Citas
Capitulo 1

 

1 Hasta hace algún tiempo los pilotos británicos tenían la costumbre de no entregar el sobordo, abrigando temores, dado el estado anárquico del país, por su seguridad. Cualquier pergamino o foja impresa servía de engañifa, ya fuese un salvoconducto o un contrato de aprendiz. Un empleado del puerto llamado Matthews, ex-ayudante de campo del Almirante Gravina en la batalla de Trafalgar, descubrió una de estas imposturas, Matthews era español, pero, educado en Londres, entendía el inglés.

2 El 4 de diciembre de 1823 el barco holandés de guerra Lynix (30 cañones), llegó a Buenos Aires procedente del Pacífico. Treinta hombres desertaron durante los 19 días que permaneció anclado. Últimamente los barcos traían marinos armados que prohibían desembarcar a los marineros. La embarcación francesa de guerra Faune llegó el 11 de junio de 1824 y zarpó el 23: seis hombres desertaron. En este barco vino el almirante francés Rosamel.

3 Los mozos de café son extremadamente curiosos y hacen preguntas indiscretas pero en tal forma que uno no puede enfadarse. Uno de estos caballeros que entabló conversación conmigo me hizo varias preguntas sobre Inglaterra y los ingleses, declarando que estos últimos eran sus clientes extranjeros preferidos —cumplimiento que yo recibí con la debida cortesía—. Pero, súbitamente, inquirió por qué razón los ingleses tenían la cara tan rubicunda. No podía referirse a mi, que soy moreno y pálido; respondí que los ricos bebían gran cantidad de Oporto y los pobres de cerveza, lo cual explicaba el color encendido de la tez...

 

Capitulo 2

 

1 Siendo Rosquellas un personaje importante, no puedo dejar de relatar una anécdota sobre su persona. En una gira a Río de Janeiro llevó consigo a una muchacha esclava manifestando (o el escándalo se encargó de manifestarlo por él) que era una dádiva de la señora del gobernador, quien se la habría brindado en pago del deleite de haberle escuchado. Al saber esto la señora se indignó, afirmando que “no tenía costumbre de regalar sus esclavas”. Rosquellas, de regreso, fue enviado a prisión y debió entregar una fuerte suma de dinero.

   2 Cierta vez presencié una escena muy ingrata en el “Théâtre Francais” de París. Esa noche Taima representaba Cinna. El local estaba atestado de público cuando dos señoras inglesas, acompañadas por dos militares de la misa nacionalidad, entraron en un palco. En esos días el ejército británico ocupaba París. Al quitarse los abrigos, las damas quedaron de espaldas a la platea. Una gritería —que hubiese avergonzado a los salvajes— se elevó de las lunetas. La intervención de los oficiales no hizo más que agravar la situación; no escasearon gestos insultantes y las damas debieron retirarse en medio de lágrima otorgando un noble triunfo a estos valerosos campeones de la caballerosidad.

3 Uno de estos cuadros alusivos tenía por tema la batalla de Salamanca. La noche previa al estreno, en la fachada del teatro se exhibió una estampa iluminada que representaba a los despavoridos franceses perseguidos por Wellington y sus tropas: había también una bandera inglesa izada. No podían los franceses soportar tal vergüenza, y hubo un intento fallido de bajar la bandera. Se temía una refriega la noche de la función, mas todo transcurrió en paz.

 

CAPITULO 3

 

1 El acceso a la sala de lectura está prohibido a los empleados que no se hayan suscrito o no hayan adquirido una boleta de entrada. Estas últimas disposiciones no han sido aceptadas, y los empleados han renunciado a su principal entretenimiento.

2 Cuando Mrs. Clark cerró su casa de pensión, quedó dueña de una fuerte suma de dinero, que fue muy reducida posteriormente por los préstamos que hizo a su difunto esposo, el capitán Taylor, y algunas especulaciones ruinosas. Se ha retirado ahora de los negocios y tiene una renta regular. Su hija adoptiva, Doña Panchita, una hermosa muchacha, vive con ella. El capitán Taylor, aunque hombre de buenos sentimientos, era un visionario. Murió en octubre de 1822. Se cuenta que fue él quien bajó la real bandera española e izó la bandera de los patriotas en el Fuerte, en los comienzos de la revolución,

