estrella.

Pero es más bella que todas

El alma de mi morena 420.

Conceptos que aluden al peregrinar fugaz por este mundo, arrancan estas reflexiones;

Las glorias de este mundo

Son transitorias,

Que duran mientras pasan

Por la memoria 421.

O son expresiones que evocan el fin último del hombre, que es la entrega a Dios:

Al Niño recién nacido

Todos le traen un don,

Yo soy pobre y nada tengo:

Le traigo mi corazón 422.

Tierra, familia, llamado a la humildad. Dios: filosofía popular, elemental, que bebe en el cristianismo Su mensaje de profundo contenido humano.

Lo mismo pasó con los sones musicales populares que vinieron de España. Boleros, guajiras, zambas, vidalas, corridos, cuecas, tristes y estilos, recibieron la influencia vernácula sin perder su sustancia y, mucho menos, el sentido de su mensaje.

 

10. Imprenta. Periodismo.

En 1535, quince años después de su conquista, ya una imprenta funcionaba en Méjico por obra de Esteban Martín, destinado a venir al Río de la Plata, pero que recaló en el país azteca, donde poco después estableció un taller el alemán Juan Cromberger, quien utilizó los servicios del impresor lombardo Juan Pablos 423. En fin, a lo largo del siglo XVI, en la ciudad de Méjico funcionaron doce imprentas cuando su población estaba en las ocho mil almas. No se imprimen solamente libros religiosos, sino también cartillas para aprender a leer tabasco, castellano, náhuatl, chimanteco, chuchón; gramáticas de esos idiomas, de otras lenguas autóctonas y de latín; vocabularios de las mismas; selecciones de clásicos, como Ovidio, y de teólogos posteriores, como Gregorio Nacianceno; tratados de filosofía, de medicina, de cirugía; diversas obras científicas, históricas y literarias, en castellano y en latín; colecciones de leyes y ordenanzas, etc. En esas imprentas de Méjico, durante el siglo XVI, salieron 180 libros, la tercera parte en lenguas aborígenes 424.

Perú tuvo imprenta por obra de Antonio Ricardo en 1584, quien imprimió un catecismo en español, en quichua y en aymara 425. Sucesivamente, tuvieron imprenta Puebla en 1640, Guatemala en 1641, las misiones jesuítico-rioplatenses en 1700 426, La Habana en 1707, Oaxaca en 1720, Bogotá en 1738, Quito en 1760, Córdoba en 1764, trasladada a Buenos Aires en 1780, Cartagena en 1776, Santiago de Chile en 1780, Guadalajara en 1793, Veracruz en 1794, Santiago de Cuba en 1796, Montevideo en 1807, Caracas y Puerto Rico en 1808 y Guayaquil en 1810 427. Bayle deja sentado que la mayoría de las imprentas vinieron a América por gestión de la Iglesia: la de Méjico, a pedido de Zumárraga; la del Perú la solicitaron los Padres del Concilio y la montaron en su establecimiento los jesuitas; la de Guatemala fue obra del obispo Payo de Rivera; las de Nueva Granada, Quito, Bolivia y Río de la Plata fueron jesuíticas 428.

Debe aclararse que la gran masa de libros provenía de España, poseedora desde antiguo de un arte impresor destacado.

En lo que respecta al periodismo, diremos que los primeros periódicos, uno alemán de 1615 y otro inglés de 1619, parecerían haber sido precedidos, si nos atenemos al dato de Haring, por una hoja volante con noticias impresa en Lima en 1594 429. Méjico tenía su “Hoja volante” en 1621, que daba información de los sucesos europeos. Todos éstos son los primeros balbuceos del periodismo; en verdad, meras hojas volantes. Si se considera como primer verdadero periódico el “Public Intelligencer”, inglés, de 1663, debe tenerse presente que Méjico tuvo el suyo en 1722, “La Gaceta de Méjico y noticias de Nueva España”, al que siguieron otros varios: el “Mercurio de Méjico”, de 1740, el “Diario Literario de Méjico”, de 1768, la “Gaceta Literaria de Méjico”, obra del padre José Antonio Alzabe, etc. En 1729 Guatemala, en 1743 Lima, en 1764 La Habana, en 1785 Bogotá, en 1792 Quito y en 1801 Buenos Aires (el “Telégrafo mercantil”) tuvieron periódicos 430. Como se ve, en este campo, América española hizo una evolución paralela a la del mundo más avanzado. En 1805, se produjo la aparición del “Diario de Méjico”, que, como lo indica su título, fue la primera publicación diaria en Hispanoamérica 431.

