desde 1900 hasta 1992
el pronunciamiento de 1943
 
 

La revoluci√≥n del 4 de junio y el consecuente encumbramiento del general Rawson, como presidente de la Naci√≥n, obedecieron a varios equ√≠vocos. Sucedi√≥ que el general Ram√≠rez ‚Äďquien recib√≠a apoyo del GOU‚Äď crey√≥ haber sido relevado como ministro de Guerra por Castillo, en forma abrupta y desconsiderada. Un proyecto de decreto, cuya existencia concreta nunca fue definitivamente establecida, habr√≠a dado pie a este primer equ√≠voco. El Ej√©rcito se sinti√≥ agraviado por la medida y el GOU supuso que ser√≠a apartado del poder, reaccionando de inmediato. El teniente coronel Gonz√°lez ‚Äďsecretario general del ministerio de Guerra y figura importante de la logia‚Äď coment√≥ a Rawson que el Ej√©rcito se preparaba para resistir el alejamiento de Ram√≠rez, invit√°ndolo a sumarse al movimiento en ciernes. Rawson entendi√≥ que le propon√≠an organizar una revoluci√≥n y acept√≥ la oferta. Comenzando en seguida a anudar contactos conspirativos con hombres que el GOU ya hab√≠a apalabrado y que, por lo tanto, supusieron que ambas propuestas se trataban de la misma cosa. Segundo equ√≠voco.


Durante la noche del 3 de junio tuvo lugar una reuni√≥n decisiva en Campo de Mayo, concurriendo a ella los jefes de ese acantonamiento ‚Äď4 pertenecientes al GOU‚Äď y el general Rawson. √©ste daba por descontado su car√°cter de organizador del pronunciamiento y que la jefatura del mismo le correspond√≠a por consiguiente. La gente del GOU prefiri√≥ no formular aclaraciones, pues entre ella escaseaban los generales (el √ļnico con que contaba por entonces era Edelmiro J. Farrell). Tercer equ√≠voco.


Ram√≠rez lleg√≥ a la reuni√≥n que se desarrollaba en Campo de Mayo comisionado por Castillo, para ver qu√© pasaba all√≠. Con lo cual qued√≥ en claro que no hab√≠a sido desplazado del ministerio, de modo que tampoco pod√≠a encabezar una revoluci√≥n dirigida contra su comitente. La situaci√≥n hab√≠a llegado muy lejos, sin embargo, superando el ‚Äúpunto de no retorno‚ÄĚ. Con la aprobaci√≥n dubitativa de Ram√≠rez, las columnas salieron a las 6 de la ma√Īana, encabezadas por Rawson. Otras se pusieron en marcha desde los cuarteles de Liniers y Ciudadela. El Colegio Militar y la aviaci√≥n no las detendr√°n, en cumplimiento de un compromiso previo. La marina acompa√Īa el movimiento, pues se ha adherido al mismo el jefe de la Flota de Mar, almirante Benito Sueyro.


No obstante la adhesi√≥n naval, sobreviene un enfrentamiento al pasar las tropas revolucionarias ante la Escuela de Mec√°nica de la Armada. Ocurri√≥ que su director, capit√°n Fidel Anad√≥n, ignorando probablemente el estado de la situaci√≥n, tuvo un entredicho con el coronel √°valos, que comandaba la Escuela de Artiller√≠a. Y parti√≥ alg√ļn disparo desde las posiciones navales, gener√°ndose un tiroteo que incluy√≥ disparos de ca√Ī√≥n por parte de la Escuela sublevada. Con motivo de este cuarto equ√≠voco qued√≥ un saldo de 70 v√≠ctimas, entre ellas el edec√°n de √°valos, que cay√≥ muerto a su lado.


Superado el grave incidente y luego de hacer alto las tropas a mediodía, Rawson llegó a la Casa de Gobierno, instalándose allí sin resistencia.


El presidente Castillo, que en un principio hab√≠a ordenado la resistencia, al advertir la magnitud del pronunciamiento dej√≥ sin efecto la orden y, en horas de la ma√Īana, se embarc√≥ con su gabinete en el rastreador ‚ÄúDrummond‚ÄĚ, que lo aguardaba en el puerto. Algunos ministros siguieron viaje al Uruguay. Castillo prefiri√≥ regresar, pues no era hombre de achicarse y, por otra parte, nada ten√≠a que ocultar. Se presenta en el regimiento 7 de La Plata (al igual que Yrigoyen, despu√©s de la revoluci√≥n del 30), donde lo espera el general Diego Mason, a quien entrega su renuncia y se marcha, para descansar por fin.


