Las reducciones jesuíticas de indios guaraníes / 1609-1818
Los Comisionados Reales
 
 

Dos personajes tuvieron la responsabilidad mayor en la ejecución del tratado y sus consecuencias: el marqués de Valdelirios y al padre Lope Luis Altamirano. Uno y otro, pese a la distinta condición y fundamentales discrepancias, mantuvieron la misma consigna de llevar adelante el propio cometido sin reparar en sus efectos, con inflexible tesón, digno de más noble causa.



1) El marqués de Valdelirios


Fue dicho Marqués el prototipo del hombre displicente y glacial, insensible al bien ajeno y decidido a lo peor con tal de salir con lo suyo, aun a trueque de transformar las poblaciones indias en un campo de sangre.


No venía con la prevención de persona sensata y cauta, dispuesta a conocer la situación, pesar las conveniencias y adelantar soluciones de mayor ecuanimidad. Para Valdelirios, que blasonaba no tener “hijos ni familia”, la lógica del tratado era incuestionable; y ninguna demostración ni respeto podían desvirtuarla.


Si puso empeño en alejar la guerra, no fue porque le inspirasen compasión los miserables indios, ni su desventura lo preocupó mucho ni poco, cuanto por lo que podía correr de pública opinión adversa al tratado:


“Mucho me temo que se oponga a esta el general levantamiento de los indios... Este riesgo, que siempre me ha tenido cuidadoso..., es el que más he querido evitar, porque ya se ve qué clamor levantarán; que empezarán a tirar piedras contra quien concibió tal monstruo de tratado, y contra todo el género humano si tuvo parte en él.” 210


La verdad es, sin embargo, que no toda la culpa fue suya. Tanto como él, y acaso más que él pecaron los ministros de Madrid, por compelerlo a la inflexibilidad implacable que fue la nota característica de todos estos manejos antiespañoles.


El ministro Carvajal escribía a Valdelirios algunos meses antes de la anterior misiva:


“Para el caso que se ofrezca alguna dificultad por parte de los portugueses, va la adjunta cédula, ampliándole a Vuestra Señoría los poderes hasta un término indefinido; y no repare en nada como lo considere preciso para lograr el fin.”211


Las cartas sobre todo del sucesor de Carvajal en el ministerio, don Ricardo Wall, dirigidas al Marqués, están allí como explícito comprobante de la arbitrariedad con que se llevó este negocio desde el principio hasta el fin. Tanto que aun llegó a escribirle a Valdelirios:


No le detenga a Vuestra Señoría amenazas del juicio de Dios y de la ira del Soberano, ni las repetidas declamaciones de la importancia de la salvación de las almas y de la ruina espiritual de los neófitos. Siempre ha de responder Vuestra Señoría que ellos tienen la culpa...”


Parece increíble que estampase tales Impertinencias el ministro de una monarquía que a honra tuvo la gloria de Dios y la salvación de las almas; y no menos increíble se hace que a la vuelta de las incontables larguezas de los antecesores de Fernando VI a favor de la Compañía de Jesús, escribiese Wall al Marqués, para que se manejase “en el supuesto cierto de que con semejantes medios y abusos, han usurpado ese imperio en el Paraguay, y están preparando la usurpación de otros en Indías. 212



2) El padre Lope Luis Altamirano


La actuación de este jesuita en las críticas circunstancias de aquellos años, fue ciertamente deplorable. No tiene disculpa su proceder In humano con los doctrinantes de los siete pueblos, que, a las penurias y trabajos de los muchos años de misión, y a los sinsabores del violente canje, debieron sumar sus acometidas de toro bravo. Y fue desdorosa su postura enfrente de la misma Compañía de Jesús, cuyo honor, sin embargo, se propuso salvar en forma tan repulsiva, que se enajenó la voluntad de sus propios hermanos en religión.


Es fuerza reconocer que el padre general de la Compañía anduvo desacertado en la designación de este religioso, cuyas cartas sólo des' cubren al hombre de entrañas duras, sin lástima hacia los infelices indios, a quienes el tratado ponía en situación desesperante, agravada por la premura de la ejecución; y que, si invoca alguna vez clemencia para los suyos, es tan sólo en orden a poner a buen resguardo el propio honor y el del entero Instituto, que confunde despreocupadamente con el servicio del Rey, así fuese infligiendo las peores injurias a los derechos de la humanidad.


Tan detestable fue su proceder, que no hay encarecimiento (aunque tampoco ofensa) de su piedad y observancia religiosa en los papeles de acá; por más que no debieron de faltarle ambas prendas. En lo mucho, empero, que de él se dice acerca de su actuación, todo es negativo; si bien alguna atenuación haya que aplicarle, por las órdenes que traía del general padre Ignacio Visconti, en la nota fechada en Roma, a 27 de octubre de 1751.


Encárgale allí Su Paternidad, “con las mayores veras, cumpla con su comisión a satisfacción del Rey, pues siendo así, será también de la mía. Y aunque vea Vuestra Reverencia y experimente que padecerá la provincia del Paraguay y las misiones que tiene, no dé lugar alguno para excusa o representaciones... Y si esto no lo hace pasando por cuantas dificultades pueden ponerla los padres de esa provincia, croa Vuestra Reverencia que nos dejará a mí y la Compañía desairados, y que no hizo Vuestra Reverencia aquello para que yo determinadamente le envío”. 213


El honor del Instituto fue su norte. Nadie como él lo tuvo continuamente a flor de labio y en los puntos de la pluma; pero fue contraproducente asimismo su afán, aun con quienes más quiso congraciarse.


Desde Buenos Aires en su primera circular a los misioneros de los siete pueblos, de fecha 11 de abril de 1752, participa su llegada y la comisión que trae. Da como primordial motivo para la entrega pacífica de los pueblos, “el gran deshonor que se imprimirá inmortalmente en la fama de la Compañía” si la mudanza no se efectúa.


“El buen nombre y crédito de la Compañíaexpone— se perderá sin remedio si en esta ocasión no obedecen los indios, porque nuestros émulos atribuirán a desleal positivo influjo nuestro su desobediencia.” 214


Ese mismo mes de abril el marqués de Valdelirios, irritado por las dificultades que opone el provincial Barreda a la trasmigración Inmediata de los pueblos, decide confiar el entero negocio al padre Altamirano. Este se encamina a las misiones el 20 de julio de 1752. Y desde San Borja, el 22 de septiembre, escribe al superior de las mismas, padre Matías Stróbel, para apremiar la mudanza, sobre todo por negarse a ella dos de los siete pueblos:


“Lo que podría ser causa (si persisten en su terquedad) de que ellos lastimosamente se pierdan para Dios y para el Rey; y que nuestra Compañía pierda también su crédito y universal reputación, según el prudentísimo acertado juicio de nuestro muy reverendo padre General, fundado en el pleno conocimiento de las cosas de Europa y en el experimentado modo de penar que allá se tiene sobre nuestros procederes.”


Todo el punto siguiente de la carta va consagrado a ponderar el crédito de la Compañía en la provincia. 215 Y así en muchas otras.


Lo que le mereció este poco envidiable dictamen del ministro Carvajal:


“El padre Altamirano procede con mucho juicio y dirección en sus cartas... Sólo se fija en el pensamiento del deshonor de la Compañía.” . 216


Con lo que terminó, al cabo, infundiendo desconfianza a todos, envolviendo en su odiosidad al entero Instituto, con serio peligro de s propia vida; tanto que, protegido por fuerte escolta, debió abandone las misiones y recogerse en Buenos Aires. 217