3 El Slaney permaneció anclado en la rada exterior desde enero de 1821 hasta febrero de 1822. El capitán Stanhope asumió el mando en octubre de 1821, por haber sido ascendido O'Brien. Durante la permanencia en la rada exterior ocurrió un acontecimiento risible: el barco recibía señales desde la costa. Un día, un negro fue enviado a lavar el paredón desde donde se hacían las señales de tierra. La gente de a bordo le confundió con una bola, con la que solían hacer señales; la posición del negro indicaba orden de soltar velas. La tripulación se puso diestramente a la obra y la orden fue obedecida de inmediato, pues la monotonía de la vida de a bordo convierte ese trabajo en un placer. A todo esto, el negro cambió de posición, lo cual se interpretó como una orden de levar ancla. Esta corroboración de la primera orden aumentó el regocijo. Otra señal, mal interpretada, parecía pedir un bote para ir en busca del capitán, quien se hallaba en tierra. Se envió un bote pidiendo confirmación de las órdenes. El capitán O'Brien quedó atónito y fue a examinar la pared de señales donde se hallaba trabajando pacíficamente el negro, ignorante en absoluto de que sus movimientos agitaban los corazones de 150 hombres. A una distancia de ocho millas de la costa tal error no tiene nada de sorprendente. La tripulación se indignó, y atrapando a un negro que formaba parte de ella le amenazaron con tomar cumplida venganza en su persona de las burlas de un hombre de su misma raza.

4 Los siguientes son extractos de los decretos dados a publicidad por el gobierno en esta ocasión: — “Un sarcófago costeado por el gobierno será erigido para guardar los restos del honorable César Augusto Rodney, en muestra de gratitud. Las siguientes órdenes serán cumplidas al tener lugar los funerales de este distinguido ciudadano. Un batallón de infantería, con cuatro piezas de artillería ligera, se estacionará junto a la tumba. Cuando los restos del extinto sean retirados de su casa, el Fuerte saludará con un cañonazo. Un saludo similar será ejecutado por la artillería ligera al entrar los restos al cementerio. Al depositar el cadáver en la tumba, estando el batallón formado, se hará una descarga general. El Estado Mayor del Ejército y los jefes de todos los departamentos serán invitados a reunirse en la Casa de Gobierno para acompañar a los ministros durante el cumplimiento de los ritos funerarios”. Nunca presenció el país nada más imponente que estos funerales. Gran cantidad de personas de todas las nacionalidades concurrió, a pie y a caballo, sin que faltasen sacerdotes. En la crónica de estas ceremonias, leímos las siguientes observaciones: — “Fue muy halagador para los protestantes que el clero católico hiciese acto de presencia. Esto es síntoma inequívoco de la creciente liberalidad de los católicos. Anteriormente se había concedido a los protestantes poseer su cementerio, y en esta ocasión los papistas han seguido con el mayor respeto los ritos del funeral, uniendo sus sentimientos a los nuestros. Este elevado ejemplo indica nobleza de alma y merece la imitación de los cristianos de todos los nombres y de todos los países”. El señor Rivadavia pronunció un discurso junto a la tumba; sus postreras palabras fueron: “Alma ilustre de Augusto César Rodney. Volved al seno de vuestro creador con la elevación y confianza a que os da derecho el haber sido exactamente su imagen acá en la tierra, y no separes tu vista compasiva de este país que tanto se honra con conservar vuestros restos. Sí, nosotros los conservaremos como el más precioso tesoro que pudo recibir este suelo”. Luego, tomando el orador en la mano una porción de tierra, dijo: “Y tú, tierra, que vas a tener la gloria de cubrir estos venerados restos, recibe también el honor de henchirte con la semilla más fecunda de virtudes, y haz que se reproduzcan iguales héroes que inmortalicen el nombre americano”. Tomamos el original de El Argos del 16 de julio de 1824 (E. S.).

5 Una traducción francesa de la obra de O'Meara apareció en Buenos Aires, y quienes la leyeron llegaron a la conclusión de que Sir Hudson Lowe debía de ser un perfecto bruto. En castellano circulan dos o tres diatribas contra el gobierno británico y su piratería en los mares. La evidente malignidad de estos despropósitos destruye todo el efecto que querrían causar.

 

Capitulo 4

 

1 Los países extranjeros aprecian debidamente este valioso descubrimiento Tan sólo en Inglaterra, la patria de Jenner, hay personas —supongo que muy pocas— que se obstinan en negar la eficacia del tratamiento. “No hay profeta en su tierra”.

