desde 1900 hasta 1992
la Revolución Libertadora
 
 
El intento del 16 de junio se circunscribió a la Marina y a una pequeña fracción de la Aeronáutica, no contando con adhesión por parte del Ejército. En el seno de éste, no obstante, palpitaba también una conspiración. Su impulsor era el general Pedro Eugenio Aramburu que, ante el sesgo tomado por los acontecimientos, desistió formalmente de sus propósitos, expresando que consideraba imposible llevar adelante una revolución en esas circunstancias.

Fue entonces cuando apareció en escena el general Eduardo Lonardi, a quien convocó el coronel Arturo Ossorio Arana para proseguir las tareas abandonadas por Aramburu, de las que él era partícipe. Lonardi es un oficial de artillería retirado, que está por cumplir 59 años y cuyo carácter afable oculta la firmeza de su temple. Católico practicante, había comandado un cuerpo de Ejército y enseñado en institutos militares.

Hacia la medianoche del 15 de septiembre de 1955, Lonardi llega a un puesto de guardia, situado en los fondos de la Escuela de Artillería, en Córdoba. El suboficial a cargo le franquea la entrada, cumpliendo órdenes del oficial de servicio, capitán Ramón Eduardo Molina, plegado a la revolución. El general ha viajado en ómnibus desde Buenos Aires, viste un uniforme pasado de moda y lo rodean su hijo, capitán Luis Eduardo Lonardi; el coronel Ossorio Arana y su hijo Arturo Enrique; los capitanes retirados David Julio Uriburu y Ezequiel Pereyra Zorraquín; Marcelo Gabastou e Iván Villamil, civiles como el hijo de Ossorio Arana. Pronto se une a ellos el capitán Molina.

Antes de irrumpir en la habitación que ocupa el director de la Escuela, coronel Juan Bautista Turconi, Lonardi pide un arma y le alcanzan una automática calibre 45. Al abrirse la puerta, Turconi se adelanta precipitadamente y Lonardi dispara, hiriéndolo en una oreja. Lamenta el hecho –debido quizá a que no contaba con la sensibilidad del gatillo de la pistola que empuña– e indica que atiendan al herido. Acto seguido se hace cargo del mando.

A las 3 de la mañana del 16 de septiembre, los cañones de la Escuela de Artillería abren fuego contra la de Infantería, que está relativamente próxima: su jefe, el coronel Brizuela, ha cortado una comunicación telefónica previa, intentada por Lonardi. Los primeros cañonazos dañan las instalaciones eléctricas y ambas Escuelas quedan a oscuras.

Se combate intensamente y crece el número de muertos y heridos. Al rayar el alba, Brizuela realiza un movimiento táctico, abandonando los cuarteles y reagrupando los efectivos que comanda en las cerrilladas que están camino a La Calera. Una compañía, bajo las órdenes del capitán Juan José Claisse, toma la Escuela abandonada. Desde las alturas, los hombres de Brizuela disparan con ametralladoras pesadas.

Hacia las 11, la situación aproximadamente es la siguiente: Lonardi y los suyos son dueños de las Escuelas de Artillería e Infantería. También responden a la revolución las Escuelas correspondientes a la Aeronáuti ca (de Aviación Militar, de Suboficiales, Paracaidistas, Superior de Aerotécnica), sublevadas por el comodoro Krause, el comandante Tanco y los capitanes Maldonado y Gillamondegui, que han ocupado asimismo los talleres del IAME.

El coronel Brizuela se sostenía en las colinas, luego de intentar un ataque por retaguardia contra la Escuela de Artillería. Algunos aviones, plegados al alzamiento, han sobrevolado la zona. Fuerzas del Regimiento 14 de Infantería y una agrupación de suboficiales, se concentran en Alta Gracia para atacar a los revolucionarios.

La posición de éstos es comprometida, cuando Brizuela resuelve parlamentar. Tiene una emotiva reunión con Lonardi, que le explica los motivos que lo impulsan, asegurándole que el lema del futuro gobierno ha de ser: “ni vencedores ni vencidos”. Brizuela opta por cesar en la lucha y sus tropas desfilan ante las de Lonardi, sin deponer las armas y recibiendo honores por su comportamiento.

