Las reducciones jesuíticas de indios guaraníes / 1609-1818
La batalla de Mbororé y sus consecuencias
 
 


Fue decisiva esta batalla del 11 de marzo de 1641; como que con ella lograron los indios contener definitivamente las invasiones, y con­centrar sus pueblos en el territorio que hoy muestran las respetables ruinas de las antiguas misiones.



1) El encuentro


Algo más al norte del pueblo de San Javier desemboca en el río Uruguay el Mbororé, así llamado entonces. Acaso corresponda al actual río de las Nueve Vueltas o de las Once Vueltas. Más al norte todavía, y a siete leguas de San Javier, entra en el río Uruguay el Acaraguá (quizás el actual Guaray-guazú). Junto a él tenía establecida desde 1630 el padre Cristóbal Altamirano la reducción de la Asunción, en memoria de la de igual nombre del Yjuhí, fundada por San Roque González de Santa Cruz y destruida en 1628 por los asesinos del santo mártir. Precisamente por este punto, el más oriental y septentrional de las misiones del Uruguay, se dispusieron a acometer los bandeirantes paulistas 100 dos años después de las anteriores refriegas, con un enjambre de embarcaciones colmadas de gente y armas. 101


Traía el capitán paulista Jerónimo Pedroso de Barros 400 portu­gueses y otros muchos mestizos, mulatos y negros, todos con armas de fuego, y más de 2.500 flecheros, “indios feroces que llaman tupies”. En las cabeceras del Uruguay ocuparon 250 embarcaciones mayores y otras muchas lanchas ligeras, 102 con las que siguieron río abajo.


Los guaraníes, en número de 4.000, a las órdenes del capitán indio Ignacio Abiarú, y con el hermano Domingo Torres como técnico militar, decidieron desamparar el Acaraguá y retirarse al Mbororé. Allí ordenaron estratégicamente setenta embarcaciones guarnecidas de tropas para cortar el paso al enemigo. Una de ellas, la mayor de todas, enarbolaba un lienzo de San Francisco Javier y, en la proa, un esmerilen. Por tierra formaba el resto de la tropa. Disponían los indios de 250 arcabuces 60 mosquetes y acopio de flechas, macanas, hondas y lanzas.


Llegaron los mamelucos al Acaraguá y ocuparon la reducción abandonada. Luego de alguna escaramuza se echaron confiadamente hacia el sur. El 11 de marzo de 1641 fue el choque. Abrió el fuego el esmerilón con tan buena puntería, que echó a pique tres embarcaciones portuguesas, “trastornando la gente que en ellas venían” y “matando a muchos”. Las otras canoas se echaron veloces al ataque con nutrida carga de mosquetes. El resultado fue que, de allí a poco, habían ya apresado los guaraníes 14 embarcaciones con todos sus despojos y el consiguiente estrago del enemigo.


Intentó en aquel trance el capitán Pedroso acometer en tierra firme, y lanzó los 30 hombres de 7 canoas. Pero 20 mosqueteros atacados por ellos les dieron tal batida, que los arrojaron por un monte espeso donde se fortificó el grueso del enemigo, después de abandonar el total de sus embarcaciones.


Fue una resistencia desesperada; pues, cercados por todas partes, debieron aguantarse los portugueses por espacio de ocho días furiosas embestidas e irreparables pérdidas. Lograron al cabo zafarse una no che; pero, perseguidos, les dieron los indios “el más cruel Santiago que vieron jamás aquellos montes. Duró la batalla hasta las dos de la tarde”, y “quedó todo aquel bosque lleno de cuerpos muertos, principalmente de los indios tupíes”, mientras otras partidas de guaraníes limpiaban de mamelucos en las semanas siguientes toda la región.



2) Nuevos choques


Parecería que tan recio descalabro hubiese escarmentado para siempre a los paulistas. No hubo tal. Los bandeirantes volvieron al siguiente año, más para sufrir nuevo desastre. Dos fuertes que fabricaron a manera de empalizada, el de Tobatí y el de Apiterebí, fueron presa de los incansables guaraníes, que ya se consideraban libres, al cabo, de la tremenda pesadilla.


Pasaron esta vez nueve años sin que se registrase Invasión importante en el Tape. Dióse una de mucho alarde en marzo de 1651. Acometieron los bandeirantes por cinco partes a la vez los pueblos de Misiones, decididos a acabar con ellos. Cuatro banderas asaltaron respectivamente las reducciones de Corpus, Yapeyú, Santo Tomé y Santa Cruz del Mbororé, mientras la quinta irrumpía en los pueblos de Itatines. Pero en todas partes fueron de vencida, 103 por manera que sólo volvieron en 1657, para sufrir definitivo infortunio en tierra de infieles.


Las reducciones de San Ignacio de Caaguazú y Nuestra Señora de Fe del Taré, situadas al norte del Paraguay en actual territorio brasileño, soportaron también rudos ataques paulistas, que las obligaron a sucesivos cambios, hasta establecerse de asiento al sur de la actual República del Paraguay en 1659, con los nombres de Santa María de Fe y Santiago.


