Antecedentes hispánicos de los regímenes electorales argentinos
4. El período hispánico en la gestación de nuestra democracia.
 
 
En contraposición con lo que opina la historiografía liberal, para nosotros la Historia Política Argentina no comienza el 25 de mayo de 1810, sino con considerable antelación. Quizás cuando aquellos quijotes castellanos de la conquista se abrían paso a machete por entre la espesura de las riberas del Paraná. O quizás desde que las fricciones centenarias con el moro modelaban a la egregia nación española.

El individualismo roussoniano no fue solamente perjudicial en el campo religioso y social. En el ámbito científico segregó a las ciencias reduciéndolas a compartimentos estancos. No nos puede extrañar tampoco que en el campo histórico se haya apetecido conocer los grandes períodos desconectados unos de otros. Así lo pretendieron los historiadores liberales argentinos. Lo que acontece hasta 1810 cuenta muy fugazmente en sus investigaciones. Establecen que ese año la generación de mayo rompe no sólo políticamente con España, sino con todo lo hispánico: religión, costumbres, economía, moral, arte incluso. Asignan a esa generación la “hazaña” de haber logrado la independencia política y la emancipación cultural, arrancándole el alma al país para poder injertarle otra liberal, progresista, romántica, afrancesada.

En realidad, si hubo una minoría que pretendió cometer tal atentado, el pueblo y la porción de clase dirigente que supo interpretar sus anhelos, luchó denodadamente por evitar el latrocinio. Pueblo y grupo de conductores, católicos en lo religioso, proteccionistas en lo económico, tradicionalistas en punto a costumbres y arte, supieron defender con singular denuedo el alma hispánica de las Provincias de la Unión contra las asechanzas del logismo ilustrado agazapado en la Atenas del Plata.

Hemos dicho que ese pueblo y ese círculo dirigente era de convicciones democráticas. Evidentemente. Estaba en la contextura mental del pueblo español, y con él vino a América.