La existencia de aquellos equ√≠vocos sucesivos, que desencadenan los hechos del 4 de junio, no significa que √©stos no hubieran ocurrido de todos modos, en una oportunidad posterior y con algunos protagonistas cumpliendo roles diferentes. Pues los militares ve√≠an peligrar la pol√≠tica de neutralidad con el advenimiento de Patr√≥n Costas, que aparec√≠a como inevitable y que Castillo propiciaba. Por otra parte, el mismo significaba la prolongaci√≥n del ‚ÄúR√©gimen‚ÄĚ ‚Äďcosa que tambi√©n les disgustaba‚Äď posibilitado por la comisi√≥n del fraude que se preparaba, sobre todo en las provincias de Buenos Aires y C√≥rdoba, donde alcanzar el triunfo electoral era inexcusable y que, mediando comicios limpios, hubieran consagrado f√≥rmulas radicales ‚Äúintransigentes‚ÄĚ. Ello determin√≥ que el radicalismo mirara con simpat√≠a la revoluci√≥n del general Rawson. Y, finalmente, estaba el GOU. Que hab√≠a montado un mecanismo eficaz, para asegurar su predominio en el Ej√©rcito. Tan eficaz, que resultaba harto improbable que se circunscribiera a ese √°mbito, sin desbordarlo.


Menos de 3 d√≠as habr√≠a de durar la gesti√≥n de Rawson. Por razones distintas y hasta opuestas (contin√ļan los equ√≠vocos), no fueron bien recibidos los nombres de algunas personas que llevar√≠a como ministros. Para peor, el presidente anunci√≥ que el 8 de junio romper√≠a relaciones con el Eje. En las primeras horas del 7 fue relevado, antes de haber prestado juramento. Y asumi√≥ su cargo el general Pedro Pablo Ram√≠rez, sostenido por el GOU.








El 4 de junio de 1943, pasado ya el mediodía, la columna revolucionaria estaba estacionada cerca del Correo Central, próxima a la Casa Rosada, que aparecía cerrada y a oscuras, custodiada por un escuadrón de granaderos. El coronel ávalos observa que ha quedado abierta una ventana, que da a la explanada de Rivadavia, y ordena al entonces teniente Osiris Villegas que penetre por ella y averigŁe cuál será la actitud de los defensores, cuando se disponga el avance de los sublevados. Villegas cumple la orden y salta por la ventana con poca fortuna, ya que su chaquetilla queda enganchada de la bayoneta calada en uno de los fusiles que, alineados en un armero, se hallan al pie del alféizar, dentro del edificio. Oportunamente auxiliado, toma contacto con el oficial al mando, quien le hace saber que su intención consiste exclusivamente en proteger la sede gubernamental de posibles desmanes, pero no en hacer frente a los revolucionarios, dado que el presidente ha partido horas antes.


Luego de instalarse en el despacho presidencial, Rawson se marcha con intención de organizar su gabinete. Ramírez permanece en la Casa Rosada. También el teniente Villegas, que pasa allí la noche junto con otros oficiales, echado en un sillón.


Al amanecer del 5, alguien lo despierta tocándole un hombro. Lo primero que advierte Villegas ante sí es un par de botas impecables (“eran unas botas de anca de potro, de ésas que un teniente pobre le envidia al coronel que las calza”). Y el coronel que las calza es Perón. Que, elegante, bien afeitado, peinado a la gomina, requiere ser conducido hasta donde se halla Ramírez.


Allí, los presentes lo reciben mal pues, pese a figurar como jefe de operaciones revolucionario, no apareció por Campo de Mayo al iniciarse las acciones, ni tampoco después. Pero Perón, audaz y desenvuelto, hace derroche de simpatía, aduce haber estado enfermo, sonríe, distribuye palmadas cordiales y, aplacados los ánimos, invita a sus camaradas que han soportado el peso de aquellas jornadas para que se retiren a descansar y se den un baño. “Vayan, vayan, yo me hago cargo”, insiste, servicial.


Quedó a cargo, en efecto. “Y ya no se fue más”, comentaría el luego general de división Villegas, testigo calificado de los sucesos.