La Base Naval de Puerto Belgrano se había sublevado, a la hora convenida para ello: la una del día 16. Pero convergían sobre ella poderosas fuerzas leales. A mediodía se sumó al alzamiento la Flota de Mar, que se hallaba en Puerto Madryn al mando del capitán Lariño. Poco antes lo ha hecho la Flota de Río, comandada por el capitán Muro de Nadal: en uno de sus buques, el rastreador “Murature”, está instalado el comandante de la Marina de Guerra en Operaciones, contralmirante Isaac F. Rojas. Durante la madrugada de ese día se había pronunciado la Escuela Naval, controlando la Base de Río Santiago. Pero, más tarde, ésta debió ser desalojada ante el ataque de la 2ª División terrestre, que respondía al gobierno. Junto con los marinos, combatieron en tal oportunidad oficiales del Ejército, que cursaban las Escuelas Superiores de Guerra y Técnica, encabezados por el general Juan José Uranga.

Las tropas con asiento en Buenos Aires, Rosario y Bahía Blanca respondían al comandante en jefe de las fuerzas de represión, general Franklin Lucero. También las del Litoral, cuyo alzamiento intentara sin éxito el general Aramburu quien, ante los hechos consumados, se había adherido a la revolución. En cuanto a las de Cuyo, su situación no era clara: estaban a las órdenes del general Julio Lagos, el cual, pese a haberse plegado al pronunciamiento, se proponía establecer un gobierno revolucionario en Mendoza, demorando su apoyo a Lonardi, que le requería con urgencia el envío de refuerzos. Este pedido de auxilio fue formulado a Lagos por el mayor Juan Francisco Guevara –al cual el general Lonardi atribuiría el 90% del éxito de la revolución–, que voló desde Córdoba para transmitir el requerimiento.

En lo que se refiere al control del aire, los insurgentes contaban con algunos aparatos con base en Córdoba, precariamente alistados para cumplir misiones de combate. Era el caso de los “Gloster Meteor”, reactores británicos que consumían kerosén en sus turbinas y que, a falta de ese combustible, volaban con nafta de aviación. Lo cual determinó que uno de ellos estallara en vuelo, pereciendo el teniente Morandini. Por su parte, el gobierno contaba con los bombarderos pesados “Avro Lincoln”, de Villa Reynolds, San Luis.

Por la mañana del 17 de septiembre, Lonardi trasladó su comando a la Escuela de Aviación Militar, transformada en baluarte revolucionario. Antes de hacerlo firmó una proclama, redactada por su cuñado Clemente Villada Achával.

El comodoro Krause había dispuesto la ocupación de las radios cordobesas y una de ellas, LV2, pasó a ser mensajero revolucionario, bajo el nombre de “La Voz de la Libertad”. Ante sus micrófonos, Villada Achával leyó la proclama firmada por Lonardi.

Las perspectivas, no obstante, se presentan sombrías para los sublevados. A las fuerzas leales, que responden en Córdoba al general Morello, se agregan los regimientos 11 y 12 de Infantería, que llegan desde Santa Fe al mando del general Iñíguez, reforzados por un grupo antiaéreo. Y el general Moschini, con órdenes de reprimir, avanza desde el norte al frente de los regimientos 15, 17, 18 y 19 de Infantería, amén de un batallón de Comunicaciones.

El general Videla Balaguer, apoyado por civiles y una compañía de fusileros que pusiera Lonardi a su disposición, toma la jefatura de policía cordobesa en medio de nutrido fuego. En calidad de refuerzo, a bordo de aviones de línea, ha llegado a la Escuela de Aviación una compañía del 2º Cuerpo de Ejército. Y, el domingo 18, Iñíguez ocupa la estación ferroviaria de Alta Córdoba, acosadas sus tropas por francotiradores que disparan desde todos lados. Ocupada la estación, Iñíguez se dirige al centro de la ciudad, hallando fuerte resistencia por parte de militares y civiles, que detienen su avance. La Armada, mientras tanto, establece el bloqueo de los puertos argentinos.