 

11. Libros. Bibliotecas.

En ésta, se leyó muchísimo, como la prueban las listas de libros declarados al embarcar, las numerosas bibliotecas existentes y los inventarios de las sucesiones. Algo se produjo, como hemos visto, en las prensas de nuestro continente. Lo más vino de la España fecunda que no en vano originó su Siglo de Oro; débese dejar constancia de que los libros estaban eximidos del pago de almojarifazgo, derecho de importación, al entrar en América, y que tampoco pagaban alcabala, esto es, gravamen sobre las ventas 432.

Se leyó de todo, salvo lo que atentaba contra el dogma católico y la moral, o que tratara sobre nigromancia y hechicería 433. Pedro de Mendoza trajo obras de Erasmo, Virgilio y Petrarca. Al segundo adelantado, Alvar Núñez Cabeza de Vaca, no le faltaron textos de Alfonso El Sabio, fray Luis de Granada, Molina, Matienzo, Kempis. Jiménez de Quesada, además de ser hombre de letras, trajo una multitud de obras de primera calidad.

Ya en 1571, Lima tenía una librería. Del inventario de las obras pertenecientes al librero limeño Juan Jiménez del Río, se colige que cualquiera de los libros que se leían en esa época en Europa era posible comprarlo en Perú a escasos años de su conquista. Y José Toribio Medina dice que entre 1584 y 1824 la imprenta de Lima publicó 3.948 obras, nada menos.

Libros de carácter religioso, cartillas para aprender a leer y escribir, gramáticas de castellano, latín y lenguas aborígenes, códigos, como el de las Partidas, libros de caballería, obras de literatura clásica griega y romana, libros de poesía, cancioneros, obras de teatro, novelas, tratados de filosofía, historia, arquitectura, medicina, derecho, etc., circularon por doquier. Los más cotizados autores fueron consultados y leídos: Ariosto, Nebrija, Garcilaso, Boscán, Manrique, Mena, Ercilla, Santillana, Vives, Cervantes, Oviedo, Acosta, Gomara, Erasmo, Virgilio, Petrarca, Marcial, Cicerón, Camoens, Calderón de la Barca, Quevedo, Lope de Vega, Góngora 434. En una Hispanoamérica donde, en 1546, treinta y cuatro años antes de la definitiva fundación de Buenos Aires, Martín de Orue, procurador del Río de la Plata, se quejaba al rey de la escasez de libros, quejas que repitieron Juan Salmerón en 1556 y Jaime Pasquín en 1557, debe pensarse que las inquietudes literarias y científicas fueron para su época realmente llamativas. Y así, puede puntualizarse que en 1605, apenas aparecida la primera edición del Quijote, un barco llevó a Cartagena de Indias, actual Colombia, cien ejemplares de la misma, y que en 1606 se vendieron en Lima ochenta de ellos. Más: Morales Padrón afirma que esa primera edición pasó casi íntegra a América 435. Y para el siglo siguiente, acota Henríquez Ureña que una sola remesa de libros enviada desde Europa a El Callao alcanzó a 37.612 volúmenes 436.

Con semejante fervor intelectual, no es raro que las bibliotecas fueran muy ricas. Fray Alonso de la Veracruz, que había renunciado a su posición económica, a su cátedra de Salamanca y a dos obispados para hacerse misionero, fundó el colegio de San Pablo en Méjico, y lo dotó con una nutrida biblioteca venida en sesenta cajones de España y sucesivamente acrecentada con cuanto libro circulaba. No contento con esto, creó otras tres bibliotecas, en Méjico, Tiripitio y Tacámbaro.

La Universidad de Méjico poseía una biblioteca de diez mil volúmenes. Franciscanos, dominicos, jesuitas, agustinos, carmelitas descalzos y mercedarios instalaron bibliotecas en distintas localidades mejicanas; también, en Guatemala y Cuba. Lo mismo ocurrió en Perú: cada convento, cada establecimiento de educación superior poseía su buena biblioteca. Y hubo bibliotecas peruanas, que en algunos casos estaban mejor provistas que las propias españolas. En Nueva Granada, al fundarse la Real Biblioteca en 1777, ella se surtió de las colecciones de los colegios jesuitas, donde se encontraron múltiples obras de teología, filosofía, humanidades grecolatinas, literatura castellana, matemáticas, física, etc. Allí, la biblioteca particular de Antonio Nariño poseía seis mil volúmenes. También sabemos que la biblioteca de la catedral de Méjico llegó a contar con más de doce mil.