2 Célebre entre las bellezas rubias de Buenos Aires, es la señorita dona Segunda Iglesias. Esta niña —aún no tiene 16 años— es una perfecta Hebe. Doña Isaaca, su hermana, dos años menor, forma un contraste encantador con la rubia Segunda. Otra niña hermosa y elegante, a quien los ingleses llamamos “la marquesa” por su parecido con la marquesa de Hertfort, despierta gran admiración. Esta joven siente pasión por la música: en el teatro, cuando la orquesta interpreta uno de sus trozos predilectos, su animado rostro evidencia la emoción que le inspira el divino arte.

3 Encontré una vez en París a un francés conocido mío. Tenía este hombre un empleo en Las Tullerías, y al felicitarlo me dijo que todo andaba bien, menos el negocio de los sombreros. Al pedirle explicación me contestó que siendo empleado público, debía quitarse el sombrero tan a menudo que esta prenda le venia a costar £ 30 anuales.

4 Las lavanderas de Buenos Aires presentan un aspecto singular al extranjero. Cumplen su cometido junto al río, y este ejército de jaboneras se extiende hasta cerca de dos millas: todo el lavado de la ciudad lo hacen aquí las esclavas negras y sirvientas. A una gran distancia sobre el agua semejan la resaca espumosa. Lavan bien, colocando la ropa sobre el suelo para secarla. Las ladronas son castigadas con zambullidas. Una boda u otra ceremonia jubilosa es celebrada con magnificencia africana. Forman pabellones de ropa blanca y la heroína pasa debajo de ellos; llevan bastones con trapos rojos a guisa de banderas, hacen ruidos con tambores y cacerolas; bailan sólo como en Guinea y Mozambique, según presumo; la música consiste en cantos y golpeteos de manos, siguen tempestades de aplausos jamás alcanzadas por Parigot y Angiolini. Las diversiones terminan en gritería general. Es peculiar la forma en que se conservan sus hábitos africanos. Si se aproxima una tormenta la confusión alcanza un grado culminante, se produce el caos y las mujeres se desbandan en todas direcciones para salvar sus ropas de la despiadada tormenta.                                                         

5 Oí en cierta ocasión a un joven lamentarse haber nacido un día antes de la promulgación del decreto aboliendo la esclavitud. “Si hubiese nacido un día después sería un hombre feliz y no un esclavo” —decía.            

 

Capitulo 5

 

1 Despertó gran curiosidad el arribo del bergantín Roda, procedente de Londres, trayendo tres caballos ingleses de tiro y una yegua enviados al Sr. Rivadavia como regalo para el gobierno. Los animales desembarcaron en buen estado, a pesar de haber permanecido trece semanas encerrados en la bodega del barco. Su gran tamaño y fuerza muscular despertaron la admiración general. ¿Qué pensarían los vecinos de Buenos Aires si pudieran ver la caballería pesada de nuestros regimientos de guardia y los caballos que tiran carros de cervecero y de carbón? Un peón inglés condujo los animales a sus establos y un público numeroso se congregó para curiosear. Mucho temo que las esperanzas de mejorar la raza equina, mezclándola con la sangre de caballos ingleses, no se realice, porque, pese al alabado clima y los pastos, estoy persuadido de que nuestros caballos no estarían a gusto, acostumbrados como están a las siempre verdes praderas inglesas. Les será imposible habituarse a la larga sequía y el calor de este país. Los porteños están orgullosos de su ganado, y si le prestaran más atención, éste sería, en verdad, excelente pero tratan a los caballos como los esquimales tratan a sus perros. Los establos confortables y los buenos cuidados son desconocidos aquí. Los caballos son tan abundantes y baratos que se les estima poco. Algunos caballos de sangre, enviados a Mr. Robertson desde Inglaterra, perecieron durante el viaje; de haber llegado los criollos habrían visto caballos ingleses de caza y de tiro. Los compatriotas que viven en Buenos Aires contemplan con mucho placer los caballos de su país; al pasar por las playas, los animales despiertan la admiración de los marineros, que comentan su noble aspecto. En el Roda llegó también cierta cantidad de ovejas de raza “Merino”.

2 El segundo día de la feria sopló un ventarrón, con la consecuencia de que el bergantín de guerra Plover naufragó entre la rada exterior y la interior, pereciendo cinco de sus tripulantes. Se hizo una colecta a favor de las familias de las víctimas, recogiéndose $ 500. Mr. Pousset, el vice-cónsul, se ofreció generosamente para tramitar el caritativo acto.