Lonardi envía emisarios a Iñíguez, invitándole a reunirse con él. Iñíguez no acepta la reunión pero expresa que, si se ordena a los civiles que cesen su hostigamiento, dispondrá que las fuerzas a su mando cesen también las operaciones. Así se conviene hacerlo.

A todo esto, los “Avro Lincoln” que despacha el gobierno para bombardear a los rebeldes “se dan vuelta en el aire”, plegándose a la revolución: por ese motivo los llamarán “panqueques”.

A las 8 de la mañana del lunes 19, el almirante Rojas intima rendición al gobierno. Otorga un plazo que vence a las 12, cumplido el cual la flota procederá a cañonear objetivos militares y destilerías de petróleo, cosa que ya ha hecho el día anterior, disparando sobre depósitos de combustible en Mar del Plata.

Son las 12.45, cuando el general Lucero lee por radio un mensaje de Perón. En el mismo, éste ofrece nuevamente su renuncia, la del vicepresidente y los legisladores, manifestando que el Ejército puede hacerse cargo de la situación “para buscar la pacificación de los argentinos antes que sea demasiado tarde”.

Luego de una reunión en la casa de gobierno, Lucero difunde otro comunicado, mediante el que invita a los comandos revolucionarios para iniciar negociaciones y paralizar las hostilidades en las posiciones alcanzadas.

Lonardi manda un despacho a Lucero, señalando que la renuncia inmediata de Perón es condición previa para aceptar una tregua.

Sin afirmar explícitamente que tal renuncia haya sido concretada, Lucero hace saber a la población que se ha constituido una Junta de Generales, para encargarse de “las tratativas de entendimiento y pacificación”. Está presidida por el general José Domingo Molina.

La Junta asume el gobierno provisoriamente, dando alcances de renuncia al mensaje de Perón. No obstante ello, convocados sus miembros, acuden a la quinta presidencial de Olivos. Regresan después de medianoche y hacen saber que Perón les ha anunciado: que su renuncia no es tal, sino apenas un “gesto de renunciamiento”; que la situación militar le resulta favorable; y que aún cuenta con el recurso de abrir los arsenales, para entregar armas al pueblo.

Los generales discuten sobre el nuevo giro de los acontecimientos, cuando irrumpe en el despacho donde están reunidos el general Francisco Imaz, acompañado por los tenientes coroneles Pedro A. Pujol y Carlos J. Rosas, como así también por el capitán Hugo Miori Pereyra. Empuñan metralletas y conminan a los miembros de la Junta para que pongan punto final a sus cavilaciones, comuniquen a Perón que su renuncia ha sido definitivamente aceptada e inicien de inmediato la negociación con los mandos revolucionarios. Ante la elocuencia de las armas, todas las exigencias son admitidas sin más.

El 20 de septiembre, los representantes de la Junta Militar se encuentran con el almirante Rojas y el general Uranga en el crucero “17 de Octubre”, fondeado en aguas del Río de la Plata. Lonardi envía como delegado suyo al mayor Guevara que, a posteriori, ratificará lo actuado.

Ese mismo día, en Córdoba, Lonardi asume el Gobierno Provisional de la Nación, designando Secretario General al capitán de navío Arturo R. Rial y Secretario de Relaciones Exteriores al comodoro Julio César Krause. Asimismo, declara a Córdoba “Capital Provisional de la República” –según llegó a figurar en un matasellos de la época–, hasta que las nuevas autoridades se trasladen a Buenos Aires.

El día 23 llegó Lonardi a la Casa Rosada y, desde sus balcones, se dirigió a una inmensa multitud que lo aclamaba.

Perón se había asilado en la embajada del Paraguay, pasando enseguida a una cañonera de ese país y, por último, a un hidroavión que lo llevaría al exilio.

Casi 10 años mediaban entre ese momento y el 17 de octubre de 1945.