En el Río de la Plata resulta sorprendente que el licenciado Fernando de Horta, en 1555, poseyera una biblioteca jurídica de ochenta y siete títulos. A fines de ese siglo, el deán de Santiago del Estero, Francisco Salcedo, y el vicario de Córdoba, Suárez Babiano, ya poseían sendas nutridas bibliotecas. En el siglo XVII fueron importantes las colecciones del obispo de Buenos Aires, fray Pedro Carranza, y del deán de la misma ciudad, Valentín Escobar y Becerra, esta última predominantemente jurídica. Los franciscanos y dominicos las poseyeron buenas, pero son particularmente los jesuitas, en el Colegio San Ignacio de Buenos Aires y en la Universidad de Córdoba, los que tenían las bibliotecas más nutridas, especialmente esta última, tan acreditada, que su fama llegó a Lima y a Santiago de Chile. Al respecto, acota Furlong: “La Biblioteca del Colegio de Santa Fe tenía más de seis mil volúmenes; la del Colegio Grande de San Ignacio alcanzaba a la suma de diez mil; pasaba de esta cifra la de la Universidad de Córdoba; eran como de dos mil los de la biblioteca de Montevideo y en cada Reducción o pueblo de indios había una biblioteca de trescientos o cuatrocientos volúmenes. San Borja contaba con 716, San Pedro con 834, Itapúa con 530, Santos Mártires con 382 y Candelaria con más de 3.700. Sabemos que en las reducciones de Chiquitos había más de 2.000 volúmenes; entre los Mojos, el número ascendía a 5.200; en las Misiones del Uruguay había 3.600 y en las del Paraná ascendían a cerca de 7.000”. 437

Ya en el siglo XVIII son renombradas varias bibliotecas: la del canónigo Baltasar Maciel, con más de mil volúmenes de teología, historia, literatura y derecho; la del intendente Ignacio Fernández; la del tesorero de la Casa de la Moneda, Pedro de Altolaguirre, en Potosí, con volúmenes de historia, filosofía, derecho, arte, teatro, literatura.

Cuando ya producida la Revolución de Mayo, se decidió formar la Biblioteca Pública de Buenos Aires, frailes y clérigos donaron obras de historia, de ciencias naturales, de filosofía, de castellano y de lenguas extranjeras, de navegación, de física y diccionarios. De tal manera que este dato, dado por Piaggio en su “Influencia del clero en la independencia argentina”, pone de relieve la cultura universal del clero rioplatense y los quilates de su erudición. 438

Terminamos este punto con las siguientes palabras de Bayle: “España pensó en centros de enseñanza aún no pasados los apuros de la conquista y en el hervor de los torbellinos de las revueltas civiles. Y llevó imprentas y, en cambio de los cajones de plata y oro, envió cajones de libros. Como hispanoamericano, debo manifestar que me siento poseído de un íntimo placer al declarar que el origen de las bibliotecas hispanoamericanas se debe a la sabia política y generosidad de nuestra madre patria”. 439

 

12. El teatro. Otras diversiones. El tono de la vida.

Entre las distracciones de los hispanoamericanos, en el período tratado, se encontraba la lectura de libros de caballería, novelas picarescas y pastoriles y el drama en verso, que también se representaba. Lope de Vega, Tirso de Molina, Calderón de la Barca, Moreto, fueron autores preferidos, y esto revela la calidad de nuestra cultura en aquel entonces. Las “casas de comedias” se habilitaron en Lima y Méjico casi contemporáneamente con las de Madrid y Sevilla. En Lima, ya en 1559, hubo representaciones, y a ellas asistían todos los sectores sociales. También los conventos, universidades y virreyes ofrecían espectáculos teatrales en sus residencias respectivas. Había pasión por el teatro, acota Haring 440.

