Juan Felipe Ibarra y el federalismo del Norte
El federalismo mediterráneo defiende la soberanía nacional
Sumario: Ibarra y el Coronel ángel Vicente Peñaloza — Reencuentro de dos Caudillos — Los pronunciamientos de Mientras Ibarra llegaba al cénit de su prestigio y poderío en el Norte, en otros escenarios ocupaba la atención, la joven figura del Coronel ángel Vicente Peñaloza, antiguo soldado de Quiroga pasado a los unitarios. Con la derrota del Gobernador Brizuela de Sin embargo, con nuevas fuerzas vuelve al año siguiente. Desde Los batallones ibarristas de Choya y Guasayán, concurren a fortalecer la acción de Benavídez. En unión del Gobernador Celedonio Gutiérrez, obtienen el 18 de Julio de 1842, la victoria de Manantial, en la provincia de Tucumán. Esta derrota fue el último eco de la fracasada Coalición, despertado por el Coronel Peñaloza. Allí, Benavídez elogia sin retaceos el valor de las tropas santiagueñas, que Ibarra había puesto bajo el mando de su sobrino Cruz Antonio Ibarra y del comandante Manuel Bravo 2. Sin embargo, y como tantas otras veces, la fama histórica se olvidó de nuestros hombres. Defensor altivo del honor de su pueblo, Ibarra no dejó pasar sin reclamos este silencio, E hizo resaltar el comportamiento de los soldados santiagueños, por medio de los oficios de su amigo el Gral. Garzón. “Sólo oscuramente se habla de choyanos y guasayaneros —reclamábale en carta del 12 de Octubre de 1842— y muchos de los que lean no sabrán qué demonios de familia es ésta, si son bajados del cielo o salidos de los infiernos, o son carcamanes o griegos, o algunos animales anfibios” 3. La ironía y el conocimiento de la realidad histórica o cultural, estaba agudamente desarrollada en Ibarra. Pero más aún, un innato sentido de la justicia y amor al terruño; aunque “nada de estas pequeñas vindicaciones, necesitan los santiagueños de su opinión a la causa federal, cuando en sus mayores conflictos no han sabido ceder”. No era fácil perturbar en su altivez a Ibarra, cuando se trataba de los prestigios de su Provincia. Garzón le correspondía, siendo otra de sus antiguas amistades, como le recuerda en la misma carta, “de la carne de llama flaca que comíamos en Miraflores en aquellos nuestros tiempos pasados” 4. Es decir, de los tiempos del Ejército expedicionario al Alto Perú, que Ibarra tenía entre sus legítimos orgullos. Del otro lado de los Andes, el coronel Peñaloza seguía rumiando nuevas invasiones armadas. Cada una, le significaba un fracaso: Benavídez volvía a derrotarle en Ilisca al comienzo de 1843. Es apresado en Huáscar el año siguiente, y una última intentona, la efectuó en Febrero de 1845. Informado desde todo el país, el Gobernador Ibarra dirigióse de inmediato al de Córdoba, don Manuel López. Lo hacía “poniendo en su conocimiento el nuevo acaecimiento que hoy aparece, de la invasión que el salvaje unitario Peñaloza, hace al territorio de esta República” 5. Ello significaba de nuevo, la guerra interior. Ahora, la opinión pública no quería trastornos y el bloque federal era sólido. De ahí que esta invasión del Chacho no haya sido advertida por muchos biógrafos. Fue rápidamente derrotado en El Telarillo, por el Gobernador riojano Hipólito Tello, el 9 de Febrero. Desde Córdoba, se lo comunicó rápido a Ibarra el Gobernador López. Tal suceso motiva recíprocas congratulaciones, en la respuesta del Caudillo santiagueño, el 15 de Marzo de 1845 6. Si recordamos estos pormenores, es porque aquel enfrentamiento de estos dos rudos y patriotas conductores populares, no dejó amargura en sus espíritus. Generosamente amnistiado después, por el propio Gral. Benavídez, Peñaloza volvió al país. Con el amparo del Gobernador riojano Manuel Vicente Bustos, se establece en Chilecito, y ante la realidad económica y política estrecha vínculos con los jefes federales 7. No por casualidad, sino discerniendo la fibra humana de Ibarra, el Chacho hace a éste, confidente de un íntimo anhelo de reconciliación y de trabajo. Así se prueba con este desconocido capítulo de ambas vidas. Peñaloza escribe a Ibarra una valiosa misiva inédita, el 25 de Abril de 1848 desde Chilecito. E Ibarra la recibiría emocionado, valorando a ese amigo que ahora acudía a él, porque “escasos de los principales recursos para poder