3 Estos gauchos son gentes muy raras: llevan el cabello largo y trenzado, como los chinos. Entre otras singularidades de su indumentaria está la de atarse pañuelos bajo la barbilla que cuelgan sueltos por detrás. Sentados en el pasto, alrededor de una hoguera, recuerdan a las brujas de Macbeth.

4 Los marineros están autorizados a traficar dentro de ciertos límites, y sus artículos más cotizados son papas y gallos de riña. Estos marineros son verdaderos baratilleros.

 

5 Los loros traídos de Brasil, Paraguay, etc., a Buenos Aires son idénticos a los que vemos en Inglaterra y parlotean en la misma forma. Aquí se les oye decir: —”Lorito real; para España y no para Portugal”— “¿Es casada?” “¡Ay Jesús!”

 

Capitulo 6

 

1 Entre los barcos británicos los siguientes procedían de Londres y Liverpool:                        

                                  1821   1822    1823    1824

    De Liverpool              33        35        23       —

    de Londres                10          7         8        —

    El resto provenía de Río de Janeiro, Gibraltar, La Habana, etc.

2 El número de barcos americanos que entraron en el año 1824 ha sido mucho más grande que en años anteriores. Cargan en particular harina, y aunque al principio tuvieron pérdidas, el negocio es ahora muy productivo.

3 Los ingleses que visitaron Francia después del armisticio de 1814 no ponían inconvenientes en recibir oro francés, pero pronto se cansaron y pidieron, en su lugar, billetes. Me encontraba yo en el Banco de Péregaux y Lafitte de París cuando uno de estos pedidos fue formulado. El empleado respondió que Francia tendría que obtener crédito antes de correr la aventura del papel moneda.

4 Esta supuesta balada de Lope, literalmente traducida, diría así: “Mi hermano don Juan se fue a Inglaterra / A matar el Drake y a tomar la Reina / Y a destruir todos los herejes / Y os traerá una doncella protestante / Para que sea vuestra esclava”. El distinguido crítico y gramático don Amado Alonso —a quien hemos consultado sobre el verso original de Lope que pudo haber oído el autor en Buenos Aires— nos da la siguiente noticia que será de interés para el lector: El verso a que corresponde la traducción o adaptación inglesa, no es de Lope. Se trata de un romancillo atribuido a Góngora (1588) en que dialogan dos niños en forma ingenua y desordenada. El texto castellano, por cierto muy bonito, dice así:

    Hermano Perico

que estás a la puerta

con camisa limpia

y montera nueva

sayo alagartado,

jubón de las fiestas,

zapatos de dura,

de lazos y orejas;

calzas atacadas

de gamuza, y medias

de color de bayo,

con sus rodilleras;

mi hermano Bartolo

se va a Inglaterra,

a matar el Drake

y a prender la Reina

y a los luteranos

de la Vandomera.

Tiene de traerme

a mí, de la guerra,

un luteranico,

con una cadena;

y una luterana  

a señora agüela.

Vamonos yo y tú

para la azotea:

desde allí veremos

a las lejas tierras,

los montes y valles,

los campos y sierras;

mas, si allí nos vamos

diré una conseja

de la blanca niña

que tomó la griega.

Yo tengo una poca

de miel y manteca,

turrón de alicante

y una piña nueva ...etc., etc.

    El señor Amado Alonso no cree que este romancillo pudiera ser popular en Buenos Aires, ni que el autor lo recogiera de oídas. Parécele más bien que alguna persona letrada lo hizo conocer al autor facilitándole el texto castellano para su traducción. (E. S.)

5 Un libro llamado Historia de los jesuitas, saturado de ataques a la fe católica, advierte que el colegio de Stonyhurst representa un peligro y apoya su afirmación en que el número de católicos ha aumentado en los alrededores del lugar. Lancashire ha sido siempre católico, y es lógico suponer que las familias de estas creencias habiten una región donde sus prácticas sean respetadas. No creo que los prosélitos sean numerosos: estamos demasiado satisfechos de nuestra religión para adoptar una extraña.

6 Muchos porteños de la clase media e inferior tienen nociones confusas de Londres. Creen que Londres es toda Inglaterra, y hablando de la llegada de un barco a Liverpool o Falmouth u otro puerto, se refieren “a Liverpool en Londres”. Todos los pasajeros ingleses que llegan “provienen de Londres”. Como ven tantos ingleses en su país, la plebe está muy engreída de la superioridad de Buenos Aires sobre el resto del mundo. No hay por qué asustarse de sus pretensiones: también las tenemos nosotros, lo que ha impedido que otras naciones se nos impongan.