Hasta fines de aquel siglo no cesaron del todo las invasiones. Los mamelucos torcieron rumbo en busca de otras presas, con suerte varia.


“Fue decisivo el ataque en 1696 a la reducción de San Francisco Javier de los Piñocas, de indios chiquitos, fundada el 31 de diciembre de 1691. Ciento cincuenta mamelucos asaltaron la reducción; pero quinientos indios armados de flechería, con el auxilio de ciento treinta españoles de Santa Cruz de la Sierra, les dieron tan recio embate, que sólo seis quedaron con vida, tres de ellos mal heridos y otros tres que huyeron. Entre los muertos figuraban los dos capitanes paulistas, Antonio Ferráez de Araujo y Manuel de Frías.” 104


Las reducciones, por lo demás, libres ya de incertidumbres y temores, comenzaron una nueva etapa de vida próspera, sin que llegasen nunca a cubrir, por otra parte, el daño irreparable de las almas que las incursiones paulistas habían ocasionado. Todavía comenzando el siglo XVIII, una real cédula de Madrid, de 26 de noviembre de 1705, lamentaba estas resultas:


“...se convirtieron tantos, que hoy hubiera sido casi medio millón de indios cristianos, si los portugueses mamelucos no hubieran cautivado más de trescientas mil almas.”105



3) La nueva situación


El provecho mayor en el orden político fue que, tras estos sucesos, los guaraníes de las reducciones, lo mismo que los maynas, mojos y chiquitos, se constituyeron en guardianes de fronteras, para la protección de los dominios de España. Lo cual llevó a incluir en sus faenas ordinarias los ejercicios de guerra a todo evento.


Buenos testimonios reconocen y encarecen esta realidad.


Cuando la real cédula de 26 de febrero de 1680 ordenó el trasplante de mil familias de las reducciones al puerto de Buenos Aires para poblarlo y defenderlo, consultados oportunamente los gobernadores del Paraguay, desaconsejaron la medida, encomiando de paso la beneficiosa labor de los padres.


La carta de don Felipe Rexe Corvalán, escrita en Asunción el 1º de julio de 1682, ya pasados algo más de cuarenta años de la batalla de Mbororé, aludía al aspecto positivo de las doctrinas en la defensa de la integridad territorial.


El portugués “todos los años corre los campos apresando los infieles que puede: y no se acerca a esta ciudad, ni a otras del Río del Paraná, por la resistencia que hoy halla en las dichas doctrinas, cuyos indios no sólo se defienden allí y reprimen al portugués para que no pase hasta el Perú, sino que acuden a las obras públicas y a todas las ocasiones de guerra que les mandan los gobernadores desta provincia y de la de Buenos Aires, como lo tengo experimentado en más de diez años que gobierno esta del Paraguay”. 106


Más de setenta años después de esta comprobación debió de parecer incomprensible que firmase España, el 13 de enero de 1750, el tratado de límites o de permuta con Portugal.


Los indios de los siete pueblos sacrificados se resistieron tenazmente al abandono de sus tierras y a fundar nuevas poblaciones al otro lado del Uruguay. Esta resistencia armada se conoce con el nombre de guerra guaraní.


La oportuna llegada del nuevo gobernador y futuro primer virrey del Río de la Plata, don Pedro de Cevallos, salvó a la Compañía de Jesús del baldón con que instrumentos aviesos de las sectas europeas trataban de estigmatizarla para su total ruina.


Anulado el tratado del 12 de febrero de 1761, volvieron los indios a ser los guardianes solícitos de la frontera hispano-portuguesa. Mas por algunos años tan sólo. El extrañamiento de la Compañía de Jesús de los dominios de España, decretado por Carlos III el 27 de febrero de 1767, significó para la metrópoli, entre otras muy graves derivaciones, la apertura de la frontera por la parte del Brasil.


Sabía a pronóstico la advertencia que el provincial jesuita José Isidro Barreda había remitido a Fernando VI, desde Córdoba del Tucumán, a 3 de diciembre de 1756, cuando el tratado de límites sacrificaba incautamente los siete pueblos orientales a las pretensiones de la Corte portuguesa.


“Estos indios —exponía el padre Barreda— han sido siempre presidiarios [guardias de frontera] de estas tres dilatadísimas provincias de Paraguay, Tucumán y Río de la Plata, contra los portugueses del Brasil y sus vastos designios de disminuir por aquella parte, como lo han hecho siempre por las otras, los dominios de la Corona de Castilla.”


La verdad notoria, que nuestro provincial recordaba otra vez a los olvidadizos ministros de Su Majestad, era que los indios de las reducciones guaraníes habían conservado intacta la frontera, según especificaba luego:


“Lo cual hasta aquí, o no pudieron conseguir, o no se atrevieron tan a las claras, por las tierras de dichos indios guaraníes, a quienes por aquella banda de oriente jamás les quitaron aun en estos últimos años un palmo de tierra.” 107