trabajar, necesitamos a la vez, tocar los últimos resortes para conseguirlos valiéndonos de los amigos que nos pueden favorecer” 8. Era una invocación de Peñaloza, “a la confianza que me ha dispensado”. Una solicitud que sólo la intimidad y la hombría que inspiraba Ibarra, daban lugar a pedirle “mil pesos en dinero para trabajar por el término de ocho o diez meses... con el fin de poner en ésta un banco de rescate y hacer sellar de nuestra cuenta, las pastas que se extraigan del rico cerro de Famatina”. La operación era factible, y se inspiraba en una necesidad pública, “por la escasez de numerario que quedó La carta de Peñaloza, era traída a Santiago por uno de sus emisarios. Facundo Iturri. Es demostrativa de esa amistad histórica, reconquistada en una conversión política, ambas poco menos que ignoradas. Sobreponíanse sus protagonistas a los rencores antiguos, y con netos rasgos de afectuosa camaradería criolla, se despedía Peñaloza: “Entretanto reciba Usted unos cuantos marcos de plata para que mande hacer un par de espuelas a mi nombre, y un sombrero de paja para su uso, en recuerdo del hermoso caballo que se dignó obsequiarme, el que he recibido y es el colmo de mi deseo”10. Había llegado la hora del trabajo y la unidad nacional, bajo el régimen popular instaurado por el federalismo. Así lo comprendía el caudillo riojano, elevándose en un rasgo superior. El viejo guerrero de Facundo sellaba con esa reconciliación ante el continuador de su ilustre jefe, un concepto que era voz general sobre Juan Felipe Ibarra. Y este aspecto inédito, descubre en ambos, una faceta íntima de sus personalidades, como muestra de la sensibilidad de que eran capaces los grandes varones del pasado. Sin embargo, esa voluntad forjada sobre el trabajo patriótico, era continuamente interferida por las necesidades defensivas que el federalismo debió afrontar. La conmoción interna derrotada, entrelazaba sus ambiciones con los poderes imperiales extranjeros, tentando su codicia en busca de ayuda. Y ahora, por segunda vez, La victoriosa resistencia argentina al bloqueo y las pretensiones francesas, demostró la vocación de independencia que campeaba en el país. A la vez, no dejaba dudas sobre la reacción popular ante los enemigos exteriores. Ahora, después de la solicitud de entrega que había sido la misión Várela a Londres, y los intentos para desintegrar el territorio nacional, se acercaban nuevas amenazas internacionales. El éxito militar del Presidente Oribe en reconquista del Uruguay era inminente. El sitio de Montevideo, y la cercanía del triunfo, decidió a las potencias a intervenir. Los ingleses se apresuraron a desencadenar los acontecimientos, declarando, en resguardo de su comercio, la necesidad de terminar la lucha, sin reconocer la justicia de la causa argentina. Es de nuevo la intervención; esta vez, con la fuerza conjunta franco-inglesa, en otra típica operación de apertura de mercados. Rosas, sin vacilar, rechaza sus exigencias, entregando los pasaportes a los Ministros Ouseley y Deffaudis. Como réplica a la conducta soberana del gobierno argentino, la escuadra anglo-francesa atacó a nuestra flota, mandada por el Alte. Brown, el 2 de Agosto de 1845 11. En evidente inferioridad fue tomada la escuadra argentina en aguas del Plata, y no quedó más que la resistencia armada ante el atropello agresor. El Gobernador Rosas procedía en salvaguardia de las relaciones exteriores, que le confiaran los estados federales. Tan pronto se ordenaba la salida de fuerzas a defender el Paraná, con el Gral. Mansilla; como se informaba a los representantes del pueblo de la marcha de las negociaciones. Y desde Corrientes, el Gral. Paz reforzaba el sitio puesto a Contemporáneamente se producían la guerra en Argel, la conquista de Madagascar, el ataque a México, por parte de Francia. Y Gran Bretaña, realizaba sus filantrópicos objetivos de introducir el opio en China a cañonazos; obteniendo cesiones territoriales por la paz de Nankin en 1842 12. Sólo No podía, por consiguiente, dejar de conmoverse el espíritu provinciano. Una tras otra, las autoridades y los pueblos del interior, respondían al reclamo nacional. Los Gobernadores Segura, de Mendoza; López, de Córdoba; y Urquiza, de Entre Ríos, se pronunciaron esos días cuando la