 

Capitulo 7

 

1 Adestes Fidelis.

2 Adiós! edificio sombrío donde nunca muere el eco lúgubre de los suspiros de arrepentimiento.

3 El autor dice que iban dos imágenes: San Rosario y la Virgen. Posiblemente se trataba de San Domingo y la Virgen del Rosario. (E. S.).

4 Carros provistos de una campana van por las calles vendiendo agua. La ciudad está mal surtida, pues el agua del río es considerada malsana. Mr. Bevins, ingeniero, ha ordenado la excavación de un gran pozo en la Recoleta, que constituirá un manantial para la población. La obra continúa pero, hasta el momento presente, el agua tan deseada no se encuentra en ninguna parte.

 

Capitulo 9

 

1 No puede uno menos de sonreír ante el contraste entre los dos actuales ingenieros de Buenos Aires: nuestro cuáquero, con sus ropas amplias y sencillas, y el deslumbrante francés, con su gran sombrero de tres picos; únicamente coinciden en el uso de sombreros de gran tamaño —si bien son de formas diferentes—. Para la ceremonia del cambio de gobierno se avisó a los personajes que desempeñan funciones oficiales que concurriesen al acto con sus uniformes. Mr. Bevans concurrió, no con uniforme militar, sino de civil, como corresponde a un hombre de paz, y parecía un respetable caballero. Iba en un coche con un militar y, de no ser por esta circunstancia, se le habría creído un rico molinero de Uxbridge (ciudad de los cuáqueros), disponiéndose a oír el precio del trigo. La singularidad de la indumentaria del cuáquero llamaba la atención cuando Mr. Bevans llegó a Buenos Aires: en las calles le miraban fijamente pero nunca se oyeron injurias. De cuando en cuando algún muchacho vagabundo le gritaba: “¡Lobo!” —Mr. Bevans es hombre de muy buen carácter.

2 Sir Murray Maxwell, del Brighton anclado en Montevideo, nos honró con su visita en junio de 1824. La última vez que yo había visto a este viejo lobo de mar, anteriormente a su arribo a ésta, fue bajo una lluvia de repollos, zanahorias, nabos, barro, etc., en una tribuna pública del Convent Garden cuando era candidato por Westminster. Los modales sencillos y arables de Sir Murray le granjearon las simpatías de la colectividad inglesa de Buenos Aires, y el recuerdo de sus proezas en la China despertó gran interés alrededor de su persona. Fue una rara casualidad que el Almirante francés Rosamel —que fue prisionero de Sir Murray en la guerra con Francia— se encontrase también en Buenos Aires. El Almirante francés, que tiene el aspecto de John Bull, concurrió al teatro con sus oficiales en uniforme de gala; no hay nación más teatral que Francia. Nuestros oficiales van rara vez al teatro, y cuando lo hacen llevan sus trajes de diario. El uniforme naval francés parece militar; chaqueta azul abotonada hasta el cuello y borlas.

3 Estos colorados constituyen un cuerpo de caballería. Los he visto forma dos en la Plaza y, mientras estudiaba su curiosa apariencia, uno de ellos si dirigió a mí llamándome compatriota, me habló en inglés y me dijo que llevaba 14 años de residencia en el país. Debía de ser posiblemente un “ex soldado” de Beresford; tanto éstos, como los desertores de Whitelocke, han quedado en la provincia. Algunos de ellos, a fuer de hablar constantemente en español, han olvidado su propia lengua: conozco varios casos de éstos. Estos desertores ingleses han encontrado diversos empleos. Oí en cierta ocasión a un remendón irlandés, quien en su miserable estanco se quejaba amargamente de haber abandonado el ejército. Le pregunté a qué ejército se refería: “Por Dios —me contestó— pertenecí a los regimientos de Whitelocke, y de haber continuado allí, tendría una cómoda renta ahora” —”¿Por qué lo dejó Vd.?”—. “Se embarcaron sin mí”. “En otras palabras, es Vd. un desertor”. “¡Por vida de Cristo! Ha acertado Vd. —respondió— y mal día fue aquel en que tal cosa hice” —añadió.