En el Río de la Plata, los jesuitas introdujeron el teatro en Córdoba, Tucumán, Santiago del Estero y Mendoza, no siempre basado en motivos sacros. También en las misiones, los jesuitas promovieron el arte escénico; así, por ejemplo, en 1640, según noticias del padre Nicolás del Techo, se representó una obra dramática cuyo argumento está vinculado con las invasiones bandeirantes. En los colegios jesuíticos, los estudiantes ofrecían espectáculos de este tipo.

Documentalmente se sabe que en Buenos Aires funcionaban “corrales”; así fueron llamados entonces los teatros, desde 1723, aunque es probable que antes haya habido espectáculos. Calderón de la Barca figura entre los autores cuyas producciones fueron objeto de representaciones. En 1783 se abrió, por iniciativa del virrey Vértiz, una casa de comedias que fue conocida como “La Ranchería”. En ella se interpretaron obras de Lope de Vega, Calderón, Maciel, Lavardén, etc.

Fiestas con motivo de la boda de un rey, nacimiento de un príncipe o éxitos de las armas, en las que participaban todas las clases sociales, ferias, torneos y justas, corridas de toros, pasos de armas, teatro, mascaradas, riña de gallos, carreras de sortijas, juegos de cañas, simulacros de batallas, pelota vasca, partidas de caza, juegos de salón como ajedrez, naipes, damas, juego del volador, comparsas de disfraces, etc., se contaban en el arsenal de diversiones de comunidades cuya nota distintiva fue la alegría. A tal punto eso, que Morales Padrón ha podido escribir:

“La sociedad virreinal jamás fue monástica, oscurantista, conventual, según ha pretendido más de un tratadista y según siguen diciendo otros. Fue una sociedad que pecó más por exceso de alegría, lujo, juergas, bailes, fandangos, zaranbandas y fiestas. Sobre el triste folklore indígena, se superpuso toda la desbordante alegría peninsular y los cantos y danzas de los negros, espontáneos y desenfadados, dando vida a un mundo cuya alegría se ha desparramado por los bordes continentales y ha inundado a los otros continentes” 441.

 

13. La santidad

Esta alegría creemos que no era solamente expresión frívola de uno de los pueblos más joviales del mundo, el pueblo español, que supo traer ese gozo a América. Era una alegría profunda, que se enseñoreó del espíritu de los integrantes de todos los grupos sociales, especialmente de los que en la América precolombina habían vivido subyugados bajo las tiranías autóctonas, sojuzgadoras de todos los hombres y de todo el hombre. Era la alegría de la emancipación, de la verdadera liberación del mito, del fatalismo y del pecado, que la Iglesia de Cristo trajo a estas tierras. Jean Dumont lo dice así: “Desde entonces, tanto en Méjico como en Perú, la liberación política deseada y obtenida va a estallar apasionadamente en liberación espiritual y religiosa, en cascada multitudinaria y alegre de conversión cristiana. En una extraordinaria efusión súbita de la gracia, a escala de un continente” 442. Este autor deja testimonio de cómo el continente indio accedió al bautismo liberador en proporción impresionante, hecho que destaca para Méjico Claudio Ceccherelli, cuando hace referencia a “la afluencia tumultuosa de indios reclamando el bautismo” 443. Lo mismo ocurría en Perú, donde el visitador Plaza acotaba: “A los sermones acuden los indios con tal fervor y concurso, que producen admiración. En la mañana de las fiestas, si hay dos o tres o cuatro sermones en las diferentes parroquias, cuando han oído uno, acuden a otro y a otro, o a cualquier otra predicación (...). Después vienen a nuestra iglesia para aprender en ella la doctrina cristiana. Ésta les es enseñada muy por extenso, por el método de preguntas y respuestas. Todos, hombres y mujeres, la aprenden con gran facilidad y rapidez debido a la pasión que en ello ponen” 444. Dumont aporta asimismo el testimonio del gran historiador inglés Arnold Toynbee, que, después de visitar Méjico, fue testigo de los “cuidados celosos” que todavía prodigaban los indios a las “obras de arte magníficas”, “alegres”, de sus antepasados, liberados ya por el cristianismo del “salvajismo siniestro de la influencia azteca”, que “los había sumergido hasta entonces” 445.

