el justicialismo
» colapso del régimen

Hacia 1954 el presidente Juan Domingo Perón había logrado el objetivo tanta veces proclamado de estructurar una “comunidad organizada” pues en el país no había quedado ningún elemento importante de la vida nacional que no estuviera, de uno u otro modo, vinculado al poder del Estado.

La CGT, con su poderoso aparato sindical, constituía una de las tres ramas del partido oficial. Tanto los empresarios como los estudiantes estaban organizados en confederaciones dirigidas desde el gobierno.  Las universidades, las entidades culturales y deportivas, la educación en todos los niveles, estaban sujetas a estrictas normas y participaban en la repetición de alabanzas al régimen, que era la tónica del sistema.

Las Fuerzas Armadas, con jefes adictos al Presidente, permanecían tranquilas después del fallido golpe de 1951.  La prensa, casi en su totalidad, la radio y la incipiente TV se manejaba desde la Secretaría de Informaciones de la Presidencia, y ni una línea de los diarios ni una frase de las radios escapaba al abrumador aparato de propaganda del régimen ni a sus manidas consignas.

El poder de Perón era enorme, compulsivo, es cierto, como también lo es que el mismo provenía de fuentes legítimas. Nada era ajeno al régimen, apoyado en una voluntad mayoritaria, expresada a través de comicios formalmente correctos así como en leyes aprobadas por un Congreso donde el oficialismo contaba unanimidad en el Senado y dos tercios en la Cámara de Diputados, en el marco de una Constitución jurada, en 1949, por oficialistas y opositores.

En lo político, sólo el radicalismo presentaba una disidencia organizada, representada por un reducido grupo en la Cámara de Diputados, gracias a la reforma electoral que había suprimido el tercio de la minoría.

A pesar de la aparente unanimidad expresada por el régimen, existía un sordo descontento en las clases alta y media por la chabacanería y la obsecuencia de muchos, como también en gran parte de los estudiantes universitarios, hartos del régimen autoritario impuesto en las universidades. Los productores rurales sufrían las exacciones del IAPI y un régimen laboral que dificultaba las tareas propias del campo.

En el plano económico, la política triunfalista, estatista y nacionalista de los primeros años se había agotado y era necesario que el gobierno se manejara con mayor prudencia, aunque todavía existían altos niveles de ocupación y consumo, y no se detectaba intranquilidad en los centros industriales.

Un evidente ablandamiento moral de la conducta privada del presidente lo habían llevado a la frivolidad y desatención de las cosas del Estado. Sin embargo nada parecía poner en peligro la solidez de la estructura peronista que contaba con un amplio consenso popular: en las elecciones de abril de 1954 Perón cosechó un 50% de adhesión por sobre el candidato radical.

Si bien la Iglesia Católica no había ocultado su simpatía por las ideas de justicia social que  pregonaba Perón cuando era candidato a la presidencia, cuando fueron las elecciones de 1946,  posteriormente había ido adoptando una prudente posición de neutralidad ante la evolución coactiva del sistema, el servilismo de los oficialistas y la humillación que sufrían los opositores.

Hubo un hecho que hizo cambiar el rumbo de las cosas: la creación del Partido Demócrata Cristiano, que nucleaba a muchos jóvenes admiradores de dos grandes líderes republicanos católicos europeos, como Konrad Adenauer y De Gásperi, hizo suponer a Perón que la Iglesia incubaba el nacimiento de un movimiento opositor a su gobierno. Así lanzó, sorpresivamente, un severo ataque contra la misma y los “malos curas” que pretendían sabotear la acción de su gobierno.

En el marco de esta embestida, se derogó la ley de enseñanza religiosa de 1946, se implantó en tiempo record el divorcio, se retiró el apoyo oficial de instituciones católicas privadas, se autorizó a abrir lenocinios en todo el país, se sanciona una ley declarando la necesidad de reforma constitucional para establecer la separación de la Iglesia y el Estado, y se prohíben las procesiones y las festividades religiosas.

El país asistía alarmado a esta campaña oficial anticatólica, y la Iglesia se había convertido en una trinchera en la que poco a poco se refugiaba la oposición.

El 11 de junio de 1955, pese a la prohibición existente, los católicos desafiaron al gobierno realizando la procesión de Corpus Christi. La presencia en ella de los líderes de la oposición -incluso de los más ateos- la convirtieron en una verdadera manifestación contra el gobierno.  El gobierno respondió a la manifestación acusando a autoridades eclesiásticas de haber quemado una bandera argentina a finalización de la procesión, responsabilizándose a dos sacerdotes que inmediatamente fueron expulsados del país.  A poco se descubrió que todo era una farsa del gobierno, pues a la bandera la habían quemado policías de una comisaría cercana al evento.

El gobierno respondió a la manifestación acusando a autoridades eclesiásticas de haber quemado una bandera argentina a finalización de la procesión, responsabilizándose a dos sacerdotes que inmediatamente fueron expulsados del país.  A poco se descubrió que todo era una farsa del gobierno, pues a la bandera la habían quemado policías de una comisaría cercana al evento.

El 16 de Junio, solo unos días después, lo que debía ser un desfile aéreo como parte de una serie de actos de reparación a los desagravios a la enseña nacional organizado por el gobierno, culminó en un rosario de bombas y disparos sobre la Casa Rosada que en su mayor parte cayeron sobre el público presente, quedando en la Plaza de mayo un saldo de centenares de muertos.  Sofocado el alzamiento, luego de los graves acontecimientos que le sucedieron, tal como el incendio de los templos por parte de los oficialistas, Perón pronunció un discurso radial llamando a la pacificación nacional y proclamando la necesidad de restablecer la concordia entre el gobierno y oposición. Tras ello, por primera vez se permitió el uso de la radio a los opositores.

No obstante, el intento de reconciliación nacional fracasó y el presidente, luego de presentar su renuncia a la CGT y al partido, que le fue rechazada, pronunció uno de sus discursos más violentos, radicalizando su postura, con frases como: “cuando uno de nosotros caiga caerán cinco de ellos”.

No había transcurrido mucho tiempo, cuando el General Eduardo Lonardi desde Córdoba, y el Almirante Isaac Rojas desde le puerto de Buenos Aires, dieron inicio a una revolución a la que llamaron "Libertadora", provocando la caída del gobierno. Era 16 de septiembre de 1955.

El régimen político estructurado a partir de 1946 buscó dominar el complejo escenario que presentaba la Argentina de la década. Contó con un fuerte liderazgo y con el apoyo quizás más numeroso e integral de nuestra historia contemporánea. Pero la tenaz presencia interventora del Estado en todas las manifestaciones de la vida social no pudo establecer un orden estable y dinámico a la vez. El régimen pasó de la búsqueda de la unidad a una pretendida uniformidad que terminó negando el pluralismo y generando opositores, que perseguidos e intimidados no encontraron otro camino que unirse contra aquél, llegándose a altos niveles de violencia social.

Perón se asiló en el Paraguay y el general Lonardi asumió provisionalmente la presidencia de la Nación.