4 Una gran cantidad de dinero fue ganada y perdida por especuladores en el tiempo en que el corso era permitido en Buenos Aires. La última embarcación corsaria fue La Heroína (antes Braak), al mando de un americano llamado Mason, que fue capturada por la fragata portuguesa Perola. Mason ha permanecido preso en Lisboa más de dos años. Su esposa, una dama inglesa, y su numerosa familia, residen en Buenos Aires.

5 La llegada de la fragata brasileña María da Gloria, de treinta y dos cañones, al mando del capitán Beaurepaire, el 7 de marzo de 1825, provocó muchas charlas. Se dijo que venia a pedir satisfacción por los insultos infligidos al cónsul y otras cosas más. En el diario El Argentino apareció una carta burlona sobre este asunto. Hay una considerable animosidad contra los brasileños por su ocupación de la Banda Oriental. La fragata zarpó el 16 de marzo. Los oficiales parecían hombres educados.

6 Es divertido conocer la opinión de los extranjeros sobre su majestad Jorge IV de Gran Bretaña. Le creen un don Juan Cabalgaba yo con un oficial portugués cerca de la Colonia una noche de diciembre de 1821, cuando oímos los disparos del Slaney en la rada exterior de Buenos Aires, anunciando la muerte de la reina. Cuando le expliqué al portugués la causa de los disparos éste me contestó: “¿Es posible que vuestro libertino rey haya ordenado luto por acontecimiento semejante? Seguramente se siente muy satisfecho del fallecimiento de la reina”. Comprobé que casi todos en la Colonia participaban de esa opinión; y pensé que me correspondía, como súbdito leal, defender a Su Majestad, a quien mucho admiro. Trabajo me costó convencer les de que las debilidades de Su Majestad no eran otras que las tan comunes en nuestros compatriotas; una devoción demasiado fervorosa a Baco y a Venus. Entre los brindis pronunciados en los banquetes celebrados con motivo de la batalla de Ayacucho, se brindó por la salud de Mr. Canning en los siguientes términos: —”¡El sabio ministro de Inglaterra, el primer estadista del mundo, el honorable Jorge Canning, fiel amigo de la libertad! La justicia preside en sus deliberaciones; su nombre será un motivo de placer para nosotros y para las generaciones que nos sucedan”.

7 Mr. Canning es muy popular en Buenos Aires, sobre todo entre los criollos: causó suma aflicción una noticia que aseguraba su renuncia, pues es considerado como uno de los amibos incondicionales de la libertad sudamericana. El brillo de su carrera ministerial deja en la sombra la querella de Castlereagh, y su supuesto abandono del rey en el asunto de la reina. Tal es la popularidad de Mr. Canning que sus enemigos pueden ahora darse por vencidos.

8 Losana, dice el original inglés.

 

Capitulo 11

 

1 D. Valentín Gómez forma parte del clero: es talentoso y elocuente, y un hombre hermoso, con la cara tan rubicunda como un cazador inglés. El 11 de marzo de 1824, volviendo de Río de Janeiro en el barco británico Agenoria, éste encalló en un banco del Río de la Plata: había once pasajeros a bordo. El capitán dejó el barco para pedir auxilio, que fue prontamente dado desde Buenos Aires, pero antes de poder hacer nada, las once personas habían abandonado el barco en cuatro balsas: una que contenía cinco personas, fue recogida por una embarcación portuguesa que llevó los náufragos a Río de Janeiro; de las otras tres no se ha vuelto a hablar. Los que permanecieron en el «barco encallado, entre los cuales estaban el Sr. Gómez y Mr. George Brittain, un inglés, se salvaron. Sufrieron, como los náufragos recogidos por el barco portugués, muchas privaciones. La desgracia inquietó mucho en Buenos Aires, dadas las muchas relaciones del Sr. Gómez y de su secretario Luca, un joven muy apreciable que falleció en el accidente. El barco de guerra, en la rada exterior, tenía orden de dar señales en caso de obtener informaciones de los barcos que llegaban; en estos casos el Fuerte hacía un disparo, izaba una bandera y la multitud se volcaba sobre la playa. Al llegar el padre Gómez, fue saludado por parientes y amigos en medio de llantos femeniles. Los sufrimientos del padre no habían hecho palidecer las rosas de sus mejillas: desembarcó tan sonrosado como siempre. Se atribuyó la culpa al capitán que había navegado mucho por el río y fue quizá demasiado confiado. Fueron muy censurados dos barcos, uno danés y otro americano que, presenciando el accidente, no prestaron ayuda.