La evangelización fue, pues, una fuente de alegría. Los esforzados misioneros, algunos de ellos mártires, muchos de santidad acrisolada, hicieron al hombre americano más hombre, y sobre él edificaron esa fuente de alborozo que es el cristianismo. A la santidad autora de esa transformación liberadora del poblador americano hace referencia Juan Pablo II cuando, hablando del común sustrato de matriz católica, de fe común a los diversos pueblos, dijo: “Un sustrato que alcanzó cotas de santidad admirables en figuras ejemplares y cercanas a su pueblo como Toribio de Mogrovejo, Rosa de Lima, Martín de Porres, Juan Maclas, Pedro Glaver, Francisco Solano, Luis Beltrán, José de Anchieta, Mañanita de Quito, Roque González, Pedro de Bethancour, el hermano Miguel Febrea Cordero y otros”. Todos esos arquetipos de la práctica de las virtudes en grado heroico fueron los obreros más conspicuos en la tenaz faena de la liberación del hombre americano. San Pedro Claver, reconfortando negros esclavos en las pestilentes bodegas de barcos repugnantes; San Francisco Solano, aventurándose en la geografía áspera y entre parcialidades hoscas, buscando con ardor almas atraídas al fin por las melodías de su instrumento y su verbo cariñoso; Santo Toribio de Mogrovejo, renunciando a nobleza y bienes en aras de su predilección por la pobreza y los pobres, infatigable defensor del Indio, arzobispo modelo, amado entrañablemente por el pueblo peruano; Santa Rosa de Lima, patrona de América, que desprecia su belleza en la búsqueda de la Belleza. El obispo Juan de Zumárraga, que en Méjico protagonizó este incidente: “Dijéronle a este varón de Dios una vez ciertos caballeros que no gustaban de verlo tan familiar para con los indios: «Mire vuestra señoría, señor reverendísimo, que estos indios, como andan tan desarrapados y sucios, dan de sí mal olor. Y como vuestra señoría no es mozo ni robusto, sino viejo y enfermo, le podría hacer mucho mal el tratar tanto con ellos». El obispo les respondió con gran fervor de espíritu: «Vosotros sois los que oléis mal y me causáis con vuestro mal olor asco y disgusto, pues buscáis tanto la vana curiosidad y vivís en delicadezas como si no fuésedes cristianos; que estos pobres indios me huelen a mí al cielo, y me consuelan y dan salud, pues me enseñan la aspereza de vida y la penitencia que tengo que hacer si me he de salvar»“ 446.

Ellos, los santos conocidos y la legión de santos anónimos, nos elevaron a la calidad de gente según la expresión de fray Francisco de Paula Castañeda: “Eche V. una ojeada rápida sobre la conducta de nuestros políticos en la década anterior y verá que en vez de fomentarlo todo lo han destruido todo, no más que porque no está como en Francia, en Londres, en Norteamérica o en Flandes. ¿Cómo hemos de tener espíritu nacional si en lo que menos pensamos es en ser lo que somos...? Nos hemos ido alejando de la verdadera virtud castellana que era nuestra virtud nacional y formaba nuestro verdadero, apreciable y celebrado carácter... Pero los demagogos, los aventureros, los sicofantes, los tinterillos, los zoilos indecentes, impregnándose en las máximas revolucionarias de tantos libros jacobinos, cuantos abortó en el pasado y presente siglo la falsa filosofía, empezaron a revestir un carácter absolutamente antiespañol, ya vistiéndose de indios, para ser ni indios ni españoles, ya aprendiendo el francés, para ser parisienses de la noche a la mañana, o el inglés para ser místeres recién desembarcaditos de PIymouth. Estos despreciables entes avanzaban al teatro para desde las tablas propinar al pueblo ya el espíritu británico, ya el espíritu gálico, ya el espíritu britano-gálico; pero lo que resultó fue lo que no podía menos que resultar, esto es, una tercera entidad, o el espíritu triple gauchi-británico-gálico, pero nunca el espíritu castellano, o el hispano-americano e íbero-colombiano, que es todo nuestro honor, y forma nuestro carácter, pues por Castilla somos gente” 447. Rescatamos, en fin, esta expresión de Castañeda que proféticamente profirió en el siglo XIX, porque puede aplicarse a los indigenistas de hoy: “Vistiéndose indios para ser ni indios ni españoles”; ideólogos trasnochados que pretenden reivindicar culturas precolombinas de privilegio, opresión, enormidades y atraso, a pesar del relumbrón de ciertos avances, despreciando la opción del propio indio, que, bautizándose, eligió la liberación; en el decir de Castañeda, ser gente.