desde 1800 hasta 1851
gobierno de Balcarce
 
 
Instalado Rosas en su campamento de Médano Redondo, junto al río Colorado, transcurría en Buenos Aires el gobierno de Balcarce. Que, pronto, se vio envuelto en serias dificultades. Sucedió que la opinión se dividió en dos bandos, cada vez más enconados entre sí: los partidarios del Restaurador, conocidos como “apostólicos”, y los federales que recelaban de él, llamados “lomos negros” porque usaban levita. Estos últimos contaban, naturalmente, con las simpatías de los unitarios.
La mujer de Rosas, doña Encarnación Ezcurra, mujer de carácter fuerte y devota de su marido, alentaba a los “apostólicos” e informaba puntualmente a aquél sobre la marcha de los acontecimientos, valiéndose del sistema de postas que Rosas había montado.
Dos elecciones realizadas por entonces terminaron tumultuosamente. Y la guerra de prensa nuevamente encendida alcanzó extremos inauditos. El Constitucional, El Defensor, El Látigo Republicano y Los Cueritos al Sol eran los periódicos “lomonegros”; La Gaceta Mercantil y El Lucero mantenían cierta equidistancia entre las partes; El Federal Restaurador y El Restaurador de las Leyes fueron los portavoces “apostólicos”.
La crisis que dio por tierra con el gobierno de Balcarce sobrevino por un equívoco. Pues aconteció que uno de sus ministros –Ugarteche– dispuso se enjuiciara a los directores de varios diarios por el tono escandaloso de los mismos, encomendando la acusación a Agrelo, enemigo declarado de Rosas. El día antes del juicio contra Mariño, director de El Restaurador de las Leyes, aparecieron en la ciudad numerosos carteles, escritos con letras rojas, que decían: “El Restaurador de las Leyes acusado por el fiscal Agrelo”.
Fue enorme la conmoción entre el pueblo, casi unánimemente rosista. Pues se creyó que el acusado era don Juan Manuel en persona. Probablemente fue el mismo Mariño quien tramó la cosa. Lo cierto es que al día siguiente una multitud se reunió en la Plaza de la Victoria, vivando a Rosas. Después de hacerlo hasta el hartazgo, se dirigió hacia Barracas y allí acampó la gente por tiempo indefinido.
Se paralizó la ciudad, como si una huelga general hubiera sido tácitamente declarada. Los negocios cerraron, cesó el abastecimiento que llegaba del campo, grupos cada vez más numerosos se daban cita en el improvisado campamento, donde reinaba gran animación, se comentaban los sucesos y sonaban las guitarras junto a los fogones bien provistos. El 12 de octubre de 1833, las autoridades encomiendan al general Pinedo que disuada al gentío, instando a que cada cual se vuelva a su casa. Pero, en el camino, contagiado por el entusiasmo de sus propios soldados, Pinedo se suma a la causa de los “restauradores”.
Pasan los días (entre ellos un premonitorio 17 de octubre), Balcarce reitera intimaciones inútiles y envía contra los acampados de Barracas tropas que no cumplen sus órdenes. El ministro Martínez se dirige a Rosas, pidiéndole que tome las medidas necesarias para restablecer el orden. Rosas contesta, manifestando con cálculo que no está en condiciones de hacerlo y justificando la actitud popular. El 3 de noviembre cae Balcarce.