noticia llegó a Santiago. De inmediato Ibarra escribió a Rosas, en su carácter de autoridad nacional, expresando oficialmente la posición de la provincia de Santiago del Estero, el 27 de Setiembre de 1845. “La escandalosa intervención que se han arrogado los Agentes Anglo-Franceses —decía Ibarra— en la cuestión que se ventila por los Gobiernos de La enormidad del agravio cometido por aquellos que representaban la “cultura”, exigía una réplica digna de una nación libre. Pues, como decía el Gobernador de Santiago, “consentirlo sería merecer la ignominia del esclavo”. De ahí que el voto elocuente de su pueblo se reflejara en su posición, afirmando: “ Ante el ataque a la patria, la provincia renovaba los votos hechos en los días nacientes de la argentinidad, y se aprestaba a la guerra. Ibarra concluía: “No será la primera vez que el suelo de Buenos ''Aires es el teatro destinado para enseñar a los poderes Europeos, que el orgullo y lo ambición del injusto agresor se abate ante los pueblos que defienden los derechos sacrosantos de la naturaleza y de la ley” 15. Sólo ubicándonos espiritualmente en los peligros corridos por Ese prestigio del gobernante norteño, uno de los últimos sobrevivientes de las campañas de 1806 y 1810, es el que Rosas aquilataba entre sus mejores prendas. Por eso, al contestarle agradeciendo el pronunciamiento provincial, luego de la gloriosa Vuelta de Obligado, decíale a Ibarra, en nota del 4 de Marzo de 1846: “Admite muy complacido la importante cooperación que V. E. le ofrece y tiene la satisfacción de contar con ella para sostener y cumplir dignamente, el santo juramento de la independencia y honor nacional y la fidelidad a los principios americanos, tan cruelmente atacados por la tiranía y sangrienta intervención Británica y Francesa”. Y ello, suscribía Rosas, como consecuencia del “valor y patriotismo que caracterizan a la benemérita Provincia” santiagueña 18. Mientras tanto Santiago, si bien no había sido escenario de la invasión unitaria, ni del ataque fluvial europeo, vibraba conmovida ante cada una de estas noticias. En el grave momento de las primeras acciones bélicas en aguas del Paraná y de las depredaciones piratas de Garibaldi, Ibarra dirigió a su pueblo, oportunas palabras. Era el caso de estar preparados para afrontar cualquier contingencia, y en esa previsión arengaba a los suyos. En la vibrante y enérgica Proclama, esgrimía contundente argumentación sobre nuestro derecho a “Dos potencias Europeas que bajo el disfraz de la amistad habían ocultado el nefando designio de señorearse sobre nuestro suelo, pretextan sin pudor una alianza ignominiosa con los salvajes unitarios, para desplegar contra nosotros sus execrables planes de conquista. El precio de nuestra independencia nacional es la sangre de millares de víctimas que desde el campo del honor, adonde reposan sus cenizas, nos recuerdan nuestros deberes y nuestros juramentos. ¿Habrá Argentino que oiga indiferente esos ecos sagrados?”. “Para recuperar los derechos de la naturaleza rompisteis los vínculos que os ligaban al tirano de Estos eran los interrogantes que sometía Ibarra. Dilucidaba la dialéctica de la emancipación argentina fundada en los derechos naturales de los hombres y los pueblos, que el absolutismo borbónico desvirtuó. Ahora no se enfrentaban concepciones internas y una misma tradición. Sino, la esclavitud y dominio, de una conquista crudamente materialista, cuyo único fin, decía Ibarra, eran las riquezas americanas. He ahí deslindado el carácter de su patriotismo sin dobleces. En la hora del peligro nacional, sus ilustrados enemigos ofrecían jirones de tierra argentina por odios políticos. El imperialismo colonialista se lanzaba a nuestro despojo. Ibarra en cambio, como una voz de viejas resonancias, blandiendo el acero libertador de Mayo, recordaba y prometía: “He ceñido ya la espada que empuñó mi brazo en la guerra gloriosa de Pocos podían tener, como Ibarra, el honor de hablar así. Y la satisfacción legítima de invocar antecedentes gloriosos, lo colocaba entre los sostenedores de Si la guerra esta vez; no llegó a su terruño, no por eso Ibarra dejó de esperarla a pie firme. Y mantuvo en alto su vieja espada, para afirmar la libertad argentina expulsando a todo invasor extranjero. |
|